#Roundtable

Quién sabe qué pasará con el periodismo musical (I)

En el primer capítulo: recopilar experiencias y averiguar en qué punto se encuentra actualmente una labor en aparente "transformación".

23.01.17
Frankie Pizá

Texto y entrevistas de Antton Iturbe. 

Este es el primer capítulo de una serie de 3 que van destinados a analizar el pasado, presente y destino del periodismo musical. 

Si los modos en los que componemos, tocamos, escuchamos y compramos música se han visto profundamente alterados como consecuencia de los avances tecnológicos de los últimos tiempos, no lo han sido menos las maneras en las que hablamos, comentamos y valoramos esa misma música. De ahí que, en esta ocasión, trate de plantear este debate en torno al pasado, presente y futuro del periodismo musical en España (y dados los tiempos globales en que vivimos, en todo el mundo).

La cuestión que me planteo es, en definitiva, el papel del periodismo musical en el mundo de 2016, y en el futuro. De hecho, la primera duda que me surge es si su existencia es posible en las condiciones sociales, culturales y tecnológicas actuales, o si es incluso necesario, o útil para alguien, como lo ha sido para muchos de nosotros durante los últimos 20 o 30 años.

Si comparamos el mundo musical actual con el de los primeros años 90 (mi referencia personal de partida y de buena parte de los que ejercemos esta actividad en la actualidad), vemos que la oferta musical se ha disparado de manera exponencial, y además –y creo que esto es un factor aún más determinante– toda ella está disponible, ya sea a través de descarga o de streaming, para el oyente. No existen las limitaciones físicas y económicas que cualquier aficionado de los años 90 sufría para poder escuchar la música que se editaba en el mundo.

Este debía recurrir a la prensa especializada –en papel– para conocer nuevos artistas y debía después hacerse con una copia física de sus discos para poder escucharlos, o, como mucho, a las grabaciones en cassette que le pudiera hacer alguno de sus amigos.

El oyente de hoy puede llegar tan lejos como quiera a través de miles de blogs y de diferentes aplicaciones de escucha en internet. La cantidad de música que se edita de forma “oficial” en el mundo cada año es prácticamente imposible de calcular (se estima que ronda las 75.000 publicaciones) y obviamente, es materialmente imposible escucharla siquiera una sola vez a lo largo del mismo.

Por supuesto en 1990, y a pesar de que el número de discos editados era mucho menor, también era imposible escuchar todo lo que se editaba. Pero de alguna manera, se asumían las limitaciones físicas y nadie esperaba que uno pudiera estar al tanto de la escena noise electronics polaca o de doom metal coreana, por decir algo.

Hoy en día no es así, todo está al alcance de un click y la imposibilidad de abarcarlo está siempre presente, lo que nos lleva a que todos, absolutamente todos nosotros, estemos, en el fondo, seamos conscientes o no de ello, superespecializados en ciertos estilos, épocas, artistas y/o zonas geográficas.

En estas condiciones, ¿cómo podemos plantearnos listas de “lo mejor del año” o cómo podemos decir que tal o cual disco es el más destacable del mes? ¿Bajo qué criterio hacemos semejantes planteamientos? Pretendemos abarcar la inmensidad del universo y ninguno de nosotros puede ver, en el fondo, mucho más allá de sus narices. ¿De verdad hay alguien que se atreva a decir que tiene una visión global de la música mundial en la actualidad? Se diga lo que se diga, todos somos microbloggers aportando nuestra minúscula visión.

De esta manera y gracias a las facilidades de edición y alcance de público que ofrece internet (blogs, redes sociales…) todo el mundo hace públicos sus opiniones y comentarios. La prensa musical tradicional, de grandes tiradas en papel o en digital, capaz de crear tendencias y de darles una narrativa global, tiende a desaparecer, o más bien explosionar en miles de micronarrativas casi personalizadas. Un medio como TIUmag recibe la mayoría de las visitas a su web a través de Facebook, y es desde ese entorno desde el que realmente se distribuye, se comparte y se comenta.

