#Crónicas

Lo mejor de ambos mundos, Atlas Electronic

Antoni Ripoll viajó a Marrakech para conocer de primera mano este festival joven. Atlas Electronic juega con unos atributos muy distintos de los que son habituales en Europa.

27.09.18
Antoni Ripoll

Texto de Antoni Ripoll.

Fotografías de Tim Buiting, Laisa Maria y Tristan Fopma. 

A mediados de este año recibí una invitación para acudir a la tercera edición de Atlas Electronic. El festival veraniego tendría lugar en las afueras de Marrakech, la principal ciudad del sur de Marruecos y la cuarta más poblada del país.

A priori se trataba de un festival de música electrónica con un enfoque distinto al resto de festivales al uso. Sus dimensiones, ubicación y lineup anticipaban una experiencia diferente, así que acepté. Además iba a ser mi primera vez en el continente africano. La motivación era doble.

Llego al aeropuerto de Marrakech-Menara el jueves por la noche. De camino al hotel comparto viaje con Deena Abdelwahed, Mim Suleiman y Ece Özel. De todos los estímulos que voy asimilando en los primeros minutos hay uno que me tiene en vilo: aquí el casco no es obligatorio en las motocicletas. No puedo dejar de pensar en ello hasta el final del viaje, como un enigma que no podré resolver hasta entonces.

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Día 1

Llego al festival cuando es de noche. En el escenario principal, un anfiteatro blanco de proporciones medianas, tocan Génération Taragalte, una banda de seis músicos del Sahara que interpretan música tradicional saharaui. Ecos funk, baja fidelidad y mantras indescifrables para encajar las primeras horas en un país desconocido para mi. Qué bien cuando un festival te recibe sin pirotecnia y de forma sincera.

Lo que empezó siendo una fiesta de cumpleaños se les ha acabado yendo de las manos”. Al menos es lo que me comenta Alex Nikolov, un colega de Barcelona que casualmente está trabajando en el festival. Lo cierto es que el evento solo ha necesitado tres ediciones para posicionarse con claridad.

Sigue la noche inaugural y es el turno de Ninos Du Brasil, a quienes entrevistamos hace poco en TIUmag. El cambio de mood es notable, pasando de la luz y la improvisación a la penumbra y los ritmos cuantizados. Sin embargo, el anfiteatro sigue lleno y el público parece digerir bien el contraste. Muy buena señal.

Día 2

Se podría decir que no fue hasta la segunda jornada cuando pude ver el Marrakech de verdad.

El complejo dónde me hospedo es contiguo a un barrio muy humilde de las afueras de la ciudad. Me levanto pronto y ando tan lejos como puedo por las calles y los caminos apenas asfaltados, visitando mercados, tiendas y observando lo cotidiano. Pienso que es importante tener esta referencia para luego valorar el festival. Un evento también se mide por su integración con el entorno.

El trayecto hasta el festival, en taxi, es una atracción en sí misma. Imagina una explanada desértica recortada por las siluetas de millones de palmeras y nada más. El sol luce muy distinto aquí. Es una enorme mancha borrosa a ras de horizonte. Tengo la sensación de estar muy lejos de casa.

Por cierto, el clima de Marrakech es mediterráneo seco. Olvida cualquier semejanza con España: a primera hora de la noche las temperaturas pueden andar todavía por encima de los cuarenta grados. Para un turista como yo, sin turbante ni chilaba, parece un clima extremo. Pero al comentarlo con los locales veo que no. “This is like the most cold days we’ve been here this summer”.

Cuando entro al festival está pinchando Deena Abdelwahed. Una forma un tanto abrupta de entrar en calor pero también garantía de calidad. El set de la francesa va de los breaks contemporáneos al dub techno espacial, encajando bien en su franja y conectando con la audiencia sin problemas.

