#Crónicas

La música, la experiencia y como ser tu propio rival

La obligación de desatar los mismos rostros de euforia año tras año, cumplir expectativas y definir los gustos de cada generación. Primavera Sound 2017 celebró una de sus mejores ediciones a todos los niveles.

08.06.17
Frankie Pizá

Fotos de Dani Cantó, Sergio Albert, Garbiñe Irizar, Alba Rupérez y Eric Pàmies.

Sobre el terreno, una vez pisando el escenario donde año tras año ocurre el festival Primavera Sound, poco importó no ver a Frank Ocean.

El revuelo que desencadenó su renuncia de «última hora» no consiguió empañar una propuesta abundante y de nuevo preparada para «todo tipo de aficionados a la música».

Suponemos que en forma de homenaje, Jamie xx abrió y cerró su set invocando al cantante norteamericano; fue lo más cerca que los asistentes estuvieron de presenciar en el parque a uno de los artistas más esperados de esta pasada edición.

Durante la celebración del Primavera Sound de este 2017 ya se oían voces que calificaban a esta edición como la mejor en muchos años. Es algo que se repite también periódicamente y curso tras curso: la sensación de estar ante la mejor versión de un espectáculo que en Europa no tiene sinónimos.

«Primavera Sound se ha erigido una vez más como punto de reunión de entusiastas de la música procedentes de más de 125 países» dice en su nota de prensa posterior a la finalización del evento la propia organización, apuntando también a la decimoséptima edición como un «relevo generacional»

Conseguir desatar los mismos rostros de euforia y entusiasmo en cada uno de ellos. Independientemente de lo que estén viendo, de lo que les guste o de como se enfrenten a la experiencia.

Tienen la obligación inherente de representar al máximo de público posible y de entusiasmar a las nuevas generaciones para seguir siendo lo que son: año tras año el escaparate de los proyectos musicales mejor definidos, más relevantes y también los que más van a crecer en el futuro a corto y largo plazo.

Con ese énfasis se enfrenta la organización cada año: ser tu propio rival, esquivar las zancadillas que tú mismo puedas ponerte, intentar mejorar e innovar en la medida de lo posible sin perder lo que ya has conseguido. Es fácil, o eso creemos, cuando cuelgas el sold out cinco meses antes de que la fiesta haya comenzado.

Más de 55.000 asistentes diarios (más de 200.000 en total), más de 200 actuaciones repartidas durante una semana frenética y muchos kilómetros andando son parte de la experiencia Primavera Sound, un evento que ha traspasado su esencia puramente musical para convertirse en un fenómeno social con todas sus consecuencias.

Mantenerse en esa situación implica controlar una peligrosa inercia que necesita mantenimiento los 365 días del año; una de las cosas que mejor consigue transmitir el festival es la impresión de que cada edición no es una conclusión, sino una parada más de un camino que no tiene vistas de frenarse.

Con la maquinaria engrasada y sin fallos perceptibles públicamente, Primavera Sound consigue que la experiencia se adapte a cada realidad concreta, desde la del obsesivo amante de proyectos poco conocidos a la audiencia que solo busca grandes espectáculos, cumpliendo expectativas a pesar de Frank Ocean, a pesar de la competencia y a pesar de ser su único enemigo. (FP)

El futuro de los festivales está en lo inesperado. 

Parece que en esta edición el Primavera Sound ha puesto un empeño especial para conseguir que parte de los asistentes a este evento masificado pudieran disfrutar de experiencias más personales que convirtieran ese fin de semana en algo más especial.

Clara prueba de ello fueron los conciertos que ofrecieron por sorpresa Mogwai, HAIM y sobre todo Arcade Fire, del mismo modo que también ayudó el hecho de que se habilitara un falso backstage con programación propia y al que podían acceder organización, artistas y asistentes normales si estaban lo suficientemente atentos como para conseguir uno de los tokens que se repartían en la entrada.

Sin embargo, no hay duda de que la mejor novedad para los amantes de la música electrónica fue el nuevo escenario Desperados que, con un increíble sonido obra de Bowers & Wilkins, sirvió como un oasis aparentemente desvinculado del branding que marcaba los grandes escenarios.

