#Crónicas

L.E.V. Festival 2019, la experiencia por encima de todo

El festival de Gijón celebró su decimotercera edición con una cuidada selección de shows que esbozaron el presente de la música experimental i de las artes visuales. A partir de este año el evento pasará a celebrarse también en Madrid en otoño.

21.05.19
Antoni Ripoll
Fotografías de Elena de la Puente. 

Lo venimos diciendo cada año: el L.E.V. Festival es una celebración de lo sofisticado en unas coordenadas inusuales que ha sabido jugar bien sus cartas y construir una identidad sólida año tras año. La calidad de las propuestas y de la producción siempre han sido una constante y esta edición no iba a ser menos. TIUmag viajó a Gijón para vivir la experiencia L.E.V. una vez más y el resultado es esta crónica que sigue.


Viernes

El emplazamiento principal de L.E.V. Festival es la Universidad Laboral de Gijón, la obra arquitectónica de mayores dimensiones de España, con 270.000 metros cuadrados que configuran una ciudad en sí misma, con sus calles, sus instituciones y su autonomía. Esta sensación de sobredimensión es importante y la veremos en otros planos del festival.

El escenario principal de la Laboral es el Teatro. Allí empiezo mi ruta el viernes con el dúo Schnitt (Marco Monfardini y Amelie Duchow) junto a Gianluca Sibaldi a los visuales. “Scan Audience” era el show que se presentaba en estreno mundial y consistía en una performance que escaneaba literalmente a los asistentes del Teatro con el fin de obtener muestras de sonido únicas para ese show, y de paso unos visuales que proyectaban a la misma audiencia con una estética minimalista. Una propuesta original y de sumo interés creativo que asombró al público en las primeras horas del festival.

El segundo acto del Teatro de la Laboral venía a cargo de Myriam Bleau. El show, “Ballistics” era técnicamente una performance audiovisual para interfaces de péndulos. Sin embargo, la representación visual recordaba a la estructura del universo y a los supercúmulos de galaxias que se forman por la gravedad y la energía oscura. Tanto la música como los visuales parecían diseñadas para que el espectador no solamente pudiera visualizar la estructura fundamental del universo, sino también cómo esta se ve alterada con el paso del tiempo. Una fantasía para los aficionados a la astrofísica.

“Ballistics” invitaba a reflexionar no solamente sobre el espacio-tiempo, sino también sobre una cuestión mucho más específica como es la esencia misma del festival. Es posible que el evento tenga la misión latente de conocer lo desconocido, de aproximarse mediante la creación artística a las grandes incógnitas capitalizadas por la ciencia y la filosofía. También es posible que esta interpretación sea puramente personal y que nadie más en el Teatro compartiera esta perspectiva. Esta es una de las virtudes del arte audiovisual abstracto: cada cual aplica su propio contexto y observa, por tanto, una obra distinta.

Por cierto, realmente impactante la instalación del artista audiovisual Refik Anadol, “Melting Memories”, ubicada dentro de la imponente Iglesia de la Laboral. La pieza mostraba un flujo de datos en movimiento e invitaba a reflexionar sobre los límites de la representación visual de la información. Ya sea por su ubicación o por sus dimensiones, el espectador tenía la sensación de estar delante de una especie de deidad científica (ciencias matemáticas en este caso). Un must del L.E.V. Festival que acabó ampliando sus fechas debido a la excelente acogida.

El tercer show de tarde del viernes lo firmaban Elías Merino y Tadej Droljc. “Synspecies” era una propuesta singular por su contenido y por su ejecución. Una vez más la abstracción (la subjetividad) volvió a inundar el teatro a base de sonoridades algorítmicas y unos visuales que proyectaban espacios en desintegración y arquitecturas virtuales abstractas. “Synspecies” fue un buen ejemplo de cómo orientar un live audiovisual de forma innovadora y sin caer en convencionalismos.

