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Never Forget: Detroit

"I’d say that Europeans have more nostalgia for Detroit dance music than people in Detroit do." (Kyle Hall).

12.01.16
Frankie Pizá

Foto de Aaron ‘Fit’ Siegel obra de Corine Vermeulen.

El primer gran disco electrónico del año es «From Joy», el segundo largo de Kyle Hall. Aprovechando la llegada de su título más introspectivo, analizamos el contexto que rodea al joven valor de Detroit, uno de los pocos que ha conseguido alzarse con voz suficiente como para liderar a una nueva generación.

Detroit es una ciudad de imagen demacrada y en bancarrota económica desde prácticamente 3 décadas, con un legado musical que tan solo algunas figuras comprometidas se esfuerzan en mantener y que genera mucho más respeto e influencia lejos de sus edificios abandonados. Una paradoja en sí misma: su decadente actualidad creativa es similar al escenario que retratan los fotógrafos y se asemeja a un sinónimo de lo que ya ocurrió con la industria del motor. 

Allí, donde nuestro campo visual no llega, donde todavía las comunicaciones no nos han podido trasladar, la lucha continúa:

«I get tired sometimes, but a lot of inspiration comes from the people, and the environment. I’m just blessed, man, the people come from all over the world. I learned this: you don’t have to travel nowhere to get no love, it’s already there at your home. People will travel many, many miles to give you some love, and all the people who take the journey to our store, I really take my hat off to them, because they’re quite adventurous, they beat back a lot of stereotypes, and they come right on into the centre of Detroit.»

«They ring the doorbell any time of night, crazy motherfuckers, and next thing you know, we’re down in the basement listening to techno for three or four hours, man. That’s the best shit. Can’t beat that. Believe me, all the money I’ve made playing live or selling records, it went to paying bills for what’s in that building. When the people come to the building, they’re standing in their own records they bought, and it’s the weird thing, they know it.»

«They’re like, ‘damn, I helped build this place, didn’t I?’ and I’m like, ‘yeah you did’. What can I tell them? Every dime we make goes into records and into that building and try to keep it going. Believe me, man, it’s a fucking struggle. We don’t get any help. People try to get us grants. I got a museum in there. I made a little bullshit museum, you know, I got Juan’s sequencers, Kevin Saunderson’s keyboards, I got guys that donated shit to the museum, and people come to see this museum, and we don’t get grants, we don’t get no love. I know I better pay those bills, or they gonna take it.»

Porque la música electrónica hecha en Detroit no se puede ni podrá desligar jamás de la palabra «inspiración»; abrir mentes a través del sonido y luchar contra el día a día y la realidad de forma honesta y digna. El discurso de «Mad» Mike Banks en 2007 ya llevaba consigo una carga de pureza y humildad difícil de obviar. Es un guerrillero, su misión es repartir amor, arte, y si en el futuro las peores fantasías se cumplen y Detroit es un desierto, ahí le observaremos con su pasamontañas, botas y tupido negro. Firme y resistiendo.

El co-fundador de Underground Resistance y más íntegro militante del colectivo, una familia que crece y evoluciona desde hace más de dos décadas bajo uno de sus claims más populares,«the only scape is the underground», es desde hace años entrenador de béisbol en un instituto de la ciudad, rechaza cualquier oferta de gira o concierto como DJ y prosigue con entusiasmo la tarea intrínseca que su figura lleva consigo, que no es otra que la «influencia». Mantener las obras que su trayectoria y la de otros contemporáneos ha conseguido construir, afectar positivamente en la vida de los jóvenes y de las personas.

Mike Banks ha afirmado en ocasiones que muchas cosas de las que pasan en Detroit musical y artísticamente se quedan en casa, ya que la actitud de los implicados es a menudo reservada, de nulas pretensiones externas. En cualquier caso, la realidad que percibimos y que nos trasladan los libros que fotografían una ciudad semi-abandonada y un clima arrasado por el feroz capitalismo del siglo pasado es la de pocos recursos, poco público, dramatismo y amargura. Tan solo una publicación en los últimos 5 o 10 años ha planteado una gran ilustración a base de imágenes que grita «en Detroit también hay vida y hay esperanza».

