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Un espacio propio: Barcelona se prepara para el verano

Cómo la postal de la ciudad hace que todas aquellas propuestas divergentes al relato oficial de Barcelona queden marginadas.

10.05.17
Aleix Mateu

Terrazas desbordadas, olor a crema solar y la vida nocturna todavía más ajetreada que de costumbre.

Vuelve el verano y la temporada de festivales y fiestas al aire libre, de nombres internacionales en carteles de colores y, en definitiva, de una desbordante oferta de ocio y cultura.

Con los turistas vienen artistas como Young Thug (o no), PNLTyga (y también a Lloret) o Fuego (!) a hacer sus showcases en discotecas, nombres pensados para el público extranjero que sería imposible ver en Barcelona si no fuera por la rentabilidad que promete el turista.

“Una vez en la sala pudimos comprobar como había más posibilidades de encontrar 10 españoles juntos en cualquier club parisino que aquella noche en Pacha”, explica Madjody en su crónica sobre el show de PNL en Barcelona.

Gente del entorno Club en la ciudad alertan de como el consumo del ocio nocturno/musical pensado principalmente para los festivales, las salas grandes y las discotecas casi exclusivas para turistas van en detrimento de la cultura de Club y de las propuestas de pequeño formato.

Señalan la falta de espacios dignos pensados para este tipo de opciones alternativas y una regulación restrictiva: los horarios y la dificultad para obtener licencias.

Propuestas de formato pequeño y mediano como El PumarejoClub Marabú, Trill, Perreo 69LowKeyMoves o Draft han nacido como una respuesta a todo esto.

En una reciente entrevista con esta última nueva promotora de Barcelona, nos respondían así cuando les preguntábamos sobre el estado de la escena Club en la ciudad:

“Está claro que en los últimos años ha habido una degradación de la escena de clubes no comerciales de la ciudad. Es debido a varios motivos, como los festivales, las normativas restrictivas y el turismo masivo que busca otro tipo de oferta musical más masiva. (…)

¿Qué falta? Sin duda propuestas de pequeño formato, tanto experimentales como de baile, que por los motivos explicados, cuesta que lleguen a Barcelona.

¿Qué sobra? Pues tal vez tanto turista que nos llena la ciudad de propuestas comerciales sin ningún interés cultural y que sólo son un negocio.”

A pesar de la voluntad cultural de estas ofertas de pequeño formato, su principal handicap es que escapan a cualquier tipo de relato institucional de la ciudad y, por lo tanto, son ignoradas tanto por el tejido comercial como por las políticas culturales.

Las políticas culturales, además de convertirse en una fuerte infraestructura para dar acceso a la cultura y sustentarla, ejerce implícitamente como regulador de los gustos y costumbres de los ciudadanos.

Son las encargadas de crear y perfilar el relato de la ciudad, la imagen oficial.

Como explican Pedro A. Hellín y Salvador Martínez en su artículo “Marca Turística y Movie Maps. Identidad, Cine y Publicidad como producto de consumo”, ejercen de fotografía para representar un espacio: aquello que esté dentro del marco definirá la realidad turística del lugar, será la carta de presentación del sitio, a pesar de que se trate de una visión reduccionista.

“Como turistas somos cazadores de símbolos, y cuando viajamos lo hacemos en busca de experiencias, aunque éstas – y el turista normalmente es consciente de ello – son simuladas especialmente para nuestro disfrute”, explican.

Las políticas culturales tienen una dimensión política y otra biopolítica. Este segundo concepto hace referencia a las medidas que buscan regular a las personas.

La construcción del gusto es, en este caso, una clara área de la biopolítica regulada por la política cultural.

Por lo tanto, éstas en su dimensión política habrán ayudado a construir y consolidar un Estado, y en su dimensión biopolítica habrá creado una filosofía del gusto, como explica Toby Miller.

La fotografía, el relato oficial de un lugar, está íntimamente entrelazada con las iniciativas privadas, que son las encargadas de darles vida y sostenerlas. Una simbiosis de la que gobierno y empresas se alimentan.

Historia, gastronomía, arquitectura, clima; en Barcelona hay un grandioso tejido empresarial que se nutre de estas marcas #Barcelona y a la vez las refuerza. Un nuevo ejemplo de ello lo encontramos en Airbnb.

La plataforma de alquiler de pisos entre particulares por excelencia permite ahora también que los usuarios, los llamados anfitriones, propongan experiencias entre las que hay una destacada protagonista: la música.

