#Throwback Thursday

Historias de villanos, dualidad y Hip Hop: La importancia de “Madvillainy”

La primera toma no siempre es la buena y aunque nos pensemos indomables cada persona tiene su 50%. Y las reglas están para romperlas, ya sea en el laboratorio o en un pequeño estudio localizado en Los Ángeles.

06.03.17
Frankie Pizá

Hay un laboratorio, lleno de frascos, esencias, lleno de experimentos inacabados y bocetos sueltos, pegados de mala manera en un viejo ordenador.

Un científico loco se encuentra trabajando y moldeando a una bestia atormentada pero perfecta, única en su especie, que yace dormida y aislada en una cámara a medida.

Lleva una máscara de metal y está siendo programado para crear un universo indescifrable en el que intervendrán conceptos, acertijos, desdoblamiento de personalidad y experiencias trágicas.

Todo será transmitido a base de rimas, y samples. Y un relato que unirá ambas mentes en un solo lienzo intratable. Éste se irá agrandando a medida que cojamos perspectiva.

Ahora, 13 años después, muy pocos álbumes dentro del género Hip Hop podrían hoy sostener el mismo peso que aún aguanta sin resentirse “Madvillainy”: fue una obra esperada como ninguna otra anteriormente, conectó en sinapsis perfecta a los dos activos más determinantes de la época y cambió para siempre lo que habíamos concebido como un larga duración en colaboración entre productor y MC.

Pero no solo eso: unió dos complejas formas de ver el mundo en un solo púgil sin sinónimos, sin brechas ni titubeos, con reflejos, pegada e inteligencia.

“El equivalente al mejor cómic de la historia” se ha escuchado, como si de una historia clásica, la de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, fuera contada de nuevo al revés y con sorprendente uniformidad, presenciar de repente a dos autosuficientes artistas que parecen haber descubierto la telepatía entre ellos, un camino invisible para los demás que dará como fruto un ser denominado Madvillain.

La creación única, una relación inusual entre ¿antagonistas?, la fusión entre armonía y destrucción, mainstream y underground, clasicismo y modernidad, pasado y futuro. No, no se está exagerando en absoluto.

Empecemos por el término “entidad”. Antes y después de la buscada unión entre Madlib y MF DOOM, las colaboraciones en el género Hip Hop habían resultado siempre como una especie de matrimonio, una relación puramente creativa entre dos unidades, luchando por mantener un equilibrio artístico, evitando ser considerado uno (productor) en inferioridad y el otro (rapero) en mejor posición.

Existían muchos ejemplos de grandes resultados y compenetración perfecta antes de la aparición del monstruo Madvillain, pero nunca antes se había hablado de un ensamblaje perfecto, al 100%, creando así una entidad en sí misma que conservara propiedades de ambos sin verse desproporcionada o desequilibrada en algún punto. Ya no era cuestión de entenderse, de comprender las necesidades mutuamente, Madlib y MF Doom fueron un solo ente.

“A seminal connection that audiences can relate their experience in life with the villains and their dastardly doings”, dice el sample inicial de “Madvillainy”, refiriéndose claramente al concepto que pretende englobar la obra: una ilustración mental por viñetas en la que diferentes villanos, personalidades y roles se van relacionando y conectando en un circuito blindado, indescifrable y que, a su vez, es capaz de crear una fuerte empatía con el espectador.

El oyente, no solo se ve seducido por las rimas enigmáticas y significados ocultos de DOOM, Metalface, Zev Love X o Viktor Vaughn, está atraído también por la forma en que se cuenta y se decora ese libro animado: latido intenso y descargas breves, bases y rimas enlazadas con coherencia, un enfoque tan directo como enrevesado.

Y lo más importante: hoy no podemos imaginar ni instrumentales mejores para la condenada, angulosa lírica de DOOM, ni mejores palabras para rellenar los espacios que Madlib ha dejado ahí de manera inexplicable y genial.

La reunión inmejorable de ambos mundos, puesta en escena en el momento perfecto. Otis Jackson Jr., nativo de Oakland en California y uno de los miembros fundadores tanto de Stones Throw como del trío Lootpack, ya era considerado a principios del 2000 como uno de los productores más astutos y personales de su generación.

Obsesivo, compulsivo, psicotrópico y excéntrico tanto en sus tratamientos como en sus elecciones, todavía no había lidiado por aquel entonces con un trabajo que evaluara realmente su potencial como productor de cara a un público masivo.

Sí, ya había dejado rastros de brillantez con la instrumentación clásica para Kazi o la loca presentación de su alter-ego Lord Quas, pero faltaba un empujón que le definiera por completo a nivel de estilo y le acercara a un reconocimiento universal. Digamos que aún no se había topado con su complementario, con una pieza de igual naturaleza que congeniara con él sin fisuras, tanto ideológica como estilísticamente.

En 2002, concretamente en noviembre, Madlib se encontraba por diversos asuntos artísticos en el Sur de Brasil, junto al mánager general de la marca californiana y amigo Egon.

Para el viaje, empaquetó dos CDs de instrumentales inéditos que estaban destinados a ser utilizados en una próxima colaboración con el beatmaker y MC de Detroit J Dilla y en una futura colaboración con el por aquel entonces residente en Brooklyn Daniel Dumile Thompson (otros serían confeccionados en pleno periplo, con un tocadiscos portátil y un SP 303), que ya se estaba gestando.