Pese a la magnitud del evento, en la gran mayoría de casos la producción de este Primavera Sound ha sido excelente: con pocas aglomeraciones y, al menos en nuestra experiencia, sin apenas colas en las barras y los baños.

Una clara reafirmación de por qué asistentes y músicos consideran el Primavera Sound como uno de los mejores grandes festivales del mundo.

Por suerte, a modo de matrioshka, esa cita capitaneada por grandes nombres engloba multitud de alternativas más atípicas y mucho más atractivas para los melómanos amantes tanto de la electrónica como de las propuestas que se desmarcan de la idea que uno podría tener de un festival indie. (PC)

Gorilas y bananas, del centro al Fórum

Uno de los primeros conciertos destacados del Festival fue el de 7 Notas 7 Colores el miércoles, una jornada gratuita abierta a todo el público en el escenario Primavera del Fórum.

Encabezado por Mucho Muchacho, respaldado por el neoyorquino boricua habitual Tony Touch y por el primer DJ con el que giró con «Hecho, es Simple«, el rapero de El Prat celebraba en Barcelona otra vez el 20 aniversario de su clásico debut.

Patinando sobre la madera del escenario en su skate junto a sus MACBA Players, skaters habituales del centro de Barcelona donde ahora se ubica la tienda del artista, Mucho Muchacho repasó las canciones más destacadas de aquel esencial disco y también de su trayectoria, con canciones extraídas de «77«, «La Mami Internacional«, «Chulería» y «Cookin Bananas«.

Mucho Mu presentaba un concierto igual de carismático que la primera vez que celebró el aniversario en la Sala Apolo de gala, pero con unas canciones todavía más bien preparadas y una genial selección de temas forzada por un tiempo limitado.

Entre el público había un gran número de seguidores del rapero, «yo crecí con Hecho, es Simple«, hacía corear al público en «Buah«, pero también muchos asistentes ajenos a su propuesta que hacían enfriar el calor de una llama que todavía quema con fuerza desde el escenario. (AM)

Miguel: no ser consciente de tus cualidades. 

En ocasiones, parado mirando a Miguel a cierta distancia y sobre la arena del escenario Heineken, tuve ciertas dudas de si el artista californiano tiene realmente consciencia de sus virtudes como intérprete. Y de las virtudes de su música en el momento en que apareció «Adorn» o su álbum «Kaleidoscope Dream» (2012).

Según lo que pude ver sobre el escenario, entiendo que Miguel está envuelto en una crisis de identidad musical de la que él no es consciente: su imagen dista mucho del tipo de R&B conectado con el Rock que quiere patentar, un modelo similar al del último Lenny Kravitz, y sus aptitudes como cantante no cuadran con esa imagen mental que él tiene de sí mismo.

El mejor Miguel sonó hacía el final del concierto, precisamente cuanto se cantó rápido y con prisas ese single, «Adorn», una sensual balada contemporánea y de corte más o menos clásico donde el artista sí sabe exponer todo su talento. (FP)

Gojira: la reafirmación de un referente moderno del Death Metal

Pese a que Slayer acapararon la atención de los más guitarreros, unas horas atrás Gojira ofrecieron uno de los mejores conciertos del festival: 60 minutos prácticamente ininterrumpidos de contundencia acelerada sacudiendo con un sonido atronador.

Su repertorio se basó en su último disco, “Magma” (Roadrunner, 2016) y en su mejor álbum hasta la fecha, “From Mars To Sirius” (Mon Slip, 2005), con el que se convirtieron en la referencia moderna del trash y el death metal que demostraron ser con este concierto.

A la hora de la verdad, poco tienen los trovadores folk y las medianías pop a la hora de competir con actuaciones como esta. (PC)

Solange, cuando la perfección tiene que ver con la naturalidad

Desde las 3 horas de D’Angelo y su banda en Bruselas no había presenciado un espectáculo que consiguiera unificar algunas de las cosas que más valoro en un artista musical: elegancia, creatividad y un valor conceptual añadido que consiga transmitirse al público sin incongruencias.

