#Crónicas

Sónar 2016: Sin fronteras

A pesar de algunas decepciones y un clima revuelto, el festival barcelonés enseña que no hay límites con una programación que trasciende, de nuevo, lo puramente musical.

21.06.16
Frankie Pizá

Texto de Antton Iturbe, Aleix Mateu y Frankie Pizá.

Es difícil saber cuanto hay de capricho, de interés comercial y de genuina admiración en todo el ruido mediático que se está generando a su alrededor. Pero lo que no se puede negar es que supone un merecidísimo reconocimiento a uno de los artistas más extraordinarios que ha dado este país en los últimos años.

Lo cual, por otra parte, tiene el inconveniente de generar una enorme expectación en torno a sus actuaciones, más aún cuando viene avalada por el impresionante espectáculo que nos ofreció el año pasado en este mismo escenario, traducida en una interminable y desesperante cola a la entrada del SonarComplex que a impidió a muchos de nosotros disfrutar de la actuación al completo.

En consecuencia, debo admitir que tan solo pude asistir a la última media hora de actuación, cuyo inicio adivino insinuante y velado y que a mi llegada continuó en un in crescendo de emociones que acabaría desembocando en una apoteósica rave final, con un público absolutamente entregado.

Media hora en la que Niño de Elche mostró, junto a Los Voluble, su vertiente más heterodoxa y expansiva: aquella que une quejío flamenco con rítmica Techno, texturas industriales, actitud no wave y un incisivo discurso audiovisual que muestra, denuncia o da valor a todo aquello que nuestros asépticos y teledirigidos medios informativos actuales tapan de forma sistemática, ya sea la lucha feminista, la explotación sexual o el desprecio a los inmigrantes y refugiados.

Una peligrosísima y ambiciosa amalgama que en la mayoría de las manos acabaría explotando y provocando sensaciones de ridículo y cierta vergüenza ajena, pero que en las suyas resulta fresco, poderoso e irresistiblemente excitante.

No pretendo entrar en mayores detalles de lo visto y oído en el SonarComplex, no hallo términos a los que agarrarme; su música desarma mis certezas y me genera preguntas que no sé responder, y eso me atrae de forma irremediable. Porque Paco posee el inmenso talento de pisar terreno ignoto y de llegar a donde nadie había llegado antes, al mismo tiempo que crea una música de una belleza arrebatadora que nos impulsa a soñar y bailar porque nos hace sentir vivos. Vivos para gozar, escuchar, abrir bien los ojos y luchar, por nosotros, por todos nosotros.

Porque no hay fronteras. Aunque nos convenzamos de que las banderas nos limitan además de representarnos, aunque creamos que la raza y la genética implica discriminación y por mucho que el miedo y la manipulación nos alejen de la humanidad.

El concierto más memorable de la edición de este año de Sónar Festival es paradójicamente uno de los que mejor define el carácter que la organización ha querido dotar a su programación: reflexión, riesgo, ruptura de cánones sonoros y nuevo activismo artístico se dan la mano en el furioso grito sonoro del Niño de Elche y Los Voluble en «En el Nombre de…» De la forma más directa y cruda que hayamos podido imaginar.

Entre la diversidad de estilos, genéricas y mensajes vistos durante los pasados días 16, 17 y 18 de junio se adivinan intenciones más allá de lo puramente musical: la rompedora presencia de Lafawndah, el júbilo de Ata Kak y Nozinja, la ilegibilidad conceptual de Oneohtrix Point Never o la elegante protesta de ANOHNI. Todas esas actuaciones nos han enseñado que no hay límites.

Jueves 16: Brilla el sonido local y la transparencia de Kelela.

Con una asistencia discreta y una amenaza de diluvio para el cierre del festival arrancaba el jueves el festival. Un día que estaría marcado por la ausencia de un elemento clásico en Sónar, como es el calor, la excelente actuación de activos locales y la decepcionante aparición de un Kenny ‘Dope’ Gonzales que se limitó a no ser él mismo en las dos horas de sesión que cerraron el Sónar de Día.

Baelish, por ejemplo, como nuevo proyecto del catalán Check One, sorprendió con una sesión sólida y diversa que en ningún momento se debilitó por las transiciones: del Hip Hop instrumental al Techno melódico de una forma amable y ágil. Todo lo contrario que LiL JaBBA, que dejó para otra ocasión a la genérica Footwork y decidió inaugurar el SonarDôme con una selección de piezas que se inclinó hacia el Dubstep primigenio. Incluso sonaron Horsepower Productions.

