#Crónicas

Todo lo que sabe de nosotros L.E.V. Festival

Un año más, la cita asturiana demuestra que es el festival más real y más humano: con sus errores, con sus personas, con sus aciertos y con la sorpresa siempre presente.

04.05.17
Frankie Pizá

Fotos de Piru de la Puente.

11 ediciones y la sensación sigue siendo la misma.

No estuve en las primeras citas, ni he visto de cerca desarrollar el proyecto como lo vemos ahora, solo me lo han contado y lo he presenciado desde lejos. Aún así puedo imaginármelo.

Llevo 4 años asistiendo a Gijón, pisando La Laboral y entrando en el recinto; bebiendo sidra en la cuesta del Cholo antes y reconociendo familia entre todos los asistentes.

Y siempre que acudo a L.E.V. Festival acabo entendiendo algo que se puede llegar a olvidar en el transcurso del año: a un evento así se va a descubrir y a compartir.

Aunque el paradigma de lo que rodea (interior y exteriormente) a eventos de este tipo esté cambiando debido a las nuevas necesidades sociales y la dificultad precisamente de “sorprender” a la audiencia, no debemos olvidar que si nos marchamos de un festival sin haber descubierto algo, ese proyecto no ha cumplido con su propósito esencial.

Al fin y al cabo una iniciativa de este calibre debe ofrecer un vínculo claro entre el asistente y el conocimiento; no basta simplemente con exponer a los músicos en grandes escenarios y juntar al máximo posible de estrellas en el mismo intervalo temporal.

El público de L.E.V. viene educado, de casa y por el mismo festival, tras 11 años de delimitar bien cuál es su zona editorial y audiovisual; saben que llegan a un entorno que se camufla al 100% con el evento y viceversa, saben que harán amigos que no volverán a ver hasta la próxima edición y saben que se llevarán un nombre en la cabeza que no sabían que existía.

Yo este L.E.V. Festival descubrí a Skygaze; ya había hablado de él y con él muchas veces, planeado estrenos, seguido su trayectoria de forma atenta desde que fundamos Concepto Radio, pero casualmente jamás le había visto actuar en directo.

Se puede decir entonces que le descubrí; él dirá lo contrario, pero su música cambia cuando la interpreta como la interpretó en directo el pasado sábado inaugurando la nave tras los conciertos emplazados en el teatro, junto a las visuales de igual dinamismo y frescura proporcionadas por Inesfera.

Energía, que no pérdida de detalle o desenfreno; variedad, que no incoherencia; UK-Garage, Hip Hop, Jungle, Footwork y otras genéricas se entrelazaron en el mejor directo que presencié, al menos por forma y contenido. Porque estas ocasiones están para estas cosas: pueden cambiar el significado de un artista para bien o para mal.

Como todos los que asistieron pudieron seguramente experimentar, el L.E.V. 2017 no solo fue Skygaze, un talento local que ha sabido resonar incluso a nivel internacional siguiendo su dirección con calma y sin ansiedad. Hubo mucho más, pero prefería empezar por lo que descubrí in situ, para no perder esa costumbre tan importante.

Desde el jueves, pisando ya Gijón, L.E.V. se respira: en los carteles que se observan por la ciudad, en las diferentes localizaciones de las instalaciones permanentes y en la gente, los bares, las calles.

La “caja negra”(BÔITE NOIRE) de Martin Messier parece buscar al asistente y esquivarlo al mismo tiempo; al entrar en la oscura sala, en la que apenas puedes proyectar uno o dos pasos más sin incertidumbre, observas como el rayo de luz convive y habita con la seguridad de quien conoce su hábitat.

A diferencia de la obra de Messier, que cuenta una historia con el cambio, Onion Skin de Oliver Ratsi influye en el espectador de forma irremediable; según tus movimientos y vivencias, los horizontes y secuencias te llevan a un sitio o a otro. Te inundan o te expulsan en tan solo un instante.

El L.E.V. comienza cada viernes en el sobrio Teatro de La Laboral: tres propuestas de carácter vanguardista y conectadas de alguna forma con las nuevas formas de comunicación serían las encargadas de empezar la jornada.

La música de Kara-Lis Coverdale no necesita de texturas visuales para definirse en la mente del que la escucha, así que el apoyo visual de MFO funcionó como un amplificador más que como un complemento; los dos proyectores enfrentados consiguieron añadir una representación psicodélica a los trazos sonoros de la joven artista.

Después del desenfreno de luces y estruendo de Nicolas Bernier llegó el proyecto Lexachast, una experiencia concebida para ser consumida en un navegador y en el entorno de Internet que planteaba dudas (a pesar de su éxito en varios festivales europeos) de entrada al quererse llevar a un escenario tan grande.

Lexachast, un proyecto concebido por el ilustre gestor y fundador de PAN, Bill Kouligas y Amnesia Scanner, trata de la lírica escondida y no aparente que de forma aleatoria podemos encontrar en cualquier patrón visual en las entrañas de la red. Quedó claro, a pesar del directo algo aburrido, que la incoherencia es tan solo una forma de coherencia; que el caos encuentra patrones a pesar de mostrarse como tal y que en todo existe una armonía.

Logos es junto a Mumdance o Visionist uno de los creadores que han desfigurado el Grime para integrarlo en el lenguaje experimental; lo han desfragmentado, lo han deconstruido, lo han partido en trizas y vuelto a montar. Como queráis expresarlo.

El inglés cree a ciegas en un concepto de club alejado del convencionalismo que vivimos en esta parte de Europa; los espacios, los silencios, la separación de bajas frecuencias tienen una importancia clave, y los sonidos a menudo aparecen en solitario, sin superponerse con nada.

