#Artículos

Tangerine Dream: El dorado electrónico

30.01.15
Frankie Pizá

Edgar Froese, socio fundador de Tangerine Dream y pionero del ambient y la electrónica cósmica, murió el pasado 20 de enero en Viena con 70 años de edad. Todo un colonizador de texturas electrónicas inéditas en su día y que, a diferencia de la mayoría de expediciones españolas que partieron hace siglos en busca de la gloria en el mítico El Dorado, Froese sí encontró más de un tesoro mediante la exploración de los sintetizadores analógicos de la época. Revivimos a continuación los aciertos y –también numerosos- errores de una banda irrepetible.

Las redes sociales, los grandes jueces cotidianos y plataforma para las opiniones sesgadas del ciudadano de a pie, se llenaron el pasado 20 de enero de condolencias, links a Youtube de “Love on a Real Train” y actualizaciones de estado maldiciendo al bueno de Froese. Unos, nostálgicos de las inconfundibles excursiones cósmicas de los años 70. Otros, detractores engañados a partir de la que la banda fichara por el entonces aventurero sello Virgin Records. Una eterna dicotomía que ha marcado la carrera de Tangerine Dream y que de rebote la hace más apasionante.

Un proyecto que tuvo sus inicios en Berlín y que vio pasar a los mejores de una generación -krautrock, kosmische- irrepetible: Klaus Schulze (batería de la primera formación), Conrad Schnitzler (a la flauta), Peter Baumann (sintetizadores, teclados y flauta) o Michael Hoenig (sintetizadores). Es decir, lo mejor de cada casa y futuros triunfadores de la incipiente escena alemana experimental. El punto de encuentro y de consiguiente ebullición de estos artistas estuvo en el Zodiak Free Arts Labs, un espacio fundado por Conrad Schnitzler y Hans-Joachim Roedelius donde las jam sessions de todo tipo, la creatividad y el despiporre corrían por partes iguales. 

Froese, estudiante de arte, guitarrista y culo inquieto, también acudía a los bacanales psicodélicos del Zodiak, y fue ahí donde se gestó la formación embrionaria: Froese a la guitarra y órgano, Schultze a las baquetas y Schnitzler al violonchelo. Ellos grabaron en 1968 el LP de debut de Tangerine Dream, Electronic Meditation’, muy kraut y con pestufo a rock progresivo por todos los lados. Tras el primer álbum, el proyecto tambalea y se disuelve. Schulze y Schnitzler se largan a empezar sus experimentos vanguardistas en solitario, por lo que nuestro hombre se ve obligado a recomponer el grupo con Steve Schroyder al órgano (más tarde sustituido por Peter Baumann) y Chris Franke como percusionista. O lo que es lo mismo: la formación dorada hasta finales de la década de los setenta.

De excursión cósmica

“Alpha Centauri” (1971), “Zeit” (1972) y “Atem” (1973) marcaron la época del giro electrónico y de la madurez. Tras el creciente interés de Froese por la manipulación de cintas y los sintetizadores (desconocidos, gigantes y muy caros por aquel entonces), el sonido característico de la banda fue tomando forma: largos pasajes psicodélicos (“Zeit”, por ejemplo, consta de dos LP de un total de setenta y seis minutos repartidos en cuatro temas, uno por lado) y repletos de subidas y bajadas a los infiernos o al mismísimo cosmos. Auténticas excursiones kosmische a golpe de sintetizador Moog modular o mellotron, combinado con otros instrumentos clásicos para perderse o dejarse llevar; muchas veces provenientes de nítidas improvisaciones en el estudio. Tangerime Dream miraba hacia el espacio, en lugar de abrazar los ritmos motorik del ala Düsseldorf, como Neu! o La Düsseldorf

