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«Un matrimonio de lo más conveniente»

Repasamos la relación entre música y novela negra en motivo de las jornadas BCNegra.

14.02.17
Aleix Mateu

La primera semana de febrero se celebraba en Barcelona el festival BCNegra, unas jornadas dedicadas exclusivamente a la novela negra y a todo su ecosistema que, de nuevo, ponían de manifiesto la pasión que muchas personas sienten por el género y, además, el enorme potencial que tiene esta corriente literaria para atrapar a la gente en sus redes de misterio y sus atmósferas oscuras.

La ambientación que el género consigue crear, apoyado en el juego claroscuro entre aquello que vemos y no vemos, y en los acontecimientos que se desarrollan en las sombras de la gran ciudad, encontró desde los inicios a una potente aliada: la música.

La novela negra tiene en la música, una de las artes más inmersivas y elocuentes para comprender un contexto determinado, una pareja perfecta bajo la que resguardarse a la hora de narrar una realidad determinada, a la vez que la ayuda a teñir las páginas de aquellos tonos más necesarios.

«Al fin y al cabo, los libros tienen su música y las músicas tiene su historia. Un matrimonio de lo más conveniente.»

Hablamos con el escritor y también responsable de Librújula Antonio Iturbe, comisario de las jornadas BCNegra junto a Paco Camarasa , dueño de la mítica (y ya cerrada) tienda especializada Negra y Criminal.

Nos explica que la novela negra, al contrario de lo que se pueda pensar y reforzando esa idea principal de ambientación, «es un género en el que no tiene por qué haber forzosamente un delito y una investigación, que sería la base de la novela policiaca». El género negro «engloba también esa novela que se penetra en la trastienda de la sociedad, que levanta las alfombras del sistema y se adentra en nuestras propias sombras morales».

Prosigue:

«Frente a otros tipos de géneros literarios que tienen estrategias narrativas diferentes, la novela negra, cuando es de calidad, se aúpa sobre la construcción de atmósferas. Creo que ese es el elemento crucial de la música, el de sumergirnos en un cierto estado hipnótico.

El arte es un termómetro de su época, porque al fin y al cabo es su licor destilado. Por eso en distintas épocas vemos un cierto tipo de novela negra y un cierto tipo de música.»

Esa ayuda que la música ofrece para leer cada contexto hace que las novelas se relacionen mucho con la música popular de cada momento. El Jazz en las viejas novelas americanas, la música folclórica española con Pepe Carvalho o, más adelante, el Rock.

En este sentido, para Iturbe la idea cobra todo el sentido porque, tal como explica: «ver las músicas a lo largo del siglo XX es como leer un libro de historia, pero más sensual. El arte evoluciona junto, porque se retroalimenta. En las novelas clásicas de Dashiell Hammett o Raymond Chandler de detective duro por fuera y tierno por dentro el Jazz da exactamente ese punto de atrevimiento y melancolía».

Lo mismo ocurre en Barcelona: «Vázquez Montalbán a través de su detective Carvalho reivindica la Copla en un momento –tras la muerte de Franco- en que en España había un cierto empacho de intelectualismo algo impostado. Pero es que Carvalho es un detective de pisar calle, de tener un confidente limpiabotas, pegado a la cultura popular, como lo es la Copla.

Y cuando ya España se va normalizando, el Rock y la novela negra más desinhibida muestran cómo los corsés han caído y la alegría empapa una sociedad adormecida durante 40 años».

Antonio Iturbe nos lo ilustra con tres ejemplos muy claros: leer El halcón maltés acompañados de Ben Webster o acometer Tatuaje con un popurrí de Concha Piquer. Pero también reunir cualquier libro de Carlos Zanón, «el presente del género negro español», puntualiza, con el rock desgarrado de Johnny Thunders.

Éste último, como señala el especialista, es el exponente de la novela negra española actual y precisamente ha articulado todo su discurso sobre la música. Si nos preguntamos ¿como sonaría la Barcelona negra de la época? el escritor sería quién más de ha centrado en responderlo y, especialmente en la última novela que publicó, Yo fui Johnny Thunders.