En cierto modo, cada una de esas personas que comparte y comenta esos contenidos se convierte en un pequeño periodista musical. Casi podríamos decir que, en ese sentido, volvemos a los tiempos del boca a boca, si bien disponemos de una tecnología mucho más potente para ello.

Visto así podríamos pensar que el modelo “vertical” de los medios tradicionales tiende a desaparecer para dar paso a un modelo mas democrático, participativo y “horizontal”, en el que se da voz a un número mucho mayor de opiniones, y que estas, deberían enriquecer nuestra visión. Pero al encontrarse con la arbitrariedad, la mala baba y el hiriente cinismo con el que se despachan buena parte de los comentarios en las redes sociales, uno ya no sabe qué pensar.

Al mismo tiempo, y fruto de esa “democratización”, el número de blogs, portales, revistas online y todo tipo de publicaciones dedicadas total o parcialmente a la música se ha disparado. Y de nuevo, cuando uno se encuentra con los mismos textos autocomplacientes y semipromocionales cortados y pegados de blog en blog o con el escaso rigor, ínfima calidad literaria y nula documentación de buena parte de ellos, se pregunta para qué demonios necesitamos tanto texto inútil dando vueltas por la red.

En definitiva, me surgen muchas dudas de si esta “horizontalidad” ha contribuido realmente a enriquecer nuestra visión de la música actual y a ser capaces de trazar una narrativa de la misma, o si lo que ha venido a demostrar es, precisamente, que resulta imposible trazarla.

Imposible o no, no deja de ser cierto, que esta diversificación, unida a los cambios sociales y demográficos que ha experimentado este país, ha permitido la entrada de nuevos puntos de vista hasta ahora inéditos o casi inéditos, como el de los inmigrantes y/o el de las mujeres, por ejemplo, cuya presencia (afortunadamente) crece en todos estos foros.

Estas nuevas perspectivas están haciendo saltar por los aires muchos de los dogmas que regían hasta ahora y cuestionan seriamente las estructuras de poder y de influencia (profundamente machistas y eurocentristas) que hemos conocido y aceptado.

Pero tras esta cortina de aparente libertad de expresión, se esconde el Gran Hermano de las redes sociales, con sus algoritmos de busqueda de afinidades, sus estrategias de adocenamiento cultural y político y su entrega total a las leyes del mercado capitalista.

Los artículos compartidos, los “me gusta” y los comentario se convierte en mercancia con los que medir y negociar la presencia y el alcance de un artista en el mercado. Todo se vende, incluidas las opiniones, y los artículos y “críticas” se convierten en meras herramientas de promoción.

En esta carrera, obviamente, el pez grande se come al chico. Todo el mundo aspira a salir en los mismos medios, que cada vez son más grandes y poderosos, y los pequeños que pretenden dar opiniones formadas, documentadas e independientes pasan cada día más desapercibidos, y se sienten totalmente intrascendentes.

¿Hemos progresado? ¿Volvemos a la casilla de salida? ¿Existe alguna alternativa? ¿A lo mejor es que no somos capaces de verla?

Partiendo de esta base hemos invitado a los siguientes participantes –periodistas musicales, cada uno a su manera y nivel de dedicación– para plantearles las preguntas que encontraréis a continuación.

Aïda Camprubí: Ante todo, chica riot, bajista con actitud #powerviolence en un grupo de punk, librera en la Lino Microllibreria Mutant de Blackie Books, runner nivel hooligan del Primera Persona, coordina el BCBlog de BCore y las secciones de opinión y libros en Gent Normal. Lo del periodismo, en su caso, es casi una cuestión genética. Escribe en Rockdelux y O Estudio Creativo, entre otros. Trabaja más de lo que habla, y eso es mucho decir.

Marta Delatte: Co-foundadora y directora creativa del laboratorio digital www.ellenjames.net, investigadora en género, redes y medios digitales en la Universidad de Hull (UK) y periodista en Broadly, The Creatros Project y VICE España.

César Estabiel: Escribe sobre música desde 1992, colaborando en infinidad de medios desde RockdeLux a Numero Cero, Musica en La Mochila, El País o EfeEme.

