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La cara y la cruz de la música actual no tiene sello discográfico

Los artistas y consumidores, en la era de YouTube y Apple Music, tampoco tenemos el control de nada.

14.02.17
Frankie Pizá

Chance The Rapper y Frank Ocean dieron imágenes muy distintas a lo largo de los Premios Grammy de este año; el primero ha simbolizado el triunfo del nuevo paradigma musical en ciernes, mientras que el segundo ha dado una impresión de aún habiendo usado las mismas herramientas con éxito, no estar del todo contento con los resultados.

Ese nuevo paradigma del que hablamos lleva anunciándose varios años: es el del artista que no tiene la necesidad de un sello discográfico como respaldo, porque las acciones y recursos que éstos brindaban antaño ya se cubren de forma autónoma.

Antes de las redes sociales y las medidas de «rendimiento» aplicadas a una personalidad o marca, la audiencia únicamente se conseguía a través de un impulso en cuanto a exposición; las grandes campañas de promoción están ahora al alcance de todos, que tu música sea la más escuchada en YouTube no tiene que ver con ningún factor «económico» o logístico.

El año pasado tratamos este tema de forma extensa: primero analizando la agresiva estrategia de Apple Music en cuanto a contenido exclusivo, ayudando a difuminar la labor de los sellos discográficos convirtiéndolos en meros (e incómodos) intermediarios, y después explorando precisamente el ejemplar caso de Frank Ocean.

Un artista respetado a pesar de su juventud, con gran talento y del que se espera lo mejor decide devolver los malos tratos que su sello le ofreció antes de su explosión como intérprete; no por venganza, sino porque se trata de un proceso natural.

Ante las fuertes expectativas que rodeaban la reaparición de Frank Ocean, él decidió actuar solo y apoyarse en un gigante tecnológico y desligarse de las restricciones de Def Jam (Universal Music Group).

Su movimiento retrató en 2016 mejor que ningún otro la situación actual de la industria musical: en tiempos en los que no se recibe una justa recompensa por los millones de reproducciones (debido al caos que supone el diseño de la industria musical en sí misma), los artistas quieren sustituir los beneficios por libertad o, al menos, intentar gestionar ellos mismos su patrimonio y obra. No quieren sentirse estafados o utilizados.

Ni a largo ni a corto plazo se puede luchar contra una empresa que posee el principal vehículo de reproducción musical (iPhone) y el segundo mayor servicio de streaming (Apple Music).

Además han demostrado que la prioridad es el contenido y no sacar una gran tajada de los artistas a los que apadrinan; lo de Apple es inversión a fondo perdido porque quieren vender cada vez más y más terminales.

Los Grammy acabaron entendiendo este año estos cambios: por primera vez ofrecieron la posibilidad de que un álbum lanzado sin un sello discográfico pudiera ser elegido y competir con otros títulos que sí lo tienen. Así, tanto Chance The Rapper como Frank Ocean han tenido las mismas posibilidades de ganar que Kanye West o Drake.

«Coloring Book» ha hecho historia convirtiéndose en la primera obra en alzarse con 3 galardones y estar disponible de forma gratuita en Internet (matizando que para escuchar algo en Apple Music hay que ser abonado y en Spotify no). Por su parte, «Blonde» no tuvo reconocimiento alguno y tan solo se le recordó por el polémico comentario de su autor justo antes de la ceremonia.

Dos caras de la misma moneda; Chance The Rapper saltando, repleto de júbilo y alegría, representando los mismos valores que su triunfante álbum intenta perseguir, y un Frank Ocean ejerciendo la auto-compasión y el amor propio insinuando a grandes rasgos y en muy resumidas cuentas que «Prince estaría orgulloso de él». Por su determinación, por su valor a la hora de conservar la «independencia».

En España no hay Premios Grammy ni nada que se le parezca en cuanto a envergadura, pero los problemas o más bien las oportunidades son las mismas. Si miramos desde fuera, hoy parece que tan solo haya una discográfica en nuestro país: YouTube.

Hay artistas que como Dellafuente, se empeñan en defender o «reclamar» un modelo anticuado cuando a simple vista, incluso para los profanos, se observa que tienen todo bajo su control.

