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Marlon Dean Clift, dream pop desde el abismo

29.10.13
Xavi S. Pons

Al igual que la devoción por una persona puede trocar en el odio más extremo hacia ella conforme se desarrollen los acontecimientos, dicha inquina, ejerciendo labores de detonante creativo, es capaz de hacer que alguien de lo mejor de sí mismo. Algo así sucede con el último material de Marlon Dean Clift, Spleen II (Autoeditado, 2013). Una colección de composiciones cuyo elemento cohesionador es el rencor hacia alguien, un rencor que no se molesta en ocultar: si la portada muestra una célula cancerígena –con un viraje en los colores que se preocupa de guardar una continuidad cromática con Spleen, algo que satisfará a aquellos que compartan la creencia en las posibilidades narrativas no sujetas al lenguaje escrito/hablado- las canciones, en su apartado lírico, interpelan directamente a esta persona. Señalando, reprochando, lamentando y faltando, y sirviéndose tanto de Johnny Cash como de Popol Vuh, amén de la archiconocida «The Scientist» de Coldplay, que permite a Marlon articular un texto sobre Spleen II maravilloso que parte de dicha canción -a modo de elemento diferenciador- para llegar a desvelarnos qué le llevó a crear estas piezas. Haciendo un recorrido, ya de paso, por su visión sobre la música y la composición, dejando esto último estrechamente vinculado al concepto de “amar” que él maneja.

Spleen II está inacabado aún. No es extraño que entre visita y visita al Bandcamp de Marlon Dean Clift, artista que vive a caballo entre Amberes y Barcelona, reparemos en que se han añadido algunas piezas, otras han desaparecido y ciertas canciones han sido modificadas. Escucharlo conforme adquiere una forma definitiva es fascinante, supone asistir a estas variaciones mientras podemos inferir el esfuerzo del artista por completar algo que, a resultas de lo ya mostrado, apunta a muy grande. Y con esa inquietud casi obsesiva por darle una coherencia que no choque en ningún momento ni con ese texto que acompaña a Spleen II ni con el carácter conceptual del todo que conforman las canciones, algo que ya tuvo su último material, el esencial recopilatorio de bandas sonoras ficticias Constructs & Journeys: Complete Imaginary Soundtracks (Autoeditado, 2009-2013), abrumador compendio de cuarenta y cinco canciones que funcionaban tanto con la intencionalidad con la que Marlon las creó como a la manera de ideal introducción para todo aquel que se quiera iniciar en los pasajes sonoros del ambient (Brian Eno, Cliff Martinez), el kraut contemplativo (Popol Vuh, Ash Ra Tempel), cierta IDM (Boards Of Canada, Plaid) y el drone (Flying Saucer Attack) sin surtirse de mil discografías para ello.

My Immortal Beloved nos da la bienvenida a Spleen II sin permitir aventurar que tras este disco hay un rencor fortísimo; una pieza que deja apreciar las horas de trabajo que puede haber tras ella, aunque no faltará algún gañán que crea que es un mero fade in-fade out con un sinte siendo modulado y, por ende, nada del otro mundo. Para nada. «Der Einsame Ultramesch» bien podría ser una colaboración entre Azusa Plane, los punteos de un Viny Reilly (The Durutti Column) bajo el influjo de algún sedante muscular y el modo de entender el post rock de Ian Crause (Disco Inferno). En esta tipología meramente instrumental también tenemos Dyad, con unos juegos de guitarras -que remiten a los primeros Chameleons y los U2 de sus inicios- que llevan por caminos más etéreos la pieza; «Carrion», que supone casi convertir en post rock un «Disintegration Loop» de William Basinski y «Eilifur», técnicamente en islandés solo que usando las voces a la manera de Jónsi en el () (Fat Cat Records, 2002)

Las piezas cantadas recomendamos escucharlas prestando atención a la letra o desplegándola en el Bandcamp, que para eso se han subido. Desde el intimismo al piano de “Ethics 101” a la muy americana -y con deje Bill Callahan en lo musical y Mark Kozelek en lo lírico- “Tattoed To The Bone”, sin olvidarnos de la acústica “Chemo”, se puede formar cualquiera una idea de qué le sucedió a Marlon y empatizar de pleno con ello por haberse visto en las mismas o, si no, terminar de completar la historia poniéndola un origen, una causa de la que ahora vemos los efectos. Y no os perdáis “Random Machinery”, una de las canciones del año: concebida para ser un avance de Spleen II bien podría terminar abriendo un documental de Adam Curtis gracias a esa paz absoluta que irradia la música, en confrontación con lo que expone una letra brutalmente honesta declamada con tranquilidad y con la voz que se le atribuye a un hombre sabio (al menos en los arquetipos que todos compartimos). Esas cinco últimas frases se hacen difíciles de oír y dan otro cariz al disco. No os perdáis Spleen II bajo ningún concepto.

Por José Sanz Gallego

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