#Noticias

MiRA 2014: A la altura de las expectativas

18.11.14
Frankie Pizá

Cómo predecíamos en nuestra previa, la cuarta edición del MiRA significó la consolidación definitiva del formato actual del festival. El viernes el recinto se vio bastante lleno a partir de las 8 de la tarde (programar temprano a Mulero fue un acierto en este sentido) y el sábado durante la actuación de Gold Panda se agotaron las 2000 entradas por primera vez en la trayectoria del festival. Es de celebrar que un evento con su planteamiento, cartel y filosofía sea cada vez más reconocido, pero esperamos que el sold out del sábado sirva como indicio para replantearse algunas mejoras: nosotros apostamos por la recuperación de un segundo escenario (¿un espacio con sillas?) y, sobretodo, por una mayor disposición de barras y baños. A nivel artístico fue una de las ediciones más notables, aunque también hubo algún chasco considerable. Lo detallamos a continuación:

Diego Monterrubio tenía la difícil tarea de abrir la venue sobre sus hombros: acompañado de Inesfera y aunque con una inicial ausencia de las visuales, Orphidal presentó algunos de los bocetos que darán lugar a «Micromundos» haciendo gala de un desarrollo profundo y con momentos de densidad pronunciada. El componente melódico estuvo equilibrado y trazos Ambient, de clara influencia ciencia ficción fueron congeniando con estructuras en 4×4 rocosas y contundentes que poco a poco fueron acelerando la narración. La ilustración a base de figuras, líneas y colores en movimiento de Gari Artola consiguió enderezarse cuando el directo ya estaba concluyendo.

Del mismo modo que predijimos el éxito de esta cuarta edición del festival, el otro gran acierto en nuestra quiniela preMiRA fue señalar a Sunny Graves como el autor candidato a la mejor actuación del fin de semana. Así fue. A pesar de que afuera aún resplandecían los últimos apuntes del día, en el interior de la Fabra i Coats Simon Williams nos inmergió en la más negra de las noches mediante la intensidad magnética y la épica espacial de su debut, “Bayou EP” (Disboot, 2014). Fue infalible en hipnotizar al personal pero del mismo modo lo suficientemente valiente como para intercalar pasajes más experimentales y abstractos entre los beats que lentamente nos iban arrastrando hacia la oscuridad reflejada por los minimalistas visuales en blanco y negro de Ariadna Serrahima y No-Domain.

Lo de Oscar Mulero y su reciente énfasis en el esquema de directo que mejor puede congeniar con su nueva dirección electrónica, más orgánica y aunque sin ser innovadora resulta trabajada, fue una de las sorpresas anunciadas del festival, precisamente por dar la impresión de no ser algo tomado a la ligera, no por el mero hecho de reinsertarse en el presente. El veterano productor y DJ ofreció un espectáculo más que digno y en el que se observaba la total compenetración entre hardware, software y decorado visual, aunque sí con momentos de incoherencia en este último plano. Aunque musicalmente trascendió estilos con elegancia y hubo variedad, el acento IDM pesó y todo acabó sonando a algo que ya conocíamos de sobra.

Byetone, co-fundador de Raster-Noton y con años de experiencia detrás de su concepto de live con imágenes secuenciadas y que van progresando en su forma a medida que los impulsos sonoros van modificándose, demostró que su puesta en escena apenas ha cambiado desde principios de año: el alemán ofreció prácticamente y con poquísimas diferencias la misma actuación disfrutada en el pasado L.E.V. Festival en Gijón.

Rone era la apuesta “para la muchachada” de esta edición y en este sentido no falló: su actuación fue sucesión de éxitos propios sin demasiado sentido en los que mezcla quedó siempre en un segundo plano. “No me ha gustado nada pero me lo he pasado muy bien”, me comentó un colega que ya iba un poco pasado de vueltas. Aquí el fallo no fue tanto del propio artista, que contentó a sus fans, como del responsable de programarle en un contexto como el del MiRA.

