#Crónicas

Celebrando un nuevo paradigma: el eje urbano en Sónar 2019

En su edición número veintiséis Sónar volvió a sorprendernos con una variada selección de shows que celebraron la diversidad y la emergencia de talento a nivel global. TIUmag presenta este año una crónica del festival centrada en uno de sus ejes más relevantes: la nueva música urbana.

27.08.19
Antoni Ripoll
Introducción de Antoni Ripoll.
Texto de Luca Dobry.
Fotografías cedidas por la organización del festival. 

Más de un cuarto de siglo viviendo en el futuro. Podría ser el eslogan de un instituto de prospectiva pero en realidad es la primera expresión que nos viene a la cabeza cuando pensamos en Sónar, un evento sui generis que celebró su veinticinco cumpleaños en 2018. TIUmag te lo contó en esta crónica.

A mediados de julio de este año el festival celebró una nueva edición marcada por algunos infortunios (el cambio de fecha, la huelga de montadores, un par de sonoras cancelaciones) pero que debe ser y será recordada por el especial protagonismo que el festival le ha concedido a la música urbana (y la correspondiente respuesta del público).

Pero esto siempre ha sido así, ¿no? Es decir, Sónar siempre ha apostado por la música urbana, incluso antes de que los periodistas necesitaran inventarse esta etiqueta, ¿correcto? La respuesta corta sería . Si hay una marca española que ha incorporado esta visión casi-profética entre sus atributos desde el principio, yendo siempre un paso por delante en el negocio de los festivales y acercando géneros tradicionalmente ignorados en occidente, esa marca es Sónar.

Para una respuesta más completa debemos tener en cuenta el contexto. En términos globales, el negocio de la música ha pasado por una década de transformaciones profundas. La progresiva sustitución de bienes por servicios (streaming), la creciente facilidad para acceder a la información y las nuevas formas de consumo cultural (en smartphones, inmediata, superficial), además de cambios culturales más complejos, han provocado un cambio de paradigma en la música popular en Europa. La influencia del hip hop y el auge de lo latino es evidente. Pero hay más; decenas de géneros periféricos (en África, Asia o América del Sur) están perdiendo su condición local y convergiendo en un nuevo pop mainstream.

Se trata de una tendencia global contrastada, de una superestructura que tú mismo puedes percibir cuando le das al play de “Radar de Novedades” en Spotify. Es en este contexto donde la mayoría de festivales (hubieran apoyado tradicionalmente esos géneros o no), se han dado cuenta de que no pueden seguir haciendo lo mismo de siempre.

Cada festival se adapta a este nuevo escenario a su manera, a partir de su cultura y de su propia experiencia. Por ejemplo, este 2019 hemos visto a Primavera Sound proyectarse como un festival renovado, más orientado hacia la nueva música pop y urbana (aunque en realidad la mayoría del lineup seguía dominado por el pop y el rock de corte tradicional). Primavera Sound ha contado una historia (continente) que le ha permitido conectar con la tendencia global sin sacrificar la esencia tradicional del cartel (contenido). Una estrategia de transición acertada, a juzgar por la asistencia de su reciente edición.

Pero el caso de Sónar es distinto porque no hay ninguna transición que hacer. De hecho resultaría absurdo que el festival se pusiera a contar ese mismo relato, más que nada porque no hace falta: su compromiso con las escenas urbanas siempre ha sido parte de su identidad.

Estrategias de comunicación al margen, Sónar 2019 se sintió como la culminación de muchos años trabajando en esta dirección. Hip hop, dancehall, afrobeats, boom bap, trap, reggaetón… es innegable que la identidad de Sónar se ajusta como un guante al nuevo paradigma. Nada queda forzado, ni siquiera los imponentes headliners de Sónar de Noche.

Para esta ocasión, en TIUmag hemos decidido centrar la crónica de Sónar 2019 en su eje urbano. Sabemos que un atributo básico del festival es su variedad y que con esta crónica el lector no obtendrá una fotografía panorámica de lo que allí aconteció. Pero pensamos que, dadas las circunstancias, es especialmente interesante acotar de este modo.


Enry-K

Viernes 19 de julio, 21:30 – SonarClub

Celebrábamos que a Enry-K le dieron el SonarClub (el mayor escenario de Sónar de Noche), sí, pero su show empezaba a las nueve y media. Se trata de una hora siempre algo floja en Gran Vía 2 porque la mayoría del público aún sigue Sonar de Día o está aprovechando el interludio para cenar y cargar las pilas.