Strand ya avisó que su directo sería una presentación de su «yo» creativo más reciente: en los últimos meses el madrileño ha estado componiendo con sintetizadores antiguos y dejando a un lado las configuraciones rítmicas. Fue una interpretación a la que no ayudó un sonido más bien deficiente y que inundó el SonarHall de trazos cósmicos y figuras audiovisuales generadas a partir de la propia música. Hubo tiempo para los ecos de «Maleza», pero esencialmente asistimos a la presentación de un Strand totalmente diferente.

Sobre el Dôme, se sabía que John Grvy iba a ser todo energía. El versátil artista madrileño demostró su fuerza escénica y tablas, aunque como tantas otras veces durante el fin de semana, el planteamiento técnico no resultó del todo beneficioso. La voz de John no consiguió transmitir en ningún momento (por la inconsistente mezcla final), y no conseguía armonizar con sus movimientos y entusiasmo.

No se quejó, al menos visiblemente, pero resultó obvio que Kevin Martin necesitaba más volumen. Fue otro de esos conciertos que no consiguieron trascender lo debido, el de King Midas Sound y Fennesz. La imagen, eso sí, era perfecta: nebulosas que iban y venían, diseño de luces perfecto, una torre de monitores detrás de The Bug y sublimes interpretaciones de los cantantes.

Aunque tuvo controlado al público desde el inicio, por su vitalidad natural y poco riesgo, The Black Madonna despertó la euforia en el Village cuando sonó la versión original de «Baby Wants to Ride». Un clásico que demuestra su inmortalidad cuando alguien recurre a él en un emplazamiento como este.

Y si a euforia nos referimos, con Lady Leshurr entendimos el porqué de tanto Grime en esta edición del Sónar. El impulso mediático que Skepta le ha dado al género no solo le ha expuesto a él, si no que, como pudimos comprobar en el Sónar Village, también a la gente que esta trabajando en esa sintonía. Lady Leshurr subió al escenario con un público ansioso por bailar. Con mucha actitud y fuerza, repasando sus canciones más reproducidas en Youtube y repasando algún clásico Dub, consiguió hacerse con una grada que apenas descansó en alguna canción.

Al cabo de poco, en otro espacio y con otra voluntad, Kelela abría su show de forma íntima, entre las cortinas rojas del SónarHall y una iluminación que al largo del concierto consiguió realzar más si cabe la brillante performance de la artista, a la vez que reforzaba la narrativa del espectáculo. La sutileza de su voz se alternaba con momentos de presencia voluptuosa, sin restar un ápice de complejidad a los distintos juegos vocales que proponía. Si en los momentos líricos Kelela sabía interpretar de forma brillante sus canciones, en los momentos instrumentales la artista añadía coros arrebatadores que, procesados en inspirados delays, hacían magia de cada pieza.

Tan solo el nombre en el cartel de Kenny ‘Dope’ Gonzales ya hacía presagiar el que el Garage neoyorquino iba a protagonizar un final de la primera jornada llena de carisma y espiritualidad. Aunque el discurso del 50% de Masters At Work sobre la cabina ha cambiado y se ha vuelto algo conformista en los últimos años, ninguno quería pensar en lo que iba a ocurrir: 2 horas en las que un 98% de la sesión estuvo marcada por un Techno/House mediocre y plano. Al que vimos fue a un Gonzales trabajando y no disfrutando, y eso se transmitió a toda la audiencia.

Viernes 17: El reino de ANOHNI.

Como si de una profecía se tratara, unos tímidos y digeribles chubascos decoraron la actuación de AWWZ en el Village; la shower-music de la barcelonesa se reflejó en la llovizna y sus beats basados en la sugerencia melódica del R&B se vieron amplificados por un clima adverso tan solo sobre el papel. La impetuosa actuación vocal de Bearoid, nada temeroso del agua, fue uno de los momentos álgidos.

JackWasFaster trajo todo su arsenal analógico para comenzar el Dôme en un día que presagiábamos mejor, musicalmente y en cuanto a asistencia: sintes cósmicos y progresiones de influencia minimalista fueron calando en el ambiente y dando forma a una de las más sólidas actuaciones del escenario de la Red Bull Music Academy en toda la jornada.