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Lo que nos llega desde la ciudad del motor es un desierto urbano en el que todavía prevalecen fuertes y sanas las semillas y los frutos de todas las generaciones musicales que han convivido en ese escenario, etapas que a menudo han compartido algunas características contextuales o similitudes; la imagen de la ciudad poco ha cambiado desde comienzos de la década de los 80, y la situación económica y social tan solo ha degenerado, al igual que lo han hecho la cultura y la educación.

Cuando May, Atkins o Saunderson eran niños, Detroit ya estaba en bancarrota, ya era una ciudad insolvente, arruinada por sus expectativas, aunque no recibía la atención romántica y algo morbosa de los medios de comunicación de masas, que se ven atraídos por esa «maravilla que se derrumba», según el mismo Derrick May afirmó en 2013.

En la misma entrevista para The Wire con Mark Fisher, y después de comentar que desde su rol de entrenador deportivo Banks intenta que algunos jóvenes talentos no se alisten en el ejército perdiendo un posible futuro de éxitos, compara la realidad musical de la ciudad con la acontecida con la industria del motor décadas atrás:

Wire: «What are the conditions like in Detroit at the moment, economically and musically?»

Mike: «I think there’s a real similarity between the music and the economics of it. At one time Detroit was the only place in the world where cars were made in that kind of abundance, like Detroit was the only place that made Techno back in the mid 80s all the way through the 90s but, like with the auto industry, we face more competition now. Obviously it’s a more global game and it’s the same with the Detroit auto makers. First there were three car companies and now they face really stiff competition from great auto makers from all over the world, just like we face competition from great electronic music producers all over the world. So what used to be your territory only, now is shared by many.»

La realidad musical y creativa del Detroit electrónico comenzó cuando un ex-veterano de Vietnam trasladó su formato de radio ecléctico y arriesgado a las ondas de una ciudad que comenzaba a cerrar fábrica de automóviles, una selección musical visionaria que afectó y tocó las teclas convenientes en las mentes de Juan Atkins o Derrick May.

Una fórmula que introdujo a Kraftwerk, Prince o a George Clinton en las vidas de una comunidad fértil y con ganas de expresar con sus creaciones lo que estaba ocurriendo en Detroit: una depresión económica, con el dramatismo urbanístico y social que eso suponía y supondría en el futuro.

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El nutrido ecosistema radiofónico y la oferta de la ciudad antaño, en la época en que el Techno hecho en Detroit comenzaba a definirse como género y movimiento ya no existe hoy en día; estaciones y emisoras tan solo sirven éxitos internacionales y se ha perdido el enfoque transgresor de Electrifying Mojo; o peor, no hay vías de transmisión firmes para que los que hoy crecen conozcan el pasado esplendoroso de la zona donde se acuñó el término «Techno». Submerge, la legendaria tienda y distribuidora de Banks, sobrevive a duras penas. Las ayudas son inexistentes y, por ejemplo, Jeff Mills comentó hace más o menos un año que apenas existe gente interesada en su música en Detroit.

Al Techno que lleva impresa esa marca de agua tan distintiva le caracterizó desde sus inicios un dramatismo analógico nunca antes visto en material orientado a la pista de baile: bebiendo de igual manera del P-Funk de Bernie Worrell y George Clinton como de formaciones como Telex o los mencionados Kraftwerk, en las programaciones de Rhythm Is Rhythm o Model 500 se percibe un misticismo y acento vinculado a tramas futuristas y de ciencia ficción, aquellas que vaticinaban un porvenir distópico y decadente (Alvin Toffler, Isaac Asimov, etc), en el que las máquinas obsoletas creadas por la mano del hombre y abandonadas, pudieran acabar utilizándose para expresar la tristeza ante un presente opresivo y desesperanzador.

