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La locura del Rey Gucci

La historia de cómo el MC incendió su propio mundo para construir uno nuevo a su gusto, desvelando que en su aparente desorden mental y musical se escondía casi todo lo que ha mantenido con vida al Hip Hop hasta nuestros días.

27.09.16
Frankie Pizá

Texto de Gonzalo Oya.

Hace tres años Gucci Mane decidió auto-inmolarse. Y lo hizo a través de internet, haciéndonos ser testigos en primera persona de un vertiginoso descenso a los infiernos que culminaría con un previsible e inevitable ingreso en prisión. Resulta imposible olvidar aquella surrealista sucesión de despropósitos en la que de buenas a primeras, Gucci Mane decidió dinamitar su propio sello, disparar con bala a todo su entorno, dar detalles de sus encuentros sexuales con unas cuantas rappersNicki Minaj incluida- y de paso, insulto a insulto, quemar todos los puentes con buena parte del star system del Hip Hop americano.

Hasta ese momento, su carrera había coleccionado una entrañable galería de groserías, excentricidades, problemas legales y trifulcas con media escena de Atlanta, pero que siempre habían sido tomadas como la parte más farandulera de un personaje de ego mayúsculo que en general, solía extender cheques cuyo éxito y relevancia podía permitirse.

Nadie en ese momento, se hubiera atrevido a negar ya  la notable influencia que había tenido su seminal «Trap House» (2005) a la hora de redefinir el sonido del rap de Atlanta y de todo el sur por extensión, dando por superados los modelos establecidos por rappers de perfil más ortodoxo como Young Jeezy o T.I. Ni tampoco rechazar su excelente olfato a la hora de descubrir o apadrinar a nuevos talentos como los de Lex Luger, Waka Flocka Flame o de manera más reciente, Young Thug, a través de los cuales había logrado mantener durante años una relevancia a prueba de bomba.

Aunque no todo eran luces en el reino de Gucci -su lucha de poder con Waka Flocka, su eterno protegido, era ya un hecho-  el dinero fluía de manera constante en el sello, y 1017 Brick Squad reunía en aquellos años entre artistas firmados o simples afiliados, a un auténtico all-star de la nueva escena de Atlanta. Con este escenario y a pesar de que los tambores de guerra se hacían notar más que nunca, ni el más cenizo se hubiera aventurado a prever el terremoto que se aproximaba.

Todo comenzó la noche del  7 de septiembre de 2013. Lo que empieza como un simple beef más a través de Twitter entre Frenchie y Gucci, termina involucrando a casi todos los miembros de un sello que, agrupados en distintas facciones, comienza a lavar todos sus trapos sucios en público. 

Así será como sabremos que en realidad, buena parte de los artistas que se asumían parte del label, como OJ Da Juiceman, Frenchie o incluso Young Dolph, jamás habían firmado contrato alguno, o que la madre de Waka Flocka Flame además de ejercer de pintoresca manager, se llevaba a su bolsillo buena parte de los beneficios generados por los artistas en sus shows en directo.

A partir de aquí, los hechos se suceden a una velocidad vertiginosa, y en cuestión de días se desvela que Atlantic Records no ha renovado su acuerdo de distribución con 1017 Brick Squad. La respuesta de Gucci no se hace esperar, y pone en venta los contratos de los pocos artistas firmados todavía por el label, como Waka Flocka Flame o Young Thug.

Una orgía de destrucción que culminará, como adelantamos un poco más arriba, con Mane autodestruyéndose en público de nuevo a través de Twitter, en una delirante noche de ira y fuego contra todo el establishment Hip Hop americano. Si su personaje virtual tocó fondo aquella noche, el real lo haría unas cuantas horas más tarde, cuando es detenido portando dos armas sin licencia tras amenazar e insultar a un par de policías.

Jamás sabremos que se le pasó por la cabeza  a nuestro protagonista durante aquellos días; de hecho, puede que ni él mismo lo sepa. Lo único de lo que podemos estar seguros es que puso todo su empeño en hacerlo explotar todo en mil pedazos, asegurándose de no dejar piedra sobre piedra. Y es que con tres años de condena por delante, con su sello convertido en una escombrera y con la escena generando un hype por semana, ni el más optimista se hubiera podido imaginar la más mínima solución de continuidad a su carrera.

A partir de aquí, y de manera inevitable, la tentación de convertir su historia en la habitual fábula de ascensión y caída de un perdedor nato, la de un típico personaje mucho más interesante que su propia música en definitiva, comenzó a sobrevolar discurso de buena parte de los medios.

Sin embargo, releyendo hoy todos los ríos de tinta que generó su tragedia, sorprende todavía el que a nadie se le ocurriera recordar la vieja historia de un famoso emperador romano. Aquel, que según Suetonio prendió fuego a Roma de manera intencionada para poder construir una nueva ciudad a su medida.

