#Throwback Thursday

¿Por qué J Dilla cambió mi vida?

Pronto se cumplen 10 años sin el mito de Detroit; una figura que con el tiempo ha conseguido traspasar lo meramente musical por algunas de las razones que se exponen aquí.

04.02.16
Frankie Pizá

Existe cierta inercia, existe el efecto de agarrarse a la opinión de una gran mayoría cuando hablamos o se debate algo que tenga que ver con la música. El acto de cuestionarse las cosas no está bien visto, el huir de cierta racionalidad que parece estar implantada a hormigón, siempre y de buenas a primeras, se perfila como un error; y no digamos cuando se habla o se trata un tema que posee tanta divinidad y mitología a su alrededor. Uno piensa: si tanta gente ensalza ese álbum, alaban sin pestañear a un productor o a un artista, será por algo.

La gran mayoría nunca falla. Esa actitud ni me molesta ni me ha molestado nunca, es más, creo que debe estar presente un gran cúmulo de personas que se dejen llevar por la opinión y experiencias de los demás, antes de interpretar en primera persona. El problema llega cuando esa gran mayoría no indaga y no se pregunta el por qué, no utilizan la gran herramienta de la curiosidad universal para saber, conocer, aprender y asimilar los méritos y virtudes que hicieron a un artista tan grande, tan respetado e idealizado. Los mitos no son nada nuevo, aunque tampoco lo es la inmensa rapidez de la sociedad moderna en crear uno, después de que en la vida del protagonista, aparezca un ingrediente trágico, dramático, irremediable.

Soy un gran fan de J Dilla, del perro Dilla, de Jay Dee, o como quieras llamarlo; recibí mi copia original de “Donuts” tres días después de su lanzamiento en 2006, el mismo 10 de febrero en el que una devastadora noticia golpeaba con desproporcionada fuerza el género Hip Hop. Yo me encontraba en una radio local de Palma de Mallorca cuando me enteré del severo acontecimiento, prácticamente a un par de horas de comenzar un programa titulado “La Otra Música”, en el que diariamente intentaba hacerme un sitio en las ondas baleares con una selección de música negra tirando a poco convencional, Hip Hop y algo de material más rebuscado.

En aquel momento no entendí por qué, pero sabía perfectamente lo que tenía entre mis manos; aquel plástico que apenas había podido disfrutar se había convertido al instante en una especie de testamento, aquel objeto llegado directamente desde Los Ángeles (vía Nuloop, la Boomkat de aquel tiempo) había cobrado una especie de fuerza invisible que aún persiste, que aún me hace tratar a J Dilla casi de una manera católica, al igual que hago al referirme a otras figuras importantísimas de la tradición afroamericana, como son Jimi Hendrix, Marvin Gaye o Larry Levan, mitos y personajes indiscutibles con un componente igualmente trágico en su vida. Recordaré aquel día por el resto de mi vida, y no por la tristeza de una muerte de alguien que no había podido conocer, sino por la sensación de ver comenzar a andar la maquinaria divina que escoge a los protagonistas de la historia.

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Desde aquel día hasta hoy, he escuchado variedad de máximas y afirmaciones sobre el papel de Dilla en el mundo del Hip Hop: desde que adaptó el legado y espíritu Motown al género, que sentó las bases del Hip Hop contemporáneo y hasta que J Dilla patentó un estilo de beat-configuración que hoy se corresponde con el predominante. Son afirmaciones falsas, muy cuestionables si se excava profundo, productos de una estela de admiración ciega que no deja ver el verdadero motor que convirtió a ese artista en genio, en un genio moderno.

Por supuesto, firmaría cualquier iniciativa local, nacional o internacional que buscara la conmemoración de su persona, ya que pienso igual que muchos de los de mi generación, aunque intento no dejarme llevar por las consecuencias de un mitificado literal que ha provocado que la gente deje de preguntarse ¿Por qué J Dilla cambió mi vida…? “El caso es que la cambió, y punto”; “es el mejor productor de todos los tiempos, y punto”; “Donuts” es un manual del Hip Hop moderno, y no se hable más”. La opinión es unánime, nadie en su sano juicio rebatiría o pondría en duda la grandeza/influencia de Dilla. Yo tampoco. El problema es que rara vez se explica.

James Yancey nació un 7 de febrero en Detroit, Michigan, hijo de una cantante de ópera y un pianista y bajista de Jazz. Creció en Conant Gardens y comenzó a aprender armonía con tan solo unos años de edad, ayudado por una familia realmente sorprendida por el talento natural del pequeño. Su relación con el vinilo comenzó también muy pronto, así como con la producción: con tan solo 11 años de edad ya facturó sus primeros beats.