Pese a todo, el pelotazo todavía no llegaba. Si para muchos “Zeit” es el techo de los alemanes, o bien “Atem” simboliza para otros ella génesis del sonido de la escuela berlinesa cósmica, lo cierto es que el éxito de Tangerine Dream todavía se reducía a un círculo relativamente reducido. La banda había encontrado su nicho y estilo (la música cósmica, tan presente durante esos días debido a la carrera espacial que marcaba las relaciones políticas de la época), pero faltaba un hit para entrar con todo en los charts británicos y estadounidenses. Tuvo que ser el bueno de Richard Branson, el empresario sin dos dedos de frente pero muy inteligente, el que efectuara el milagro. Al igual que con Mike Oldfield

‘The Virgin golden years’

Tras ser elegido “Atem” como mejor LP del año según el mítico John Peel, un jovencísimo Branson lo vio claro y fichó al trío germano mediante un contrato bien inflado de libras esterlinas. Es en la escudería Virgin donde grabarían, para los menos puristas de la kosmische, lo que serían sus obras maestras: “Phaedra” (1974), ‘Rubycon‘ (1975) y “Ricochet”, grabado en vivo también en el 75. Además, Froese tuvo tiempo para grabar en solitario el notable album “Aqua” en 1974.

Visto en perspectiva, se trata de una trilogía inigualable y a todas luces brillante, que supone la piedra Rosetta de la electrónica realizada con sintetizadores modulares. Las secuencias esculpidas en sus teclados crearon un sonido arpegiado y basado en el pulso que forma parte de la cultura popular de la música occidental. De hecho, los paisajes que pintaron a base de sintetizador todavía están muy presentes en la mayoría de chavales de hoy en día que se sientan delante de un cacharro. Además, la importancia que dieron a la improvisación, tanto en sus directos como en el estudio, hablan de un virtuosismo que quedó patente en los míticos conciertos de la catedral de Coventry o Reims de los años 70. En cualquier caso, los alemanes y Branson ya tenían su particular ‘Dark Side of the Moon’ con ‘Phaedra’. Aunque para muchos fans la cúspide llegó con el preciosista e insondable “Rubycon”. 

Original Soundtrack de un declive

Para la gran mayoría, ‘Stratosfear‘ (1976) marca el inicio del declive de Tangerine Dream. La autocomplacencia empezó a gestarse con los contratos millonarios, la introducción de guitarras y otros trucos de estudio antes impensables y, sobre todo, debido a la inclusión de melodías pop (finales de la década de los setenta) y arreglos de música de baile poco acertados (década de los ochenta, como en los discos ‘Exit‘ y ‘White Eagle‘).

La gran fertilidad a la hora de sacar nuevas referencias, tanto en albums en vivo (“Tournado“, “Valentine Wheels“, entre muchos otros) como de estudio, en ningún momento significó un aumento de calidad, sino todo lo contrario: empezaba a vislumbrarse la gran primera bajada de la Montaña Rusa. Tras pasar gran parte de los 80’s sin pena ni gloria, los 90’s no merecen ni ser mencionados. 

Pero ojo, el último as en la manga lo emplearon en un puñado de fabulosas bandas sonoras para otras tantas películas de Hollywood. ‘Sorcerer’ (1977), aquí titulada ‘Carga Maldita’, es un orgasmo de sintetizadores que complementan a la perfección la atmósfera de tensión que se vive durante toda la cinta. ‘Miracle Mile’ es otra de sus obras cumbres, mientras que otras dos joyas se instalaron en los altares del culto desmedido: hablamos de ‘Thief’ y ‘Risky Business’. La primera es la banda sonora que también encajaría a la perfección en ‘Drive’ (2011), todo un adelanto del sonido synthpop que estaba por venir y una oda al sinte Yamaha DX7. En cuanto a ‘Risky Business’, poco más se puede añadir que no se haya dicho ya: pieza de culto para siempre. 

Personalmente, prefiero quedarme con la primera etapa de explosión creativa y precursora del ambient y la música industrial, así como con el tema homónimo de ‘Phaedra’, mientras intento borrar de mi mente el declive post-“Ricochet”. Porque la música de Tangerine Dream jamás morirá, sino que simplemente cambiará de dirección cósmica para quedarse para siempre donde se formó: en el espacio exterior. 

Por Beto Vidal