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Sobre «Black Metal»: El sedante rompecabezas de Dean Blunt

31.10.14
Frankie Pizá

«Black Metal está aquí y no cuesta decir que ha superado las ya altas expectativas reposadas sobre él: Fran Martínez, en la víspera de la actuación de Dean Blunt en Barcelona, describe el entorno del británico como un «proceso de constante mutación de géneros envueltos dentro de un estado de ánimo melancólico, narcotizado, tóxico y romántico, donde la manera en la cual decide deconstruir el pop es siempre un rompecabezas fascinante».

Esta semana dedicábamos una mirada a la obra de Dean Blunt a propósito de su actuación esta noche dentro del Festival DNIT en el Hall de Caixa Fòrum y, dentro de ese artículo, repasábamos en perspectiva su singular trayectoria desde sus inicios junto a Inga Copeland como Hype Williams hasta su posterior faceta en solitario, terminando aquel artículo analizando sus trabajos de 2013 como fueron “Stone Island” y, el celebrado dentro de buena parte de la prensa especializada, “The Redeemer”.

Trayectoria que nos hacía permanecer atentos a sus nuevos pasos y la dirección que eligiría en este “Black Metal” dentro del mítico sello londinense fundado por Geoff Travis, Rough Trade. Esta alianza, no tiene tampoco nada extraño al igual que tampoco lo tenía su fichaje por Hyperdub para el lanzamiento de “Black is Beautiful” en 2012 junto a Inga Copeland. Como analizábamos en el artículo publicado esta semana, la música de Dean Blunt sigue un proceso de constante mutación de géneros envueltos dentro de un estado de ánimo melancólico, narcotizado, tóxico y romántico, donde la manera en la cual decide deconstruir el pop es siempre un rompecabezas fascinante.

En “Black Metal”, sigue con la misma afición en construir un entorno único de poco más de cincuenta minutos de duración donde dejar que las piezas se muestren como viñetas imperfectas hasta ir generando una dinámica anímica que te va soterrando e hipnotizando en una suerte de truco de escapismo de Houdini, recreando la ilusión de ser un trabajo que parece abonarse dentro de la sonoridad post punk que caracterizó a Rough Trade, pero al final la singularidad de Blunt se impone, en esta ocasión sin la presencia vocal de Inga Copeland en ninguno de sus cortes, siendo Joanne Robertson la que tome esa faceta en distintos momentos del álbum.

“Black Metal” parece distanciarse hacia un espectro más taciturno comparado con “The Redeemer”, sensación en parte recreada por el menor énfasis en el uso de arreglos en este disco, aunque comparten la vocación de ser un recorrido para ser disfrutado en toda su extensión. “Black Metal”, tiene una estructura más definida al contar con dos tramos diferenciados al dejar en la parte central dos cortes como “Forever” y “Punk”, que ocupan más de veinte minutos de la duración del disco. Entre estas dos piezas centrales, se desarrollan una serie de pasajes que elaboran un viaje de entrada y otro de salida dentro del disco.

En la parte inicial, el disco abre con “Lush” de manera sorpresiva y parece apostar por el regusto de “The Redeemer” uniéndolo a una mayor apariencia de pop barroco y a mitad camino del jangle pop. Una miniatura que descoloca, reconforta en su soleada apariencia pero son sensaciones que desaparecen ante la maraña de “50 Cent”, con Robertson acompañándole y jugueteando con el sonido de las guitarras circulando entre el recuerdo de The Durutti Column, Brian Eno o el recuerdo de otros sellos ingleses como Factory o Glass, aunque al mismo tiempo aparece el recuerdo de otra banda editada por Rough Trade como Disco Inferno, por esa capacidad de mostrar melodías demoledoras intentando resplandecer dentro de un caos imperfecto, capaz de resultar atrayente pese a transitar por aguas tempestuosas. Esa sensación, se muestra en un aspecto lánguido en “Blow”, dejando que el murmullo de Blunt y las percusiones deslabazadas características de su música siga introduciendo el contrapunto enrarecido a unas guitarras que transitan afligidas entre el romanticismo de una lírica que parece propia más propia del hip hop que de Ian Curtis.