Ya en secundaria, un Dilla que soñaba con parecerse a su ídolo, Pete Rock, ya con una desarrollada pasión por el Hip Hop y transferido al instituto Detroit Pershing High School, conoce a los que iban a ser sus dos compañeros al frente de Slum Village, T3 y Baatin. La génesis del grupo tuvo lugar en las batallas de Rap y diferentes congregaciones de la zona; liderados por Jay Dee, quien tiempo antes había conocido y se había visto influido por el multi-instrumentista de Detroit Amp Fiddler (justo la persona que puso en sus mano la primera MPC, antes de eso, Jay Dee funcionaba y creaba con un limitado instrumental), decidieron comenzar a trabajar en el estudio casero del primero, comenzando así un camino imparable.

Entre 1996 y 1997 se grabó “Fan-Tas-Tic (Vol. 1)”, ya con Jay Dee en The Ummah, primer álbum que recorrió Detroit en forma de cassette/bootleg y que únicamente distribuyó entre público de la zona y asistentes a los conciertos. El mérito de la formación Slum Village en aquel tiempo se basó en su contraste con la escena predominante del Hip Hop en Detroit por aquella época; a diferencia de otros actos, ellos recogían una fuerte influencia llegada desde NYC, proponiendo un acercamiento relajado, tibio, muy alejado de la agresividad predominante, mientras que Jay Dee favorecía las melodías emotivas y originales a la vez, la acentuación jazzística, las percusiones con leves desfases y cambios de tonalidad, los profundos basslines y sobre todo, el culto sublime a las bajas frecuencias, dando un aspecto austero y elegantemente subterráneo a la producción.

Fueron comparados fuertemente con A Tribe Called Quest, algo que siempre se encargaron (los tres miembros originales) de negar y desmentir, mostrándose plenamente en desacuerdo; curiosamente, a Jay Dee le llegó su primer gran éxito como productor gracias a un álbum de la formación liderada por Q-Tip, “Beats, Rhymes And Life”, un trabajo también alabado de manera unánime que fue editado en 1996 prácticamente producido en solitario por Jay Dee bajo el escudo de The Ummah (junto al propio Q-Tip, Ali Shaheed Muhammad y Busta Rhymes).

“Fan-Tas-Tic (Vol. 1)” no fue editado oficialmente hasta el año 2005, 5 años después de que fuera, curiosamente, editado su follow up y primer release oficial del trío, “Fantastic Vol. 2″; el disco debería haberse presentado en el mercado en 1998, aunque los problemas del sello inicialmente preparado para licenciar el material, A&M Records, favoreció que la llegada de este se retrasara hasta el año 2000.

Fue finalmente el propio combo quien decidió (en parte gracias a la autonomía que les proporcionaba el actual estatus de productor extra-codiciado de Jay Dee, quien había aprovechado el parón y las dudas ante la edición de este álbum para fortalecer su nombre con un buen ramillete de producciones, remixes y colaboraciones), a través de Goodvibe Recordings, poner en circulación “Fantastic Vol. 2″, trabajo en el se maquillaron y perfilaron algunos de los éxitos del mágico debut, que a su vez se había extendido ya de manera irremediable por el mercado negro como uno de los bootlegs más famosos de los 90.

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La producción de Jay Dee en aquellos tiempos ya desprendía una madurez inusitada; sus conocimientos de batería, piano, cello o guitarra se hacían notar en las melodías y en los cambios sutiles, las pequeñas modificaciones y arreglos que imprimía a sus configuraciones. Por ejemplo, un confesado adorador de su discurso y legado, un maestro y director de orquesta muy respetado en L.A. como es Miguel Atwood-Ferguson (quien, junto a Carlos Niño o Karriem Riggins, homenajeó y adaptó algunas de sus producciones al terreno clásico con “Suite For Ma Dukes”), apunta sobre las aptitudes de Jay Dee:

“Dilla loves five-bar loops. He loves sevens and elevens as well, but within the phrases of five, he will have different parts of the beat looped in threes, fives and sevens a lot as well. Two of my other favorite musicians, Billie Holliday and Elvin Jones, very naturally phrase in three, five, and seven as well, without even seemingly being consciously of it. He just loved the effect music could have on himself and others. As listeners, we’re not supposed to notice those things. Dilla was purely about expression, he was trying to say that life is beautiful, we are lucky to live it, we need go for whatever it is that is in our hearts”.

Incluso, llega a comparar su música con compositores de la talla de Satie, Debussy, Ravel o Poulenc:

“Dilla’s music definitely has a lot of parallels with those people. Their music centres around love, passion, joy, fascination, imagination and lust. Dilla made very sensual music. What was important to me was to bring love and appreciation to Dilla’s legacy, I hope it shows the profound humanity and depth of heart which he consistently operated with”.

