#Crónicas

Sónar 2016: Lo mejor y peor desde el punto de vista del artista

El joven productor Mark Luva aporta su personal visión "no estrictamente musical" sobre esta edición de Sónar.

21.06.16
Frankie Pizá

Texto de Mark Luva. Introducción de Frankie Pizá. 

Foto principal y central de Denisse Garcia. 

Mark Luva es un productor y DJ bilbaíno afincado en Barcelona; junto a otros activos como Vision o YDVST dirige el sello Sweat Taste. Como label, están enfocados en las nuevas formas electrónicas y conceptualizaciones dirigidas al club del Siglo XXI, impulsando artistas desde Followback a BSN Posse. 

En principio yo solo iba a ir de voltereta. En principio solo como un aficionado más, solo con ganas de pegarme la fiesta, solo con ver que la vaina nos deparaba. Desde TIU me ofrecieron escribir este texto de mi experiencia en tanto –no sé si será decir mucho– músico y productor en el festival, con la mirada crítica que cientos de horas delante de VSTs pueden proporcionar. Así que adelante.

A pesar de que en un primer momento mis expectativas con respecto a la edición de este año eran bajas, ya que mis gustos no se amoldaban tanto al cartel como otras veces, las excepciones que me hacían moverme hasta allá eran más que notables: Toxe, Noaipre y Oneohtrix Point Never entre otros; siendo probablemente la primera a la que más ganas tenía que ver.

Primero por la similitud de su propuesta con la de algunos proyectos de Sweat Taste (para aquel lector que no me conozca, el sello que comando con tres panas más); segundo porque tanto a Noaipre como a Lopatin ya los había disfrutado en otras ocasiones. Sin embargo, se cayó del cartel. Como voy muy por libre y no jodo con las app ni los horarios, me enteré el propio jueves. Así que nada, una muesca más que tachar en el futuro.

Ya sabía a lo que iba: este texto no va a servir en absoluto como palangana. Permítanme soltar ahora los hateos de rigor (si quieren ahorrárselos, un consejo: salten al siguiente párrafo). Aunque hateo tal vez suponga un ejercicio de corrección política poco menos que innecesario. No son más que las rajadas de un mindundi armado con una botella de agua y ganas de pasarlo bien. No se lo tomen en serio. Sin embargo, no quiero desaprovechar este escaparate para saludar a toda esa peña de excelso trambolikeo estético. En la cola del súper no estáis así de makiaos, pillines. Otro shout out también para las viejas glorias –si acaso del nivel de Álvaro de Benito, no de Stoichkov– del EDM patrio que dejaban verse por el recinto buscando arengas y palmaditas en la espalda.

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SonarHall es el escenario. O al menos, mi escenario. El jueves Kelela hizo lo que justamente se esperaba de ella: un recital de nu soul (sí, yo le veo más parecido con la Erykah Badu de unos Soulquarians a lo Night Slugs/Fade To Mind que otra cosa) intimista y a la vez con la mirada puesta en el club. Ni Fermín Muguruza se lo quiso perder.

El viernes, aterricé de nuevo en el Hall para ver la primera sesión del día de Kode9 (en mi cuadrilla no olvidaremos aquel momento en el que uno de nosotros empezó a increparle al grito de ‘Burial, eh, tú, Burial’). La selección, nada que no pudiera esperarse del capo de Hyperdub: footwork y breaks a 160 BPMs, muy similar a lo que ofreció unas horas más tarde en el Club (pero ahí con dosis bastante más elevadas de zapatilla, en lo que fue uno de los mejores sets del fin de semana para quien escribe), lo interesante recayó en los visuales.

No tanto por sí mismos, sino debido a la aprehensión de cierta estética similar a colectivos como NON Worldwide o Bala Club (no por nada Kode9 acaba de hacer de Florentino con Endgame). Lo que por un lado nos alegra, en tanto la vieja guardia se pispa de que hace rato que estamos en 2016.

Por otro, aunque a uno le mole que los visuales te suelten citas de El Capital, por ejemplo, es bastante preocupante que el aspecto político ligado a aquellas crews se extienda y banalice como el gimmick del año. Vemos pasar tendencias como si no fuera con nosotros la cosa… y normalmente debería ser así, pero a mí no me sale de la polla frivolizar con lo político y que acabe siendo un meme más en la genealogía de la electrónica. Será porque soy vasco.

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En cambio, Daniel Lopatin seguía a lo suyo. Visuales que aunaban imaginería del World of Warcraft y enterradores a sus labores. Un live que repasó gran parte – por no decir la totalidad– del «GOD», con Nate Boyce esta vez encargado también de la guitarra. Por ponerle un pero, echamos de menos Still Life, en la medida en la que puede encajar también con la paleta sonora del último álbum, aunque desde la perspectiva de productor, seguramente OPN esté hasta la polla de ese track: las canciones envejecen peor si las has hecho tú, niños y niñas.

El «pero» es nimio, no obstante, pues achacarle eso sería poco menos que injusto para el que es, en mi opinión, uno de los compositores más importantes de su generación. Mucho más si tenemos en cuenta que su concierto fue el único que logró ascenderme a otro estadio espiritual. “Notaba como el mal se apoderaba de mi interior”, me comentaba Monkey’s Cymbal*. Y es que hubo más de dos y tres momentos en los que nos sentimos como si Burzum, en una de sus quemas de iglesias periódicas, llegase a la capilla donde trabajaba Bach y en vez de meterle fuego, decidiera hacerse un tema con él.

*Nota del editor: Productor en la nómina de Sweat Taste. 

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