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Lo que más brilló en el L.E.V. Festival

El festival de Gijón celebró su decimosegunda edición el pasado fin de semana con una propuesta más contenida que otros años pero con la misma vocación de expositor de vanguardia sonora y visual.

04.05.18
Antoni Ripoll

Fotografías de Piru de la Puente. 

El L.E.V. Festival es una celebración de lo sofisticado en unas coordenadas inusuales. La calidad de las propuestas y de la producción son una constante pero siempre hay matices. Los analizamos en esta crónica estrictamente musical enfocada en las dos jornadas centrales del festival: viernes y sábado.


Viernes 

La mayor parte del L.E.V. Festival transcurre en la Universidad Laboral de Gijón, la obra arquitectónica de mayores dimensiones de España, con 270.000 metros cuadrados que configuran una ciudad en si misma, con sus calles, sus instituciones y su autonomía. Esta sensación de sobredimensión es importante y la volveremos a ver más adelante en otros planos del festival.

El escenario principal de la Laboral es el Teatro. Allí empiezo mi ruta el viernes con Michela Pelusio, artista audiovisual que crea instalaciones inmersivas jugando con la luz y el sonido.

Pelusio tuvo una oportunidad de oro el viernes en el L.E.V. Acostumbrada a auditorios menores y a las dificultades propias del formato instalación, la italiana dispuso de media hora larga para seducir a una audiencia que no se iba a mover de la butaca. Y lo hizo, sin duda.

Difícil escoger un show más arriesgado y a la vez más excitante para abrir la jornada del viernes, la primera en la Laboral. La acción audiovisual de Pelusio es progresiva y va de un tímido haz de luz a lo que podría ser el nacimiento de un agujero negro representado a escala. A la vez, la artista controla varios instrumentos para modificar el sonido y conectarlo con el motivo visual.

Se agradece la sencillez y la honestidad de la propuesta. No veo ningún intento de embellecer con melodías, luces o sincronía algo que debe mantenerse salvaje e improvisado. Aquí no hay nada que entender. Se trata más bien de experimentar modificaciones en la percepción del tiempo y del espacio. Un ejercicio excitante y bien ejecutado (salvo algún fallo menor en el manejo de los cables de luz) que abrió el L.E.V. de la mejor manera posible. No fue música, fue otra cosa.

Suenan los primeros acordes de Loscil y vuelvo a la realidad. El canadiense sigue practicando el discurso emocional que lo identificó como uno de los activos de Kranky a mediados de los 00s. A lo largo de una hora de directo intenta provocar nuestra reacción a base de melancolía, niebla y texturas. Sin embargo, Pelusio me ha dejado pensando en otras cuestiones y no soy capaz de concentrarme en la historia que nos quiere contar Loscil.

En lo sonoro, el artista usa patrones melódicos propios de la IDM y el ambient de los noventa y los lleva a su terreno. También se sirve de elementos propios del trance pero lo hace de forma coherente, sin recrearse en la esencia dopamínica del género.

Quizás un punto que le resta solemnidad al conjunto es el esfuerzo por sincronizar ambos ritmos, visual y sonoro. Esta intención, a veces forzada y prescindible en propuestas tan avanzadas como las que se exponen en el L.E.V., se repetirá a lo largo de todo el fin de semana.

Es el turno de Hiroaki Umeda, artista multidiscilplinar que enlaza la coreografía y las artes audiovisuales. El japonés presenta “Intensional Particle”, un show que llena la totalidad del escenario del Teatro (pared y suelo) con explosiones de luz y acumulaciones de destellos que se mueven según la danza del protagonista. El apartado sonoro es puro braindance, mientras que el conjunto parece una representación poética/distópica sobre la dispersión de la información en la era del big data.

Ya es de noche y me planto en el escenario Nave, muy cerca del Teatro de la Laboral. Me espera la versión más física del L.E.V. durante cinco horas.

Empieza Electric Indigo, a quien no seguía la pista desde hacía años y sigue sonando igual de actualizada, con una propuesta cercana a colectivos como Her Records o Night Slugs. Actitud poderosa, con transiciones un tanto bruscas, pero proporcionando una más que apetecible experiencia de club que fue muy bien recibida por los locales.

El show de Moritz Simon Geist me tiene dividido. Por un lado aprecio el cómo de su discurso: bass music e IDM punzante creada a través de una estructura robótica situada en el escenario. Por otro, me cuesta asimilar que una propuesta de baile pueda ser generada por machine learning. Al final el discurso sonoro de Geist acaba inundando el escenario Nave (recuerda a Raster-Noton y a Different Circles), desafiando a mi percepción y mis prejuicios.

Con el ethos del L.E.V. ya 100% liberado (la nave a rebosar), me acerco al escenario para no perder detalle de la que acabará siendo la mejor actuación del festival: la del fascinante Atom™.

Siempre he evitado hablar/escribir sobre Uwe Schimidt, una figura que da la sensación que uno nunca puede llegar a conocer del todo por su extensísima obra. Datos: a lo lago de sus 35 años de carrera Atom™ ha usado más de 70 pseudónimos y ha estado en más de 20 formaciones. Solo como Atom TM tiene 34 álbumes facturados desde el año 2000. Haced los cálculos.

Para el L.E.V. Atom™ tenía reservado un descenso al séptimo círculo del infierno en forma de techno mutante hipermusculado sin bombo y con la esencia del trance antiguo de altas revoluciones. Es por ello que a ratos recordaba a un Lorenzo Senni maligno y cabreado, con unos visuales erráticos —datamosh mediante— que proyectaban esta tensión a través de cargas policiales, atracos y conatos de violencia que nunca llegaban a consumarse.