El colofón de la tarde del viernes estaba reservado para uno de los headliners del festival, Lanark Artefax. El inglés usó la misma fórmula que lleva usando los últimos meses (como por ejemplo en el Sónar 2018). La puesta en escena consistía en un artefacto central de aspecto monolítico sobre el que se proyectaba un mapping abstracto. Lanark ocupaba una posición lateral dentro de un cubículo apartado; un atrezzo mínimo para un show esencialmente mental. En lo sonoro, ahora mismo Lanark Artefax recuerda al Squarepusher de mediados de los 2000; glitches, bleeps y ritmos no sincopados bajo capas de melodías extrañamente bellas. Sonaron tracks de su EP en Whities —demencial ese «Voices Near The Hypocentre«— y también de “Glasz EP”, pero sobre todo escuchamos un buen puñado de unreleaseds que parecían mensajes alienígenas encriptados.

Ya por la noche, el festival se trasladó al escenario Nave, muy cercano a la Laboral. Allí nos esperaba un lineup ciertamente experimental pero con matices club más explícitos. Abrieron la velada nocturna los canadienses Matthew Biederman y Pierce Warnecke con su propuesta de IDM matemático minimalista. ”Delta-T” (así se titulaba el show) exploraba el paso del tiempo desde un prisma científico. El show se sirvió de las teorías sobre el tiempo (la física cuántica, el espacio-tiempo) para dotar de una capa conceptual a la propuesta.

Bliss Signal son el revulsivo perfecto para un festival como este. Los británicos ocupan una categoría muy específica (que antaño habían transitado formaciones como Fuck Buttons) que toma elementos de la deconstrucción club, el noise, las sonoridades drone y la contundencia del registro Raster-Noton. Euforia contenida y tramos de distorsión hicieron del escenario Nave un pequeño y agradable infierno controlado.

Pero toda contención (y la tensión que acumula) necesita una reacción que libere la energía generada. Ahí estaba la dupla Overmono para dar al público lo que pedía. Parecía como si los ingleses hubieran recogido todas las texturas y las líneas de sintetizador sobrantes del anterior show, y hubieran ensamblado un artefacto nuevo en forma de techno rudo y visceral, sin deconstrucción o excesivo detallismo: 4×4 directo al estómago. Al fin y al cabo el techno tiene que doler.

Como comprobaremos también en la siguiente noche, el techno sigue siendo un género perceptivo en este tipo de festivales. Y es lógico ya que ningún otro género electrónico puede canalizar tanta energía y, al mismo tiempo, conectar de forma coherente con la tradición experimental.

El broche del viernes en el escenario Nave lo puso la productora norteamericana Hiro Kone con su propuesta industrial minimalista. Techno experimental impregnado de misticismo y cierto acabado pop que encajó a la perfección con el mood festivo del momento.


Sábado

Las primeras actividades del sábado tuvieron lugar en Muséu del Pueblu d’Asturies, un emplazamiento céntrico y cubierto que recibió tres propuestas dispares con un denominador común: la orientación (en mayor o menor medida) al baile. La propuesta ambiental, ensoñadora y flotante de Marc Melià fue ideal para abrir este escenario en un día realmente soleado y con una asistencia de público masiva. Se nota que el festival ha entendido correctamente lo que significa esta sección matinal.

Especialmente acertado fue el fichaje de Colin Self, con una propuesta radicalmente opuesta a la anterior, totalmente física y performática. El de RVNG Intl. interpretó varios de los tracks de su último disco, “Siblings”, con una actitud y un sentido del espectáculo fuera de toda duda. Hay que destacar el criterio del artista y su capacidad para crear una suerte de hilo argumental que al fin y al cabo es lo que marca la diferencia en este tipo de directos.

Cerrando el escenario matinal estaba el DJ y productor asturiano Skygaze presentando su nueva identidad, Jailed Jaime. El artista jugaba en casa y eso siempre es un factor que condiciona positivamente el show. Jailed Jaime es un proyecto cuya naturaleza principal es el baile, pero conservando la complejidad compositiva, la rítmica quebrada y un cierto grado de preciosismo. Sonaron breaks primigenios, sonoridades UK, bass music y destellos acid house. Un acertado cóctel  que Jaime sirvió con la seguridad de quien lleva tiempo transitando por esos géneros.