Con un cielo encapotado que iba dejando caer gotas, coincidió que El Guincho subía al escenario con la salida del sol. Las buenas vibraciones del artista, acompañado por tres músicos más, se sincronizaron con la meteorología dando ese plus de buen rollo que la interpretación del cuarteto no consiguió hilar. Si bien la voz procesada del artista y los sintetizadores soleados hacían mover al público tranquilamente, las ganas y la voluntad de la formación no salvaron una actuación que en determinados momentos parecía totalmente descompenetrada.

La alegría y júbilo que no consiguió desatar El Guincho fue proporcionada por un Ata Kak al que se observaba en uno de los momentos más felices de su vida: un Village abarrotado dio la bienvenida al músico ghanés y a sus antiguas canciones entre el Hip Hop y el Highlife, todo un sueño para un intérprete que ha estado más de 30 años desestimando que aquellas grabaciones pudieran dar algún fruto.

«Huge Danny» fue el único representante de PC Music en todo el festival este año, y sostuvo bien su papel: una selección sin vergüenza y con esa picardía que le define: Dance, Pop extrovertido e irónicos momentos de R&B confluyeron en el set de Danny L Harle.

Esquivo e intransigente, Mike Banks se escabulló de algunas de las entrevistas que tenía previstas durante el festival y prácticamente la única forma de verlo fue durante la desordenada actuación de Timeline. Aquella presencia, sin cubrir su rostro, imponía más que cualquier concierto que pudiera programar Sónar Festival aquel día.

Las expectativas se vinieron abajo cuando Mark Flash, uno de los miembros y DJ de la formación, comenzó a comportarse como un amateur detrás de los platos: la idea era comenzar con una selección de Techno orgánico y purista a la que los músicos se irían asomando a base de improvisación, tocando encima de las bases que imponía el de Detroit. Transiciones de principiante o errores técnicos, no está claro, pero la primera parte del concierto fue desastrosa.

«Strings Of Life» con unas proyecciones en las que se sucedían imágenes de niños tocando instrumentos de cuerda y una mágica interpretación del «Knight Of The Jaguar» consiguieron cerrar la jugada con dignidad. Torpes y sin dedicar un «Hi-tech Jazz» que todo el mundo anhelaba, Underground Resistance fueron una de las notas más bajas del festival.

Cerró el Dôme el jueves como Tuff City Kids, y volvió a hacerlo como Gerd Hanson el viernes: el DJ y productor parecía un recurso infalible para la Red Bull Music Academy este año, aunque hay cierto riesgo en programar al mismo artista en días sucesivos para un momento tan importante y tan ligado históricamente al escenario. Entre otras cosas, el Dôme ha sido siempre el sitio para cierres para el recuerdo. Una selección sin altibajos, sin sorpresas y con algún momento brillante salió de las manos del profundamente idealizado DJ.

Tras 30 minutos de retraso en los que nos aprendimos cada uno de los sinuosos movimientos de Naomi Campbell, los tres integrantes que han confeccionado el primer álbum de ANOHNI surgieron de entre la niebla. Sonaron prácticamente todas las canciones de un álbum esplendoroso por su conciencia, por su coherencia musical y por modificar el contexto tanto de la cantante, de Oneohtrix Point Never y de Hudson Mohawke.

Un directo que habló con la misma sutileza y sublime carisma con el que nos habla el disco y canciones como «4 Degrees»: todo, desde las ropas elegidas hasta las proyecciones basadas en diferentes figuras femeninas que se sincronizaban con los labios de ANOHNI, cristalizaron en una actuación arrebatadora y que sin salirse de ningún margen, dejó en todos nosotros la sensación de haber asistido a algo glorioso.

Sin tener tiempo casi de saber en qué escenario estaba, al entrar y escuchar los ritmos a 160 BPMs, sucedidos por percusiones electrónicas británicas, sabía que solo podía tratarse de Kode9. El artista, en su vertiente de DJ ahora, dejó patente el por qué del sello que rige y su sonido: tocó todos los palos que incluye en Hyperdub; de las percusiones Dubstep cercanas al sonido Burial, al Footwork o al Grime, antesala perfecta para el artista que vino a continuación, James Blake.

El inglés trabaja en cada actuación como si fuera la primera. Adapta su discurso, reescribe sus variaciones y propone melodías, regala nuevos ejercicios vocales y, con suerte, guarda un as o dos bajo la manga extra. En este caso, Blake era plenamente consciente de lo que significa actuar en el Sónar de Noche, y propuso una actuación más bailable de lo normal: una mezcla final de percusión muy marcada resultó poco envolvente y dificultaba apreciar la voz del artista en toda su majestuosidad.