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resumen del sonar con el papá

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En tan apabullante espacio, el principio del set de Enry-K dió una sensación un tanto desangelada (aunque más tarde fue desapareciendo). Desde luego, no fue su culpa. A pesar de ser conocido por sus beats para cantantes como Yung Beef, Cecilio G o Lil Moss, el miembro de la Damed Squad demostró en su slot que su abanico es mucho más amplio: sabiendo que no valía la pena traer música agresiva e intensa a tan pronta hora, se dedicó a hacer un set puramente de warm-up centrado en el funk/electro/hip-hop propio de artistas como Kaytranada o Kamaiyah. El set fue un aval de su versatilidad y de su habilidad a los platos. Sin duda se merece una hora mejor en alguna edición futura de Sónar.


Stormzy

Viernes 19 de julio, 22:30 – SonarClub

Ejercer de headliner accidental debe comportar una sensación extraña; no dejas de cobrar un dineral y aparecer como uno de los nombres grandes del festival, pero sabes que gran parte del público te verá con la ligera amargura de recordar que pagaron la entrada esperando a otro en tu lugar.

Pudimos palpar esta sensación en las primeras filas del escenario SonarClub, donde los ahí congregados poco antes del inicio del concierto (en su mayoría de habla inglesa) todavía se acordaban de A$AP Rocky, que esos días seguía preso en una cárcel de Estocolmo por una presunta agresión.

Incluso solo un par de minutos antes de que empezara el concierto parecía que la asistencia fuera a ser un chasco. Pero la gente se presentó justo a tiempo. Tras escasos cinco minutos de warm-up del DJ, Stormzy apareció aclamado por el rugido de un público que realmente lo adora. Lo hizo vestido austeramente —camiseta de tirantes negra, chándal negro y unas sneakers cualesquiera—, característica que lo representa: su discurso tiene poco del alarde material que se le asocia al rap actual, y mucho de la narrativa concienzuda y matizada sobre tensiones sociales, que tanto escasea en nuestros días.

Stormzy tiene tan solo 25 años pero rapea como los grimers originales de principios de los dosmiles, y eso comporta tener una maestría del micrófono apabullante para encajar sílabas y rimas en beats que suelen rondar los 140 BPM (velocidad que él mismo reivindicó como representativa varias durante el concierto). Además, el tipo es un atleta: mientras brinca por el escenario y suelta latigazos al aire, parece que flote sin esfuerzo. Tampoco se cansó de repetir lo agradecido que estaba de que lo hubiéramos ido a ver aún con la decepción de no ver a A$AP Rocky. Tener esa humildad (viniendo de ser el primer artista negro británico en ser cabeza de cartel en Glastonbury) lo hace aún más grande.

El de Londres dijo varias veces que, dada la coyuntura, aprovecharía para “darnos una lección de british music”. Esto nos hizo recordar que el grime ya es parte oficial de la cultura británica en gran parte gracias a él. Stormzy remató el concierto con tres de sus mayores hits («Big For Your Boots», «Vossi Bop» y «Shut Up»), firmando un show impecable, acompañado tan solo de su inmenso talento y su inagotable energía.


Octavian

Viernes 19 de julio, 00:50 – SonarLab

Por lo rápido de su ascensión al estrellato, lo joven que es, y lo original de su propuesta musical, el show de Octavian prometía ser uno de los must watch este Sónar. Se notaba porque en una hora temprana el SonarLab se veía realmente lleno.

Lo primero que saltó a la vista fue que, a pesar de que en muchos temas sonara su voz pre-grabada de fondo, su voz —hipnótica y peculiar— en directo sonaba prácticamente igual a su versión de estudio, algo no muy común entre los raperos. Lo segundo fueron sus habilidades de bailarín de hip-hop, propias de alguien entrenado, las cuales no dejó de demostrar.

De todos modos Octavian no deja de ser un rookie y eso se nota en sus habilidades de performer, todavía un tanto verdes. En su show dio un poco la sensación de no saber qué hacer con tanto escenario. Uno de los momentos donde se le vio más suelto fue interpretando su hit “Bet”, momento en el que se formó un pogo en la pista de unos veinte metros de diámetro, con su correspondiente clímax.

También ayudaron los atractivos visuales del artwork de su último proyecto (lástima que no pudimos disfrutar de los que le diseñó el barcelonés Andrei Warren para su última gira) que a pesar de no alejarse de la temática bitches/money/guns eran totalmente eye-catching. Al término de su show se apagaron las luces, y se fue tal como había venido, dejándonos algo fríos en la pista.


Bad Gyal

Sábado 20 de julio, 18:00 – SonarVillage

Hacía solo unos días que la de Vilassar acababa de cerrar un contrato con la major Interscope, por lo que el sábado a Bad Gyal le tocaba estar a la altura su nuevo estatus de estrella internacional en ciernes. Aún sin tenérselo mucho en cuenta, algunos todavía recordábamos con cierto desencanto su concierto en el Primavera Sound del año pasado, por lo que también le tocaba redimirse de eso. Y lo hizo con creces.

