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Proteger nuestra (bio)diversidad musical

Los supermercados y grandes superficies son los últimos en apuntarse a la tendencia de vender vinilo y tocadiscos; como ya han hecho con el pequeño comercio y los alimentos locales, amenazan la diversidad y posibilidades de cualquier propuesta independiente.

05.11.16
Frankie Pizá

Puede que el término «biodiversidad» parezca alejado del recurrente debate que estamos viviendo año tras año sobre el renacimiento de un formato como el vinilo. Uno vinilo cualquiera está hecho de plástico, y las plantas de prensado donde se hacen tienen un impacto en el medio ambiente debido a las altas temperaturas y energía que manejan, pero en ningún momento nos referimos a esta relación.

Al fin y al cabo el vinilo es un «soporte» más dentro de una realidad musical que va cambiando con el paso del tiempo: un vehículo donde la información se traslada y se almacena, un formato que se utiliza para expandir una obra creativa mediante una comercialización. A nivel esencial no es más importante que el mp3, aunque su representación simbólica diga todo lo contrario.

Ocurre que es el formato preferido de la música independiente (con permiso de Bandcamp) y casi toda la música que suelen consumir los usuarios que consumen música más allá de los charts se comercializa en vinilo; el CD ha prácticamente desaparecido y el casete es una anécdota si lo comparamos con el grueso de mercado que sigue conservando el disco tradicional en LP o maxi-single.

El vinilo por sí solo es un actor principal para la conservación de la biodiversidad musical. Tal y como el término indica en su definición técnica, la biodiversidad «refleja la cantidad, la variedad y la variabilidad de los organismos vivos. Se trata de la diversidad dentro de las especies, entre especies y entre ecosistemas».

Consumir vinilo es un acto político: trata de conservar una historia y una liturgia, apreciar el valor de un sonido analógico y una información que queda grabada eternamente, pero también favorecer el comercio local e independiente, como el que compra pan en una panadería de barrio o sigue encargando los tomates a un pequeño establecimiento.

Con la proliferación de las descargas y del mp3 como sistema de compresión y sinónimo de portabilidad musical, el vinilo ha ganado en adeptos que lo observan como parte de su guía o rutina de estilo: comprar un vinilo, a un coste mayor, es demostrar una «conciencia» mayor por la música y por el artista al que estamos «apoyando».

Con la entrada de grandes superficies como FNAC o centros del cultivo «cool» contemporáneo como Urban Outfitters, el vinilo se ha transformado en un icono más dentro de las necesidades del sujeto moderno. Comprar libros de arte de alcance mayoritario, una agenda tipo diario con papel de calidad y cubierta de cuero, o una pareja de sillas imitación de las diseñadas por Charles & Ray Eames son también pruebas de la incapacidad de nuestro sistema de consumo para mantener la biodiversidad.

La desaparición del pequeño comercio y la artesanía, quienes ya no tienen sitio en un espacio controlado por grandes superficies que solo piensan en ventas globales ha provocado una conducta que tiende a multiplicarse.

El vinilo y la música independiente van de la mano históricamente, y sentencias como «Urban Outfitters es junto a Amazon el mayor distribuidor de vinilos del mundo» o «Tesco va a comenzar a vender vinilos entre sus productos» debería asustarnos de verdad. Porque amenazan directamente a la pequeña tienda musical que vive de una audiencia (minoritaria) que aún se preocupa de cultivar su gusto musical y acercarse lejos de una gran superficie para dedicarle un momento.

El vinilo y su culto también van de la mano, por eso existe virtualmente la sensación de que cualquier consumidor del formato quiere convertirse en coleccionista o al menos intentarlo por un rato.

Las grandes superficies utilizan ese gancho para vender un hábito y subir las ventas de vinilo, contando con una lista de títulos que se construye a partir de grandes éxitos, nunca a base de una referencia de un sello local. Lo que más venden las tiendas especializadas, lo que les salva la mensualidad, está en las estanterías de Urban Outfitters y pronto estarán en las de Lidl o Aldi.