Atlas Electronic ofrece un collage de escenas locales, la mayoría de inspiración africana. El público parece occidental en un 90%. Una audiencia que busca lo auténtico —y que no le importa pagar por ello—, pero que tampoco parece necesitar profundidad o contexto. El festival es una experiencia encapsulada de contacto con escenas y culturas en la que cada uno decide hasta dónde quiere llegar.

Se hace de noche y me dejo caer por la zona de la piscina, donde pincha RAMZi (a quien entrevisté recientemente). La canadiense no tiene que adaptar su discurso al contexto ya que su universo pertenece a aquellas coordenadas. Selección inusual (breaks y tropicalismo como constantes) y transiciones arriesgadas. En realidad hace lo que debe pero la pista se vacía irremediablemente cuando empieza el plato fuerte de la jornada, el set de seis horas de Hessle Audio en el anfiteatro: Ben Ufo b2b Pearson Sound b2b Pangaea.

El tridente inglés es posiblemente una de las voces más autorizadas en materia de hibridaciones bass actualmente. El viaje partió de paisajes downtempo y percusiones complejas, y fue aumentando el rango de BPMs hasta abarcar gran parte de la música de club contemporánea. Seis horas dan para mucho y la fantasía sonora es aún más excitante cuando uno no dispone de Shazam. Por cierto, una de las mejores decisiones que tomé en este viaje fue la de no comprar ninguna tarjeta SIM con datos, para así olvidarme de Instagram y prestar atención a lo importante.

Suena “Quetzal” de Los Hermanos y pienso que quizás un paisaje similar, una superficie árida rebosante de palmeras e iluminada por una inmensa luna llena, fue imaginado por Gerald Mitchell al concebir el track hace más de tres lustros. Siento que hay algo de magia en este instante.

Me aparto del viaje de Hessle Audio para tomar una cerveza con unos españoles en la terraza de un riad, donde está el escenario Red Light Radio. Allí están pinchando Bossoyo, un par de DJs de Amsterdam que realmente saben leer la hora y el lugar. Africanismo, downtempo y música exótica conectan con códigos de club actuales como Livity Sound. No puedo pensar en un discurso más adecuado a las circunstancias.

Día 3

El tercer día en Marrakech viene marcado por una preciosa tormenta precedida del cielo más rosáceo que he visto. Me mantengo a salvo en mi habitación hasta que la lluvia amaina. Me comentan que en el festival está todo el mundo a cubierto, esperando el momento para volver a la acción.

Cuando llego al recinto está pinchando Tash LC en el escenario Red Light Radio. No es la banda sonora que yo hubiera escogido para retomar la normalidad pero intento dejarme llevar. Footwork, shangaan electro y ritmos rotos, todo enlazado con coherencia y energía. La respuesta del público —como ha sucedido durante todo el festival— es indiscutible. Pero después de tres días de trote decido que este no es mi lugar aún.

De camino al backstage paso por el anfiteatro, donde luego veré a los dos headliners del festival, Jamie xx y John Talabot. De momento está Zozo, de Turquía, una de las pocas DJs que noto fuera de lugar en el festival. Techno trotón y progresivo, a veces con vocales. No es para mi. Por suerte es la hora de Simo Cell, Judaah y J-Zbel, el trío imperdible de la jornada.

Judaah es el label boss de Brothers From Different Mothers, un sello prescriptor en materia de vanguardia de club, como The Astral Plane o Berceuse Heroique. Además de esto, Judaah también es un imponente selector. Por cierto, ya estuvo hace unos meses en Barcelona, en Laut.

Por otra parte Simo Cell ha sido uno de mis productores favorito durante algún tiempo. A pesar de que no es especialmente prolífico, cada vez que entrega un EP el underground europeo parece callar y escuchar. Su visión no ha perdido frescura desde su debut en 2013 y todavía parece libre de las interferencias y los prejuicios que se adquieren con el tiempo. Sus tracks son un buen ejemplo de cómo esquivar las convenciones en materia de música de baile sin perderse en lo mental ni obsesionarse con lo formal. En sus intenciones me recuerda al primer Shed de Soloaction.