Miles de personas se congregaron bajo un sol de justicia (casi treinta grados) en el SonarVillage para perrear al son de la singular propuesta de Bad Gyal, y todo el mundo pareció disfrutarlo plenamente. Se nota que la catalana ha aprendido de sus errores: esta vez no intentó cantar y bailar a la misma vez, sino que cuando hacía una cosa, no hacía la otra. Si cantaba, se mantenía más bien quieta y dejaba que sus cuatro bailarinas lo movieran por ella. Y si le apetecía bailar, se limitaba a bajar el micrófono, poner el tema de fondo y perrearlo ella misma.

También parece haber domado el uso del autotune en directo: esta vez supo mantener un tono equilibrado, sin intentar llegar a las notas a las que no puede llegar, y tirar más de actitud que de talento vocal. Pero es verdad que su directo, aún si no impecable, sonó parecido a la versión de estudio.

De todas formas, con un setlist desacomplejadamente hitero, su propia voz se ahogaba entre la de un público que parecía saberse cada línea. La seguridad en la mirada con la que amenazaba al público, parecía querer decir algo como “sabed que estoy aquí para quedarme y no podéis hacer nada al respecto”.


Cecilio G

Sábado 20 de julio, 19:30 – SonarXS

El otro día alguien me decía que a Cecilio G se le permite todo. Que mientras la gente se afana en desgranar el significado de cualquier letra o intervención de Rosalía, Yung Beef, La Zowi, y otros protagonistas de la escena urbana, a Cecilio lo tenemos tan idolatrado que nadie se rompe la cabeza por entender sus líneas.

Conociendo esta particularidad, parece que Sónar quiso apostar fuerte y estar a la altura. Y qué mejor que darle un caballo para que cruce montado en él todo el recinto de Sónar de Día, escoltado por personal de seguridad, banderilleros, fotógrafos y hasta un veterinario, hasta llegar a su escenario. Buena manera de crear una imagen imborrable y sumar una excentricidad más al haber de Cecilio G.

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Que os jodan

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Sin embargo esta vez la controversia fue mucho más allá. Al día siguiente Instagram rebosaba de stories denunciando el el «abuso animal». Teniendo en cuenta lo difícil que es movilizar a la gente para hacer quejas de corte político en redes, y lo poco que suele extrañar una burrada del Cecilio, se puede considerar que la acción fue toda una victoria (al menos en lo que a su alcance respecta). La polémica estuvo servida durante unos días.

Contrario a la imagen punky que proyectaba en tiempos pasados, el Cecilio de hoy parece contento, satisfecho y seguro de sí mismo. Lleva un ritmo de trabajo frenético y una vida notablemente más saludable, y eso se nota en el escenario. En su show cantó más que en cualquier otro concierto que yo haya visto, con un setlist bien elegido, cargado de hits que el público cantó con ganas.

Recibió mucho amor en ese concierto, y aún y así parecía querer más (hasta llegó a animar al público un par de veces a que corearan su nombre). Cecilio G se entrega a su personaje y la gente lo adora (siempre que mantenga el espectáculo, claro). Hacia el final del directo agradeció que no hubiera prácticamente móviles grabando a la vista: “qué bonito, joder, que estéis disfrutando del momento. Así me gusta. A vivir, que son dos días”. Tomamos nota.


Bad Bunny

Sábado 20 de julio, 22:30 – SonarClub

A los veinte minutos de retraso algunos ya empezaban a temer lo peor. Pero salió, y fue a por todas. Los cinco primeros temas fueron puro trap, nada de reggaetón. Pero aunque estaba ahí, y con una energía altísima, tenía la cara completamente tapada por un pañuelo a modo de bandana, gafas de sol y sombrero. Tan extraño era que no se le viera ni un centímetro de piel, que la gente se empezó a cuestionar si lo que nos habían traído no era en realidad un doble. Realmente venía de cancelar la mayoría de sus conciertos en Europa, por lo que no sería quizá tan descabellado. Pero su voz, inconfundible, y su constante discurso de sincero agradecimiento, convencían de que en efecto ese era el Conejo Malo en carne y hueso.

Benito, que cada dos canciones se paraba a decir que para él era todo un honor estar con nosotros y que no podía agradecer lo suficiente todo el apoyo que le da el público, demostraba una humildad sorprendente por su parte. De todos modos se nota que es una estrella y que está totalmente preparado para asaltar escenarios tan descomunales como el SonarClub: prácticamente no paraba a coger aire, y por encajar en su set todo su repertorio de hits, algunos temas los cantaba solo hasta el primer estribillo, para luego saltar directamente al siguiente track.

