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«Freetown Sound»: Un acto de libertad

Definir una persona con todo lo que la rodea.

08.07.16
Aleix Mateu

Fotos por Deana Lawson.

En la ciudad de Nueva York viven alrededor de 8 millones y medio de personas que se mueven constantemente. Mientras, en algún rincón de Bed-Stuy (Bedford-Stuyvesant, donde se rodó Do The Right Thing), en Brooklyn, Binky y Tony se abrazan como aislados de todo lo demás. Sentado él en la cama se protege en ella de todo lo que hay fuera del pequeño apartamento neoyorquino.

A lo largo de la ciudad hay una gran cantidad de parques y espacios verdes: solo en Manhattan puedes encontrar alrededor de 80. Estos pequeños y no tan pequeños oasis en el corazón bullicioso de la ciudad están igualmente concurridos por gente haciendo deporte, descansando, o aprovechando unos metros cuadrados de aire limpio para hacer lo que deban.

A lo largo de la historia reciente de America estos parques han sido también símbolo para algunas minorías y medio para conseguir derechos. Ya sea en la lucha feminista o para usarlos como sitio de encuentro en colectivos estigmatizados como el LGTB. Como señala el Daily Mail en su articulo sobre los Guardian Angels, de quién hablamos recientemente, algunos parques eran «a common place for gay men to meet up in the 1970s before society began embracing homosexuality.»

Uno de ellos fue el Washington Square Park, un parque del barrio bohemio-intelectual-artístico de la ciudad, el Greenwich Village. Tal como explica el conservatorio del parque, el barrio era un enclave común para artistas y activistas de todo el país, como Jimi Hendrix, Nina SimoneJoan Baez, Bob Dylan o los elusivos poetas beat, que encontraban en el Washington Square un espacio para expresarse en libertad o reivindicar el derecho de los trabajadores y las mujeres. Decía el periodista socialista John Reed:

“O life is a joy to a broth of a boy/ at Forty-two Washington Square.»

Cuando en 1911 un incendio en la Triangle Shirtwaist Factory acabó con la vida de 146 personas, la mayoría de ellas trabajadoras inmigrantes,  el parque fue escenario de concurridas manifestaciones que culminaron el año siguiente con una marcha de 20.000 trabajadores y trabajadoras en el Día del Trabajador para luchar por mejores condiciones laborales.

Es precisamente en el Washington Square Park donde Devonté Hynes pasó largas horas leyendo, observando, haciendo field recording y escribiendo lo que ha sido su nuevo disco, «Freetown Sound«. El también conocido como Blood Orange pasó la mayor parte del proceso creativo en la calle y, concretamente, en los parques de toda la ciudad, espacios de continuo flujo libre. El disco nos transmite esa esencia callejera con la continua integración de grabaciones de ambientes en Nueva York.

«Freetown Sound» se presenta como algo cercano a la mixtape, una amalgama de sonidos y historias que buscan obviar los cortes entre canciones para emular algo así como el pensamiento líquido y potenciar una narración que sigue la lógica del hipervínculo: puede pasar de imaginar Sierra Leona a hablar de la camiseta que lleva una chica en un concierto de A$AP Rocky y Tyler, The Creator, a entonar estribillos de Eddy Grant.

El peso de lo específico, del detalle, para hablar de la identidad y ejemplificar todos esos conceptos que Hynes quiere ilustrar, se edifican sobre la observación directa de la ciudad en continuo movimiento y la lógica del sampleo y el collage; y sitúan al artista, si bien en el centro de la historia, al mismo nivel que todos los demás actores que desfilan por su drama: tanto ídolos e iconos (como Octavia St. Laurent o Marlon Riggs) o personas que le hicieron daño, como la ropa que viste o las ciudades de Londres, Nueva York y Freetown.

El reconocimiento de todos los elementos, de la naturaleza que sean, resultan de una total actualidad en conexión con el hipervínculo y la concepción del actor-red. El concepto de sociedad debería ser la culminación y no el inicio de la explicación de un fenómeno y un disco como «Freetown Sound», que se edifica sobre la referencialidad absoluta, resulta un ejercicio total para demostrarlo. Tal como explica Dev Hynes en su reciente entrevista para Pitchfork:

«My friend always used to say that my brain is like a browser that has open tab links, like, “We’ll go back to that tab in a second.” That is really how I am. It’s like a spiderweb. I won’t even know how I got to a place. And if you were to ever look at my computer, I have like 50 tabs open.»

El francés Bruno Latour ha sido uno de los pensadores que más en profundidad ha tratado la Teoría del Actor Red. En Reensamblar lo social: una introducción a la teoría del actor-red hace un retrato de aquellas concepciones relacionadas con “lo social”  y el sentido que subyace en ellas, para desmontarlas y reconvertir esos actores en agentes que se alzan al mismo nivel que los demás agentes materiales, como podría ser la Roland R70 que Dev Hynes ha usado para crear el disco. De hecho, para Latour, la sociedad, los fenómenos sociales o las construcciones simbólicas, no son “nada”; pues tradicionalmente se ha mezclado lo que se debe “explicar con la explicación”.