El b2b entre Simo Cell y Judaah es todo lo coherente que un back to back puede ser. Por muy afines que sean, al fin y al cabo son dos perspectivas distintas seleccionando tracks e improvisando un recorrido. Hay que tener claro esto para valorar el show.

Sin embargo aquí la fricción es mínima y el set consiste en un viaje coherente por los breaks y la electrónica de baile moderna de inspiración africana: de Gqom a Livity Sound, de electro maloya a Exit Records. Veneración por el pasado y el presente del continente negro. Es una lástima que tenga que perderme el directo de J-Zbel pero ya llevo demasiado rato en el mismo escenario. Además acaba de empezar John Talabot y tengo curiosidad por ver qué hace aquí.

Con Talabot empieza el tramo final de la noche en el anfiteatro, dominado por el house percusivo de cadencia oscura que suele pinchar normalmente en sus sesiones. La palabra clave sería lisergia y el rango de BPMs estaría entre 112 y 118 aproximadamente. El broche es una versión instrumental de un clásico italo-disco que no logro recordar. El set encaja bien con la hora y el lugar, aunque pienso que seguramente él se lo estaría pasando mejor en un escenario menor, con menos responsabilidad y pudiendo tirar de una maleta más personal.

Recuerdo las últimas veces que he visto pinchar a Jamie xx y me preparo para lo peor. Sin embargo el inglés se mete en el bolsillo a todo el anfiteatro desde el primer momento. Techno de flotación a la Four Tet —serán inéditos—, algunas de sus propias remezclas para The xx y mucho house melódico con su justo toque tribal. Seguramente sea el momento álgido de la noche pero pienso que es buena idea dejarlo aquí y llevarme esta sensación de recuerdo.

En el coche, ya de vuelta al hotel, le pregunto al conductor, Yusef, si pudo ver el festival por dentro. Justo en ese instante suena “God’s Plan” por la radio. Me comenta que esto es lo más. “Drake is my favorite. Everybody loves him in Marrakech. The best”. Qué complejo es todo con la globalización.

Día 4

A Atlas Electronic todavía le queda un excitante tramo final con Awesome Tapes From Africa (a quien entrevistamos hace muy poco en TIUmag), Call Super, Lena Willikens o Job Jobse. Sin embargo mi vuelo de vuelta a Barcelona está previsto para la primera hora de la noche, por lo que no puedo asistir a esta última jornada.

De camino al aeropuerto en taxi volvemos a estar rodeados de motoristas sin casco, algunos de ellos llevando a sus hijos de paquete, también sin casco. Me doy cuenta de que ningún vehículo supera los treinta o cuarenta kilómetros por hora. Hay una especie de pacto social para evitar la velocidad, y no solo en la carretera. Van encajando las piezas. Le pregunto a Mohammed, el taxista, por qué nadie corre aquí. “Porque no tenemos prisa”. Parece sencillo pero no lo es en absoluto. Se trata de entender los procesos desde un nuevo enfoque. Aquí el valor no parece residir en la cantidad o en la eficiencia sino en el acto en sí, en su honestidad. Me acuerdo de lo vivido estos días en el festival y todo va adquiriendo más sentido.

Dejamos el centro de Marrakech y entramos en una carretera más ancha que lleva a Menara. En la calzada, ya de noche, distingo varias vallas publicitarias que anuncian otro festival de música electrónica que casualmente tiene lugar en unas pocas semanas, Oasis Festival, con un lineup rebosante de grandes headliners europeos. Otro modelo.

Me pregunto qué da valor intrínseco a un festival, más allá de sus cifras. Recordaré Atlas Electronic por el compromiso con su contexto y por la capacidad de crear una experiencia tan rica con tan poco. Si yo fuera un festival, así es cómo me gustaría que me recordaran.