Nando Cruz: Periodista musical desde final de los años 80, ha colaborado en programas de televisión como ‘Sputnik’ (Canal 33) y ‘Música Moderna’ (BTV), emisoras (Ràdio Ciutat Vella, iCat FM) y revistas (Popular 1, Rockdelux, Factory). Actualmente publica en ‘El Periódico de Catalunya’, ‘El Confidencial’, ‘Nativa’ y ‘Time Out Barcelona’. Es autor de «Una semana en el motor de un autobús: la historia del disco que casi acaba con Los Planetas», «Pequeño circo: historia oral del indie en España» y «Mazoni: 31 dies de gira, 31 dies tancat» y participó en el ensayo colectivo «Cultura en tensión. Seis propuestas para reapropiarnos de la cultura».

Shaina Machlus: Escritora Americana, residente en Barcelona, pro-queer, anti-racista, feminista, profesora de inglés y traductora. Shaina es una de las productoras de Tom Tom Magazine, revista impresa y online dedicada a las mujeres baterías y la política de las mujeres en la música. Sus artículos también han aparecido en varias publicaciones como The Washington Post, Broadly, Shook Down Underzine y Gent Normal.

Javier Blánquez: 20 años de trayectoria, co-editor de los libros «Loops. Una historia de la música electrónica» y «Teen Spirit. De viaje por el pop independiente» (ambos en Reservoir Books), jefe de redacción en diferentes etapas de revistas y webs como Go Mag, PlayGround o Florida135, colaborador / crítico en El Mundo y sus suplementos (música popular, música clásica, cultura en general), colaborador en los últimos 20 años en Rockdelux y otras revistas especializadas o generalistas.

Tamara G. Cascales: Estudió diseño gráfico y periodismo. Ha colaborado en La Rioja, Radio Euskadi, Monodosonoro, Noiz y I Lovetravel y ahora mismo coordina la sección de discos del blog Gent Normal. Paralelamente ha trabajado en labores de comunicación para promotoras como Last Tour, Primavera Sound u Off at Forum y actualmente es coordinadora de prensa de la promotora Cultura Rock y la Sala Apolo.

En primer lugar, me gustaría saber cómo llegasteis a convertiros en periodistas musicales y cuáles fueron las motivaciones e inspiraciones que os llevaron a ello. Y por otro lado, ¿cómo habéis vivido personalmente la evolución de estos últimos años? ¿En qué sentido diríais que os ha afectado?

Aïda: Recuerdo a mi padre sentado al borde del sofá, dictando crónicas por el teléfono Heraldo, con sus puntos, puntos y aparte, y sus comas. Su voz dulce marcando pausadamente el ritmo por debajo de su bigote a lo Zappa, pero sin perilla. Música, seguramente Radio 3, sonando siempre en casa, desde muñeiras anònimas a Jim Hall. Muchos conciertos, incluso antes de nacer. Escuchar a mi padre hablar a altas horas, sobretodo con Karles Torra y a veces con Donat Putx, en el coche volviendo a casa. Tenía tanto sueño que no les entendía, pero me gustaban sus voces. Creo que se me quedaron dentro y todo eso me animó a escribir.

Primero en blogs como Atom-ize, Lo-fi your brain out, 1234!, el underzine de Shook Down, fanzines varios y ahora en Gent Normal, Bythefest, Rockdelux. Llevo solo 5 años en esto, pero los he vivido intensamente. ¡Que alguien me diga lo contrario! Empecé justo cuando el sector entraba en involución, pero por lo que me cuentan me he perdido mejores sueldos, puestos fijos y las cenas de navidad de Rockdelux. Quizás nunca llegue a ser periodista a tiempo completo (no sería justo, no tengo ni la carrera), pero esto me permite escribir de lo que me dé la gana y así lo voy a hacer.

Marta: Bueno, yo no soy periodista musical, soy una intrusa en este debate así que igual me disperso un poco. Ahora mismo me dedico a la investigación en medios digitales y me paso el día analizando interacciones entre documentos y usuarios.