El mismo que, mientras la capital de su imperio ardía en llamas, se limitó a tocar la lira esperando a que todo se redujera a cenizas. Efectivamente, puede que cual Nerón -de manera consciente o inconsciente- Gucci Mane decidiera poner punto final a su personaje, a su modo de vida y a todo el negocio que se había generado a su costa prendiéndole fuego desde dentro a su propia casa. De hecho tras su ingreso en prisión, el guión parecía escrito de antemano.

En los mentideros comienzan a circular rumores que entre lo morboso y lo jocoso, hablan de intentos de violación por parte del resto de internos o varios supuestos intentos de suicidio. Esto mantiene la atención de los medios sobre su persona mientras su entorno, en un escrupuloso silencio, comienza a gestionar el lanzamiento de toneladas de material inédito que de la noche a la mañana, inunda la red. 

Durante todo 2014, los fans asistirán atónitos a la edición de una decena de nuevos proyectos, que llegarán en forma de álbumes o mixtapes conjuntas como  esa «Young Thugga Mane La Flare»  a medias con Young Thug, «Big Gucci Sosa«, junto a Chief Keef, o ese fantástico tríptico titulado «World War 3D» conformado por los álbumes «The Purple Album» , » The Green Album» y » The White Album» donde se unirá de nuevo a  Young Thug, Migos y Peewee Longway respectivamente.

Además,  también verán la luz discos en solitario como el «Trap House 4» o incluso un extraño álbum navideño titulado «East Atlanta Santa» que incluirá colaboraciones de artistas tan dispares en estilo y relevancia como Raury o el recientemente fallecido Shawty Lo. Si hacemos caso a las cifras oficiales, la figura de Gucci Mane generará desde la celda de su  prisión casi un millón y medio de dólares de beneficio en tan sólo un año.

Durante el 2015, su ritmo de lanzamientos seguirá la misma linea de hiperactividad, llegando a una media de casi un proyecto inédito por mes. Un total de 11 trabajos, de entre los que  merecen especial atención su guiño a Drake con el EP «Views From Zone 6» y un nuevo álbum triple como «Breakfast, Lunch & Dinner».

Pero será sin duda, su participación junto a Quavo (Migos) en el remix del «Trap Queen» de Fetty Wapp, lo que mejor represente la paradójica situación de un artista que desde la cárcel, comienza a obtener uno de los mayores niveles de visibilidad y relevancia de su carrera. 

El cómo Gucci es capaz de mantenerse vivo como artista editando nuevos proyectos, a la vez que se mantiene al día de lo que ocurre en la escena desde los herméticos muros de una prisión federal, comienza a ser objeto de todo tipo de teorías.

Muchos asumen que su entorno, liderado por su novia Keyshia K’ior y su eterno colaborador Zaytoven, se está limitando a reciclar viejas grabaciones como si de un artista fallecido se tratara; otros dejarán volar su imaginación y visualizan a Gucci rapeando de manera compulsiva a través del teléfono de la cárcel. 

No será hasta la aparición de un tipo llamado Sean Paine, cuando obtengamos todas las respuestas. Y él será quién nos descubra a un Gucci Mane que desconocíamos hasta entonces; a un artista que a medida que el mundo se desmoronaba sobre su cabeza, se enfrascaba en el trabajo grabando canciones de manera obsesiva en jornadas de más de 12 horas. 

Sus explicaciones hacen que se fije más todavía en nuestra mente esa imagen de Mane convertido en un  trasunto de Nerón,  pero que en lugar de tocar la lira y cantar los versos del Iliupersis mientras Roma arde, se encierra en los legendarios estudios Patchwerk de Atlanta con un puñado de beats de Zaytoven, y se lanza a grabar un tema tras otro hasta estar seguro de que el fuego lo haya consumido todo.

Durante estas largas sesiones, Paine ejercerá de simple ingeniero de sonido al principio y con el paso del tiempo, de A&R y «chico para todo». Esto puede ayudar a entender el porqué a partir de su ingreso en prisión, Mane pondrá bajo su control todo el material grabado hasta entonces, y organizará a través suya el plan y timeline de proyectos que llevamos escuchando en los últimos dos años. 

Una historia repleta de detalles entre lo tierno y camp, como ese que cuenta que Gucci solicitó a Paine que, entre otras muchas cosas, le creara un perfil de Linkedin para según él, darle un aire más profesional a su carrera.

Y todo, a través del correo electrónico y de la única llamada telefónica que puede realizar al mes; medios a través de los cuales Gucci se mantiene al día de los nuevos hypes y decide los detalles de cada uno de los proyectos, desde qué artistas aparecerán en sus featurings, a que productores serán los encargados de poner música al material vocal grabado.

Esta dinámica terminará por convertir al Gucci Mane artista, en un personaje virtual, casi irreal, que vivirá a partir de aquí tan sólo en Internet a través de unas voces pregrabadas, y en nuestro recuerdo a través de una imagen y un legado convertido ya en icónico.

Resulta fácil comprender la fascinación que siempre ha generado su figura. Como personaje siempre ha ido en contra de lo que durante décadas nos han contado  que es un «buen rapper». Gucci jamás ha sido un atleta de la rima. Jamás le veremos en esos surrealistas ránkings que califican a los rappers que riman más rapido o tienen mejor vocabulario, ni tampoco luciendo sus habilidades improvisando en un freestyle. Su liga es más bien, la de todos aquellos que entienden el Hip Hop como un medio, pero nunca como un fin en sí mismo.