Los supermercados corrientes y su agresiva competitividad ha generado una economía que solo beneficia a la empresa en cuestión: los alimentos de carácter local apenas tienen presencia en los estantes de Mercadona o Carrefour, centros comerciales que ordenan su línea de productos según sus intereses comerciales. En esta conducta hay un daño real indirecto, tanto a nivel cultural, medioambiental y en cuanto a nuestra salud.

Esta realidad se parece mucho a la del consumo musical, al margen de cómo escuchamos: con los sistemas de transmisión digital a la carta extendiéndose, queda menos espacio para la compra en formato digital, y paradójicamente puede que el vinilo sea la última opción para tener un disco y tocarlo «físicamente».

Fomentar la diversidad, que lo local tenga sitio y no caminar a un supermercado a comprar nuestro disco favorito contribuirá de alguna forma a que la tienda de discos de nuestro barrio no desaparezca. Porque Lidl o Aldi venderán vinilo en grandes cantidades y según marquen las listas de ventas o el clamor mayoritario, pero nunca reservarán un espacio para que el cliente pueda explorar un stock completo y así nutrir su propio conocimiento musical.

Al igual que los supermercados han dañado al productor de alimentos tradicional, con esta nueva tendencia pueden hacer lo mismo con la industria musical en general: acotando la oferta, no dejando espacio para que propuestas y nichos concretos tengan sus propios lugares para seguir evolucionando.

Con la transformación de la industria musical a todos los niveles (autoría, contenido, distribución, consumo, etc) estamos asistiendo a una insólita perturbación generada por los vicios consustanciales del sistema capitalista y el materialismo: encontrar un producto que se decía desfasado como el vinilo en sitios totalmente inusuales.

Mientras esto ocurre, nuevas tiendas de discos no paran de abrirse y cerrarse en todo el mundo; algunas de las que cierran lo hacen alegando que «quizá es más rentable que nos centremos en comerciar por Discogs», ya que gran parte de nuestro stock es de segunda mano (si podemos seguir utilizando este concepto).

El de primera mano (reediciones y nuevos planchados mayoritariamente) parece en cualquier caso estar destinado a ser dominado por grandes superficies y el comercio electrónico como el que proponen multinacionales como Amazon. Cuando un álbum de los más consumidos pueda comprarse a un click y recibirse en la puerta de casa en tan solo 2 horas, ¿quién seguirá perdiendo el tiempo acercándose a un establecimiento obligado a poner precios mucho menos competitivos?

Si nuestra capacidad y criterio musical está en un proceso de «comodificación» o «reducción de su valor» por culpa de los servicios musicales y la predicción de nuestros gustos, en el mundo real no se puede ser más optimista.

Puede que ver aparecer un tocadiscos de correa a un precio menor de 50 libras en Lidl (un modelo de la marca de bajo coste ION) y otro a 30 libras en su principal competidor (Aldi) sea tan solo un intento por rascar algo de cuota en un sector dominado por el «portablism» de marcas con estilo retro como Crosley. Pero la realidad es que Aldi ya vende vinilos en sus supermercados y Lidl no tardará en hacerlo (siguiendo a Tesco, Wholefoods, etc).

Estas ofertas salvajes solo pueden ser efectuadas por empresas de este tipo. Una detrás de otra y con su natural interacción están tirando por tierra un requisito básico que también va a desaparecer por el camino: el cuidado de nuestra música y una reproducción óptima usando tocadiscos de calidad y no juguetes a un precio que se acerca al de cualquier triple LP de Theo Parrish.

En este momento es necesario preguntarse si realmente queremos pagar en caja junto al té chai y la albahaca envasada nuestro vinilo favorito de Pink Floyd; otros, los que tengan un sello discográfico pequeño o quieran fundarlo, deben preguntarse si basar su rentabilidad en un formato (caro, con el coste medioambiental y logístico que implica depender de plantas de prensado muy limitadas) como el vinilo es una cuestión ética, elitista, puramente lúdica o económica.

Recientemente estamos viendo a tiendas de discos hacer también cosas inusuales para aumentar las visitas y la afluencia en sus establecimientos: Rough Trade está disponible en AirBnb y Amoeba se ha apuntado a la tendencia de incluir también la venta de marihuana medicinal.

Hace una semana contactamos con Lidl para comentar sus planes en esta dirección, aunque no ha habido respuesta por parte de la empresa.