Las canciones se interpretaban a más BPMs de lo habitual y, con ello, James sacrificaba los excelentes espacios que crea y su mood propio para potenciar las partes más cercanas al club; una forma de reivindicar su total bicefalia. El indiscutible momento de la noche fue la aparición de Trim. Adelantando el disco que el MC sacará con Blake a través de 1-800 Dinosaur, el combo interpretó el genial remix de «Confidence Boost» (del que apenas oímos el teclado).

A pesar de que James Blake publicara un disco hace pocos meses, y de que todos atribuyéramos este concierto a la presentación del mismo, a lo largo de su actuación tan solo escuchamos cuatro canciones de este, siendo su show en el Sónar excepcional por su ejecución y curioso por su planteamiento.

El House iba a ser el protagonista de los primeros compases de la velada configurada por Resident Advisor. Y así fue: el júbilo de Soichi Terada y su frescura se metieron rápidamente al público en el bolsillo, cumpliendo unas expectativas que el maestro de Nueva Jersey Kerri Chandler cumplió a duras penas. La sombra de la actitud que marcó el set de Kenny ‘Dope’ y de la inminente lluvia amenazaron constantemente su sesión. Plano y sin sorpresas, se limitó a sostener la antorcha.

El BPM sufrió alteraciones cuando dos de los mejores DJs del momento asaltaron el escenario para llevar a cabo su primer B2B: Helena Hauff y Ben UFO ofrecieron una sesión sin brechas, sin fallos, haciendo gala de una técnica sobresaliente que consiguió que los cambios fueran prácticamente imperceptibles. Faltó, eso sí, algo de ímpetu y, de nuevo, algo de riesgo.

Tracks largos y desarrollos igualmente extensos: Four Tet estiró la selección hasta el punto de la somnolencia en una primera noche de estreno para el nuevo SonarCar que debía significar un encuentro con toda su diversidad musical. Desde muy temprana hora se desestimó el Funk y las rarezas jazzísticas por un BPM normalizado que continuó hasta el cierre. Como nos daríamos cuenta en la sesión de Laurent Garnier, parece existir un umbral temporal al que no se puede llegar sin sobrepasar los 125 BPM.

El agua comenzó a caer del cielo de forma intermitente cuando John Talabot llevaba tan solo 15 minutos sobre la cabina. Los visibles problemas técnicos y un público que hizo creer que el tiempo no le afectaba en absoluto dominaron una sesión enrarecida desde el comienzo y en la que no asistimos a una de las noches más inspiradas del barcelonés.

Sábado: Ezra y sus guitarras cibernéticas.

El cielo oscuro y la lluvia no prometían una jornada fácil para aquellos que quisieran pasarse toda la mañana en el Village bailando bajo el sol. La lluvia fue amenazante hasta estallar de forma demencial al finalizar el concierto de Yung Lean. Por suerte, el sábado tenía sus mejores propuestas bajo techo.

El SonarHall había sido inaugurado por bRUNA & Wooky y Alba G. Corral con una excelente presentación del nuevo split de los de Lapsus. A pesar de algún imprevisto técnico el directo unió a los dos productores de forma que consiguieron hacer adentrar a la audiencia dentro de sus inconfundibles texturas.

Una hora más tarde, en el Hall, un Yung Lean que hacía poco estaba comiendo saltó al escenario para dar al público aquello que al final no pudo ser la edición pasada del Sónar. Con actitud Sad Boy durante toda la actuación, el sueco no mostró una especial empatía con el público, pero sí que demostró su maduración como artista: si bien el show resultaba a ratos una muestra de Rap amateur (a pesar de encajar a la perfección con su planteamiento artístico), Yung Lean tan solo sumaba personalidad a un show que, con canciones como «Kyoto» o «Ginseng Strip» 2002 en el set, tenía asegurado el éxito.

Cruzando la intensa lluvia que había colapsado todos los recintos cubiertos del Sónar llegamos al SonarDôme justo para la actuación de Lafawndah. La sala estaba llena de gente que se guarecía de la lluvia, mucha de ella sin interés alguno por la artista y, aún así, Lafawndah, que subió al escenario sin ningún acompañante ni DJ, tan solo un Gong, dominó el escenario con sinuosos movimientos árabes y una energía y actitud pocas veces vista.