En su primer estadio, el Techno es una consecuencia creativa a partir de factores sociales y creativos; una expresión musical única que cristalizó a partir de diferentes influencias y que se convirtió en la mejor representación del desolador presente e idea del futuro que tenían en su cabeza aquellos tres jóvenes de Detroit. Con perspectiva, expectativas, conciencia crítica, mitología y una inclinación afrofuturista que fue diluyéndose con el paso del tiempo, el Techno alcanzó la trascendencia suficiente como para considerarse como uno de los valores más importantes nacidos en una ciudad que muchas décadas antes ya era una de las mecas musicales de Estados Unidos.

Desde aquí, desde Europa, con todos nuestros canales de comunicación y sobreinformación, parece extraño que hoy en día un chaval de 15 años nacido en Detroit desconozca que hace 20 años el futuro de la música electrónica se dibujaba en esas calles. Era el mismo Mike Banks el que visitaba institutos locales y regalaba discos a los estudiantes, jóvenes que hoy han podido convertirse en Manuel Gonzales o Kyle Hall. O han podido alistarse en los marines o sucumbido por el ambiente violento de las calles, quién sabe.

Kyle Hall en concreto, ya criticó con su álbum debut «Boat Party» la apropiación de la tradición electrónica de raíces afroamericanas por la maquinaria y cultura de club europea, contrastando la realidad de la ciudad con la imagen que un clubber alemán o italiano puede tener de Detroit, insinuando que aquello que los artistas locales crearon ha sido desvirtuado y adulterado, desprovisto de su esencia real y arrebatado al fin y al cabo por la industria musical de masas.

«The last record was about the appropriation of black music from a disenfranchised city juxtaposed with luxury European club culture and boat parties.»

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Tan solo un 20% del Techno o música electrónica que consumimos, seleccionamos o disfrutamos actualmente llega desde Detroit o está hecha por alguien que viva o haya nacido en la ciudad, un porcentaje que ha ido disminuyendo al mismo tiempo que la influencia del sonido se extendía por todo el mundo.

Al igual que lo que relataba Banks con brillantez, ha pasado exactamente igual que lo que pasó con la industria del automóvil: ese valor y virtud de la ciudad y sus personas ha sido abaratado y clonado en masa por empresas y entidades mejor situadas y más competitivas. Quedan cada vez menos reconociendo la importancia de la ciudad en el desarrollo de la música electrónica a nivel global y aún menos que conozcan los orígenes reales. El Techno ya no es una denominación de origen, es un patrón universal, de todos.

Esa poca realidad musical que nos llega ha sido probablemente prensada en la legendaria Archer Record Pressing, la única planta en pie hasta el pasado diciembre en Detroit, fundada en 1965 y que desde finales del 2015 tiene la ayuda de la gigantesca iniciativa de Jack White y Third Man Records, artífices de la nueva y avanzada Third Man Pressing, situada en el 441 de West Canfield. Y seguramente distribuida hasta Europa por Aaron ‘Fit’ Siegel, un joven encargado de la mayor distribuidora de música electrónica operando en Detroit en la actualidad: Fit Distribution.

«Mayor» no por envergadura, sino por importancia; el joven nativo, que comenzó totalmente en solitario y conviviendo en el cuartel general de UR, Submerge, en un espacio cedido por el propio Mike Banks, ha construido una plataforma fiable y en la que la comunicación con el mercado europeo y viceversa es mucho más fluido que en los últimos años.

En una reciente entrevista con Resident Advisor, comentaba sobre sus inicios, la idea del público o compradores extranjeros de que «había una gran organización detrás de Fit Distribution» cuando tan solo estaban él, su teléfono y un ordenador, los consejos de Serge (Clone) o la responsabilidad que conlleva haberse convertido o más bien sustituido en el papel a Submerge, la única vía en el pasado para que el material electrónico hecho en Detroit cruzara el charco y se dejara ver en el extranjero.