Solange ofreció un concierto monumental por su puesta en escena y por su simplicidad; por su afinación interpretativa y visual, por la coordinación de todos los elementos (desde la iluminación a la realización, con tiros de cámara medidos en cada momento y una producción ajustada al milímetro) y por la naturalidad con la que todo tuvo lugar.

Lo más fascinante de todo no fueron las canciones, ni la sección de vientos, ni las progresiones cromáticas de fondo, ni la sensación de estar contemplando un videoclip en tiempo real. Más bien fue la cercanía con la que la cantante se acercaba, por encima de todo, a la audiencia.

Ese es precisamente el mensaje global de su carrera y de su discurso artístico, y lo consigue representar encima del escenario: la conexión con el oyente es limpia y sin filtros, sin olvidar la identidad estética, sin olvidar la fidelidad musical.

Resumiendo: en concierto, y fuera de él, Solange es la misma. Todo lo que la envuelve es un sinónimo de belleza y nada de lo que podamos pensar o reflexionar a partir de su actuación tiene que ver con su linaje. (FP)

Vladimir Ivkovic: misticismo a cámara lenta para la puesta de sol

La progresión que Hivern Discs preparó para la jornada del sábado en el escenario Desperados fue sin duda la culminación perfecta para este Primavera Sound.

Alejados de las multitudes y rodeados de caras familiares del entorno electrónico de Barcelona, el entorno ya de por sí mágico de la carpa y las luces se impregnó de una intensidad especial con el set de Vladimir Ivkovic, ecléctico selector vinculado al Salon des Amateurs.

La puesta del sol en el horizonte fue acompañada por beats ralentizados y cargados de psicodelia: ritmos tribales, la ciencia ficción de Luke Slater como The 7th Plain, EBM chapurreado en español e incluso unos alegres teclados House de un track inédito que verá la luz próximamente.

Un trance ideal para encarar el despegue eufórico de las siguientes horas. (PC)

No debe ser fácil ser Sampha

No debe ser fácil enfrentarse a un público «masivo», a tantos rostros mirándote y atendiendo cada uno de tus movimientos cuando eres Sampha. Cuando eres un discurso musical levantado a partir del diálogo íntimo con tus cualidades y emociones.

Sampha es un artista con un talento incalculable a día de hoy: tanto interpretativamente, como letrista y como músico, es su propio rival. Aunque llevar su esencia al directo sin que ésta pierda por el camino es lo realmente complicado.

A pesar de la coordinación de elementos, de él delante de su piano y con los demás músicos, la actuación de Sampha no respondió a lo esperado: porque lo que esperamos es una cita reservada con él y su música, no a él delante de cientos de personas e intentando representar de forma fiel sus historias, su proceso personal musicado. (FP)

El deporte de la ira y el ruido

Llevo analizando y escuchando a Death Grips desde que decidieron lanzar su primera mixtape, desde antes de saber lo que representan e incluso antes de que ellos supieran lo que realmente son.

Mi sensación general es que Death Grips es un proyecto que ha ganado sentido a medida que el contexto político y social que vivimos, así como el informativo, ha ido convirtiéndose en lo que es ahora. Lo vieron venir, la alienación comunicativa, la necesidad de expulsar vísceras y remordimientos, la proyección oscura del sistema que nos esclaviza, o han ido convirtiéndose en esto en paralelo a los acontecimientos.

El trío es el precio que hay que pagar, la placentera condena de la aguja que perfora tus poros cuando decides tatuarte; son un espejo de nuestra propia ira, una pantalla en la que todos nos identificamos y vemos reflejados.

Además de eso, son ruido, palabras clave, rabia, sudor: ciber rebeldes desatados y sin control, uno al micrófono, otro a la batería y otro detrás con algo de hardware. Todos jugando a desencadenar las neuronas espejo.

Viéndolos en directo queda claro que Death Grips son el proyecto musical más firmemente conectado con la realidad aparente de nuestro mundo: su cabreo es un deporte, una teatralidad necesaria, una forma de expresión que debe ocurrir para que mantengamos el equilibrio y la sociedad no nos engulla.

Death Grips nos están salvando sin que ni siquiera lo sepamos. (FP)

Aphex Twin: el impacto del caos y el desconcierto.

