La imagen de portada es un arte original de Neon Park encargado por Prince en la década de los 80 y que nunca se llegó a utilizar.

«If I didn’t make music, I’d die.»

–Prince

«Skipper», así le llamaba su madre. Al nacer, su padre, John L. Nelson, ya supo que su nombre debía ser en realidad un título, y por eso le puso Prince.

Se llamó de muchas maneras durante su carrera: Prince Roger Nelson, «Minneapolis Midget», Jamie Starr, Alexander Nevermind, Joey Coco, Joey Cocoa, Camille, Victor, The Kid, Christopher Tracey, “Taffy”, Tora Tora, Violet the Organ Grinder, Gemini, Ecnirp, NPG2000, Paisley Park, His Royal Badness, Azifwekare, The Wise One, Rocker Happyfeller, Freddie “The Phantom” o Crystal Ball.

Hubo un momento en que quiso que habláramos de él utilizando un símbolo: O(+>. Aquella hibridación entre los símbolos de masculino y femenino fueron la síntesis total de su perversa ambigüedad y androginia, la misma que se tradujo musical, estética y personalmente desde los ensayos en el sótano de la familia Anderson a su última exhalación creativa. Lo cantó y expresó en cientos de ocasiones, aunque nunca se manifestó de forma tan clara como en «I Would Die 4 U»«no soy un hombre, ni una mujer, soy algo que nunca podrás entender». 

Detrás de esas denominaciones se ocultaba, tímido e inseguro, un artista, músico e intérprete total criado en la fría Minnesota al que también llamaban «nenaza» y «princesa» en el instituto. Aunque las ciudades gemelas eran todo un ejemplo de libertad y comprensión sobre la raza y condición sexual, el precoz genio no se salvó de los juicios y los ataques.

Cuando en su primer álbum, «For You», su nombre aparecía tocando 23 instrumentos distintos y encargándose prácticamente de casi todas las tareas del disco, corrió el rumor de que había un «nuevo Stevie Wonder» entre nosotros. No solo se asemejó al de Tamla Motown en propiedades y visión musical, también fue uno de los que más temprano y de forma más feroz luchó por su «máximo control» creativo.

Cuando en «Dirty Mind» apareció maquillado y en calzoncillos en la portada oficial, nadie supo lo que realmente tenía delante; algunos tan solo vieron a un negro excéntrico, descarado y mestizo que quería saltarse todas las reglas, desde las de género a las musicales. El mismo negro que salió en una contraportada cabalgando un pegaso. El mismo negro que obligó a Michael Jackson a ponerse el cuero y hacerse el malo.

Prince fue el eslabón tras James Brown o Sly Stone, la perfección tras Shuggie Otis, el provocador y perverso músico que tuvo que comenzar a inventarse nombres y generar nuevos proyectos colectivos para calmar su incontinencia creativa. Prince fue el sonido Minneapolis junto a André Cymone, Linster ‘Pepé’ Willie, Flyte Tyme, Grand Central, Jimmy Jam & Terry Lewis, Cohesion, The Lewis Connection, Herman Jones o Alexander O’Neal. Prince fue Rock, Funk, Soul, música Disco y Punk al mismo tiempo.

Muchos conocen su nombre, pero no saben que construyó las bases de la producción Hip Hop y se adelantó décadas a Madlib procesando su voz y creando su propio alter-ego. Desconocen su personal y romántica relación con las cajas de ritmos o que entre 1987 y 1988 creó el álbum más negro que pudo hacerse y, acto seguido, su contradicción total; a su documento más sexualmente explícito («The Black Album») y al casto y puro «Lovesexy» les separó lo que él mismo catalogó como una «iluminación». De las orgías a los Testigos de Jehová.

Prince era un nombre ligado a la contradicción, a la provocación y a la controversia; un líder de su propio e itinerante gang que también debemos relacionar con irreverencia, vanguardia y una imparable creatividad. Un tipo llamado Prince que escribió su propio largometraje, una cinta autobiográfica teñida de púrpura y que fue lanzada al mismo tiempo que su disco más universal y su gira más legendaria.

El loco del solo de guitarra de «Billy’s Sunglasses», el que llamó a Electrifying Mojo y el que convirtió las regalías y créditos en arqueología mucho antes de que llegara eso del sampling. El de «Bambi», el que dijo aquello de «mi hermana nunca hizo el amor con nadie más que yo / me mostró donde se suponía que había que ir / y que una mamada no es lo mismo que un soplido» en «Sister».

El nombre Prince Roger Nelson fue uno de los primeros grandes en aparecer comercializando su música en Internet justo antes de demonizar el sistema y perseguir a cualquiera que osara apropiarse o utilizar sin permiso alguna canción de una discografía única; memorable en número y cantidad, incalculable en calidad y también en diversidad, una incógnita hasta nuestros días por el simple hecho de que existe más material de Prince no oficial que oficial.

Prince, el primer autor pirateado, el primer y compulsivo ghostwriter, el primero que se reinterpretó a sí mismo, el primero en tener varias versiones de una misma canción, el primer generador de bootlegs y el primer artista en luchar contra una multinacional como Warner Bros. por sus derechos artísticos. Prince, el Rey. Prince, el color púrpura. Porque la mejor forma de sintetizar su esencia y acercarse mínimamente a una imagen que pueda definirle, ese es un lienzo pintado de ese color. Un color que siempre relacionaremos con sus nombres, personalidad y genialidad.

Prince nos deja una larga historia póstuma en la que su archivo secreto, guardado bajo llave, nos sorprenderá tarde o temprano, de forma súbita o intermitente; Prince nos deja vacío el título de «mejor músico sobre la Tierra»; Prince nos deja muriendo en su propio estudio; Prince nos deja el color púrpura, reflejado en las cataratas del Niagara y proyectado por la Torre Eiffel, como regalo y símbolo de algo irrepetible y para siempre inspirador y enigmático.

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