#Crónicas

Raime: dientes destensados

El dúo británico actuó en el DNIT presentando "Tooth", trabajo con el que se acercan al post-Hardcore.

01.02.17
Pau Cristòful

Fotos de Alba Rupérez.

El pasado viernes el DNIT vivió la que seguramente sea la actuación más cercana al “rock” de las que ha ido programando mensualmente en el CaixaForum barcelonés.

A principios de esta década, Raime se convirtieron en unos de los artistas más interesantes de la electrónica experimental, aunque esta vez no venían a presentar su magnetismo a cámara lenta.

El pretexto era “Tooth” (Blackest Ever Black, 2016): «Un álbum que funciona como un todo y que suena, tal como ellos afirman en la entrevista, “crudo y minimalístico”, con unas pocas notas de guitarra ligeramente saturadas impregnando de tensión unas bases electrónicas que suenan profundamente londinenses, una deconstrucción oscurísima de géneros como el Grime y el Dub», citando la entrevista que publicamos a modo de previa.

En una de las respuestas de ese artículo, Raime avisaban de que «al principio tendíamos a ser más delicados pero cada vez tenemos más ganas de hacer ruido e impactar la audiencia» y el hecho de que giren con una formación de guitarra, batería y cacharros así lo parecía reafirmar.

Sin embargo, el concierto tuvo poco de caótico y atronador: la guitarra sonó ligeramente saturada pero no impregnó de electricidad, terminando por quedar en un segundo plano engullida por los bajos electrónicos (para la realización de este concierto se instalaron ocho subwoofers frente a los cuatro que se acostumbran a usar para las veladas de DNIT).

Ningún acople, ninguna sensación de peligro, incluso los gritos estaban pre-grabados: sin que fuera una mala actuación, por momentos aquello pareció una versión descafeinada de un tramo ligero de Godflesh (mítica formación que combinaba pesadas guitarras metal con martillazos rítmicos electrónicos) o bien unos visionarios actuando en el St. Feliu Fest.

Del mismo modo que lo hace el disco, las piezas se sostuvieron por la tensión contenida y el discurso tomó sentido como un todo y no como la suma de las diferentes canciones, difíciles de distinguir entre sí.

En un preciso momento, Joe Andrews empezó a disparar tensas notas de bajo pre-grabadas que lo cargaron todo de energía, en un crescendo de vigor que condujo al final de una actuación que, pese a todo lo comentado anteriormente, terminó por resultar breve a la mayoría de las 750 que agotaron las entradas del Caixaforum.