Él quería trabajar con DOOM a toda costa, y según comenta la propia Stones Throw: “We found the guy, brought him out to the house in the east Los Angeles hills where Stones Throw was based at the time. Most of the tracks were written and recorded there, Madlib making beats in a former bomb shelter downstairs, Doom writing on the back porch and recording in a bedroom”. “Allí” no era otro sitio que el estudio de Madlib, el Bomb Shelter.

Por el otro lado, Dumile (nacido en Londres, pero criado en Long Island, de orígenes en Trinidad y Zimbaue), se encontraba en el punto más álgido de una transformación interna y externa iniciada en 1997, después de su retirada temporal en 1994.

Miembro fundador del trío KMD en 1988, Zev Love X había visto como todo su universo se desmoronaba cuando un accidente acababa con la vida de su hermano pequeño DJ Subroc (junto a Rodan, después sustituido por Onyx the Birthstone Kid, las otras partes del combo neoyorquino) en 1993, justo meses antes de la presentación del que sería su segundo largo, “Black Bastards”, impulsado por Elektra Records.

Según declaró el MC en varias entrevistas, pasó aquellos 3 años de su vida rozando el estatus de homeless, “walking the streets of Manhattan, sleeping on benches”. Al parecer, poco después se insataló en Atlanta para “acabar de tratar su heridas” y planear una “venganza sobre la industria que de forma tan malévola le había deformado”.

Antes de 2004, MF DOOM se encontraba sumergido en una extraña resaca creativa que también necesitaba tratamiento: en 2003 se lanzó su magnífico documento encarnando a King Geedorah (“Take Me To Your Leader”) y ya había dado forma a otro de sus más famosos pseudónimos, Viktor Vaughn, con “Vaudeville Villain”.

Ambos trabajos precederían a “Madvillainy” mostrando a un DOOM increíblemente sólido en la producción, cómodo manipulando sus propios beats y dándose aires de intratable, de incomprendido, como si ningún otro beatmaker que no fuera él mismo pudiera, al menos, comprenderle.

En el mismo curso en el que despegaría “Madvillainy”, la hiperactividad de DOOM no cesaría: aparecerían la secuela de su primer álbum como Vaguhn, “Venomous Villain” y el esencial “MM… Food”.

Además, por algún motivo, parte de la escena Hip Hop internacional e inclinada al subsuelo, esperaba del álbum conjunto entre DOOM y Madlib algo tan grande que fuera realmente inabarcable, una pieza de esas imperecederas o clásico instantáneo al que apuntar nada más haberlo engullido.

Aquella expectación desmesurada en el momento de su lanzamiento, fue avivada claramente por la famosa filtración de la “demo tape” original: “leaked into cyberspace” comentó en su momento el sujeto todavía sin identificar que causó el cataclismo y que obligó a ambos artistas a modificar el aspecto y tono del boceto primitivo, compuesto por 12 canciones y que ascendía a 36 minutos.

La fatal circunstancia sobrevino justo cuando el álbum estaba en su momento clave, el de moldeado final: muchos de los demos recibieron versos extra (en “Rhinestone Cowboy”, por ejemplo, aludiendo directamente al leak), y los borradores pasaron de ser más emocionales a poseer una tonalidad más drogada, lenta, comatosa, en parte adoptada por DOOM y que favorecía al resultado final.

Aquel impredecible movimiento causado por el traspaso de archivos primigenio a través de Internet, amplificó la compenetración de ambos autores y enervó su enfoque, obligándoles a perfeccionar una fórmula ya sobresaliente. No hay mal que por bien no venga, dicen.

Dos artistas en busca de dualidad, al fin y al cabo en busca de entendimiento, enfermos por naturaleza, confeccionaron una obra sin igual: saturados samples de Library Music, momentos fugaces de Soul emotivo y barroco, notas escogidas con mimo y carisma, interludios disparatados y recortes, pedazos de mitología e imaginería televisiva introducidos con visceralidad para dar apoyo al “best emcee with no chain ya ever heard.”

“Strange Ways”, “Fancy Clown”, “All Caps”, “Figaro”, “Meat Grinder” o “America’s Most Blunted” son algunos de los éxitos que mejor puntuación y reproducciones recibieron y reciben, pero en cualquier caso se hace imposible desvincularlos de un todo, de aquel momento incatalogable y hoy por hoy con una vitalidad intacta.

Aunque ambos lucirían las mismas medallas en sus chaquetas si “Madvillainy” no hubiera existido, nadie puede dudar que para Madlib y DOOM y probablemente el momento más alto de sus carreras: en él trabajaron duro, con integridad, con personalidad, como una sola persona, como un solo villano y como un solo experimento.

Una década y casi 3 años después (23 de marzo de 2004) la obra pagada del bolsillo de Peanut Butter Wolf aún tiene cosas que enseñarnos: la primera toma no siempre es la buena, aunque nos pensemos indomables cada persona tiene su 50%. Y la más importante: las reglas están para romperlas, ya sea en el laboratorio o en un pequeño estudio localizado en Los Ángeles.

Artículo publicado originalmente el 26 de marzo del 2014 a través de Concepto Radio. Cedido y revisado para TIU por el propio autor.