Había expectación por ver qué ofrecía el joven Joshua Leary aka Evian Christ, acompañado por su sistema múltiple de proyección y refracción que en teoría fue diseñado para la ocasión: el de Tri-Angle basó representación en el uso simple del Octatrack y la combinación de dibujos de luz y reacciones distintos para cada escena sonora, un campo en el que fue alternando no con demasiada finura sustancia Ambient (con abuso de sintes tranceros y estridentes, los mismos que marcaron «Waterfall»), hibridación Hip Hop con leves apuntes Footwork y algunos bootlegs reconocibles. Aunque la compenetración de factor visual y sonoro, su simpleza y a la vez elasticidad dan para el elogio, la atención del público estuvo monopolizada por la luz y los efectos, dejando en un peligroso segundo plano a la música del británico.

Luke Vibert fue el encargado de cerrar la noche del viernes en el Fabra i Coats y lo hizo con un nostálgico pero efectivo set híbrido donde mezcló temas propios con clásicos de artistas como Mr. Fingers (“Can You Feel It?”) y LFO (no fue la única ocasión en el festival que sonó su track homónimo a modo de homenaje al recientemente fallecido Mark Bell). Los ritmos rotos cercanos al drum ‘n bass protagonizaron la mayor parte del set, aunque Vibert también introdujo teclados house e incluso se atrevió a cerrar con un tema de Dizzee Rascal. Lo que en manos de otro podría haber sido una mezcolanza sin sentido terminó por ser una clase magistral gracias a la técnica del legendario DJ.

Steven Sánchez comparte gusto con Sunny Graves por lo que se refiere al downtempo intenso y oscuro. Así lo reflejan los temas que editó a principios de año bajo el alias Inuit. Sin embargo, en su directo rehuyó de cualquier pretensión experimental y en cambio revistió sus canciones con texturas cercanas al IDM clásico más amable. Este ligero giro estilístico, junto con una cuestión de derechos que implica a un participante de Operación Triunfo, es el motivo del cambio de su nombre artístico a Ghostly Enemies. Quizás el único apunte negativo fue el uso de vocales en directo en el último tema, que lo convirtió en algo demasiado pop y pasteloso. Queda pendiente escuchar las piezas que edite bajo este alias pero, juzgando por su trabajo como Inuit y su notable actuación en el MiRA, tendremos que permanecer atentos. Por su parte, el joven inglés Ochre también apostó por la IDM cercana a los Autechre del “Amber” (Warp, 1994), aunque en su caso terminó pecando de una monotonía solamente salvable por las visuales de deconstrucciones geométricas y paisajes naturales que ocupaban las pantallas.

Residente en Barcelona, Rob Clouth ofreció una tanda de panoramas glitch/IDM rotundos pero aburridos en cuanto a aspecto y sustancia, un modelo de live lúcido pero intrascendente en muchos momentos. Max Cooper era uno de los grandes atractivos del cartel y uno de los pocos que presentó un show audiovisual a la altura de las circunstancias. Tal como en sus discos, sus temas en directo fueron progresiones minimalistas y envolventes, siempre rozando el límite que separa lo disfrutable de la ñoñería sensiblera para llorar durante una bajona de MDMA. Hacia el final de la actuación aumentó el interés con una mayor presencia de bombo, ritmos rotos y algún efecto dub, pero lo estropeó con un último tema ambiental con una exageradamente edulcorada pretensión neoclásica. Paralelamente, en las pantallas se desarrollaron unas visuales divididas en diferentes bloques temáticos que, según el tema, plasmaban imágenes de la naturaleza o bien hablaban del mecanismo consumista mediante unas conseguidas animaciones.

Gold Panda coincidió con el pico de afluencia en el festival, y probablemente eso contribuyó a la idea romántica que el público se llevó de su actuación y que hablando con a mayoría de asistentes, circula como casi unánime: algo insustancial pero repleta de color y compenetración con las necesidades de los receptores, el de Ghostly International tiró de básicos y recursos sin complicarse demasiado, tocando algunos de sus recientes éxitos y dándoles una forma especial para la ocasión. Con su juego y mezcla entre House, Deep House, Downtempo y beat-construcción excelentemente pulida, el artista inglés tiene un directo no impresionante pero sí infalible.