La de Richard D. James era la aparición más esperada del festival y su actuación fue un caos arrollador que gana enteros con el tiempo.

Aphex Twin indujo los millares de oyentes en una confusión trepidante cuya banda sonora recogió el espíritu rave más brutal para mutar demostrando el selecto gusto del irlandés de cara a las novedades: sonaron fragmentos breves tanto del Reguetón con tintes industriales de Kamixlo y del Footwork de Jlin como de una versión ralentizada del remix que Convextion hizo del track Electro “Caves Of Steel” de Interstellar Funk.

Esta cualidad demostró que quizá no estamos ante el genio aislado de cualquier tipo de actualización e innovación musical, preocupado únicamente por sus experimentos y máquinas. Más bien estamos ante alguien igualmente entusiasmado en los nuevos caminos de la música electrónica.

Todo esto aderezado por ritmos cambiantes, descuadres, bombos saturados y ruido en consonancia con el desconcierto que propagaban las visuales.

Desde múltiples pantallas aderezadas con láseres verdes, la música quedó acompañada por mapeos de las caras más desencajadas de las primeras filas y por un desfile de la caspa española que incluyó a Rocío Jurado, Iñaki Urdangarín y Jordi Pujol.

La mejor actuación del festival fue completamente impredecible a la vez que encajó completamente con los rasgos que han definido la trayectoria del artista. (PC /FP)

Run The Jewels son un tipo de energía 

Si Death Grips son literal y metafóricamente una expresión artística y musical que coincide con los sentimientos que provoca en nosotros la sociedad, Run The Jewels son un símbolo, un mito viviente, una herramienta, un cóctel molotov que arrojar cuando salimos por la puerta.

Son lo más parecido a Public Enemy que tenemos, que el Hip Hop de corte clásico tiene en estos momentos. Son guerra, son combate, son pintura de camuflaje en la cara; son dos tipos que han visto de todo y que el tiempo ha puesto al frente de la manada.

Nada puede igualar al carisma de Killer Mike, y nada puede igualar al bagaje de El-P: juntos han creado un producto tan influyente como musicalmente válido y consecuente con la realidad estadounidense y del contexto en el que se están moviendo.

Sí, hubo un corte de sonido al principio del show, pero la energía que poseen consigue desbaratar cualquier concepción previa o posterior: se te meten en el cuerpo y es esa vitalidad y fuerza con la que consigues comunicarte. Entiendas o no lo que están diciendo, te identifiques o no: te están diciendo que salgas a la calle y luches por lo que más te importa. (FP)

Nightclubbing sobre arena batida: el huracán Grace Jones

El escenario Heineken vio algunos de los directos con más fuerza del festival el sábado.

Entre Van Morrison, Skepta y la que fue una de las mejores actuaciones del festival (junto a la de Solange): Grace Jones, otra leyenda viva.

Desnuda y con el cuerpo pintado con motivos tribales como en su papel de Katrina en Vamp (1986), aparecía sobre el escenario con una máscara de hierro en forma de calavera mientras empezaba a sonar su propia versión del «Nightclubbing» del disco homónimo de 1981.

Los potentes graves resaltaban los elementos Dub de su música mientras Grace Jones creaba un inmersivo mundo Afro Futurista tan vigente como las expresiones de artistas contemporáneos como GAIKA.

La diva de 69 años se exhibía con una potencia vocal y físico increíbles, sobre sus tacones de aguja performaba por el inmenso escenario sin limitaciones, coqueteando con una barra americana que más tarde ocupó un hombre exuberante también desnudo y pintado como la misma Grace Jones para hacer una increíble exhibición de pole dance.

Su magnetismo se extendía más allá de esos éxitos que la artista recuperaba y que el público estaba ávido por bailar. A cada canción, Grace Jones desaparecía del escenario para volver con una nueva indumentaria: ora una capa, ora una gran falda, ora un sombrero que hace de bola de espejos, ora un cinturón con un dildo.

Y mientras, cortos y distendidos monólogos como su homenaje a la Ganja y a la Coca Cola antes de cantar «My Jamaican Guy«, «I’ve done a lot of Ganja in Jamaica, now I want a Coke«.

