#Crónicas

Kamasi en Barcelona: bajón inesperado

El concierto del saxofonista californiano en la sala Razzamatazz de Barcelona no acabó de cumplir con las (altísimas) expectativas ni los múltiples elogios vertidos sobre su figura.

15.05.18
Carles Novellas

Cuando un artista (o cualquier figura pública, en realidad) pone de acuerdo a todo el mundo y despierta elogios unánimes, algunos acostumbramos a sospechar. Pero lo cierto es que muy a menudo -admitámoslo- suelen ser merecidos. El primer nombre que viene a la cabeza es el de Kendrick Lamar. Y muy cerca, casi inmediatamente después, llega el de Kamasi Washington, colaborador de Kendrick en “To Pimp a Butterfly” antes de dejar a todo el mundo con la boca abierta con las tres horas de “The Epic”.

Con él todo el mundo parece coincidir: estamos ante un músico genial, sobrado de carisma y talento, un caso poco común de gran instrumentista, visionario y plenamente comprometido con su tiempo y su arte. No lo pondremos en duda. Se ha hablado también ampliamente de su arrolladora presencia en directo, sobre el que se han vertido muchos elogios y muy pocas críticas. Había pues muchas ganas de verle (para este cronista era la primera vez) y comprobar en carne propia, sin prejuicios ni suspicacias, su genio sobre el escenario.

Washington apareció bastante puntual, pocos minutos después de las 9, acompañado de su banda: trombón, teclado, contrabajo, vocalista y dos baterías. El inicio fue fulgurante, intenso, con todos los instrumentos sonando ya muy arriba. Sala a rebosar, público entregado, en principio todo bien. Sin embargo era un primer síntoma, y pronto llegaron las señales de agarrotamiento y esos lugares comunes que uno espera poder evitar ante un músico de este calibre: los solos (aunque el wah wah del contrabajista Miles Mosley sonara espectacular), las presentaciones y las alabanzas a sus músicos y esos parlamentos entre canción y canción apelando a la unidad, la celebración de la diversidad y la paz en el mundo.

Detalles menores, dirán: lo importante es la música. Cierto. Pero tampoco esta estuvo a la altura de lo esperado. Faltó fluidez y sutileza, y sobraron crescendos y momentos de clímax tan alargados que perdían su propio significado.

Por supuesto que, a lo largo de la hora y media larga del show, saltaron chispas de genio en varios momentos: algunos de los pasajes de la titánica “Truth” brillaron por su complejidad y aportaron texturas gaseosas perfectas para que el saxo poderoso de Kamasi llegara a lo más alto de su capacidad expresiva; y en “Fists Of Fury” (uno de los temas del próximo álbum, “Heaven and Earth“, que sonó ya al final) el grupo ofreció varios minutos de funk excitante y magnetizado por el groove.

Pero en general todo el show discurrió de forma muy convencional, con excesivas concesiones al ruido y la potencia como motores del discurso, situaciones un tanto sonrojantes: la presencia forzada del padre de Kamasi, empequeñecido ante el resto de músicos; el innecesario y cargante duelo de baterías, como si estuviéramos en un Monsters of Rock de los 80; o los momentos vocales de Patrice Quinn, bastante justa de prestaciones.

No hace falta ser un experto para darse cuenta que Washington es un saxofonista de altísimo nivel, dominador absoluto de su instrumento; pero, a nivel compositivo ayer no mostró (o quizás no supimos verle) ningún rasgo de genialidad ni de artista revolucionario. Al final, la sensación al salir de la sala (mientras sonaba “King Kunta” por los altavoces) fue la de haber asistido a una demostración de fuerza y poderío, virtudes habitualmente muy celebradas, pero que a menudo tapan y ahogan con su estrépito esos momentos de magia que buscamos cuando estamos delante de un músico dotado de un talento (supuestamente) fuera de lo común. Eso que, por ejemplo -si me permiten la comparación- sí suele aparecer cada vez que John Zorn se sube al escenario con cualquiera de sus cómplices habituales.