#Crónicas

El Sónar vuelve a relucir en su última edición

23.06.15
Pau Cristòful

Foto portada: Denisse García

Fotos artículo: Organización

Texto: Pau Cristòful, Beto Vidal y Frankie Pizá

A la tercera va la vencida. Después de una primera edición con algunos fallos comprensibles y de una notable mejora en el festival del año pasado, este Sónar 2015 parece que ha consolidado finalmente su nuevo formato, marcado por el traslado de la edición de día desde el inicialmente añorado CCCB a las instalaciones de la Fira de Barcelona.

El acondicionamiento del escenario SónarCar también ha brindado una oportunidad a aquellos quienes prefiramos disfrutar de la edición nocturna alejados de las masas. En este sentido, si uno evitaba los grandes reclamos pudo disfrutar cómodamente del festival a pesar de los 118.500 asistentes que el festival ha acogido este año (casi 10.000 más que el año pasado pero aún y así por debajo de los 121.000 que hubo en el Sónar 2013, ciertamente saturado). Actualmente el Sónar engloba distintos festivales en uno mismo y, tal como dijo Peter Rehberg (capo de Editions Mego) en la entrevista que dirigió la periodista Anne Hilde en el Sónar +D, «no me importa que se programe a Skrillex si al fin y al cabo esto permite que pueda disfrutar de otros artistas como Russell Haswell o Voices From The Lake en un contexto adecuado».

Antes de empezar a desgranar las actuaciones que pudimos disfrutar es necesario notificar también la mejora general de la calidad del sonido, especialmente en la edición diurna y a pesar de puntuales fallos en el equipo de algunos DJs (Arthur Baker y sobretodo Roman Flügel son los ejemplos más claros que recordamos). Mención a parte merece Ada Colau por conseguir que, para mucha gente, este Sónar sea sobretodo recordado como la edición en la que la alcaldesa retiró a los policías secretas del recinto.

Jueves día

Otro de los puntos fuertes de esta edición del Sónar 2015 ha sido la presencia nacional, consiguiendo que las actuaciones de LCC y especialmente la de El Niño del Elche vs Los Voluble se hayan colado en el top de muchos de los asistentes. Otro claro ejemplo fue la de Exoteric Continent, con la que dimos el pistoletazo de salida a nuestro Sónar. Arnau Sala actuó en el escenario SónarComplex, el auditorio que acoge los artistas más relajados y/o arriesgados del festival. El respetado productor barcelonés desarrolló un set en el que partió de sonidos industriales para sumergirnos progresivamente en un techno profundísimo que parecía una versión trance chill out de una de las aplastantes sesiones de Marcel Dettmann en el Berghain. La experiencia estuvo reforzada por unos sencillos pero conseguidísimos juegos de luces y por una pantalla que variaba del azul al blanco y quedaba continuamente impactada por un flash.

Más tarde, el mismo escenario acogió la actuación de Lorenzo Senni: el italiano desplegó un amplio abanico en el que las progresiones se expandieron a un ritmo muy lento, casi imperceptible. Trance cósmico oscilante y con distorsión analógica que cautivó a algunos de los que éramos conscientes de lo que íbamos a ver y que aburrió a muchos otros.

La tarde del jueves concentró sin duda los espectáculos audiovisuales más logrados del festival. Después del concierto de Exoteric Continent, el interés de desplazó al SónarHall. Allí, Lee Gamble ilustró su techno abstracto con las magníficas visuales elaboradas por Dave Gaskarth. Guiada por un bombo distorsionado, despedazado y difuminado, la música de Gamble incluyó pasajes de drum ‘n bass atemporal, hardtek y de ambient en un live irregular que por otra parte también estuvo perjudicado por unos problemas técnicos que le obligaron a parar varias veces a mitad de la actuación. Por su parte, Gaskarth nos hipnotizó con psicodélicas deconstrucciones de bustos y geometrías varias, incluyendo hacia el final lo que parecía una escena espacial de «Interstellar» (Christopher Nolan, 2014) vista desde un k-hole.