En el extremo opuesto a las sensaciones que dejó Max Cooper, la propuesta visual de Clark fue una de las mayores decepciones del festival, por no decir directamente una tomadura de pelo. Prometía un impactante show con láseres y mareó el equipo de producción con las solicitudes del material para llevarlo a cabo. En cambio, el resultado final terminó por ser tan insignificante que no llegó ni a la categoría de lo anecdótico. En el apartado musical también se situó a las antípodas del mencionado Cooper: en su caso decidió sacrificar detalles a favor de aumentar revoluciones y adaptar las canciones de su último trabajo a un set de techno contundente. Fue acertado para la hora de su actuación y mucho más respetable que el de Rone, pero eso no impidió que horrorizase a algunos de los más puristas.

El selector Marc Piñol tuvo el honor de cerrar la primera velada del MiRA pisando el terreno que Chris Clark había pisado minutos antes: la tarea no era fácil ya que venir después de un cabeza de cartel es siempre intimidante y más cuando éste no ha dado la talla o cumplido las expectativas. El catalán comenzó con algunos problemas técnicos ajenos que no le permitieron desarrollar la narración con fluidez, pero sus tablas en ocasiones de peso consiguieron enderezar una sesión sin altibajos y que dejó un buen sabor de boca. Techno estilizado, profundo y sin asumir riesgos que enlazó a la perfección con lo ofrecido por el de Warp y que se cerro con un momento mágico: el remix de Morphosis para un track del proyecto TM404 editado por Kontra-Musik.

Al igual que las del recinto de Fabra i Coats, las actuaciones del Razzmatazz fueron un éxito de convocatoria, aunque también hubo matices en el nivel artístico. El viernes, mientras que Paula Temple repartía technazo en el Loft, la sala Lo*li*ta acogió el showcase del sello holandés Rush Hour. La selección y el eclecticismo de los temas (disco con base house, funk, afrobeat, electro, …) estuvo a la altura de su condición de coleccionistas, pero en cambio la fiesta en general pareció de nivel amateur si se tiene en cuenta de que hablamos de un sello con 12 años de trayectoria: temas repetidos (el remix de Maurice Fulton del “Happy Sunday” de DJ Nori), mezclas que cortaban el groove de los temazos que sonaban, …

Otro showcase que prometía mucho y no llegó a tanto fue el de Correspondant. También en el Lo*li*ta pero ya en el sábado, el equipo comandado por Jennifer Cardini disparó temas efectistas pero no llegó a construir una aura idónea como para disfrutarlos. De todos modos, la mayor decepción fue la de Factory Floor: la que tenía que ser una actuación con banda completa terminó siendo un set por parte de solo dos de sus integrantes. El techno con toques post-punk y texturas industriales que despacharon fue de alto calibre, pero la desilusión que nos llevamos tanto el público como la organización nos impidió gozarlo como era debido.

En cambio, el showcase de presentación del sello DROK Records que acogió la pequeña Rex Room fue idóneo para aquellos que solo pensaban en bailar y pasarlo bien, sin importarles el renombre ni la trayectoria de los DJs. Los sets fueron protagonizados por un Pedro Vian más hedonista que de costumbre, Tversky pinchando temas más cercanos al pop y la electrónica pseudopopulista (Caribou, Julio Bashmore, …) y Latzaro, quien cerró la noche con un set de techno sin demasiadas concesiones. Junto al ambiente familiar que se creó en la sala, terminó por ser la mejor opción si uno quería renunciar a las expectativas y llevarse solo alegrías.

El MiRA sigue siendo uno de nuestros festivales preferidos y creemos que es de lo mejor que le ha pasado a Barcelona en los últimos años, pero visto el éxito de este año se tendrán que hacer reformas en un futuro para seguir disfrutando de la comodidad que le caracterizaba. Por otra parte y aunque hayamos disfrutado de algunos magníficos sets audiovisuales durante el fin de semana, nos ha quedado la impresión de que la mayoría de artistas aún no se toman el aspecto visual con el compromiso que la organización promueve y la ocasión requiere. Será cuestión de seguir insistiendo.

Por Pau Cristòful y Frankie Pizá

Fotos por Denisse García