El truco final apareció cuando la artista se subió a los hombros de un señor que la esperaba debajo el escenario para pasear entre una multitud extasiada.

La actuación entera de Grace Jones fue un elogio al sonido y la vida de Jamaica, a la negritud y a la destrucción de las concepciones de masculinidad y feminidad. La actuación fue, al fin y al cabo, la definición del huracán Grace Jones.

Poco antes en el mismo escenario Van Morrison, con su americana y su sombrero y sus gafas oscuras subía al escenario junto a su banda delante de una multitud expectante por ver al ilustre compositor hacer su show completo: una hora y media de canciones sin pausa durante la que el artista de 71 años repasó las canciones más destacadas de toda su carrera.

Sin saludar, despedirse ni interpelar al público más veterano del festival (la media de edad más alta se mezclaba también con una gran cantidad de jóvenes entusiasmados por el músico), Van Morrison defendió la excelente reputación de su carrera sin pestañear y con la excelencia de un profesional de su tamaño. (AM)

Flying Lotus: no estar a la altura de tu propia historia

Mi trayectoria enfrente de Flying Lotus es pésima: cuando actuó en Sónar Festival hace unos años por partida doble quise cortarme el cuello después de cada una de sus actuaciones.

Posteriormente ha habido más ocasiones, y todas marcadas por la misma sensación final: la decepción. Cada vez menos, porque poco se puede esperar de alguien que arrastra un sentido complejo que refleja actuando con la ley del mínimo esfuerzo en todas sus actuaciones.

No está a la altura ni de su carrera, ni de su ‘yo’ creador, ni de su imaginario visual (tan bien explotado, suponemos, y por lo que se prevé, en su debut cinematográfico, Kuso).

Y mucho menos de su sonido e identidad musical: Flying Lotus es uno de los máximos exponentes de todo un movimiento electrónico relacionado con la música urbana que aún influye de forma activa en el escenario creativo norteamericano y mundial.

Esa persona se presenta con algunos archivos en wav o mp3 y con unas visuales ligeramente psicodélicas y pobres delante de todas las personas que saben perfectamente quién es.

Con la misma desfachatez se marcha, sea la hora que sea: sin músicos, sin iniciativa, solo con sus archivos y su presencia.

Debe creer aún que es más que suficiente. Y eso que muchos de los aficionados, acérrimos de FlyLo o no, observaron un cambio para mejor en lo que ofreció. Pero alguien como él no puede solo entretener, necesita algo más. (FP)

King Krule y las aventuras de un reptil

Los seguidores del artista del sur de Londres King Krule llevan hambrientos de King Krule mucho tiempo.

A pesar de que el pasado año publicara «A New place 2 Drown«, un proyecto musical y editorial bajo su nombre real Archy Marshall y junto a su hermano Jack, el público espera como habrá evolucionado con los años el genio de ese chico pelirrojo que gritaba sobre su propia guitarra.

Su confirmación en el Primavera Sound nos hacía creer que la publicación de su esperado nuevo disco se haría efectiva antes del festival, pero no fue así.

Archy subió al vacío escenario Pitchfork sobre las percusiones de «Neptune State» que Rago Foot hacía repicar desde su SP-404. Estoico, contenido y casi estéril King Krule se ponía a rapear sobre la instrumental hasta que, aprovechando una breve pausa en la canción, retomaba su estrofa con su grito genuino, liberando su energía y la emoción del público hasta el final del concierto.

A la siguiente, el resto de la banda subió al escenario y el resto es historia: King Krule en directo toma todavía más fuerza de la que imprime en sus canciones y envuelve cada canción con un registro más callejero.

Repasó las canciones más destacadas de su esencial «6 Feet Beneath the Moon» y llegó lo que muchos esperaban: hasta tres canciones que formarán parte de su nuevo álbum interpretadas en exclusiva.

Su concierto mantiene la misma esencia que el directo de aquel King Krule de 2013 que acababa de debutar, pero con una potencia más controlada: las canciones estaban interconectadas con aventuras psicodélicas y momentos más cercanos al Jazz que cerraban la actuación en un todo perfectamente orquestado. (AM)