Entre otras muchas cosas, me he fijado en las comunidades que se crean alrededor de la música como vínculo porque pueden generar dinámicas de descubrimiento muy interesantes. Entiendo que eso puede suponer un problema para la prensa musical.

A título personal la evolución la he vivido de una manera muy orgánica, ha formado parte de mi ocio y de mis intereses desde siempre. Se puede decir que mi primera escuela sobre cultura digital fue el Sónar porque es un festival al que llevo asistiendo desde hace alrededor de quince años. Nunca lo he vivido como una amenaza, para mi no ha supuesto más que oportunidades, me decepcionan muchísimo más los humanos que la tecnología.

César: Empecé a escribir en la prensa musical como extensión del fanzine que hacía. Te hablo de 1994, una entrevista a Violent Femmes. ¿Motivación? Pues la misma por la que monté un fanzine: hablar de la música que me gustaba y que incluso la prensa especializada por entonces apenas le daba espacio. Los dos primeros artículos que hice en el fanzine (92-93) fueron textos de Felt y de Microdisney. Un año después, uno sobre Coil. Con estos ejemplos creo que queda bien ilustrado lo que explicaba.

Pero hacia 1994-95 ciertas revistas empiezan a apostar fuerte por grupos más minoritarios y el trabajo del fanzine continúa inalterado en la prensa. Los grupos de los que hablas están en boca de más gente. Algunos hasta salen por la tele. Empiezas incluso a pensar que puedes vivir de esto. Pero vas cumpliendo años y esta tarea empieza a no ser estimulante. Pero la inercia hace su trabajo. La crisis del papel y la reducción de tarifas no condicionó mi actual desinterés sobre la prensa musical. Fue la falta de estímulos en la misma prensa, la poca adaptabilidad a otro tipo de enfoques y un dejarse llevar de lo más deprimente lo que me echó fuera.

Nando: Lo mío fue muy sencillo: de adolescente me gustaba mucho la música y me gustaba mucho escribir. No se me ocurrió mejor modo de combinar ambas aficiones. De hecho, no creo que exista otro mejor. No me metí en el periodismo musical para hacerme rico porque el tipo de música sobre la que escribía no me lo hubiese permitido, pero desde mediados de los años 90 hasta mediados de los 2000 me la gané muy bien. Tenía tanto trabajo que dejé puestos en televisión y revistas para dedicarme a la prensa diaria, que era lo que más me satisfacía profesionalmente.

Todo eso cambió drásticamente hacia 2010. Muchas opciones laborales han desaparecido y las que subsisten están mucho peor pagadas. Pero, por otro lado, yo también he virado hacia un periodismo más abierto de miras y menos aferrado a lo promocional, lo cual me hace andar en terrenos económicamente mucho más pantanosos. No me quejo. Soy más feliz que nunca con mi trabajo. La llegada de internet ha supuesto un cambio fundamental: hoy el lector tiene un acceso tan directo a la música como el periodista. Esto debería ser motivo suficiente para replantearse el oficio, pero el periodismo musical es uno de los gremios más inmovilistas.

Shaina: No me llamaría periodista musical porque es demasiado limitante. Estoy interesada en encontrar una manera de usar cualquier talento que tenga con el lenguaje escrito para conectar con la humanidad y luchar por una sociedad más justa. Y creo que la música es uno de los mayores poderes que los humanos tienen para conectarse y crear cambios. Tengo títulos en Biología, Química, Lengua Inglesa y Peluquería, así que claramente mi camino ha sido un poco … creativo.

Mi pequeño éxito es gracias a Tom Tom Magazine y su editora, Mindy Abovitz. Tom Tom es una revista impresa y online (tomtomag.com) dedicada a mujeres baterías y toda la política alrededor de las mujeres en la música, basada en la ciudad de Nueva York, pero distribuida en todo el mundo. Conocí a Mindy, la editora, en un concierto en el que tocaba la batería con mi antigua banda. Le mandé algunos de mis escritos y tres años más tarde he terminado siendo una productora muy orgullosa de la revista. Me mudé de los Estados Unidos a Barcelona hace 3 años por un capricho, sin conocer a nadie ni ninguno de los idiomas, pero por suerte me hice amiga de una mujer increíble llamada Montse Casas que me dejó escribir regularmente para su (ex)blog Gent Normal.