El live que ofreció Atom TM en el Sónar 2013 es uno de los mejores recuerdos que tenemos de la historia del festival. Esta vez venía complementado por los láseres que dirigó Robin Fox y, aunque incluyó algunos de los momentos más impactantes de esta edición, el nivel global no llegó al nivel de la mencionada actuación en solitario de 2013. Ambos conciertos compartieron bastantes elementos, como las bases kraftwerkianas y el uso de la recración digital del busto de Uwe Schmidt en las visuales. El uso de los láseres se centró en los colores primarios de la luz (RGB) y se valió puntualmente de humo para condensarlos, dando lugar a resultados realmente increíbles. Sin embargo, el tramo final de la actuación no pudo mantener el magnetismo inicial.

Arca

Siguiendo con el SónarHall: Arca (foto) era uno de los artistas que más expectación despertaba en esta edición. El joven venezolano es uno de los productores del momento: a sus 25 años ha colaborado con artistas de la talla de Kanye West y Björk y su trabajo audiovisual junto a Jesse Kanda ha llegado a ser comparado con la alianza Aphex Twin/Chris Cunningham. Presenciamos la primera mitad de su actuación y aunque nos pareció interesante en los tramos experimentales y bonita en las piezas de melancolía digital, su propuesta no nos terminó de cuajar. Cuando en «Sad Bitch» el joven dejó sus instrumentos electrónicos y se limitó a darle al play y a bailar con el torso desnudo imitando de mala manera el video firmado por Jesse Kanda, decidimos decididamente abandonar la sala: Arca parece estar en un punto intermedio entre la gran promesa de la electrónica y un proyecto de fin de curso del IED.

Mientras tanto, Kasper Bjørke animaba el SonarVillage con un acertado y resultón set en el que añadió contundentes y groovies bases house a su disco cósmico. Su música terminó de encender el público que Kindness había ido animando a fuego lento con su house y r&b destartalado fabricado a base de una banda con coristas. Más tarde, Felix Dickinson seguiría con la francachela con un set de house con toques disco y dub, aunque aparentemente sin el groove magnético de Kasper Bjørke (¿quizás por una bajada de volumen?).

En el SónarDôme pudimos disfrutar de la selección ecléctica y eufórica del excepcional DJ mexicano LAO, quien dinamitó con acento rave cualquier convención que tuviéramos sobre la música de club y la validez de los ritmos latinos. Por su parte, el representante del sello Cómeme Alejandro Paz puso del revés el escenario con sus humorísticos homenajes al house y al techno clásico, en especial cuando soltó el tan punk “Vayánse”. Mención respecial requiere Palms Trax: tras defraudar con la sesión que ofreció hace unos meses en el Nitsa, esta vez demostró el poder de su live, en el que tiró de un deep house progresivo y nada obvio con el que demostró sobradamente por qué se le considera uno de los artistas del momento en el panorama electrónico.

Los encargados de cerrar el SónarDôme fueron Mumdance & Novelist. El jovencísimo líder de The Square y el prodigio Mumdance tenían muy difícil restar algo de peso a las expectativas generadas por la aparición dos días después de Skepta y JME. Ambos dieron forma a uno de sus directos tradicionales, en los que el DJ y productor da coherencia a una versátil mezcla de rasgos hardcore, jungle, ballroom, grime o techno en la primera media hora y da soporte después al show del MC junto a parte de la crew. Lo consiguieron con creces: la sensación generalizada fue la de que el joven Novelist tiene la garra y el magnetismo suficientes como para desbordar con su talento, demostrando una vez más que su conexión con Mumdance ha sido fundamental para el ascenso de ambos en el último año. Sonaron esenciales como «Take Time» o «1 Sec».

Al mismo tiempo Autechre estaban cumpliendo con su condición legendaria en el SónarHall. Desde la mismísima boca del lobo, sumidos en la casi absoluta oscuridad (solo unas luces rojas de posición en cada lado de las cortinas del escenario Hall), pudimos comprobar como los beats descompuestos y desencajados de los señores Brown todavía suenan igual de laberínticos y enigmáticos que hace más de dos décadas, que se dice pronto. Fueron con el cuchillo entre los dientes, con la misión de ahuyentar a los despistados o aquellos que esperaban temas en la línea de la IDM primeriza de “Bike”. De hecho, hubo riadas de gente dejando la sala, lo cual junto con los parlanchines que se acumulaban en la parte trasera del espacio dificultó la concentración que las circunstancias requerían. Los que aguantamos estoicamente disfrutamos de una experiencia casi sobrenatural, en la que se nos apareció el incomprendido “Confield” (Warp, 2001) como si fuera la mismísima vírgen, añadiéndole toques bass, dubstep e incluso footwork que lo conectaron con la actualidad. La aspereza hecha arte.