Hoy en día, queda claro que la inventiva del productor iba más allá de simples conocimientos en cuanto a composición, musicalidad y armonía; en el que fue su clímax como productor (del año 2000 y hasta “Donuts”, álbum que debe tratarse independientemente por razones que luego trataré de explicar), Jay Dee consiguió marcas los pasos a seguir por el Soul contemporáneo y las tendencias predominantes años después (Erykah Badu, D’Angelo, Janet Jackson, Raphael Saadiq, por citar solo algunos que trabajaron o se relacionaron en algún momento con él), aportó las bases en cuanto a percusión y profundidad para el levantamiento de una poderosa escena beat-abstracta en L.A. y enseñó a sacar el máximo partido a samples con un carisma muy concreto, el mismo que impregnaría las producciones de “Like Water For Chocolate” de Common y daría lecciones impagables a un por aquel entonces principiante, Kanye West.

Son usuales las conexiones con Flying Lotus, en según que ocasiones, sobre todo comparando el debut de Jay Dee en solitario, el magistral “Welcome 2 Detroit” con el primer álbum de Ellison, editado a través de un sello determinante como fue Plug Research. No estoy seguro de que una afirmación así pudiera sostenerse, observando el gran surtido de innovadores y figuras experimentales que desfilaban en aquella época por el género (sin ir más lejos, otro próximo, como es Dabrye), aunque sí podemos garantizar tranquilos que el de Detroit tuvo mucho que ver en el asentamiento de los rasgos que más tarde, Flying Lotus y otros explotarían.

Otra baza al hilo para considerar a Jay Dee como personaje intransferible fue su capacidad (en vida) de eclipsar toda una escena local y convertir la marca Detroit a su imagen y semejanza; aunque sus producciones, hasta que alcanzó un éxito mucho más mayoritario en los últimos años de su vida, habían estado tapadas por las grandes estrellas que de ellas se beneficiaban, el productor marcó con su imaginación, sabiduría y discurso profundamente emocional a toda una generación entera de beatmakers. Aún hoy, ser productor en Detroit es beber de Dilla, en llevarlo en la sangre, es empezar a contar a partir de él; desde SKYWLKR hasta Karriem Riggins se atisban elementos que coinciden con el ADN Dilla. El Hip Hop en la ciudad del motor era y será J Dilla.

En 2001, Jay Dee comienza a hacerse llamar J Dilla, con intención de diferenciarse de Jermaine Dupri. Antes del cambio y su fichaje por RCA como productor y MC, el mencionado “Welcome 2 Detroit” consiguió un impacto realmente imprevisible; editado en UK a través de la serie “Beat Generation” de la BBE, el aún Jay Dee, no solo demostraba que la fórmula del productor podía sostenerse sin demasiados estragos en solitario, además trazaba increíbles puentes con la tradición electrónica de su ciudad (emulando a Cybotron en más de un track, incorporando los rasgos brasileños a sus samples, coqueteando con el Afrobeat de Oneness Of Juju, haciendo rebosar al conjunto de una abstracción muy ponderada e incluso utilizando a Kraftwerk en el track “B.B.E. (Big Booty Express)”, un corte considerado por el mismísimo Carl Craig como uno de los puentes unificadores entre géneros más inspirados jamás creados) y ostentaba una versatilidad que ayudó, sin saberlo en aquel momento, a desencajar el Hip Hop de aquel loop “sample Funk /sample Soul” en el que llevaba años enclaustrado.

Poco después de su firma con RCA en 2002 para un álbum largo y en solitario, surgió un nuevo bootleg que ayudaría a acrecentar la fama y reputación de Dilla: “48 Hours”, el soberbio primer álbum de Frank-N-Dank, producido enteramente por el de Detroit. Hubo muchos intentos de llevar este trabajo al mercado de manera consecuente, aunque ninguno de ellos llegó a buen puerto. Daba igual, hoy en día es considerado otro de los puntos clave en la discografía Dilla.

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Lo que comenzó como una intención de Dilla para revisar breaks clásicos y adaptarlos a la nueva era, acabó convirtiéndose (en teoría, por cuestiones de licencias y diferencias con el sello en principio encargado de lanzar al mercado “48 Hours”, la propia RCA) en un despliegue de creatividad realmente espectacular: voces robóticas, melodías y fraseos de Moog, basslines sintéticos, atmósfera esotérica y tirando a oscura, un J Dilla que de manera sorpresiva abandonaba el concepto basado en el sample y cimentaba la producción en la instrumentación electrónica.

