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Desobediencia civil: Lafawndah hace sonar la alarma

La artista trasciende etiquetas para crear reflexiones profundas sobre quién somos como ciudadanos.

19.02.16
Aleix Mateu

Cada poco tiempo aparecen historias inspiradoras, casos reales de personas que han conseguido superar las mil y una y que aún así logran reunir la fuerza suficiente para tener éxito. Cuando éstas experiencias llegan a oídos de algún periodista o medio, lo reciben como agua de mayo: su contenido es amable e invita a la acción, dibuja sonrisas y apela al sentimiento de humanidad más tierno. En definitiva, es carne de viral.

El valor y la auto superación del sujeto deslumbra y nos motiva a seguir adelante a pesar de las dificultades, y deslumbra tanto que casi ciega: el foco en el individuo es tan fuerte que nos impide fijarnos en los problemas que lo han rodeadó.

A través de las instituciones se intenta cerrar cada vez más el cerco moral alrededor de esa ilusoria «mayor libertad» que nos ha brindado Internet. Ilusoria por inútil si no se le otorga alguna finalidad, e ilusoria si la libertad viene guiada por las mismas instituciones que rigen la red: «distracciones» como la exaltación de la emotividad y de los sentimientos a través de los emoticonos, por ejemplo.

En consecuencia, y apelando al sentimentalismo, resulta mucho más sencillo hablar de como un ser humano medio consigue felicidad, éxito o estatus (obviando al dinero porque empaña la pureza de la meta, a pesar de ser sinónimo) que hablar sobre como acabar con los estigmas sociales que, muy posiblemente, hayan colocado al sujeto en cuestión en la situación problemática a superar, o que hablar sobre la raíz de su infelicidad, fracaso o rechazo social previo.

El cerco moral del que hablo se hace visible cuando realmente se propone una reacción a los estigmas que identificamos. Cuando el sistema queda en entredicho y las propuestas de cambio son prácticamente nulas, suele quedar como último bastión y alternativa la desobediencia civil, un concepto que hace saltar las alarmas del ciudadano y alertarlo de que todo meneo de lo establecido se torna desagradable porque, realmente, el statu quo no es tan incómodo. Para entrar en el concepto es inevitable hacer merecida referencia a H. D. Thoureu, paradigma de ella con su ensayo sobre la misma, «La Desobediencia Civil«, un pequeño libro que influyó notablemente en personalidades de la lucha no violenta como Ghandi o Martin Luther King Jr.

 «Existen leyes injustas: ¿debemos estar contentos de cumplirlas, trabajar para enmendarlas, y obedecerlas hasta cuando lo hayamos logrado, o debemos incumplirlas desde el principio?»

Con esta pregunta retórica Thoreau apela directamente a la legitimidad de la desobediencia y apodera al ciudadano consciente de una fuerza que trasciende a «la merced de la casualidad» que identifica con el voto democrático al uso: «Todo hombre que tenga más razón que sus vecinos ya constituye una mayoría de uno», dice él, una afirmación que posiblemente se sitúa fuera del cerco moral mencionado.

La historia de una niña que emigra de Irán con su familia para acabar estudiando en la Sorbonne de París, haciendo de galerista en México y editando música para Warp Records desde Nueva York podría ser una de las historias inspiradoras para medios indie de las que hablábamos al principio. Pero ella es Lafawndah y ya quiso desligarse de ello:

«I’m always a little dubitative about what it actually means about the music, when people use that (‘globetrotting’) term.«

Y sigue:

«I don’t wanna be ‘exotic’! I actually want my music to be in your fucking vinyl collection forever.«

«Sin la “N” y en árabe significaría cacofonía», apuntaba Frankie Pizá cuando trazó un primer perfil de la artista hace ya casi dos años. Esa cacofonía proviene de una genuina mezcla entre Pop, R&B, Zouk y experimentación electrónica que se encuentran reunidos bajo el alias de Lafawndah, e interpretados a la perfección en el último EP que la artista facturó el pasado 5 de febrero para el sello Warp, «Tan«.

El EP se conforma de 4 canciones, «Town Crier«, «Ally«, el single homónimo «Tan» y «Crumb«. Y, consecuente con su discurso, Lafawndah se aleja del egotrip de sus experiencias trashumantes para apelar al sentimiento de colectividad humana, una respuesta a la sociedad anómica en la que la artista nos sitúa.

En ese sentido se aleja también de propuestas como las de M.I.A. en «Borders«, igualmente necesarias y valiosas, en las que a través de la construcción de un sentimiento de identificación personal con fenómenos actuales como la crisis de los refugiados, acerca al público masivo una mirada crítica y humana contra las políticas de integración europeas.

«Town Crier» fue el segundo y último single que Lafawndah liberó antes de publicar el EP completo. Una percusión militarista, un sintetizador que se confunde con cantos sacros y otro que se mueve por las frecuencias más agudas emulando algún tipo de sirena policial: estado de sitio. «I wanted it to sound like a failed revolution«, explica la artista en una entrevista a Dummy. Su misma voz se desliza sobre el ritmo con cadencias cercanas al R&B haciendo un storytelling que narra la sangrienta revolución como si de una relación amorosa se tratara.

«I’m just really curious in general about popular movements like that, when people decided that enough is enough. I wanted to have a song about that feeling of creating a momentum, and having hope – and that momentum not succeeding, basically.»

Lafawndah también se muestra contraria a que la encasillen como una artista política, ella quiere generar un espacio de reflexión alrededor de los temas que trata en las canciones, y para la ocasión contó con Lawrence Lessig, un catedrático de Harvard que se presenta en Twitter como «Law professor, activist, citizen (in reverse order)«. Lessig, además de escribir autodescripciones ingeniosas en las redes sociales también es el creador de Creative Commons, ha estudiado la evolución de Internet en la sociedad, e intenta arreglar la democracia (como indica su foto de portada en Twitter) profesando la ayuda social y la reforma política.

Lafawndah invirtió los papeles que se suelen repartir a la hora de hacer promoción musical: se convirtió en entrevistadora para que el catedrático hablara sobre el eje central  de «Town Crier«: la desobediencia civil. Lessig la defiende a capa y espada, pero siempre en la versión no violenta. Para él, la revolución pacífica es sencillamente más efectiva que la violenta porque mientras la primera no se puede ignorar, la violenta es fácil de que sea víctima de manipulación y vacío social.

«Interventions that elevate the moral debate are ultimately gonna be more effective«, dice, y propone el ejemplo de Malcom X y de Martin Luther King. Por otro lado, exploran la pasividad de la sociedad para identificar una falta de conciencia en ella. La resignación de las personas ante las lacras y la individualización creciente crean una necesidad de entender  de nuevo quién somos como ciudadanos, un elemento básico para trabajar posteriormente en cualquier cambio real.

Y eso es lo que pretende hacer Lafawndah con su música. Toma fotogramas reales de la historia (ella explica que «Town Crier» se inspira en la revolución de Myanmar, que conoció a través del documental «Burma VJ«) para crear después un imaginario ficticio que apele al sentimiento de unión social y reflexión sobre nuestro propio lugar en el mundo.

Podemos decir que la música ya tomó este papel desde sus inicios, de la música tribal a su reconfiguración club: unir personas bajo un mismo manto. Y eso es lo que hace Lafawndah al fin y al cabo: música, más allá de cualquier etiqueta o historia de inspiración y autoayuda.