Hot Chip

Finalmente, Hot Chip (foto) cerraron el SónarVillage con un concierto de lo más agradable en el que sacrificaron gran parte de su reciente LP a favor de un repaso de los hits que han compuesto durante la última década («One Life Stand», «Flutes», «Over And Over» o «Ready For The Floor» serían ejemplos).

Viernes día

Tras empezar el warm-up del día de la mejor manera posible (primero con Mans O y su ambient cristalino, luego con Desert DJs y su exquisito gusto a los mandos de una cabina), Brigitte Laverne acondicionó de elegante synthpop el escenario SónarDôme con un directo mejorado y un sonido más contundente, que invitaba a bailar. La cosa promete para la integrante catalana de la última Red Bull Music Academy, que además está a punto de sacar EP.

Headbirds, acompañado de Cauto, se pusieron más burros gracias a un estimulante directo en el Village ejecutado exclusivamente a base de hardware. En cambio, Owen Pallett quedó afectado por el contexto en el que había estado programado, aburriendo y saturando de edulcoración aquellos hedonistas que ocupaban el césped. El violinista ha demostrado sobradamente su calidad con sus anteriores visitas a la Ciudad Condal, pero esta vez no le tocó el escenario adecuado.

En el SónarHall, Vessel ofreció una versión optimizada y más cohesionada del directo que presentó meses atrás en el ciclo DNIT del Caixaforum. Beats monolíticos e industriales y ruido expansivo ilustrados por los visuales angustiantes y perturbantes de Pedro Maia, que añadían la tensión del rojo al blanco y negro predominante. La tónica general en el apartado musical fue el techno EBM ralentizado y cargado de ruido, aunque se incluyeron puntualmente ritmos drum ‘n bass, profundidad deep y un bis de dub recargolado.

Kiasmos

Más tarde, el mismo escenario acogió el live de Kiasmos (foto), con unos visuales de primer nivel y una música acorde con estos: techno reposado y suave que, a pesar del alto factor obvio, suena a pura felicidad melancólica, la misma que emana Ólafur Arnalds y su compañero de batalla Janus Rassmussen. Todo lo contrario que con Squarepusher, el encargado de insuflar mal rollo media hora más tarde en el mismo escenario, igual que Autechre 24 horas antes. Su directo, ensordecedor y demencial, nos devolvió la mejor versión del Tom Jenkinson, la que le aleja del virtuosimo al bajo eléctrico (pese a que al final se animó a tocarlo) y le acerca a los breaks castigadores y a las estructuras rítmicas demenciales. Todo ello unido a unos visuales no aptos para epilépticos.

Durante la tarde del viernes, el SónarComplex acogió el showcase con el que el sello austríaco Editions MEGO celebró sus 20 años de existencia. Los encargados de cerrarlo fueron Voices From The Lake, dúo integrado por los artífices del techno Neel y Donato Dozzy: como era de esperar, desarrollaron una relajante progresión lineal en la que el ambient se estructuraba por el beat techno. Fue agradable, pero sin embargo no cumplió con la expectativa que despertaban estos dos genios.

Ya de vuelta al SónarVillage, Floating Points combinó técnica con gusto y sabiduría, cerrando el escenario con la mejor selección y una de las mejores sesiones de todo el festival. Tan solo por escuchar clásicos producidos por Patrick Adams (el «Take Me I’m Yours» de Mary Clark levantó al público sin vuelta atrás) o a T. Connection fundidos con house, deep house elegante o techno norteamericano en aquel clima de alegría y buenas vibraciones ya valió la pena asistir a la cita barcelonesa.