En muchos sentidos, la evolución de mi carrera personal y del periodismo musical en general me ha parecido increíblemente lenta. No soy una persona paciente. Todavía me pregunto constantemente, ¿por qué el periodismo musical no es tan diverso como la música? Especialmente aquí en España y Catalunya hay una seria falta de mujeres, gente de color y gente queer escribiendo sobre música.

Javier: Estudié la carrera de periodismo porque me di cuenta a una edad bastante temprana de que lo que me gustaba era leer, y sobre todo lo que se me daba bien era escribir. No soy una persona con habilidades especiales o una capacidad increíble de reciclaje, se me dan bien pocas cosas y una de ellas es escribir (o eso creo; al menos mejor que cocinar, conducir o cualquier otra cosa que se me ocurra).

Una vez en la facultad, por pura intuición, tendí hacia la música: atravesaba un periodo de gran obsesión por la música electrónica de baile, que había empezado a descubrir tras varios años de picoteo en la música electrónica de los setenta y los ochenta, en el minimalismo más accesible y ciertos tanteos no demasiado fructíferos con la música clásica, y a partir de ahí se fueron dando varios pasos que unas veces parecían naturales o erráticos, pero que me han conducido a donde estoy.

Aunque tuve que dedicarme durante un breve periodo de tiempo al periodismo político y al de sociedad, aquello no me gustaba nada, y la música, y la cultura en general, parecía una buena salida, la que más me apetecía. Por entonces había revistas, suplementos en los diarios, radios: con el tiempo parecía que podría haber huecos profesionales, el horizonte era anchísimo, y hacia allí que me tiré, colaborando en Rockdelux, Voice, el suplemento La Luna de El Mundo, hasta que entré en el año 2000 en la redacción de la revista Go Mag, que por aquel entonces estaba justo comenzando. Si aquello no hubiera sucedido, quizá hoy estaría apretando tuercas en una cadena de montaje.

En esta década y media, aproximadamente, a lo que hemos asistido es a la demolición de un orden antiguo que ya no volverá. El sector, evidentemente, ha cambiado para peor: los puestos de trabajo escasean, las colaboraciones se han reducido y las tarifas han conocido tiempos mejores, y las razones de este cambio –por un lado, la transformación digital, que ha debilitado a la industria y ha reforzado al consumidor, que tiene más acceso a la música que nunca, sin que el periodista profesional tenga ya ninguna ventaja que pueda poner en valor su opinión y su capacidad de trabajo; por otro, la crisis grave y no sé si irreversible de los medios de comunicación– han quedado más o menos expuestas en tu introducción.

Personalmente, en lo profesional no he sufrido ninguna gran crisis ya que he trabajado con regularidad desde entonces, no sé por cuánto tiempo, pero creo que puedo considerarme un afortunado en ese aspecto. Pero la naturaleza de mi trabajo sí que ha cambiado muchísimo: de ser un periodista especializado, que dirigía redacciones o tenía colaboraciones bien pagadas, he pasado a ser un periodista generalista dentro de la cultura (e incluso fuera de la cultura, que ahora se lleva mucho el costumbrismo), algo que no está mal en el fondo –es estupendo estar en contacto con algo más que música electrónica–, pero que me entristece porque este cambio se ha dado, no tanto por mi evolución natural, que ya iba por ahí, sino por la pérdida de interés de gran parte del público y de los medios de comunicación por la música más actual e innovadora.

No es que no haya sobre lo que escribir, sino que no hay nada que pueda interesar a quienes tienen el mando del grifo de la información. Actualmente, hago más temas de música clásica que de electrónica, para que te hagas una idea. Me sale más rentable la ópera que el techno. No afecta a mi bolsillo, pero afecta a mis esperanzas de que haya un futuro interesante para el tipo de periodismo con el que empecé. El tipo de información y opinión que cultivamos durante un tiempo parece que tiene los días contados.