La segunda tanda de actuaciones tenía lugar en la imponente Sala de Pinturas de la Laboral. El emplazamiento acogió dos propuestas intencionadamente menos experimentales que el resto de lineup. Jay Ferrara inauguró el escenario con su propuesta de electrónica contemporánea detallista que en ocasiones parece dirigirse hacia el terreno de la música de club, pero que siempre acaba volviendo al pop electrónico distópico y a la complejidad.

Por su parte, la barcelonesa Awwz ofreció un directo centrado en el dancehall contemporáneo, la bass music y las nuevas sonoridades de UK. Se notan las tablas de la catalana en el directo y su capacidad para generar el mood apropiado en la pista, incluso en un escenario tan complicado a nivel técnico como es la Sala de Pinturas. Es de agradecer que un festival como el L.E.V. se atreva a programar sonidos que escapan a su identidad experimental, más cercanos al pop contemporáneo y a la música urbana.

El colectivo berlinés Transforma fue el encargado del primer show del sábado en el Teatro. Su nuevo proyecto, “Manufactory” era una performance audiovisual con música de Sascha Ring aka Apparat (no, él no estaba ahí). El desarrollo del show fue de todo menos previsible. Empezó con unos artistas/actores manipulando unos sacos con un contenido arenoso que iba determinando el sonido y las visuales de la obra para adentrarse en terrenos fantasmagóricos y abstractos. Posiblemente la propuesta que más esfuerzo requería por parte del receptor, dada su singularidad y su naturaleza teatral. El resultado fue un ejercicio performático “experiencial” que invitaba a reflexionar sobre los límites de la performance musical.

Tras unos minutos de descanso, era el turno de otra de las headliners del L.E.V. Festival, Caterina Barbieri. La psicodelia synth de Caterina sonó poderosa desde el primer segundo y generó un huracán de líneas de sintetizador (algunos de clara inspiración trance, otros más próximos a la new wave) que parecía arrancar al espectador de la butaca y transportarlo a un paisaje abandonado, completamente desolado, de una belleza atemporal. Las visuales figurativas de Ruben Spini (un esteta que trabaja en el diseño de proyectos en Presto!? y Editions Mego) eran tan certeras que costaba imaginar cualquier otro tipo de proyección. Ruben representaba paisajes en movimiento (algunos de ellos grabados seguramente con el móvil desde una ventanilla lateral de un avión) con un tratamiento de la imagen muy específico, con tonos saturados y una neblina permanente. En su conjunto, un show memorable e inspirador.

“Ecstatic Computation” (el nuevo disco de Caterina Barbieri) se publicaba ese mismo día, y naturalmente el show consistió en un repaso de todos los tracks. A destacar “Fantas”, que ya formó parte de nuestra sección Highlights del pasado marzo y que es una de las composiciones ambient basadas en sintetizadores más intensas que hemos escuchado este año.

Uno de los factores que hacen del L.E.V. un festival de prestigio es su constante requerimiento de profundidad al público. Como el lector de esta misma crónica, que ha invertido cierto tiempo y energía en llegar hasta estas líneas y, de algún modo, se siente recompensado al obtener información de interés. Lo mismo sucede en el L.E.V. Festival. La mayoría de shows hay que verlos enteros, sentado y sin posibilidad de hablar, bailar o socializar. Ni siquiera puedes entrar bebida en el Teatro. El objetivo es la atención plena, el estado mental óptimo para comprender lo que nos quiere decir el artista. El esfuerzo y la consiguiente recompensa.

El último show de la tarde se titulaba “ex(O)” y venía firmado por el francés Alex Augier y la catalana Alba G. Corral en los visuales. La estructura cilíndrica del escenario central permitía esta vez proyectar los visuales alrededor de los artistas, generando una suerte de película envolvente. El show estaba inspirado en el mundo biológico y el resultado fue una pieza viva y evolutiva en la que convivieron sonido, imagen, espacio y tiempo. Todo dentro de la estructura cilíndrica central. La sonoridad escogida para este show fue la IDM de acabado sintético, matiz que provocó un intencionado contraste con el concepto orgánico (biológico) del apartado visual.