Un directo difícil de comprender pero alucinante en su acabado sonoro y concepción: auténtico weightless llevado a cabo con unas visuales con poca consonancia proporcionadas por Oscar Sol. Después de un Byetone presentando Pilot, con visuales decepcionantes de Markus Heckmann, llegó el turno de Samuel Kerridge y su forma de percibirse a sí mismo.

Lo digo porque el británico proyecta sobre la pantalla la idea que tiene de él en relación con el Techno; un espíritu que se deforma, una sombra de alimaña, una especie corroída por las frecuencias que su alter-ego está machacando en directo.

Un directo de Samuel Kerridge es la demostración de que el Techno es y debe ser energía; basta de sutileza lacónica, basta de refinamiento. Este soy yo, esta es mi sombra, mi ego, y destruyo el hardware en cada actuación.

Después, el norteamericano Container siguió con la estela de un Techno maquinal basado en la improvisación con hardware, igual de rudo, igual de constante en su vulgaridad, igual de impactante y efectivo.

En la Capilla de San Lorenzo levitan estructuras de fluorescentes conectados entre sí en una maraña que parece imitar una red neuronal; las luces respiran, igual que el que pasa por su lado, irradiando energía y variando su intensidad, haciéndonos creer que están vivas. Lampyridae de Carlos Coronas es un proceso de imitación e imaginación con la geometría y la luz como elementos principales.

Del paseo hacia el Jardín Botánico a esperar sentado al sol de La Laboral y pisar asfalta; sin entrar en detalles, parece un cambio frustrante, aunque para la organización del festival supone comodidad y una forma de evolucionar.

Los que asistimos a las canchas compartíamos cierto desencanto por el emplazamiento hasta que Kiki Hitomi, con su vitalidad y actitud habituales, supo imprimir en nosotros la energía necesaria para olvidarnos de lo insignificante y centrarnos en lo importante.

La conversación del Dancehall y la cultura oriental tiene importantes y singulares capítulos, y Hitomi (1/3 de King Midas Sound, entre otras cosas) es uno de ellos propiamente dichos; ella es futuro, es poder, es buen humor y sobre todo una expresión de la cultura jamaicana filtrada a través de sus particularidades tonales y estéticas.

Para los que no somos amigos de los directos demasiado precisos, que trasladan poco entusiasmo, Synkro suponía un riesgo. La música grabada del artista dista muy poco de la interpretada en sitios como L.E.V.; un discurso que se basa en el refinamiento y la suavidad con la que genéricas como el Ambient, el Dubstep post-DMZ y el Downtempo armonizan.

Narración, crítica, poesía visual y la tan presente e invisible desintegración de la sociedad tal y como la conocemos. Todo expresado con sonido y datos: Novi_sad y Ryoichi Kurokawa se llevaron el clamor del público en el Teatro de La Laboral con su espectáculo Sirens, una experiencia audiovisual que recoge los impulsos y situaciones del presente y los traduce en un lirismo dual, tan deprimente y bello como los acontecimientos que vivimos y experimentamos a diario.

Problemas técnicos retrasaron a partir de Hauschka todas las actuaciones programadas; el directo presentado por la RBMA tuvo aura de accidentado, pero ofreció a los asistentes lo que habían venido a ver: una mezcla entre destreza, complejidad e inventiva al piano, reconceptualizando el instrumento desde un carisma díscolo y poco amigo de los convencionalismos.

Después de la arrolladora presentación de Skygaze en la nave, ver subir al escenario a una leyenda del Techno norteamericano como John Beltran emocionaba. No por la distancia entre ambos, geográfica y generacional, sino por la sucesión de ambas cosas en tan poco tiempo.

John Beltran trasladó su idea de Techno, romántica, íntegra, épica y conmovedora, con una sesión firme y que supo leer bien el estado de ánimo de la audiencia. Factory Floor no hicieron lo propio, demostrando que precisamente las vibraciones de ida y vuelta, el diálogo corporal entre público y artistas, es lo más importante. Lo esencial es conectar.

Lorenzo no tiene ese problema, porque su contexto es portátil, va con él; su bomber, sus movimientos, su agilidad, los stickers en su JP-8000, su forma de concentrar el éxtasis en diseños minimalistas en los que aísla el Trance y lo lleva a otra dimensión.

Lorenzo Senni ha pasado de ser un esteta experimental con obsesión por sintetizar algo tan característico como el Trance a convertirse en un músico que utiliza esas conclusiones para crear su propia música: el momento álgido fue escuchar en ese equipo de sonido la cegadora intensidad y frenetismo de “Win In The Flat World”.

La del italiano sí es la música electrónica que merece el mundo hiperconectado y adulterado por datos que recorren las percepciones, propias y ajenas. IVVVO, Ivo Pacheco, que se inspira en conceptos muy próximos al italiano, pero desde su razón de ser tétrica y amenazadora, propuso lo que mejor podía continuar a un exaltado Lorenzo Senni: un set a medio camino entre el Gabber y la deformación de procesos sonoros que relacionamos con las raves.

De nuevo, L.E.V. transmite salud y sostenibilidad, dos atributos que bien pueden observarse como los deseos de nuestro tiempo; la clave de proyectos de este tipo es conservar su entusiasmo, su identidad, sin verse destruidos por la ansiedad, los malos cuidados, las expectativas o la obsesión con el “rendimiento”.

L.E.V. es lo que es y él lo sabe: y cuando eso ocurre, al igual que con una persona que tiene claros sus valores, eso llega a los demás de una forma sincera y consciente.