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En un momento del artículo, Siegel recuerda la tarde que conoció a Banks y visitó Exhibit: 3000 (o Detroit Techno Museum, situado en el 3000 E. Grand Blvd, justo un poco después del Motown Museum, como si de una correlación histórica se tratara), el museo para la «conservación» y «protección» de la auténtica identidad del Techno hecho en Detroit, que también se alberga en el edificio Submerge (donde también persiste Siegel y se encuentran los estudios de UR); Siegel destaca una fotografía expuesta de un joven Jeff Mills actuando como DJ en Alemania y con un mensaje inequívoco y totalmente ilustrativo escrito en un borde de la misma:

«It showed a young Jeff Mills playing for a crowd of baby-faced white males, all of them craning their necks to see what his hands were doing. «Munich, 1991» read a message hand-written in magic marker. «Jeff Mills schooling mugs in Germany.»

Mike Banks y todo su aparato alrededor, así como Exhibit: 3000 quieren «dejar claro de dónde viene realmente la música Techno»:

«Exhibit: 3000 is our first floor museum dedicated to preserving the history of Detroit electronic music. The aesthetic will continue to focus on the abstract and urban experience that is Detroit electronic music – sometimes brutal, but always soulful and fueled by funk.»

Fit Siegel es uno de los jóvenes valores de la ciudad, encargado de distribuir desde Planet E a FXHE o Wild Oats, y también uno de los productores con la misión de conservar y recontextualizar la tradición sonora de la ciudad con sus creaciones. Un sonido que busca y siempre ha buscado la «atemporalidad», ya fuera bajo un formato House, R&B o Techno: el alma y la raza son los dos grandes rasgos distintivos de la historia musical de la ciudad, hoy, en el pasado y en el futuro.

Todo lo contrario a lo que ocurre en Transmat Records, junto a Metroplex y UR el sello electrónico más icónico y determinante venido de la ciudad, fundado y aún hoy dirigido con un ánimo confuso por Derrick May; antaño creador e innovador crucial, May lleva casi dos décadas sumido en la casi total inactividad editorial, viajando por todo el mundo realizando sets de DJ que distan mucho de lo que tan respetada autoridad puede llegar a ofrecer.

Recientemente se ha anunciado la celebración del 30 aniversario de la marca (establecida en 1986), con un Derrick May destapando intenciones de «reactivar» el sello y comenzar el 2016 con cuatro nuevas referencias en forma de EP. Nada más revelador que conocer la procedencia y autorías de los cuatro títulos: el dúo israelí Deep’a & Biri, el veterano japonés Hiroshi Watanabe, el ya en la nómina del sello Karim Sahraoui o el proyecto Azimute, formado por Cesare Marchese y Philippe Quenum. Nadie de los implicados y seleccionados por Transmat es de Detroit o produce música en Detroit.

Transmat celebrará su 30 aniversario con nuevas referencias. El sello fundado por Derrick May en el Detroit de 1986 se "reactiva" con cuatro nuevos maxis.

Derrick May ha evidenciado desde hace años su actitud pesimista y en cierta manera actuando como un «renegado», más que un «rebelde»: jamás selecciona sus propios discos en sus sets, cada vez tenemos menos esperanzas de que regrese aquel «innovador» y el catálogo de Transmat ha ido convirtiéndose poco a poco en una decepción tan solo suavizada por sus hitos iniciales. Y por si fuera poco: no hay síntomas de una posible retrospectiva o recopilación, ni siquiera de la reedición de antiguos títulos por parte de alguna otra compañía (Clone se encargó hace unos años de reinsertar algunos clásicos de May en el mercado europeo).

