#Crónicas

La multidimensionalidad artística

En un tiempo donde la captura y la imagen son cruciales para construir la memoria de un festival como Sónar, Arca nos da lo que necesitamos: los extremos, la poesía y sangrado interior, la simpleza y la provocación digna de ser narrada.

21.06.17
Frankie Pizá

Multidimensionalidad. Irrumpe sin quererlo y de forma natural Kendrick Lamar, el modelo de artista que cuadra con ese término dentro del contexto musical de hoy.

Nadie ha pensado como él en el Rap; solo él es capaz de hablar de Dios, del amor, la muerte, la vida, el miedo o el orgullo al mismo tiempo, simultáneamente, sin dejar de mirarse a sí mismo. Porque está hablando de él, de nosotros, de lo que nos vincula y relaciona.

La música del californiano es un espejo de su interior, reflejado en el mundo que vivimos de muchas formas distintas; por eso es capaz de abarcar tanto y de arropar de esa forma; por eso existe tanta gente y tan diferente identificada por lo que está diciendo y contando.

Lo que deja ver y entrever Alejandro Ghersi en su espectáculo es un resultado poético y extremista de lo que hay en su interior: una proyección multidimensional en la que él es la única fuente y el contenido se interpreta a través de cada pantalla que le graba, cada par de ojos que le observan.

Si el ingrediente clave lo tiene el de Compton en su forma de usar el lenguaje, en el venezolano lo observamos en su forma de exteriorizar.

Nadie ejemplifica mejor que él las necesidades y realidades del mundo del espectáculo en la actualidad: tal y como Dani Cantó relata en su experimento fotográfico y pieza editorial relacionado con Sónar Festival:

“El momento es especialmente singular, quien fuera que haya diseñado el escenario sobre el que Arca actuaría este Sónar tenía claro que la imagen a generar debía ser perfecta. No en vano, la sala se tuvo que vaciar entre la actuación de Forest Swords y la del venezolano.

En la hora de diferencia entre ambos se ha instalado una pasarela de unos diez metros y dos cañones (dirigidos por personas) a ambos extremos. El objetivo era forzar un contraluz, un fogonazo, cada vez que el artista se encontrará en el centro de dicha pasarela.

Hasta el peor de los móviles habría conseguido una foto increíble.  La multipantalla se hacía así evidente en cada ocasión en que Ghersi se erigía hasta el cielo, nadie quería dejar de capturar ese instante”.

En una de las fotos captadas por Dani, en un acto de voyerismo dentro de un escenario que ha acabado vaciando de sentido ese mismo término, se puede leer “Mantén fija la cámara”, un consejo del propio sistema operativo para que el usuario consiga la mejor fotografía e inmortalice el momento con las mejores condiciones.

Imaginar lo que el propio venezolano siente cuando cada movimiento, cada vuelta, cada trozo de su carisma se ve apuntado por un objetivo; cualquiera de sus partes, cualquiera de sus defectos y virtudes interesan al menos a alguna persona, a alguna óptica.

Sea consciente o inconscientemente, desde nuestra principal herramienta, el smartphone, a todos nosotros y el que ejerce de contenido, los elementos coinciden en la importancia de la transmisión como el hábito endémico de la era de la información.

“Nuestra realidad no es realidad, nunca más. Se trata de una multidimensionalidad: nosotros delante de una enorme pared de monitores en los que se retransmite cada ángulo de nuestras vidas”. 

Generamos datos a cada paso; los parámetros se miden y alteran con cada acción; todo se puede calcular y poco a poco nuestro comportamiento se basa en el rendimiento. Nuestra influencia se puede contar con números, como lo haría cualquier computadora. Nos tratamos a nosotros mismos como nos trata el sistema comunicativo en el que estamos integrados.

En él, la imagen es lo más importante; su concepto inherente ha variado de expresión artística y representación a factor común o base de todas nuestras interacciones; un nuevo estado o pensamiento en Facebook o Twitter se puede capturar, todo se puede capturar.

Si la imagen es crucial hoy, el contenido a capturar lo es en la misma medida: sujetamos, alteramos y reinterpretamos momentos a través de nuestros canales de comunicación continuamente como algo ya tradicional. Un artista, hoy, debe interiorizar la relevancia de esos momentos, aquellos que generan una experiencia digna de ser “narrada cuantas veces sea necesario”.

“El usuario, en su construcción de memoria, no se diferencia del profesional. En tiempos de inmediatez entre toma y muestra, el usuario, recompensado por factores como el ‘like’ o la interacción, tiene siempre en mente una tercera persona. Un cliente, receptor, para el que produce las imágenes. Es, pues, un profesional en la emisión. Si además decide convertirse en emisor activo es porque, en este juego de comunicaciones, premia la posesión. La imagen que he tomado es mía, no de otros. Da igual la calidad”.

–Dani Cantó.

Así, Arca se presenta con su show, una extensión de su indómito “yo” que nos arropa, un monitor donde vemos expuestas todo lo vulnerable, mísero y bello que hay en nosotros. Ghersi tiene la capacidad de reconciliarnos con nuestros extremos: con nuestra virtud más querida, con nuestra parte más grotesca, aquella de la que solemos arrepentirnos.

Su proyección llega a todos, al igual que los dos fogonazos de luz que se pusieron sobre él para generar el contraluz que aseguraría las mejores instantáneas del festival; su arte es una aceptación integral de sus miedos, de sus cicatrices, de su propia mutabilidad y de todas las maltrechas raíces y orgullo que porta en su ADN.

Arca nos provoca y provoca al sistema de preconcepciones a nivel global, teatraliza el sangrado de su herida interior mostrándolo con un estilo que incomoda y tranquiliza al mismo tiempo; desestigmatiza conceptos mientras emula las antiguas tonadas venezolanas, cantando a la tragedia y a la autodestrucción, se pone delante de nosotros como una fantasía viva en la que no se evita nada, ni la angustia, ni la euforia, ni las debilidades.

Extremos: moviéndonos como relés, de arriba abajo, de lo positivo a lo negativo, del asco al entusiasmo, de la tristeza al éxtasis, del quiero al no quiero, del comparto al no comparto.

Extremos: una bella canción de entrega emocional y física, cantada en desnudo bajo una luz blanca; un tono de voz vulgar y gamberro que pide a los asistentes que si no están preparados para lo que van a ver, se vayan; un vídeo de fisting anal en textura snuff film con el que toda la audiencia se queda rígida, o mirando fijamente la pantalla o encargándose de trasmitirlo con su propia cámara.

La simpleza de Arca al concebir la experiencia y momentos de los que se compone su show audiovisual destaca sobre cualquier otra reflexión: la forma en la que depura su autenticidad, su conocimiento de las necesidades de nuestra era y del entorno que nos envuelve.

Lejos de dualidades, de géneros, de críticas intrínsecas, de contrastes, de colores o vestuario, Arca es un ente artístico multidimensional capaz de ganar un significado diferente en cada fotografía.

Nos da lo que queremos, incluso haciéndonos reaccionar de forma negativa: porque de eso trata hoy la dimensión artística, de ser digno de ser contado.