Este distintivo cambio de dirección que ya se apuntaba en “Welcome 2 Detroit” se mantuvo hasta la aparición de “Donuts” en prácticamente todos sus proyectos. Sirenas, bleeps, una sensibilidad única para la simplicidad, la dinámica, el espacio entre elementos, tambores afinados de manera muy peculiar, fragmentos de zapping y otras tendencias que pronto se extenderían como la pólvora en el género y fuera de él.

En 2003 llegó “Champion Sound”, la más famosa colaboración de Dilla que nace tres años antes de su salida definitiva al mercado, concretamente en el año 2000, justo cuando J Rocc entrega en mano a Madlib un CD repleto de beats no editados de J Dilla. El genio de Oxnard (California) comenzó a versar y grabar su voz encima de sus instrumentales predilectos dentro del material entregado por el Beat Junkie, provocando así que el proyecto diera inicio aún con el problema de la distancia encima de la mesa.

Ambos grabaron “Champion Sound” en diferentes ciudades, mandándose los demos e ideas desde California a Detroit y viceversa, tan solo viéndose en una ocasión, justo cuando Madlib aprovechaba su estancia en la ciudad del motor para grabar su colaboración en el segundo álbum en solitario de Dilla, programado para ver la luz en MCA Records pero que lamentablemente nunca llegó a pisar la calle. En aquel trabajo, un equilibrado compendio entre la excentricidad, virtuosismo, línea cómica beat konducta y el perfil cada vez más cercano a la construcción electrónica de Dilla, se pueden aún hoy en día observar los primeros indicios de la textura que caracterizaría a “Madvillainy”.

En ese sentido, y una vez que Dilla se mudó a L.A. definitivamente en 2004, la retroalimentación entre los dos productores más influyentes de la última década fue sana y productiva, acercándose el uno al otro y compartiendo perspectivas y razonamientos que, sobre todo en Madlib, se dejarían ver más adelante como síntomas claros de influencia y huella por parte del primero; de hecho, “Vol. 1-2: Movie Scenes” el primer volumen de la serie Beat Konducta en clave recopilación, unión de pequeños fragmentos de samples a modo de cómic, collage, puede verse como una consensuada emulación de lo que propuso “Donuts”, combinando esa magia con el histrionismo característico post-Quasimoto.

Aunque las influencias en uno y otro a partir de su encuentro fueron clarísimas, no se puede hoy en día discernir quién influyó más en líneas generales; lo único cierto es que ambos contribuyeron de manera capital a cambiar, regenerar la cultura del beat, de la producción, introduciendo distintos puntos de vista como fueron la exploración electrónica y la noción de que un beatmaker puede funcionar como artista en solitario, sin necesidad de lírica, tan solo por su valor como músico.

Es aquí, donde “Donuts” se presenta y resulta como un punto de inflexión realmente inclasificable. Un Dilla ya enfermo de lupus, postrado periódicamente en una de las camas del Cedars-Sinai de L.A. (mismo hospital donde fallecieron Eazy-E y Notorious B.I.G.), trasladó con la ayuda de familia y amigos su estudio al centro, determinado para finalizar su próximo álbum en solitario y mientras el tratamiento de diálisis, las largas estancias y consultas con especialistas sangraban su cuenta corriente.

Por aquel entonces, verano de 2005, los rumores de su condición y salud ya habían surgido, aunque no se confirmaron hasta que en una gira por Europa en noviembre del mismo año, Dilla estuvo interpretando y mostrándose en silla de ruedas y visiblemente debilitado. Y es que “Donuts” es un álbum imposible de separar de unas circunstancias realmente complicadas, tristes, una obra en la que pesa el fatídico contexto; el aura pura, limpia, esa sensación de la autodeterminación de un artista para dejar culminado su trabajo y el poso de humanidad que transmite el conjunto estarán siempre ligados a los momentos más difíciles de la vida del productor.

Hasta “Donuts”, J Dilla había (por regla general) servido su talento para que otros se beneficiaran, había producido según unos cánones y unas líneas no precisamente concebidas pero sí dando al mercado y al género lo que se esperaba de él. Este álbum funciona como una descomposición, una radiografía a base de viñetas de la personalidad Dilla, abarcando todas sus pasiones y destellos técnicos, aunque llevándolos a un estado elemental, impartiendo lecciones en miniatura y que pueden ser observadas desde distintos raseros, perfiles y ángulos.

La sensación de estar ante un artista que intenta re-aprender su propio discurso, desea volver a empezar y quiere dejar desmenuzadas, explícitamente detalladas sus virtudes, aporta una mística sin igual al conjunto, que actúa como una de las obras más personales jamás puestas a la venta en el terreno Hip Hop.

