#Crónicas

Segundo asalto (y victoria por KO) del MIRA en Berlín

Fuimos a la segunda edición del festival en la capital alemana, celebrado en el imponente espacio del Funkhaus, antigua emisora oficial de la RDA.

08.05.18
Carles Novellas

Lo primero que llama la atención del MIRA Berlín (una vez asimilado el magnífico line-up, que ya conocíamos desde hacía semanas y del que hablamos aquí) es el lugar en el que se celebra. Nos habían avisado, y los adjetivos eran superlativos todos, pero aún así el impacto de llegar al Funkhaus es de impresión. Primero visto desde fuera, captando la inmensidad del edificio y su privilegiada situación junto al río Spree; y mayor aún desde dentro, reflejo de un pasado no demasiado lejano en el que sirvió como sede de la radio oficial del Berlín Este.

Poder disponer y ocupar un lugar tan especial le da ya una ventaja extra al festival. Pero, lógicamente, hay que saber como utilizarlo y ocuparlo, y en ese sentido el MIRA hizo un inteligente planteamiento que funcionó muy bien durante toda la jornada, con los conciertos experimentales y visuales en la sala principal (ver foto de abajo) y los dj sets en el hall de la planta baja, también hermoso y lleno de historia. Además -no nos olvidemos- de las instalaciones sonoras, dispuestas en un edificio contiguo y una de ellas en el piso superior, siguiendo unas escaleras que recordaban el brutalismo industrial del Berghain.

Problemas de logística y cálculos erróneos de tiempo (típicos cuando estás en una ciudad que no es la tuya y tienes que llegar a un enclave al que no es precisamente fácil acceder) nos impidieron ver el show modular de Espinoza, así que llegamos justo para comprobar durante unos minutos la finura de Christian Len a los platos (en un set que él mismo ha colgado ya en su soundcloud) y asistir, prácticamente desde el principio, al impresionante live de Aïsha Devi.

La artista suiza de origen tibetano bordó un show alucinante en el que sus tres elementos centrales brillaron a altísimo nivel: mantras electrónicos de una fisicidad y una dureza mucho mayor que la que muestra en sus discos; una voz penetrante y mareante (en el buen sentido de la palabra) que utilizó sabiamente, sin excesos; y, especialmente, un dispositivo visual acongojante, obra de Emile Barrett, sucesión de imágenes inquietantes y extraordinarias que podían recordar tanto a Escher como a “Don’t Look Now” de Nicholas Roeg,  el cine de yakuzas o videojuegos de guerra. El momento del monstruo en el agua (mientras Devi soltaba grime vanguardista a lo Visionist) quedará ya grabado para siempre en las retinas de este cronista.

Después de tal descarga de estímulos parecía buena idea continuar con los sonidos viscerales y la presencia siempre poderosa de Yves Tumor. Desafortunadamente su show estuvo en las antípodas de lo esperado: confuso, sin sentido y aburrido, a pesar de sus esfuerzos por alborotar al público con movimientos bruscos y baile violento, su atuendo coronado por un sombrero blanco de cowboy y su continua petición de subir el volumen (que, efectivamente, estaba bastante flojo).

Mucho ruido pero pocas nueces que llevarse al estómago.

El de Tumor sería, por suerte, el único bajón serio de toda la jornada. Forest Swords sorprendieron con una formación ampliada que incluyó bajo y saxo, además del responsable de los visuales -también presente en escena- y, por supuesto, Matthew Barnes pilotando la nave. Su repertorio, basado principalmente en “Compassion” (Ninja Tune, 2017), sonó vigoroso y nítido, con todos los matices presentes en el disco más los que pudieron aportar los músicos en directo.

Se nota que Barnes tiene su discurso muy trabajado y que quiere ampliar cada vez más su radio de acción; quizás por ahí se puede explicar pues la cosificación visual de su sonido a través de unas imágenes sin duda potentes y meditadas, pero también excesivamente solemnes y estilizadas, incluso por momentos demasiado “instagrameras” o propias de una editorial de una revista de moda. Seguramente aún estaban demasiado presentes los destellos imborrables de las exhibidas en el show de Devi, y en comparación las del grupo inglés perdieran vuelo y capacidad de sugestión.

Además de la artista suiza, el gran triunfador de la jornada fue -sin duda y por goleada- Lorenzo Senni. Arrasó sin necesidad de imágenes ni dispositivos de ningún tipo, lanzando sus trazos de trance inflamado, golpenado con beats y bombos que parece haber inventado de la nada, y luciendo esos bailes imposibles que son ya pequeña leyenda del underground, como si se moviera al ritmo de los pasajes que ha eliminado de la ecuación final y no con los que escuchamos el resto de mortales.

Directo y sin concesiones, logró que todo el público se pusiera en pie y bailara desde el minuto dos, dibujó múltiples sonrisas de complicidad y obtuvo una gran y merecida ovación final.

El show de Senni hubiera sido ya el final ideal en la sala grande del Funkhaus, pero ese honor le tocó a Laurel Halo. La americana nunca da un concierto parecido a otro, y es tan posible que se arranque con una hora de electrónica abstracta y contemplativa como que apueste por la pista sin perder por el camino ni un gramo de esencia vanguardista.

Quizás un set abiertamente más bailable habría encajado mejor con el momento y el mood general de la audiencia, pero la productora nacida en Ann Arbor optó por tirar por el camino del medio y seguir explorando ese pop marciano de trazos tropicales que define el espléndido “Dust” (Hyperdub, 2017). El concierto empezó plácido, salpicado por fraseos vocales ultra-filtrados, y poco a poco fue subiendo el tempo, sin llegar a alcanzar del todo los terrenos del clubbing, pero permitiendo mover las piernas a quien quisiera seguirle el juego.

Fotos de los artistas obra de Xarlene.