Tamara: Nunca he sido periodista musical aunque he publicado durante años en Mondo Sonoro, sobre todo en la edición Euskal Herria, además de haber colaborado puntualmente con otras publicaciones. Casi de manera paralela a comenzar a escribir sobre música comencé a trabajar en promotoras de festivales y conciertos en el departamento de prensa.

De una manera natural, poco a poco a lo largo de los años me he centrado más en trabajar en prensa que en escribir, así que no he podido experimentar como periodista el cambio al que te refieres. Aunque sí te puedo decir que con el paso de los años he comenzado a ver cierto periodismo musical “de altura” cada vez más elitista y banal. Que un texto sea muy sesudo para mí no significa que me vaya a gustar.

Realmente disfruto con artículos de profundidad, que contextualizan, ilustran y documentan, pero no hay muchos. Encuentro más textos en los que el autor/a se afana en demostrar todos sus conocimientos que aquellos que cumplen cierta función pedagógica, que en el fondo es lo que creo que deberían hacer.

Por otro lado, hay muchas webs y blogs que se dedican al cortapega de notas de prensa y no aportan nada más allá de una poca información. En la mano del lector está saber digerir las informaciones y saber elegir con qué medio quedarse.

¿Estás de acuerdo con el planteamiento que hago en la introducción o lo ves de una manera diferente? En cualquier caso, ¿ves más “pros” o “contras” en la situación actual?

Aïda: Tal vez peque de optimista, pero le veo más pros. Que el oyente pueda llegar tan lejos como quiera nos favorece a todos, al fin y al cabo somos oyentes antes que nada. Creo en la educación especializada (sea concertada o autodidacta), y considero que un medio podrá tener una visión global cuando cuente con muchos especialistas de ámbitos distintos.

¡Abajo las élites! Que los popes sepan que tarde o temprano alguien les va a sustituir y no se acomoden en la cumbre. Algún erudito podrá tener una visión global, los demás deberemos concentrarnos en nuestros perímetros y cuidarlos bien. Aunque si sales a territorios incómodos siempre vuelves con un poco de perspectiva (pero cuidado con el doble filo de la expresión).

Que haya micronarrativas casi personalizadas no me parece negativo, va acorde con la segmentación de público. Al final sobresaldrán las que trabajen con mimo su contenido. No hay que subestimar a los lectores, porque nos estamos subestimando a nosotros mismos que también lo somos. Y menos a un lector que comenta y comparte, ¿qué mejor medidor? Aunque sea de un modo despectivo, cada uno se retrata en sus comentarios. Soy pobre como una rata y no quiero valorar como se usa todo esto a nivel marketiniano, ¡me pone los pelos de punta!

Marta: Estoy de acuerdo en básicamente todo lo que apuntas. Basta de rankings. Basta de cosas poco documentadas o sin criterio. También apuntaría, tengamos claro que los algoritmos no están exentos de sospecha, todo lo contrario, hay que cuestionarlos muchísimo más.

Con la mano en el corazón veo más “pros” que “contras”, sin embargo sí me preocupa mucho un problema en la gestión de comentarios que afecta a muchas industrias digitales y que por negligencia se ha convertido en un vertedero de sexismo, racismo, transfobia y todo el horror del mundo, y por tanto en un daño central que amenaza a toda la industria.

El abuso online en los comentarios tanto entre usuarios, como hacia periodistas, que la mayoría de medios digitales no están sabiendo gestionar me parece algo urgentísimo.

César: Entiendo lo que dices de la falta de un mayor espíritu crítico pero… ¿cual sería el objeto de la crítica? Empiezo a leer listas de lo mejor del año: no hay revistas que proyecten nuevas conductas o escenas en el pop porque esto ha dejado de interesar a la gente joven.

Por un lado, hay revistas que apuestan por cantos de cisne, conducidos por el dolor sentimental o la serenidad octogenaria, de artistas consagrados. Por otro, hay revistas que intentan estructurar una lectura sobre electrónicas contemporáneas. Los primeros congregan al antiguo régimen de la música. Los segundos, a un sector social muy definido y minoritario.