La venenosa envoltura pop de “100”, sigue jugando con la inocente apariencia pastoral y con Blunt metido en su propio universo repitiendo “everybody says i’m wrong” mientras va ajustando sus pequeñas cuentas y el sentimiento melancólico se torna a mitad camino del aire baleárico y el pop sofisticado. “Heavy”, emborrona este primer tramo con su atropellada colección de sonidos envueltos en un estado perturbador y enrarecido, que añade maldad a un álbum que nos vuelve a dejar helados ante la belleza conmovedora de “Molly & Aquafina”, una refinada entrada a la languidez y el recuerdo lánguido de Windy & Carl, Low, Long Fin Killie, Bark Psychosis, Mazzy Star, el recuerdo del esPíritu del Eden o el fantasmagórico y dulce universo de 4AD.

Detenernos en este juego siempre es curioso, intentar encontrar en esas similitudes un motivo o razón, una luz de entendimiento para conocer cual es la deriva del álbum, qué trata de contarnos o proponernos descifrar algún motivo por parte de Dean Blunt. Todo esto se viene abajo al llegar a la parte central del disco, iniciada con los trece apasionantes minutos de “Forever”, una pieza de melancolía sofisticada que parece ahogarse en el frio electrónico en su inicio con esas perturbaciones propias de Ekoplekz (del mismo modo se podría citar su proyecto junto a Baron Mordant como eMMplekz) en su primera parte, con ese aire de minimalismo wave, decaimiento dub y el lirismo del sonido del piano y la guitarra circundando hasta la aparición del sonido del saxo que nos empuja hasta sensaciones aún mucho más taciturnas y conducirnos hacia la sofisticación de una banda sonora humeante y húmeda, una recreación fantasmagórica y enrarecida de algo tan, aparentemente, denostado como el smooth jazz . Una simple aparición de Robertson vampirizando de sensualidad y un final donde flotar encandilados entre sus repeticiones y que me trae recuerdos de Bark Psychosis o de Hood, por esa lúgubre placidez de presenciar un otoñal atardecer.

Como extensión de esta maniobra de seducción, aparece “X” como una pieza que parece funcionar en su inicio como pieza de banda sonora para algún thriller para ir dejando paso a sintetizadores y a la voz de Robertson jugueteando con la de Blunt en una suerte de recreación personal y marciana de Gainsbourg y Birkin, entre el lado crooner y el hip hop. En algún lugar del universo de cLOUDDEAD y la banda sonora del filmE “Spoorloos” (y un rap como aporte final que pone colofón con el lema “until this life is over/ get money rolling over”).

En el camino de regreso a una nueva sucesión de viñetas mucho más concretas en el álbum, encontramos el aire dub dentro de “Punk” que por una extraña razón me trae recuerdos de la intro del “Lazarus” de The Boo Radleys, aunque tan solo sea una línea de penetrante sonambulismo dub. Las oclusiones y el emborronamiento electrónico vuelve a presentarse en “Country”, donde volvemos a recordar las toxinas de Nick Edwards o Keith Fullerton Whitman. En el otro sentido, aparece la breve muestra new wave entre Ryuichi Sakamoto (como no, también de la Yellow Magic Orchestra) o Japan con “Hush”.

El final parece menos sorpresivo al colocarse allí las dos piezas que había presentado anteriormente como single como son “Mersh” y “Grade”, la primera con ese aspecto saltarín y helado de oscurantista UK garage y “Grade” sirviendo como contrapunto onírico a todo un recorrido elaborado en estos trece cortes donde de nuevo aparecen las sensaciones de banda sonora ideada por Popol Vuh entre beats marciales, incursiones jazzys y hip hop narcotizado. “Black Metal” en su conjunto se revela de nuevo como collage que podría parecer inconexo, algo habitual en su obra, pero que sucesivas escuchas van demostrando su coherencia y deja de lado el lado impenetrable para ir convenciéndote de sus virtudes. Dean Blunt sigue demostrando que como artista sigue transitando un mundo más allá del nuestro. Como decíamos, cita ineludible esta noche (los que puedan) en Barcelona para enfrentarnos a su misterio.

Por Fran Martínez

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