Quedan foráneos que han asentado sus operaciones e influencia en la ciudad, como Theo Parrish o Rick Wilhite, un Terrence Dixon más fuera que dentro, Carl Craig, Moodymann, Marcellus Pittman, Anthony «Shake» Shakir, Walt J, Omar-S, Andrés y jóvenes valores como Jay Daniel, MGUN o John F.M. Pero poco nos conecta de forma más real con el Detroit musical de hoy que el segundo álbum de Kyle Hall, «From Joy»: un disco más personal y que se sintetiza por el propio autor como una introspección terapéutica en sí mismo, una vuelta nostálgica a los momentos más felices de su vida, aquellos que le trasladan al pequeño estudio en casa de su padre (Joy Road) y al momento en que se produjeron los tracks, 2010.

«This record is more about freedom of self and freeing oneself from narratives that may be active on a psychological level. It has more to do with dealing and overcoming internal dualities. From Joy is more personal and spiritual than a social commentary.»

Cuando le preguntan en The FADER sobre la nostalgia, y en concreto sobre la situación musical y artística en el Detroit de los últimos años, Hall puntualiza con acierto:

«This record is more personal in terms of nostalgia—not necessarily for the city. I imagine when techno was a new genre, there was so much energy around it, and it got big in Europe, but died in Detroit a bit. So many industries, including the music industry, moved away from Detroit. Interest in dance music is coming back right now, but the music here feels fresh to the people. The music scenes between here and Europe are like night and day. I’d say that Europeans have more nostalgia for Detroit dance music than people in Detroit do.»

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«I’d say that Europeans have more nostalgia for Detroit dance music than people in Detroit do.» Todo este artículo resumido en tan solo una frase.

Hall viene de una familia con extensas y ricas raíces musicales (Sir Roland Hanna, su tío abuelo fue un pianista de Jazz de los más respetados de su tiempo, su tía Naima Shambouger y su madre Penny Wells son vocalistas y su otra tía Tia Imani Hanna es violinista) y ha estado en contacto con el legado musical de la ciudad desde muy joven; su primer release se remonta a 2007 y le sitúa en el catálogo de FXHE, su discurso se ha pulido a base de una sensibilidad que apunta al Jazz, al Soul y a los métodos e influencia de Theo Parrish y Omar-S a niveles de producción.

Su material destaca por el contraste entre crudeza y elegancia, entre profundidad abstracta y belleza estética; una comparación usual y a medida es la que le señala cercano a Floating Points en factura y tonalidades melódicas. «From Joy», editado de nuevo en su propio sello Wild Oats es distinto a lo que ha venido produciendo en los últimos años, por su antigüedad, aunque conserva intacto el carisma de Hall (su forma de combinar hardware y maquinaria vintage con nuevas técnicas de producción) y es reconocible el carácter musical de Detroit en cada una de las piezas que conforman el disco, un título a medio camino entre el club y la experiencia para disfrutar en casa.

Es sustancia imperecedera, como se suele perseguir en Detroit, algo «atemporal», y como señaló hace unos meses Levon Vincent, una forma de Techno cada vez menos común. El productor neoyorquino, incisivo y crítico (con mayor o menor éxito en sus impresiones a través de redes sociales) comentó esto sobre el género en su página de Facebook:

«Techno has never reminded me so much of heavy metal as todays’ era. Where has the hint of Jazz influence gone? Afro-Cuban rhythms? Still, interesting stuff these days, but can a guy get a 7th chord once and again? Why has the scene shut down all the cultural collage, the melting pot, in favor of just, angst/ angry music? Im bored.»

Al fin y al cabo tan solo es una apreciación, venida de alguien que como nosotros, no tiene la suficiente perspectiva como para evaluar globalmente una cuestión que implica a tantos factores. Lo que es seguro y lo único cierto es que, a pesar de su imagen empobrecida y deprimente realidad, Detroit seguirá en pie gracias al trabajo y lucha de algunos individuales, comprometidos con el legado artístico y musical de su ciudad hasta el día de su muerte.