Sin embargo, el lenguaje sonoro de Atom™ es actual y conecta con el resto de artistas que habían actuado anteriormente, con una paleta sonora que se acerca a Logos, Mumdance o Byetone.

Cerró la jornada Claro Intelecto con un directo basado en su último disco para Delsin. Un discurso 4×4 que encaja como un guante con el numeroso público que aún resiste en el escenario Nave. Pero lo cierto es que después de Atom™ ya nada sonará igual esta noche. No puedes pretender que reine el caos y luego hacer como si nada.


Sábado

Tras un intento fallido de acceder al directo de Balago (mea culpa: la capacidad de la Sala de Pinturas de la Laboral tiene un aforo limitado), me dispongo a ver a Cicada, de quienes ya hemos hablado recientemente en TIUmag.

El potencial de la formación está ahí: un discurso coherente y unas composiciones elaboradas. Sin embargo el directo no acaba de transmitir todo aquello que prometía su disco. Seguramente la puesta en escena no sea la más apropiada. También hay nervios palpables y algunos problemas técnicos que desvían la atención del espectador. A pesar de todo, estuvo bien observar de cerca los primeros pasos de esta banda.

Al final de la tarde se vuelven a abrir las puertas del Teatro otra vez. Es el turno de “Ashes”, un show de Martin Messier & Yro que se basa en un juego de coordinación entre música electrónica y filmaciones microscópicas de ceniza en tiempo real.

Como ya comenté antes, esta obsesión por sincronizar la música con los visuales hace que algunos shows pierdan fuerza. El de Martin Messier & Yro es otro ejemplo. Además el setup no incluye instrumentos sonoros visibles, por lo que los protagonistas se ven obligados a gesticular más de la cuenta para dejar claro que están haciendo música en directo con los microscopios, accionando palancas y cambiando constantemente de posición en el escenario para aportar dinamismo. Todo esto acaba desviando mi atención a pesar de la evidente calidad visual y sonora.

Por cierto, el Teatro debe ser el espacio que todo artista sueña. A pesar de sus dimensiones (aforo para 1.756) la experiencia del usuario es óptima incluso en las últimas butacas del anfiteatro.

Precisamente allí arriba me sitúo para ver a Zan Lyons, quien ofrece un show de IDM melódica de manual armado con un instrumento de viento que no logro identificar. Una propuesta que puede gustar a los que acaban de de descubrir la música electrónica por primera vez pero que se parece mucho a todo lo que hemos escuchado a lo largo de las últimas dos décadas en sellos como Apollo, General Production Recordings o R&S. Eso sí,  sin la magia de lo primigenio o de lo auténtico.

Por suerte para mi las cosas están a punto de cambiar. Es el turno de uno de los headliners del festival, el texano Rabit (acompañado de su extraña musa Cecilia), con quien hablé hace poco aquí en TIUmag.

Accedo al patio de butacas con el show ya empezado y la sensación de grandeza es inmediata: nos encontramos ante un acto mayor, un show que sí llena el vasto escenario del Teatro, con visuales y música de vanguardia, además de danza contemporánea por parte de Cecilia.

Durante 15 minutos tengo la sensación de conectar completamente con su discurso estético. Suenan piezas del album y otras que no reconozco, con visuales inéditos. Me dejo llevar; me creo el formato y el contenido.

Pero la cosa cambia por completo desde que suena “Bleached World”. Ahí me doy cuenta de que Rabit nos la acaba de colar y la magia se esfuma al instante.

Es difícil darse cuenta de esto si no eres un core fan de Rabit, pero a partir del citado track el directo se basó en la reproducción íntegra de parte de su álbum “Les Fleurs Du Mal”, con los respectivos vídeos oficiales proyectados en la pantalla. Es decir, darle al play y poco más. Ni rastro de esa expansión en directo de los tracks que prometió el texano en su entrevista. Ni rastro de un directo, de hecho.

Para acabar de eliminar cualquier resto de magia, Rabit finalizó el show con una subida de volumen abrupta (peligrosa, de hecho) que no vino a cuento de nada, y con varios momentos de silencio que no estaban planeados. Lo que empezó como un directo legendario acabó siendo la mayor decepción del festival. Todo en veinte minutos. Qué rabia.

Me dirijo al escenario Nave de nuevo para olvidar este episodio y me encuentro que debo hacerlo al ritmo de post punk electrónico. No es que no me gusten Zombie Zombie, pero no acabo de entender qué hacen en un festival de electrónica avanzadísima como este. Da igual, la banda acaba conectando con los primeros asistentes y llevándolos poco a poco a su mundo de lisergia y reverb abundante (a ratos me recuerda al último proyecto de James Holden). Y aunque su actitud rockera me parezca un poco sobreactuada, quién soy yo para juzgar.

Se nota el recorrido previo de Okkre en LCC y también que juega en casa. Uge Pañeda recoge los códigos del techno y del trance, los procesa y los devuelve a la pista reconstruidos, sin pretenciosidad y con elegancia. La conexión con el público es notable.

Lo mismo puede decirse de Lusine, a quien no seguía la pista desde hacía lustros, la verdad. Techno y braindance hipermelódico con un permanente poso pop que recuerda a la electrónica que facturaban hace quince años gente como Nathan Fake o The MFA. Decido que es el momento de retirarme sin sacar grandes conclusiones, tan solo agradeciendo que existan festivales imperfectos y llenos de vida como este.