Es un viaje por los sentimientos más íntimos de J Dilla, expresados sin rubor y a flor de piel, un mensaje repleto de simbolismo que nos descubre otra de las facetas más grandiosas de su autor. La capacidad de extraer oro de samples infrautilizados, muestras que a priori no darían ese resultado, re-inventar la beat-configuración devolviéndola a uno de sus estados originarios.

Soul, Funk, librería electrónica, synth-Pop, post-Punk, interludios, jingles de Raymond Scott y todo lo que ya sabes que Dilla sampleó en “Donuts”, discos todos que posiblemente pasaron por tu vida como material desapercibido antes de que el de Detroit decidiera convertirlos en parte de su último testimonio, su último, el más fresco e importante halo de vida.

Editado por Stones Throw en el día del 32 cumpleaños de Dilla en 2006, tres días antes de su fallecimiento, “Donuts” es un álbum que tiene también la habilidad de expresar intensidad, felicidad, nostalgia y tristeza en intervalos muy cortos de tiempo, algo realmente complicado aún observado hoy en día;  es una combinación de la creatividad Dilla, su situación y una magia indescriptible la que convierte a este trabajo en un punto de apoyo indivisible para la historia Hip Hop, es la percepción de que estamos ante algo realmente vivo y sentido, de una sensibilidad muy verdadera, la que lo ha hecho trascender de la manera que hemos visto todos.

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A partir de “Donuts” Madlib (en clave homenaje o por oxidación creativa) amplificó su gusto por los beats más cortos, la producción a modo de viñetas muy breves y con samples tratados de manera brusca pero muy pura y espiritual a la vez. A partir de “Donuts”, un montón de discos de estructura parecida irrumpieron en el mercado, todos intentando en parte e inconscientemente, rendir homenaje al gran productor. A partir de “Donuts”, el Hip Hop nunca volvió a ser el mismo.

Desmitificar, homenajear y aportar respuestas, son los objetivos de este artículo en memoria de J Dilla. Desmitificar no como una acción que reste o aplique una menor consideración al personaje, no como algo negativo, desmitificar la parte del legado que, como en otras ocasiones, se ha exagerado y no deja ver la verdadera grandeza de algunos acontecimientos. Homenajear la figura de uno de los productores más influyentes de su generación, tanto para la etiqueta Detroit como para el género en líneas generales, un artista que sentó y ayudó a perfilar algunas de las tendencias que hoy están perfectamente asimiladas.

Aportar respuestas y contenido alejado de las simples santificaciones y ensalzamientos desmesurados de una herencia que sí, es muy grande. Me quejo sobre todo de la estela resumida, cogida por los pelos y de nula explicación en la que se ha convertido la “reivindicación Dilla”, algo que no favorece a la leyenda, convirtiéndola en un producto más, en un mito más, en una imagen más para imprimir en las carpetas, poner en los salvapantallas o  implantar en una línea de merchandising (ningún problema con eso, y más cuando este beneficio ayuda a solventar todas las deudas que el pobre Dilla dejó tras su muerte, tanto por derechos de samples utilizados como por facturas hospitalarias). Si J Dilla fue grande y si su recuerdo y trabajo traspasó el género, fue por algo. Y ese algo, no hay que dejar que se explique solo.

¿Qué nos queda hoy de J Dilla? Hoy su presencia es visible y palpable en prácticamente la totalidad de la escena Hip Hop y similares, desde el ya mencionado terreno beat-abstracto, el antiguo y olvidado ente Wonky, incluso el Crunk (Purple) o el chillwave, sub-géneros y sonoridades electrónicas que adaptaron en cierta manera las técnicas del productor. Hoy su presencia desata adaptaciones clásicas, lluvias de playlists con samples ya convertidos en clásicos, muestras que él supo re-definir con astucia y simplicidad, claridad.

Hoy su presencia sirve para representar la siempre inspirada zona creativa que ha sido Detroit, es ya un símbolo de la ciudad y de su Hip Hop. Hoy J Dilla es el común denominador admirado prácticamente por músicos y activos de todas clases y disciplinas. Hoy J Dilla está presente en mi casa, en mi mente y en mi corazón, está presente en mis copias de sus discos y la copia de “Donuts”, la de la ilustración de Jeff Jank, aquella que me hizo entender, asistir y presenciar por primera vez cómo un artista puede trascender hasta llegar a la inmortalidad.

Artículo publicado originalmente el 7 de febrero del 2014 a través de Concepto Radio. Cedido y revisado para TIU por el propio autor.