Por todo esto, siempre ha sido un artista extremo, de esos que polarizan al público entre el amor y el odio sin concesiones, gracias a una propuesta tan cruda, personal y honesta que resulta imposible  permanecer neutral ante ella. Con la mayor parte de las starlettes del género integradas en la aristocracia de la industria del entretenimiento, la figura de Gucci Mane ha permanecido como un áspero e incómodo oasis de vulgaridad y desenfreno, frente a un entorno cada vez más descafeinado, burgués y adocenado.

Un outsider al que los medios masivos jamás trataron demasiado bien ni prestaron demasiada atención, y  al que el presidente Obama jamás invitaría a la Casa Blanca a tomar el té, pero que escondía en su aparente desorden mental y musical, casi todo lo que ha mantenido con vida al Hip Hop desde el principio de los tiempos hasta nuestros días.

Todo cambió el pasado 26 de mayo. Al fin, después de dos años de rumores y lucha en los tribunales, Gucci Mane vio reducida su condena y fue puesto en libertad. Pero la persona que apareció ante nosotros, poco tenía que ver con la que hasta ese momento habíamos conocido. En prisión, su nuevo yo había dicho adiós al sobrepeso y  la comida basura.

Dicen que hasta se aficionó a la lectura  de la Biblia y que el fitness se convirtió en su principal pasatiempo. Su legendaria barriga, se había convertido en unos hercúleos abdominales y su habitual desaliño, había dado paso a un cuidado estilismo.

Tal es el impacto que genera su irreconocible nueva imagen, que los fans más delirantes llegan a plantearse la teoría de que ese Gucci musculado y vestido con ropa de diseño es en realidad un clon diseñado por el gobierno para confundirnos, mientras que el auténtico, tan gordo y haragán como de costumbre, sigue todavía entre rejas.

Del Gucci adicto al pollo frito y la codeína, habíamos pasado a uno adicto a los batidos de proteínas y al gimnasio, que se encargaba de transmitirnos a través de toda la puesta en escena orquestada tras su liberación un mensaje claro: la reconstrucción de un nuevo imperio, diseñado a su gusto y medida, no ha hecho más que comenzar.

Todos hemos sido testigos de lo que ha sucedido a partir de aquí. El nuevo Gucci Mane tarda tan sólo unos días en anunciar su nuevo acuerdo de distribución con Atlantic Records, con quienes edita el single «First Day Out Tha Feds». Su vídeo, con guiño a la teoría de los clones incluida, se convierte en un éxito viral instantáneo, y se beneficia del relanzamiento que ha tenido su figura en los últimos años.

En apenas seis días graba el que será su primer álbum físico oficial en 5 años, titulado «Everybody Is Looking» y que sirve también para presentar en sociedad  su nuevo sello, Guwop Enterprises. Arropado por su gente de siempre como Mike Will o Zaytoven, pero también por nuevos fans declarados como Kanye West o Drake, Gucci se esfuerza en ofrecer con su nuevo disco justo lo que todos esperábamos de él y que a pesar del cambio de apariencia y costumbres, demostrarnos que no ha movido una sola coma de su discurso.

Papá es Papá, y a pesar de que sus «hijos» musicales sigan creando en cada esquina del planeta nuevas e insospechadas derivadas al camino que él lleva señalando durante años, Gucci decide regresar reivindicándose a sí mismo, desde la parte más primaria y pura de su propuesta.

Pero su edificante historia de redención esconde en realidad, una cruel ironía en sus entrañas. La de una industria y un público que parece hoy más preparado que nunca para aceptar a alguien como el viejo Gucci Mane, justo en el momento en el que éste ha decidido crear uno nuevo para ser aceptado de nuevo en el redil.

Puede que al fin, y a sus 36 años, haya decidido pasar página asumiendo esa losa que supone ser consciente de la verdadera dimensión e importancia de un personaje que ha tratado de destruir de todas las maneras posibles. Ahora, la incógnita que debemos despejar es si ese Gucci Mane consciente de sí mismo y de su neurosis, es una buena o mala noticia para el género y para su propia carrera.

Con varios nuevos proyectos ya cerrados oficialmente -entre ellos un EP conjunto con Drake y un supuesto álbum junto a Diplo, además de la película de Harmony Korine que va a protagonizar- un buen puñado de brillantes featurings ya sonando en las  radios y todo el hambre de éxito que ha acumulado durante su encierro, las perspectivas que nos ofrece son difusas. 

De todos modos, lo mejor será tener paciencia, permanecer en nuestros asientos y disfrutar de la montaña rusa de subidas y bajadas que nos espera durante los próximos años. De algo puedes estar seguro; si aquella nueva Roma que Nerón ansiaba no se reconstruyó en un día, el nuevo imperio de Gucci Mane tampoco lo hará.