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Shackleton diseña el purgatorio que nos merecemos

Shackleton se acerca cada vez más a la energía de Coil o grupos como Tasaday; en un nuevo título, Ernesto Tomasini escenifica mejor que nadie el mundo alternativo del productor, entre lo ceremonial y la ciencia ficción.

20.07.16
Frankie Pizá

Aunque en la nota de prensa aparece de forma secundaria, éste es el dato más relevante en la nueva aparición de Shackleton: «… and makes explicit the latter’s kinship to the occult energies of the UK’s post-industrial underground.»

Desde que fundó Woe To The Septic Heart, Sam Shackleton ha ido perfilando su propio idioma sonoro, retrocediendo, alejándose de la funcionalidad club, componiendo piezas más largas y cada vez más dejando entrever ese tipo de influencias. Su reciente revisión del grupo japonés Nisennenmondai habla por sí sola.

Casi podríamos imaginar que todas esas energías ocultas que una vez se transmitieron como un virus entre la escena industrial y post-Punk británica se hayan reunificado en una sola persona. O quizá las energías esotéricas que asolaron toda Europa en los 80: «Music For The Quiet Hour» suena como si los Tasaday de «Le Porte Dell’ Equilibrio» hubieran perpetrado su arte hasta hoy.

Como si una realidad alternativa se hubiera generado al componer Coil «The Mothership & The Fatherland» y una historia paralela a partir del álbum «Astral Disaster» hubiera comenzado. Como si él mismo viviera ahí, solo, atrapado en un estado purgatorial constante. En estado de condena perpetua.

De hecho, el productor vive al suroeste de Berlín, en Neukölln, y desde que trasladó su imaginario allí en 2008, su discurso ha ido refinándose a medida que ha ido ganando nuevas incorporaciones: en términos de colaboración y en cuanto a la extensión de sus presentaciones en directo, cabe destacar su proyecto acompañado de percusión real Powerplant, presentado en el pasado Berlin Atonal. Igualmente, los signos de contacto, promoción o las declaraciones públicas son nulas.

Su último título en formato álbum en 2012 hizo visible la realidad paralela en la que convive física y musicalmente: atrás quedaron los éxitos de Skull Disco y su etapa más influyente, Shackleton tan solo puede ser mejorado por él mismo y (en él) las líneas genéricas del Dubstep o el Techno se han difuminado para convertirse en algo único.

Su música vive ajena a cualquier alteración o tendencia exterior y tan solo escuchar la dinámica de los platillos o secuencias de charles comprendemos que estamos ante un alquimista en cuanto al «diseño sonoro» se trata.

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Todo lo que dibuja Shackleton es profundamente idiosincrásico; desde la afinación de los timbales, la incorporación de melodías de órgano solemne, las influencias orientales, ritualistas y africanas a sus planteamientos en forma de «movimientos» o la manera en la que usa muestras o voces reales. Entre lo ceremonial y la ciencia ficción.

Vengeance Tenfold es el vocalista que anteriormente ya colaboró con Shackleton en 2012, aunque su presencia se desdibujaba a través de la manipulación del propio productor. Si comparamos, la intervención de Ernesto Tomasini en «Devotional Songs» ofrece un dato revelador: es la primera vez en mucho tiempo que un elemento eclipsa la espaciosidad y tensión instrumental de Shackleton.

«La música más alucinatoria de Shackleton hasta el momento» comentan desde Honest Jon’s. Encontramos al inglés incorporando nuevos instrumentos (el vibráfono de Raphael Meinhart y el piano y los teclados de Takumi Motokawa) y dando forma a unos planteamientos más complejos, dejando espacio a las interpretaciones de Tomasini.

Todo junto retrata al Shackleton en su tonalidad más trágica y teatral, dejándose influir por el extravagante animal escénico que es el siciliano; en los 90 conocido por su rol de renovador del cabaret como The Electro-Castrato, comediante y actor de teatro experimental con más de 30 años encima de los escenarios, detrás de su voz de cuatro octavas se esconde algo a menudo siniestro.

«Devotional Songs» parece cerrar un círculo: Tomasini ya colaboró en el pasado con Peter Christopherson (Coil, Psychic TV, Throbbing Gristle) y su contribución aquí amplifica las propiedades de la reciente música de Shackleton. El italiano, residente en UK desde hace años, debe haber identificado al productor como único portador de esa «energía».

Se describen rituales, desolación y la intención es llegar a lo más profundo y podrido de la mente humana. Y por tanto de nuestra naturaleza como sociedad (los dibujos de Zeke Clough vuelven a ayudar visualmente para la progresiva sugestión): Shackleton crea una expiación tan minimalista que ninguna otra que podamos imaginar combina tanto con nuestros tiempos ultra-tecnológicos.

Suenan campanas, cencerros y otras percusiones de extraña procedencia mientras imaginamos la pintura agrietada que cubre el rostro de Tomasini. No hace falta esforzarse mucho para tener la ilusión de estar participando en algún culto desconocido; «Devotional Songs» es una de las recientes cotas creativas del autor, un entorno sonoro que consigue hechizar y anular nuestra propia voluntad.