La vigencia de esta forma de entender aquello que nos rodea es total y esta motivada por muchas características señalables del mundo contemporáneo, como las sociedades globales e Internet y los nuevos medios, que intrínsecamente han dado fuerza y visibilidad al fenómeno de estructuración en forma de red. En este contexto, donde la interrelación es mucho más explícita, identificamos en un mismo nivel los artefactos tecnológicos con lenguajes de programación y actos humanos, todos ellos en un mismo conjunto.

Por extensión, podemos decir que dar por válida la teoría del actor-red nos sumerge en una libertad absoluta cercana al nihilismo, pues destruye los preacuerdos y el comfort, un acto que Blood Orange ha perseguido en este disco.

«Why the fuck do you even speak?
It’s not a choice of speech, and it sure ain’t free
to keep your edge
Stay in your corner, fuck you up, we lost our chill.»

–Blood Orange en «Chance».

Como explica el propio artista, «Cupid Deluxe» es el disco hecho en Londres imaginando Nueva York y «Freetown Sound» es el disco hecho en Nueva York imaginando la capital de Sierra Leona, ciudad en la que nació su padre. Esta regresión al origen es una dirección más para seguir el proceso de descolonización mental que Dev Hynes intenta hacer: su continua búsqueda de aquello más profundo y la historia detrás de los iconos suprime la apropiación de símbolos por parte del capital, como serían las camisetas de Thug Life o de Bob Marley, así como la banalización de la palabra «nigga«, tal como él mismo explica.»Everyone should be aware of where things come from«, asegura.

Esta continua reprobación del uso común de los símbolos y la consiguiente banalización, encierra, en algún momento, cierto elitismo cultural. Hynes anda en ambientes bohemios y artsy, hace danza contemporánea y puede abrazar cualquier resquicio de cultura clásica o contemporánea. Desde este espacio restringido el artista puede señalar la ignorancia mientras, en su trabajo, desfilan cientos de referencias culturales.

A pesar de ello, en la constante contextualización del contenido, en el disco hay una continua dialéctica presente-pasado. Y Hynes lleva al estrado a innumerables influencias. No en vano el disco, como decíamos, propone un planteamiento inevitablemente contemporáneo pero con un sonido que nos remite a otras épocas y geografías. De los saxos de John Coltrane en Nueva York al Caribe electrónico de Wally Badarou en Nasáu, las Bahamas. O el hibridismo sexual de la trans Olivia St. Laurent y de toda la comunidad queer de Nueva York, una de las máximas influencias para el artista.

También las sirenas de J Dilla y su técnica a la hora de muestrear la música. El disco, que esta envuelto en numerosos y geniales arreglos, busca continuamente el efecto collage y de sample, a pesar de que muchos de ellos hayan sido creados por Devonté.

Sería imposible enumerar todas las referencias que ha juntado Dev Hynes en este disco, pues entre todos los nombres mencionados y los que quedan por mencionar, pueden aparecer activistas de los derechos de los negros y los gays como Marlon Riggs, creador del documental «Black is… Black ain’t«, o músicos de la calle que justo tocaban cuando Hynes pasaba andando por ahí.

El disco no solo nos remite al pasado por la antigua maquinaria analógica que usa, como la drum machine que decíamos, si no también en la voz. Hynes afirma en una reciente entrevista que «las voces que más ha amado» han tenido aspecto andrógino: «Michael, Prince, Marvin, Curtis Mayfield«. En cuanto al de Minneapolis, la influencia va mucho más allá de un falsete o la ruptura de las limitaciones de género que Prince representó a todos los niveles (musical, conceptual y en su más explícita versión).

Desde que comenzó a grabar su primer álbum completamente solo, rodeado de más de una treintena de instrumentos, Prince siempre fue una propia reivindicación de sí mismo: sobre el escenario, en el estudio, en sus letras y en su conducta llevaba impresa una arrogancia silenciosa que enseñó a muchas generaciones a ser ellos mismos por encima de todo. Por eso, comenta sincero que «Prince aún le está enseñando cosas» y que lo más importante ha sido darse cuenta de que al «no poder cambiar la opinión que los demás tienen de él», «tiene que asegurarse que ama su opinión sobre sí mismo».

Esta reivindicación de uno mismo la lleva a cargo Dev Hynes también en las aesthetics. Adueñándose de su herencia ayuda a romper estereotipos y a mostrar orgullo con su ropa, viste como si viniera de algún lugar y tenga algún sitio al que ir, como el libro de fotografías I love to dress like I am coming from somewhere and I have a place to go de Flurina Rothenberger.

«I’m aware that the record is gonna be painted as Dev Hynes’ Black Lives Matter album, and a lot of people aren’t gonna see the deeper things being discussed«, dice el artista en su entrevista con Pitchfork. Pero no lo es. Porque, aparte de reivindicar la cultura afroamericana y queer, con este disco Dev Hynes consigue hacer un acto de libertad y autodefinición a raíz de observar todo aquello que le rodea.

Y observa desde el Washington Square Park, donde descansa, o desde ese pequeño apartamento de Bed-Stuy, donde una fotografía de Michael Jackson preside aquellos momentos de intimidad.