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El caso de La Insurgencia o el control del arte

El paso de los raperos de La Insurgencia por la Audiencia Nacional: una muestra del peligro que supone la música y la libertad de expresión para determinados gobiernos

06.02.18
Alicia Álvarez

Cuando en el documental “Look at the pictures” -sobre la vida de David Mattlethorpe- comienzan a verse imágenes de un juicio contra Dennis Barrie, el director del Centro de Arte Contemporáneo de Cincinnati en el que se expusieron una retahíla de imágenes del fotógrafo consideradas “obscenas”, una comienza a sentirse entre la incredulidad y la risa floja. Demasiado nonsense como para tomárselo en serio. ¿Hasta qué punto se puede “condenar” una obra de arte? Y, si estamos en 2018, ¿hasta dónde hemos involucionado para que esto ocurra?

Hace varios meses los raperos de La Insurgencia comunicaban la condena que la Audiencia Nacional pedía para ellos: dos años y un día de prisión, 4.800 euros de multa e inhabilitación absoluta durante 8 años y un día. Sí, en este país se persigue más la música que el machismo, y el hecho de opinar libremente sale mucho más caro que violar a una mujer o incluso matarla.

Algunos días atrás veíamos a Pablo Hasel (uno de los miembros de La Insurgencia) explicando las letras de sus temas musicales en el banquillo. Y si no fuera por la impotencia de saber que es real, nos daría la risa por verlo como algo totalmente ridículo. El mero acto de contemplación del rapero dando cuentas en un juzgado sobre sus letras musicales y los motivos que le llevan a escribirlas resulta vergonzoso.

Condenar y perseguir el arte, la música y los artistas es propio de los regímenes totalitarios. Pensábamos que lo de adoctrinar, censurar o criminalizar la música ya había pasado y, de repente, vemos en el televisor alguien a punto de entrar en la cárcel (más todo lo que eso conlleva) por un discurso/mensaje musical que va contra la monarquía. Valtonyc, otro de los condenados, escribía el pasado 16 de enero vía facebook:

Toca cruzar los dedos. Me acaba de comunicar mi abogado que día 30 de este mes se reúne el tribunal supremo para decidir si es firme la sentencia de 3 años y 6 meses de cárcel, a la cual me condenaron por las letras de unas canciones. No sé ni qué decir. Están a punto de arruinarme la vida sin haber hecho absolutamente nada.

Cualquier gobierno sabe del peligro que posee el arte, y más aún la música (su disciplina más popular) y más aún un estilo como el rap. Por eso, los más autoritarios ven necesario controlarlo, no vaya a ser que los chavales de acaben pensando y se vaya todo de madre. Criminalizar a los artistas y a la música es fácil, efectivo y económico para un gobierno, que aprovecha para tapar sus propios escándalos. Hace años que debería haber acabado la obsesión con perseguir las letras musicales y tomarlas siempre como algo real y no como ficciones o metáforas.

Algunos raperos  como Meswy, Erik Urano o Miguel Grimaldo se han pronunciado contra esta situación a través de sus redes sociales. Quizá estaría bien que otros que presumen de ser los abanderados de las causas sociales también se ocuparan de hacer ruido con otros temas que puede que no les aporten billetes de spots publicitarios.

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