Viernes noche

Aquellos quienes repetimos año tras año que no volveremos al Sónar de noche nos vimos nuevamente obligados a acudir por la coincidencia de un contexto de aforo reducido y familiar como es el SónarCar y de una excelente programación que concentraba algunos de los nombres más interesantes del techno bruto actual:

Powell presentó sus producciones en directo con un live distorsionado, de textura analógica y ligeramente descuadrado a posta. El jefe de Diagonal Records cumplió con su faceta más tosca, combinando tralla con pasajes downtempo, efectos dub, post-punk industrial con samples de guitarras y distópicas voces en off. Paranoid London combinaron bases de techno distorsionadísimo y 303 forzadas al límite con vocales macarras, algo así como unos Sleaford Mods pasadísimos de pastillas. Randomer protagonizó el mejor set del festival combinando implacable techno 4/4 con fracturaciones, pasando de melodías y sacudiendo al personal a base de ritmo, ambientes y toques de acid y Helena Hauff siguió en la misma línea, añadiendo puntualmente sonoridades de EBM y electro. Noche épica que para los pocos centenares de asistentes allí presentes seguramente quedará como uno de los mejores recuerdos de la historia del Sónar.

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En el escenario principal, Róisín Murphy (foto) intentó encender la mecha de la noche del viernes sin todo el acierto que podía esperarse de una diva como ella. Pese a que tiró de hits como la mastodóntica “Simulation” o “Jelaously”, interpretada de manera magistral en clave funky por su banda, al parecer estuvo más atenta en sacar a relucir su extravagante vestuario y máscaras imposibles. Lo mismo ocurrió con Tiga y su directo, que no fue otra cosa que la interpretación de los clásicos electroclash de toda la vida (la versión del «Sunglasses At Night» de Corey Hart, «Shoes» o «You Gonna Want Me») cantados por él mismo y con la compañía de su compañero de batallas Jori Hulkkonen. Misma fórmula, hueco por dentro. Poco antes, Die Antwoord habían dado un concierto diametralmente opuesto a la zona de confort mostrada por Tiga, con una lección de humor negro, chonismo y escenografía hortera -¿penes 3D de colores en los visuales? Claro, por qué no-. Su música podrá ser estridente y a ratos empalagosa, pero pocos artistas les ganan en cuanto a sentido del humor y actitud encima de un escenario.

Por otra parte, a pesar del baile de tímpanos al que nos empujó el que es uno de los cerebros detrás de PC Music y único artista relacionado con el sello que asistió a Sónar Festival, la actuación de SOPHIE lució más de lo esperado; ni hubo performance ni un decorado maximalista, pero sí un sonido extremo y un cameo estelar de la cantante del proyecto QT, que aunque tirando de playback consiguió arrancar el júbilo de todos los asistentes. Al fin, y gracias o por culpa del apabullante sonido, nos dimos cuenta de la verdadera fuerza del sonido de este incomparable productor. En cambio, Jamie XX se mostró lineal e insípido, calculado y sin riesgos. Hubiera podido llevarse el título a la propuesta más aburrida del festival si no llega a ser por el acertado baño de colores y luz que brindaron al público las visuales o el momento en el que sonó una versión alternativa de su himno «Loud Places».

Sábado día

Por su transgresión y originalidad, la de Niño de Elche vs Los Voluble (foto) fue una de las mejores actuaciones que recordamos en la historia del Sónar. Mientras Niño de Elche ponía su voz y deje flamenco recitando consignas políticas y otras relacionadas con la cultura rave, los Voluble se dedicaron a poner bases techno desquiciadas o bien industriales, con un atino que asustaba. Detrás de ambos, una enorme pantalla con vídeos sobre la cultura popular trash española (la Sevilla underground, el franquismo, Carrero Blanco, etc.) e imágenes de la eterna lucha de clases (manifestaciones y policías pegando palos, por ejemplo). De todo esto salió una bizarrada tan enorme como necesaria que apunta a nuevas formas de música electrónica reivindicativa y que puso patas para arriba el Sónar Complex. Para quitarse el sombrero.

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Tras el atracón de inputs, nos acercamos a ver qué tal sería el nuevo show que proponía Evian Christ en su directo tras fichar por Warp. El montaje fue elegante y vistoso, pero musicalmente hablando la actuación fue un tanto plana y monótona pese a las buenas maneras que se intuían entre el cruce de r&b, grime y beats futuristas. A partir de ahí, uno podía ir a bailar al Village con Bomba Estéreo (opción fácil y no demasiado recomendable) o bien estrujar todavía más neuronas con el dub industrial de The Bug. Elegimos la segunda. ¿El resultado? Otra sensación de cierto estancamiento, no por baja calidad (todos sabemos de lo que es capaz Kevin Martin) sino porque la gran mayoría de canciones sonaron muy parecidas entre sí, pese a los esfuerzos de los MC que se pasearon por el escenario (todavía resuena en mi cabeza el ‘louder, louder’ a pleno pulmón recitado por Flowdan para intentar animar el cotarro). La gente, a esas horas y con todavía una última noche por delante, estaba ya por otras cosas.