Empezó tarde, pero no por ello acortó la duración del show. Cuando llevaba ya casi una hora y media de concierto, la incógnita sobre cuál sería la sorpresa que nos había prometido nada más empezar era cada vez mayor. Empezaron a sonar temas como “Te Boté” y “Soltera”, y nos preguntábamos si quizá saldría Ozuna, Lunay o hasta Daddy Yankee al escenario a cantarlos con él. Pero no. La sorpresa era otra.

Paró la música, se apagó la luz, y en las pantallas apareció la bandera de Puerto Rico. El boricua empezó entonces un discurso algo difuso sobre “la situación de mi país”, lo orgulloso que estaba de su pueblo, y de cómo aún estando aquí, su corazón estaba allí. Aludió al poder del pueblo, pidió que levantaran la mano todos los latinos, y entre esa épica se quitó por fin la máscara, y animó al público a corear el icónico “¡Ricky renuncia!”. Entonces, en un SonarClub ya totalmente cargado de energía, Bad Bunny echó la cerilla para acabar de encenderlo con “La Calle Bota Fuego”. Un día más tarde, Ricky Rosselló, exgobernador de Puerto Rico, anunció su dimisión tras una poderosísima protesta de más de quinientas mil personas (en un país de apenas tres millones de habitantes). Y eso que pensábamos que el pop de hoy en día no era político.


Sheck Wes

Sábado 20 de julio, 23:15 – SonarPub

Lo cierto es que, en lo que a popularidad respecta, a priori Sheck Wes no estaba a la altura para suplir la baja de Lil Uzi Vert. Pero quizá fuera solo eso: el nivel de popularidad aquí en España. Incluso si sois fans de Lil Uzi, si habéis visto algún vídeo de sus conciertos sabréis que no destaca precisamente por implicarse mucho en su performance en directo.

Pero Sheck Wes sí se implicó. O al menos lo intentó, ya que constantemente tenía que parar a coger aire o beber agua porque el cuerpo no le daba para más. Se nota que apenas tiene veinte años (tenía solo dieciocho cuando sacó Mo Bamba), porque encima del escenario del SonarPub se veía a un chaval cargado de ilusión e incredulidad por su poder de convocatoria (y vistiendo una camiseta del Barça, símbolo inequívoco del guiri que pisa por primera vez Barcelona).

En un período malo para el trap, que ya empieza a andar moribundo por repetitivo, solo la energía de alguien como el neoyorquino puede reanimar la esperanza por la longevidad del género. Por lo que oí decir por ahí, muchos creían que Sheck Wes era un one-hit wonder, pero la verdad es que su LP «Mudboy» fue uno de los mejores releases de hip hop del año pasado. Su sonido agresivo puso a botar al público como ningún otro concierto de trap lo ha hecho durante este Sónar. Los primeros quince metros de público fueron un pogo constante, que se volvió aún más intenso cuando sonó “Mo Bamba y “Live Sheck Wes/Die Sheck Wes”.

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My mother came to America in 91 and left her 3 kids back home in Senegal , she would cook meals and sell them to all the Senegalese and West Africans in New York till she hustled and stacked enough to pay for my pops to come in 93 , she had my sister in 97 and me in 98 in Harlem , In about bout 2006 my brother went missing in Senegal, no one knew why , but he sacrificed his life and everything to make it and help his family even more and and crossed the oceans on the fishing boats where only few survive , i never got to meet my older brother when i last went to Africa he was in Spain , when i came to perform there for the first time we met for the first and i can thank nothing but Allah and give him the most praises , my mother ain’t been home since and ain’t seen her 3 other kids since …immigration one of the hardest and realest things to handle but i understand it best and it’s real it’s not fake , many people cant see their children , loved ones and many are desperate to live and flee the situations where they are just to live a better life , I thank god for my blessings and blessing my family with all this because i never imagined when or where i would ever see all of mines 🇸🇳

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Contrariamente a lo que nos transmiten sus canciones, su show no fue oscuro ni agresivo. En realidad estuvo cargado de sonrisas, mensajes de amor, y un momento mágico: hacia la mitad del concierto, Khadimou Rassoul Cheikh (nombre real de Sheck Wes) nos explicó que hacía solo dos días que había conocido a su hermano mayor por primera vez en su vida. Según nos contó, sus padres emigraron de Senegal a Estados Unidos después de que su hermano naciera, y este se fue más tarde con sus tíos a España, por lo que no habían podido encontrarse hasta ahora. Salió entonces su hermano, con una bandera de Senegal en mano, y cogió el micrófono para preguntar, en un acento aún no muy aclimatado “¿dónde están mis hermanos africanos?”. Otro momento para el recuerdo.