Ya entrada la noche nos dirigimos de nuevo al escenario Nave, donde nos esperaban seis shows de carácter más físico que los anteriores. Abrió la noche Klara Lewis y su propuesta de IDM minimalista y detallista que podemos encontrar en sus releases para Editions Mego. Es de agradecer que sea una propuesta de tanta calidad la que recibe al público durante los primeros minutos de la sección nocturna del L.E.V.

El show de Robin Fox (también habitual en Editions Mego, uno de los sellos con más presencia en el festival como hemos podido ir comprobando), estuvo centrado en explorar la conexión entre el láser y el sonido, a partir de las propiedades técnicas de cada elemento. Robin fue in crescendo y consiguió crear una atmósfera única con muy pocos elementos. Musicalmente no era muy distinto a la propuesta que Klara Lewis había ofrecido unos minutos antes, pero el método y su relación con el láser marcaban la diferencia.

Debo reconocer que antes de presenciar el directo de Gazelle Twin, y atendiendo a las canciones que había podido escuchar, no estaba seguro de que su slot (las dos de la mañana) fuera el más indicado. Pero me equivocaba. La misteriosa artista multidisciplinar no tardó en hacer suyo el escenario y dejarse llevar por sus propias e inclasificables producciones que tanto le deben al noise como al pop contemporáneo. Es una buena idea incluir artistas cercanos al pop en el ecuador de la noche. Es una forma efectiva de romper la linealidad y refrescar el ambiente. Gazelle Twin, además, lo hizo a lo grande, con la seguridad y la decisión de una super-estrella pop de estadio.

El joven Iglooghost (que recientemente entrevistamos aquí) tenía todos los números para encajar perfectamente en ese slot decisivo que es el de las tres de la mañana, y así fue. Con unos visuales que emulaban la estética de un sistema operativo para laptop, uno tenía la sensación de que el joven británico se hallaba dentro de un MacBook Air inmenso abierto, y que estaba actuando desde encima del teclado. La originalidad y —sobre todo— la excelente ejecución de este concepto no hizo más que mejorar un directo musicalmente impecable, un collage único de géneros de ayer y de hoy regado con una generosa dosis de breaks acelerados. El público no sabía que necesitaba esto hasta que lo escuchó.

Tras Iglooghost la noche fue virando poco a poco hacia los breaks más contundentes y el electro old school del mítico productor Radioactive Man (¿recuerdas Two Lone Swordsmen?), hasta llegar al techno rudo y marcadamente analógico de Broken English Club (¿recuerdas a Oliver Ho?). Este último no dudó en poner la directa y dar al respetable lo que estaban esperando para el cierre del escenario Nave: velocidad y energía. Sin fallo.


Domingo

Durante la tarde del domingo pudimos disfrutar de un último par de shows que tuvieron lugar en un emplazamiento privilegiado como es el Jardín Botánico. En primer lugar actuó la productora y multi-instrumentista Yamila, que presentaba su álbum debut “Iras Fajro” en formato dúo y usando un violonchelo, además del habitual hardware electrónico. El directo, situado en un escenario a pie de pista que se prestaba a este tipo de propuestas de carácter más intimista, consistió en un repaso de los principales tracks del disco y también alguna variación instrumental. Calidez, acordes electrónicos frágiles y un registro vocal acorde con la producción. Cuesta pensar en una propuesta más adecuada a las circunstancias.

Había cierta expectación por ver como Oliver Coates llevaba al directo su reciente LP con un laptop y un violonchelo (otro). Una vez más el escenario favoreció la puesta en escena intimista del artista y Coates desgranó su último trabajo para RVNG Intl. “Shelley’s On Zenn-la” track por track, con su personal enfoque de la deconstrucción.

Y con una propuesta única como la de Coates pusimos el punto y final a nuestro periplo por Gijón y por el L.E.V. Festival, un evento que no admite comparaciones y que ha obtenido un merecido prestigio principalmente por una razón: elevar la calidad de la experiencia por encima de todo lo demás. Por muchas ediciones más sin perder la esencia.