Por momentos soy parte de los dos y por momentos me aburro de serlo. Pero entonces algunos amigos me ponen cosas de tecno suburbial o de hip-hop geográficamente localizado y lo siento como algo vivo. No lo dudemos: salvo contadas excepciones, la música está escapando de nuestro radar (me da igual pitchfork o wire) y en nuestra mano está empezar a cuestionar nuestro canon crítico.

Nando: Hace ya muchos años me veo incapaz de discernir si este ha sido un gran año o un mal año para la música. Y del mismo modo, me es imposible calibrar si el periodismo musical va a mejor o a peor porque no tengo acceso material a todo él. Coincido en que el que tengo más a mano es cada vez más plano, anémico, desangelado y superficial, pero no sé si este es el único que existe.

Me resisto a pensar que no se me estén escapando artículos y aportaciones interesantes. De hecho, a través de la gente que sigo en twitter voy pescando cosas que me sorprenden muy positivamente. También pienso que si las nuevas generaciones de periodistas musicales son como son, será, entre otras cosas, porque la generación anterior no ha sido de gran ejemplo. Pero, claro, el periodismo de ‘tú me acreditas y yo escribo algo de tu festival’ ya es un terreno viciado y abonado al periodismo de gente que solo escribe para cumplir el trato al que se comprometió a cambio de conseguir la entrada y pasarse unas horas en el lugar en el que hay que estar.

Para mí, el motor más importante del periodismo es la intención. Antes de ponerte a escribir algo has de preguntarte con qué intención lo haces. De esa intención se deriva todo lo demás. Y, sí, creo que hay muchos artículos, reseñas y entrevistas circulando que no tienen ninguna intención periodística.

Shaina: Hay muchas preguntas muy amplias en tu introducción. Estoy de acuerdo en que la colocación de un valor absoluto en el arte es perjudicial porque el sentido del arte debe interpretarse de tantas formas diferentes como sea posible. Aprendemos mucho viendo las cosas desde diferentes perspectivas, sabiendo que la perspectiva se basa en la opinión personal y que no hay tal cosa como la objetividad.

Cuando se trata de la lingüística, mis ideas están más influenciadas por Chomsky y Marx. Históricamente, el lenguaje se ha utilizado para perpetuar el clasismo; desde los romanos (y seguramente en otras formas antes), la clase dominante creó acentos y dialectos separados para distinguirse de la «clase baja» y establecer su superioridad.

En estos días, por ejemplo, en los Estados Unidos las afectaciones lingüísticas comúnmente asociadas con los negros también están asociadas con la falta de educación. Los blancos, en particular los hombres blancos, crearon un sistema (como complejo Prisión-Industrial de Angela Davis y Foucault, existe también el complejo industrial educativo) en el que sólo este dialecto blanco es considerado intelectual, por lo que los hombres blancos dominan su propio sistema. Esto se aplica también al periodismo musical, todo el dinero ha pasado a acreditar las opiniones de los hombres blancos e ignorar a todos los demás.

Me gustaría ver el lenguaje utilizado como una herramienta para elevar la igualdad, no separar a la gente y enfatizar la injusticia. De la misma manera, creo que la música debe reunir a la gente, no crear escenas pequeñas y exclusivas. Creo que es positivo que más gente tenga acceso a la música y hay más gente escribiendo sobre música. Cuanta más diversidad, mejor. Con la globalización actual creo que estamos realmente probando el límite del lenguaje y viéndolo doblar, flexionar y romperse para sostener este tipo de hipercomunicación.

De alguna manera, creo que el lenguaje se está volviendo aún más similar a la música en sí, la gente se siente menos constreñida por la gramática clásica. La gente está experimentando constantemente con nuevas palabras, frases e incluso tonos de hablar que se centran totalmente en transmitir emoción y no en valores gramaticales. No estoy segura de si esto es una cosa «buena» o «mala», o incluso si tenemos que hacer un juicio sobre esta evolución.

