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Kendrick Lamar, el «yo» y el problema con la positividad…

10.11.14
Frankie Pizá

«He’s not a rapper, he’s a writer, he’s an author! And if you read between the lines, we’ll learn how to love one another! But you can’t do that — right on! — I said, you can’t do that without loving yourself first.»

Posiblemente lo que menos destaca a simple vista de «i» es la progresión que va sufiriendo durante el desarrollo de la misma la voz de Kendrick Lamar: su tono comienza emparejándose con el de un bufón, un producto casi de ventriloquia, para acabar enfurecido, cercano al desgarro. La reacción inicial es siempre observar la capa superficial de los hechos, algunos elementos reclaman demasiada atención para que el global pueda ser analizado; el rapero que más esperanza, idealización y respeto ha estado levantando en los últimos 3 años parece haber perdido el norte; está sometiendo a su virtuosismo natural a un proceso de ejemplificación innecesario en menos de cuatro minutos de duración. ¿Qué pretende?

Siguiendo con reacciones preliminares: la de la comunidad Hip Hop ha sido, de forma cuasi unánime, el rechazo en seco de «i», primera muestra creativa del de Compton desde que irrumpiera en el timeline del género el último gran álbum de su historia, «good kid, m.A.A.d. City» (TDE, 2012). Así como nadie duda de la importancia del major debut del californiano, muy pocos están cuestionándose que la interpretación que estamos dando a un single desilusionante en todos los sentidos sea la adecuada.

Somos un cuerpo desinflándose con rapidez en lo que se refiere a Lamar: venimos de digerir una obra atemporal, a la altura de «Illmatic» o «The Chronic», un trabajo completo en el que se adapta el reflejo del poeta del ghetto a nuestro tiempo, con ingenio, precisión, narración novelística y lo más importante, generando una única empatía con el receptor. Luego, para decir más, vino «Control» (de Big Sean); el verso de más peso de los vertidos en el último lustro y que consolidaba al de Black Hippy como rey absoluto del negocio; pocos han sabido sacar los colores de forma tan desvergonzada, imaginativa y destructiva a una decena contemporáneos (J. Cole, Big K.R.I.T., Wale, Pusha T, Meek Mill, A$AP Rocky, Drake, Big Sean, Jay Electronica, Tyler, the Creator o Mac Miller) en tan poco tiempo. Un toque de atención, una serie de jabs de izquiera lanzados sin contemplaciones.                           

Nos ha tirado un gran jarro de agua fría y estamos temblando: «Por qué el sample es tan explícito? Por qué samplea a una de las bandas más queridas por el público afroamericano? Por qué sus rimas son tan simples esta vez? Por qué en el vídeo oficial se sigue el patrón de recorrido parecido al efectuado por Pharrell en «Happy»? Por qué es tan feliz? Acaso no le importa su reputación?  Por qué otra vez el concepto manido de «One Nation Under a Groove» (Parliament/Funkadelic)? Cualquier aficionado indignado se habrá preguntado a sí mismo alguna de estas interrogantes, mirando con cara de circunstancias un nuevo panfleto positivista representado por un artistas de raza negra.

Las comparaciones con «Happy» llegan de forma súbita una vez provocada la decepción con la actitud del MC, que a ojos de la multitud está echando a perder todo el prestigio ganado con su primer trabajo largo: una melodía adictiva, motivadora, en la que se recurre a las universales notas del «That Lady» de los Isley Brothers para mandar un repetitivo mensaje de amor propio a cualquier ser humano, y en concreto a la comunidad afroamericana. ¿Se está subiendo al tren del mainstream de manera absoluta y sin vuelta atrás? Está presionado por TDE para lanzar algo que rompa el mercado de forma mayoritaria y está intentando a duras penas no salir magullado? O simplemente está siendo sincero consigo mismo y mandando una señal para todos aquellos a los que la realidad solo hace que deprimir?

El excesivo positivismo carga, como provoca algo de ira una persona más feliz que nosotros, con la autodeterminación de hacer lo que le plazca en cada momento: el producto que es «i», divisorio por contexto previo, presente (el propio Lamar, recordemos, demostró días después de lanzarse el single, que sus cualidades no se han quedado en la estacada, protagonizando un freestyle de más de 6 minutos encima de un instrumental de los J.B.’s en una radio estadounidense) y naturaleza, llega en un momento en que necesitamos de esa alegría, de esa despreocupación, pero a todos nos parece poco menos que «falsa», extrañamente rutilante.

El final de la era de la auto-definición de la raza negra a través del arte, la cultura y la unión popular en defensa del racismo es un hecho ya desde hace varios años; la llama que en el Hip Hop encendieron los rayes del Hip Hop combativo como fueron Public Enemy ya no tiene lugar en nuestro contexto, como tampoco lo tienen los radicales, ilustrativos panfletos de Spike Lee en los 90; hemos superado la fase «Fight The Power» y ahora toca amarse a uno mismo como unidad, hacer un ejercicio de reflexión para encontrar un rayo de luz que de valor a una existencia cada vez más barata para la sociedad y el aparato económico.

Es ahí donde «i» puede comenzar a cambiar y levantarse como un acto revolucionario pasado desapercibido o arrastrado por los prejuicios y la acelerada asimilación: las expectativas nos han jugado una mala pasada y somos incapaces de ver más allá de un sample fácil y unas palabras sanas, sencillas: en un momento en que las nuevas sensibilidades inclinadas a la excesiva reflexión, la carencia emocional o la desesperanza están destrozando los tópicos más generalistas del Hip Hop (el gangsta ahora también llora, el adolescente ahora habla de sus problemas, de desamor, el niño cafeínico hace lo propio sepultado por cultura de consumo), el mejor y más preparado rapper reaparece con un «tienes que quererte primero a tí mismo, antes de querer a los demás», con un «levantarse por uno mismo ante un mundo que intenta destruirte, es producto de orgullo».

Quizá las últimas revueltas, riots y manifestaciones producidas en Ferguson a raíz de los conflictos estén de nuevo apretando y haciendo sangrar la herida del racismo, y quizá haya sido «i» una manera en la que Lamar vuelve a llamar la atención sobre esta problemática. También puede haber sido producto de una cadena de malas decisiones tomadas de mala manera. O puede ser un nuevo movimiento inteligente de Lamar: diciendo en voz alta que ni el público, ni el mundo, ni las expectativas, dictarán su camino, porque el amor verdadero no es ni el de esos fans, ni el de tu compañía, ni la aceptación unánime de todo el ecosistema, ni siquiera el de tu familia. Es el que aprendes, con el tiempo, a manifestar hacia ti mismo.

@FrankiePiza

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