Lo hace a través de su protagonista indiscutible: la ciudad de Barcelona y ese peculiar reencuentro con la memoria de los barrios de Horta-Guinardó de finales de los 70 y principios de los ochenta. Explica él mismo cuando habla de su vida que “yo me crié en el Guinardó. Soy de una familia normal, diría de gente trabajadora. Soy como aquel personaje de la película La ley de la calle, el chico de gafas que va tomando nota de todo, de lo que hacen los héroes de la banda. Sí, yo era ese”.

Y cuando lo transforma en ficción literaria, sus mismas palabras podrían sonar así:

«Su vida de chaval y de joven hasta que puso tierra de por medio se desarrolló en los barrios de Horta-Guinardó. Dos barrios unidos por un guión de decisión municipal pero que poco tenían que ver entre ellos. Horta tenía una inquebrantable alma de pueblo mientras que el Guinardó la tenía de ciudad dormitorio: peluquerías, talleres y puticlubs. En Horta estuvieron sus abuelos, sus tías maternas y sus primeros juegos por las calles del Vent, Martí i Alsina y Tajo. En el Guinardó, su casa, sus primeras novias, sus camaradas de la adolescencia. Allí conoció a Juanjo, un rocker catalán agitanado, alto y fondón. Su padre trabajaba en Jorba Preciados y en su comedor tenían un alta fidelidad».

Mientras reescribe su pasado tal como lo ve reflejado en la actualidad, nos descubre a la vez la banda sonora de ese momento y espacio completo, el Rock’n’Roll, el Glam y las bandas «de aquella inolvidable sala Magic», sin miedo al name dropping excesivo para mostrar su pasión a los grupos de la época, como «Gene Vincent y New Order. Los Damned, los Only Ones, Buzzcocks y los Undertones. Singles de Derribos Arias, el «Cadillac solitario», los Parálisis, Decibelios, techno ochentero, Yazoo y los Human League, los Stones del Some girls«, y un largo etcétera más.

En las calles del barrio Carlos Zanón nos habla de un personaje “bien parecido, delgado, ojos vivos remarcados por lápiz azul, dos aros de oro en una de las orejas, zapatos de piel, pantalón negro y camisa roja”, un yonqui, un guitarrista de Rock que, un par de décadas después de aquellos 80, «se desliza, o más bien se deja caer, por un tobogán hasta ninguna parte, llevándose por delante todo lo que le rodea».

Y este declive personal del protagonista lo relaciona también estrechamente a la música y a la decadencia en el estilo de vida romántico del Rock and Roll una vez pasada la fiebre de los 80.

Como en el libro, síntoma de una relación que ha envejecido, el estrecho romance entre novela negra y música puede todavía mantenerse joven si se van adaptando los referentes y contextos a las nuevas aventuras y géneros que están aquí, y todavía por llegar.

«Sabe que es el fin. El latido se ha detenido, ya no lo oye. Tiene abiertos los ojos sin poder ver nada. Está como dentro de un agujero negro que, en ese mismo momento, está succionando la banda, los sueños, los recuerdos. Es el fin de tu mundo, Francis. Eres invisible, Mr. Frankie. No eres nadie para nadie. Aquello, el rock’n’roll ya no tiene corazón. Él quiere dejar la banda. Todos quieren dejarlo. En realidad, la competición consiste en quién lo hará antes. Pero todos saben que dejarlo es enfrentarse al vacío de ser de un día para otro adulto, uno más entre la nada. Pero para Francis el dolor es aún más profundo. Para él es el final de su suerte de romanticismo. Está allí, de rodillas y trata de recuperar la sensación de abrir la noche en dos, bajar a saltos los escalones, cruzar las aceras para ir a buscar a la chica que te volvía loco, echar a correr para ir y para volver, alcanzar, abandonar, escapar. Francis trata de recuperar al menos el eco de aquel deseo. Aquella forma absurda de amarse sin razón ni beneficio con aquella música poniendo banda sonora a todo eso».