La de Oneohtrix Point Never quizá era la actuación mas esperada por algunos. Mucha gente había cogido sitio hasta media hora antes de que empezara la actuación. Hipnotizante, diestra y caótica. Pocas palabras valen para describir la que fue una de las mejores actuaciones de todo el festival, por no decir la mejor. Daniel Lopatin no lo tenía difícil: la expectación de su público es enorme y, además, «Garden Of Delete» es un disco sumamente complicado de llevar al directo. Aún así, OPN propuso una ejecución relativamente sencilla que, con la ayuda de un guitarrista y de un micrófono con vocoder que encarnaba a Ezra, consiguió plasmar de una forma devastadora el sonido de su colosal disco.

Todos sobre el escenario, sin parar de moverse y con un sólido espectáculo Hip Hop con raíz Grime, Section Boyz pasaron por el Village sin conectar completamente con la audiencia presente. El frío que había dejado el diluvio previo, el césped artificial mojado y una densa propuesta que no acabó de cuajar fueron las sensaciones que nos llevamos del primer concierto en España de los chicos de Londres.

Hubo un momento en el que todos parecíamos levitar sobre las improvisaciones de sintetizador de Magic Mountain High; un Dôme sumido a colores azules y morados se fue apagando progresivamente y con una soberbia elegancia cuando el trío desarrolló un directo hipnótico y absorbente. A lo largo de la 1 y 30 minutos que estuvieron sobre el escenario el sitio fue despoblándose; tan solo quedamos los que realmente sintonizamos al completo con ese universo tejido a base de orgánicas melodías electrónicas.

Kaytranada se presentó en el Sónar noche con su particular y mestiza interpretación de la música de baile. El espacio estaba lleno de gente que se movía con los principales hits del disco nuevo, pero mas aún con los éxitos que el productor ha ido cosechando a lo largo de su carrera, labrada en gran parte en SoundCloud. Especial mención a la versión de Janet Jackson, que consiguió hacer bailar a todo el mundo.

Cuando llegó el turno de Skepta, el Sonar Pub se llenó mas todavía, y los mash ups y vibraciones de Kaytranada dieron paso a un discurso radicalmente opuesto. Skepta salía al escenario con veteranía y estilo, con alguna bandera de Gran Bretaña en la ropa y mucha agresividad. Repasó todos sus éxitos, dando especial atención a aquellas más ofensivas (canciones como «Ladies Hit Squad» quedaron fuera) como «That’s Not Me», «It Ain’t Safe» o su favorita, «Man», que cerró el concierto por todo lo alto. Su banda de Boy Better Know le acompañó y cantaron algunas piezas juntos, dando dinamismo a un show ya de por sí frenético.

Un SonarCar abarrotado desde primera hora y toda una noche para desarrollar. Todo estaba a los pies del gran Laurent Garnier y de lo que el francés hubiera elegido para una noche tan especial. Pronto nos dimos cuenta que pocas cosas iban a salir de lo convencional y que, como Four Tet, a las 2 de la madrugada íbamos a tener ya un BPM normalizado en el que existirían pocas brechas. Tan solo se notó un síntoma de riesgo cuando sonó una de las composiciones más conocidas de Art Ensemble Of Chicago.

Aunque el DJ ha estado declarando en muchas ocasiones que su espíritu como selector está ligado a la música nueva y no a ser un DJ de «clásicos», lo cierto es que prácticamente todas las piezas escogidas ni rozaron esta década. Aparecieron el «Rej», un muy manido clásico del sonido Sonar Kollektiv, y se eligió para el cierre a un Vitalic totalmente innecesario.

Dios está en la lluvia. 

2016 será recordada como la edición de Sónar Festival en la que se ha comenzado a notar una fuerte relación entre Sónar+D y la programación musical. Una consolidación de lo que comenzó siendo un complemento y hoy es una nueva vía a explotar a nivel artístico y también económico.

También se recordarán cifras, como la de los 115.500 asistentes que no mejoran el 2015 (118.473 el año pasado) pero sí mantienen la línea de las últimas ediciones (109.000 en 2014).

Algunos de los conciertos pasarán a los anales de un ya veterano evento que desde hace un tiempo pretende decir algo más que lo puramente musical en sus casi 200 propuestas. Desafortunadas entradas en la programación y decepciones interpretativas las hubo, aunque son las intenciones generales las que hay que leer.

De forma significativa recordaremos el logo de Sónar en negro y amarillo bañado por la lluvia, una amenaza que no consiguió desbaratar la continuidad del festival ni el disfrute de los asistentes, pero sí enrareció el clima que siempre habíamos relacionado con estas fechas y esta experiencia: calor, rayos de sol en el Village, ducha entre el día y la noche, sudor y ampollas en las plantas de los pies.