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Shinichi Atobe: Alcanzar lo esencial sin perderse en los detalles

18.07.16
Frankie Pizá

Lo único que a simple vista diferencia a «Butterfly Effect» y «World» es la variedad de escenarios que presenta el título más reciente con respecto al álbum debut de Shinichi Atobe. Incluso ambas portadas siguen el diseño inspirado en los discos de librería o bandas sonoras editadas por los sellos italianos Rhombus o Nereide.

La introducción y «World 1» evocan al Larry Heard de finales de los 80 y principios de los 90; la línea de bajo a base del Yamaha DX7 y el planteamiento con acordes jazzísticos que recuerda a alguna composición del «Love’s Arrival»«World 2» parece haber sido facturado por Stewart S. Walker y «World 3» se asemeja a un loop de alguna de las más viejas ediciones de la Buddha Machine.

Mientras que en «Butterfly Effect» se observaba coherencia, en «World» se apuesta por lo contrario: tras una sola reproducción percibimos un planteamiento que ha situado simples loops entregados por Atobe y los ha vestido con forma de álbum. Apenas existe narración y en esta ocasión los rasgos se distancian unos de los otros.

Esencialmente no se sigue lógica en el diseño sonoro que conectaba con el único EP del japonés hasta 2014, aquel «Ship-Scope», algo que sí se adivinaba en «Butterfly Effect». Su álbum en 2014 desglosó todo un mundo sonoro que tras su aportación a Chain Reaction en 2001 había quedado oculto tras el silencio.

«Free Access Zone 5» sonaban a un templado Jovonn, «Free Access Zone 1» y «Waste Land 1» sonaban al «R.I.P» de Actress 10 años antes y a un Terrence Dixon poniendo sonido a alguna historia apocalíptica, mientras que el tema principal o «Free Access Zone 2» parecían perfilado por DJ Sprinkles.

«World» contiene una mayor disparidad entre los tracks que de entrada puede decepcionar, aunque es esta distancia y falta de narrativa la que revela el poder de sugestión de un músico del que se desconoce prácticamente todo. No tenemos referencias en cuanto a sus procedimientos, ni detalles contextuales. Ni siquiera ha tomado parte en la masterización, a cargo de un Matt Colton que ha tenido que ingeniárselas para comprender qué hay en su mente.

Nos tenemos que fiar de lo que nos cuentan Demdike Stare desde su sello: que el artista afincado en Saitama ha pasado las últimas 2 décadas generando parte del material que ellos han seleccionado para ambos títulos. Al margen de la fenomenología común que un artista elusivo y misterioso es capaz de provocar, Atobe es capaz de trasladar con sus sonidos a una dimensión muy particular.

En «World» encontramos composiciones que parecen inacabadas: loops de muy distinta índole preparados para comenzar a trabajar sobre ellos, aquellos que un productor suele una y otra vez escuchar hasta que finalmente le suenan convincentes. Parecen capturados justo en el momento en que iban a comenzar a degradarse con añadidos innecesarios.

Podríamos escuchar esos loops infinitamente, y a su vez sentimos que pueden consumirse o esfumarse de un momento a otro: imaginamos a un Atobe con el síndrome artístico non finito, desinteresándose de obras antes de haber alcanzado su idea inicial sobre el track o viéndose incapaz de continuar. Algo parecido a lo que le ocurría a Miguel Ángel: mientras Da Vinci retocaba obras indefinidamente, el joven aprendiz tenía una «incapacidad psicológica» para dar por concluida una pieza.

Escenarios como el de «World 5» sugieren más que representan: de repente te quedas atrapado en ese concepto tan simple y formal, donde los elementos sonoros parecen ganar un espacio insólito en manos de Atobe. Lo determinante del músico es que esos mismos recursos en manos de otra persona, sonarían insignificantes y vacíos. La clave está en que es indiferente qué sonidos esté utilizando, ya que sus secuencias consiguen una reacción física en el oyente.

Cualquier tira de adjetivos es insuficiente: Basinski, Basic Channel o GAS aparecen en nuestros recuerdos a medida que la repetición traspasa lo evidente. Atobe consigue mucho más con menos en «World», desafiando de alguna forma a una actualidad en la que todo aburre de inmediato y donde evitar la temporalidad está al alcance de muy pocos.

Atobe parece comunicarse con el mundo real a través de sus portavoces en Manchester y su material parece querer devolvernos a la idea de que la insinuación es capaz de expresar mucho más que cualquier evidencia.