Más acertado estuvo Henrik Schwarz con su cierre del Village a base de house de guante blanco con regusto ibicenco. Manos apuntando a los últimos rayos de sol y hedonismo al cuadrado que nos recuerdan los altísimos niveles de dopamina que se alcanzan en el Village.

Paralelamente, el SónarDôme acogió la esperada actuación conjunta de Skepta & JME. El primero es un veterano rudo, agresivo y corpulento, que impone cuando irrumpe en el escenario. JME, su hermano pequeño y también fundador de Boy Better Know, se muestra más gentil y con un carisma más cercano. Ambos demostraron una conjunción y comunicación perfecta en el escenario, desde el comienzo con «That’s Not Me» hasta el poderoso final con «Shutdown». Si algo nos quedó claro después de digerir la actuación de una hora es que la propuesta de Novelist es más fresca y accesible y que, en cambio, la de los hermanos resulta por momentos demasiado densa e impracticable.

A media tarde, el mismo escenario presenció el set de Valesuchi, DJ chilena apadrinada por Cómeme que combinó con house y ritmos latinos con júbilo y maestría, adoptando el sentido del humor propio del sello desde una perspectiva menos gamberra de lo habitual. Tras el imbatible concierto de Niño del Elche vs. Los Voluble, fue el segundo mejor recuerdo de esta última tarde de festival.

Sábado noche

Contrariamente a lo que decíamos de la noche del viernes en el SónarCar, la edición nocturna del sábado fue de las más flojas que recordamos.

Con los Chemical Brothers volvió a pasar como con Duran Duran, Tiga o Siriusmodeselektor: sus discursos musicales están, a día de hoy, caducos y estancados. En su día brillaron con intensidad (en el caso de los más viejunos, hace 30 años) o propusieron nuevos lenguajes (la simbiosis entre indie y electrónica de los Chemical, por ejemplo), pero en al actualidad su propuesta resulta desfasada y sin sustancia. Ni siquiera arrancando con «Hey boy hey girl» -es decir, quemando naves a primera hora- ni con el aporte de unos visuales de calidad -como ya hicieron en su actuación en el Sónar 2010- o con la aparición de un robot gigante muy Kraftwerk, pudieron levantar un directo con algunas subidas («Block Rockin Beats», «Chemical Beats», et al.) y demasiadas bajadas (el nuevo material de su inminente disco o otros temas insustanciales). Eso sí, llenazo hasta la bandera y público extasiado, robando asistencia a unos PXXR GVNG que se estrenaron en el festival como mejor saben hacer: con mucha pose, rimas imposibles y, sobre todo, con unas bases trap bien definidas que sonaron muy bien. Pese a todo, vimos más críticos o curiosos de avanzada edad que swaggers y más chicas encima del escenario que en el público. La sensación es que se comerán el mundo si continúan creciendo con la misma velocidad y ganas.

Llegados a este punto, solo quedaba dejarse arrastrar cual zombie y picotear de allí y de allá (el techno rocoso del infalible Scuba, el show DE SIEMPRE de Modeselektor, se junten con quien se junten) para al final cerrar el Sónar 2015 de la mejor manera posible: con Laurent Garnier en el escenario Pub, todo un clásico. Paralelamente, en un poco poblado SónarCar DJ Sliink desplegó todo su armamento club pasando por derivados del género, bmore, trap y una reunión de edits realmente ingobernable. A pesar de su técnica y energía, el ahora mismo principal representante del jersey club y los Brick Bandits no contó con una audiencia que valorara sus habilidades.

Una última velada agridulce que sin embargo no estropeó el recuerdo que guardamos del festival: el de un Sónar de día del jueves realmente impresionante, un SónarCar que el viernes devolvió a muchos las esperanzas respecto a la edición nocturna del festival y, sobretodo, el de un festival que funciona como es debido: con buen sonido, mejor producción, actuaciones de primer nivel mezcladas con descubrimientos y en general todo lo que uno puede esperar de un festival con la reputación internacional que tiene el Sónar.

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