Javier: Estoy de acuerdo en casi todo. Uno de los problemas que considero que tocan de muerte al periodismo musical es que, a diferencia de otros ámbitos informativos, los periodistas ya no somos necesarios. O mejor dicho, lo somos, como serían necesarios los fontaneros o los repartidores a domicilio, pero la gente ya no lo interpreta así.

La misión del periodista es –dicho en plan rápido– recibir mucha información, seleccionarla, jerarquizarla y transmitirla para dar con los aspectos relevantes del asunto que le ocupa. En nuestro caso, cuáles son las corrientes musicales pujantes, cuáles son los artistas que están haciendo cosas relevantes, cuáles son los mejores discos y cuáles hay que evitar. Esto es algo que mucha gente necesita; el periodismo puede languidecer, pero la música florece como casi siempre. Pero la música también ha sido un hobby para nosotros, si entramos en esta rueda fue antes que nada porque éramos fans, y empezamos a recabar información buscando vías de acceso a la información –revistas, discos comprados, discos de promo, etc.–.

En el momento en que el hobby es masivo –como antes– y los elementos para crear tu propio camino ya no son exclusivos, mucha gente ya no necesita al intermediario, y la selección de la información y la justificación de la opinión se la trae al pairo. Quizá su disfrute sería mayor si se fiara de los intermediarios –se evitaría ciertos discos, ciertos caminos que no llevan a ninguna parte–, pero eso le llevaría más tiempo y nadie quiere perderlo, y además se ha creado un clima de tal desconfianza hacia el crítico que la situación parece imposible de revertir.

Porque parece que hemos caído en el descrédito: tendemos más a fiarnos de un amigo de confianza (o no), que de alguien que argumenta su opinión de manera sólida. Antes se hacía en analógico -el colega que te pasaba cintas, o te recomendaba en un bar-, y ahora se hace en Facebook. El crítico no se percibe como un «amigo», sino como alguien con oscuros intereses (hace años que apenas se reciben discos gratis, y a mí jamás me ha intentado sobornar nadie, pero cada cierto tiempo lees el típico comentario de «cuánto tendrán que haberle pagado para escribir esto».

Somos un estorbo para mucha gente. Lo que no significa que el trabajo del periodista musical no sea esencial: al fin y al cabo, y tomando como idea de partida las listas de final de año, al final se alcanza un consenso sobre qué ha sido lo más relevante de la temporada no por lo que digan diferentes comunidades aisladas en las redes, sino por los puntos de coincidencia entre diferentes revistas, webs y profesionales.

El periodismo musical se ejerce individualmente, pero dentro de una mente colmena que es el conjunto de profesionales y medios, y esa colmena sigue siendo esencial. Aunque se la tiene en cuenta con menos frecuencia que antes, y ahí está el problema: la demanda de información, de orden y jerarquía es estacional, eso debilita a los medios y los periodistas no pueden dedicarse al trabajo con garantías de estar recibiendo una recompensa justa por su tiempo, durante todo el tiempo.

Veo más contras que pros, porque llegado cierto momento de la vida, ya no puedes moverte por el mundo como si fueras un redactor amateur de un fanzine. Y prácticamente todos los medios especializados se han vuelto fanzines.

Tamara: Sí, afortunadamente no es la gran mayoría, pero realmente existen muchas webs y blogs de con un nivel de contenidos bajo, ya no solo de redacción sino de concepción de los términos periodista y medio, y lo que este implica. Me doy cuenta cada vez que he de acreditar periodistas a festivales o conciertos. Se ha extendido la idea de que si un redactor/a escribe y publica una crónica, obtiene un pase de prensa, como si fuera un premio.

Además, muchas veces esta previa no es más que un corta pega de un texto que tu misma has escrito. Y cuesta explicar que han de elaborar un poco los contenidos, que tienen que aportar algo, no solo se buscan webs donde peguen un texto promocional. Y, sobre todo, que si se les asigna acreditación, han de cubrir el concierto y publicar una crónica. Para eso y no para otra cosa sirven las acreditaciones de prensa. Que tengas que explicárselo a alguien ya te da una idea de cómo concibe el asunto tu interlocutor.