Con el eslogan de sentirte como un habitante más la empresa ahora quiere ofrecer la oportunidad de vivir experiencias a priori más reales y apartadas del circuito comercial de las agencias para descubrir las ciudades junto a la gente local.

Aún así, todas las propuestas están en sintonía con el relato oficial de la ciudad, una prueba del poder que tienen las instituciones y de como consiguen absorber incluso a los propios habitantes de la ciudad.

“Barcelona es una ciudad bohemia: música, arte, cultura… Hay centenares de sitios por descubrir y músicos emergentes en cada rincón. Nosotros los juntamos en un concierto íntimo para 20-30 persona. Cada concierto se realiza en un sitio distinto desde un ático hasta una floristería con distintos artistas locales. Descubre la ciudad con nuestros conciertos secretos.”

Así se anuncia en Airbnb una serie de conciertos secretos en Sant Gervasi para descubrir talento emergente.

La música es una forma muy atractiva y poderosa de descubrir el patrimonio cultural de un espacio concreto y probablemente por ello sea la primera categoría que se promociona en la página web.

Si bien en Barcelona encontramos Jazz en vivo y un concierto sinfónico en un local histórico, en Londres podemos encontrar el Grime Scout, una ruta por lugares icónicos del género, una visita al estudio de algún gran productor de Grime y una visita a los clubes underground de la ciudad.

Hacer vinyl hunting en Tokio, asistir a la grabación de un videoclip en Miami, ir al backstage de un concierto en Los Angeles o aprender a tocar el djembe en Ciudad del Cabo son algunas de estas experiencias que responden a los relatos de cada ciudad.

En Catalunya, por ejemplo, siempre se ha potenciado la cultura propia y el idioma pero jamás propuestas que puedan resultar realmente subversivas.

Un ejemplo de ello sería el sonido de las casi desconocidas vanguardias industriales en la Barcelona pre Olímpica, recopiladas ahora por Domestica Records“una mirada hacia un momento histórico, artístico y musical, un movimiento espontáneo, inconexo y rompedor, totalmente contra cultural y fuera de los circuitos comerciales más “accesibles”, que vivió Barcelona a finales de los años setenta y principios de los ochenta y que, a día de hoy, poca gente tiene constancia de que existió”.

Este discurso contra cultural no habría encajado con el incipiente relato de una ciudad Olímpica que se estaba construyendo a sí misma frente el mundo, larva de lo que es hoy Barcelona.

Así vemos como la política cultural es un medio para llegar a cierta causa. “El Estado surgió, como una tendencia centralizante cuya finalidad era normalizarse a sí mismo y normalizar a los otros”, señalan Miller y Yúdice.

Así, cuando un discurso outsider y fresco empieza a emerger y alcanza un determinado público, la maquinaria de la industria y las instituciones se pone en funcionamiento.

Así hablaba el poeta, activista y periodista musical Amiri Baraka en la introducción de su libro sobre Free Jazz y conciencia negra:

“La revolución específica que realizaban estos músicos se dirigía contra la prisión de la mediocridad americana de Tin Pan Alley. ¡Abajo la canción pop! ¡Abajo los cambios de acorde regulares! ¡Abajo la escala temperada! El énfasis microtonal, modal, afroasiático estaba en todas partes.

Ahora tocarían libremente. ¿Libremente? Por supuesto: había sido nuestra filosofía, nuestra ideología, nuestra estética, desde la esclavitud. Y en este momento de la historia lo gritábamos de nuevo: ¡Free jazz! ¡Freedom Suite! ¡Freedom Now!”

El Free Jazz nacía cuando la cultura americana blanca ya se había adueñado del sonido del Jazz negro y lo había integrado en su dócil sociedad burguesa.

“A pesar de la matriz cultural reaccionaria que ocultó gran parte de esta música durante los años de Reagan y Bush”, dice Amiri Baraka, la “Black Music identifica a los jóvenes guerreros de nuestro ejército de música libre.”

Los artefactos culturales asimilados por el tejido de una ciudad marca nos llevan a vivir en un folleto, a un lugar totalmente separado de la realidad. Es el primer paso de la homogeneidad y la estandarización cultural del capitalismo de ficción, como señala Lukács.

Así, en el corazón de la ciudad vemos como el “uso de la alta cultura (museos u otros centros culturales) para beneficio del desarrollo urbano (…) y lugares históricos convertidos en parques temáticos tipo Disneylandia”, colisiona con los espacios tomados por los jóvenes que promueven un relato propio y cargado de sentido.

Los lugares ocupados por las voces divergentes y distintas serán las que darán vida otra vez a la ciudad y llenarán de nuevo espacios que han sido vaciados de significado.