La pregunta de para qué necesita un artista como el granadino una discográfica habiendo agotado entradas en toda España y habiendo subido a lo más escuchado de iTunes con un disco autoeditado y financiado por su público resuena desde hace meses, concretamente desde que Dellafuente lanzó ese grito en su página de Facebook.

Cada vídeo que el andaluz alberga en su canal de YouTube ensancha sus propios límites en cuanto a popularidad; lo mismo pasa con C. Tangana, Bejo o los BNMP. En concreto, los chicos canarios han sobrepasado las 500.000 visitas en algunos de sus videoclips, llegando a tener una gran relevancia en el mercado latinoamericano. Una vez más, sin discográfica ni el deseo de tenerla.

José María Barbat, director de Sony Music en España, a la pregunta de la «necesidad» real de una discográfica hoy en día, comenta que «lo único que podemos ofrecerle al que parece que tiene todas las áreas controladas, es el equipo humano».

Añade que cuando «tu solo decides crearte una estructura, un pequeño complejo empresarial, con todas las cargas de responsabilidad que eso implica, a la hora de seguir creciendo necesitas asociarte con una compañía, que te de ese servicio, que te permita seguir creciendo y puedas seguir centrándote en la música sin preocuparte de negociaciones, de cobros, etc».

Ante estas declaraciones de Barbat servidas concretamente para este artículo, parece que un sello hoy en día tan solo pueda ejercer de «secretario» para un artista que tan solo necesita un canal de YouTube para llegar a donde quiere llegar.

En un punto en el que la música se puede consumir y distribuir de forma más fácil, «el punto de vista desde dentro» es que una discográfica tiene que «reunir lo mejor de los dos lados de la ecuación». Es decir:

«Afinar en las propuestas artísticas que mejor representen, dentro de nuestra finalidad económica. Tener el mejor talento posible. Cubriendo el mayor rango posible de géneros. Desde el Flamenco o el Hip Hop al Pop mainstream. Esa es nuestra responsabilidad. En la otra parte de la ecuación nuestro objetivo es tener los mejores empleados. La única diferencia es el equipo, que seamos capaces de desarrollar ese talento mejor que nadie». 

–José María Barbat (Sony Music).

Únicamente un canal de YouTube, allí donde tu eres el que ejerce el criterio y donde tu mismo eres la propia línea editorial de tu obra, producto o persona. Allí donde tu dices lo que quieres decir y no hay ninguna restricción en cuanto a audiencia: todo el mundo puede verte y escucharte con las mismas condiciones.

Pero YouTube tiene normas; no todo goza de la misma exposición y recordemos que ante todo, la plataforma es una empresa. «A nivel de construcción de marca es genial, pero el modelo económico es el problema. El consumo hoy en día en Youtube es injusto con el tejido creativo que hay detrás, lo que se reciba es calderilla» comenta Barbat sobre la evidencia de que gran parte de los nuevos artistas en nuestro país basan su propio modelo creativo y musical en YouTube.

Hay diversas voces que observan a YouTube como la puerta de entrada a los triunfos musicales, pero otras como la del artista Joseph ven en la compañía una forma de estrujar y condicionar nuestra creatividad.

La situación del panorama musical en España en referencia a YouTube y Google recuerda a Joseph a los «casos de explotación de mano de obra barata en Asia». En el ensayo que complementa esta pieza, comenta:

«El importe medio que YouTube paga por cada 1000 visitas (CPM) en España es de 1 euro, mientras que en Noruega o Estados Unidos es de entorno a los 4 euros. Si a esto le sumamos que España es ni nada menos que el cuarto país del mundo que más contenido sube a YouTube podemos decir que los españoles somos de los que hacemos más a cambio de menos, es decir, somos muy beneficiosos para la filial de Google. Si trasladamos al plano musical, España es quien más contenido musical en vídeo produce y consume, siendo de los que menos cobra por él».

–Joseph.

Su visión de las cosas reflexiona sobre la desaparición de las discográficas y apunta que el nuevo paradigma en el que YouTube nos pone todo a nuestro alcance es en realidad una nueva forma de esclavitud. Los jóvenes artistas de hoy en España saben que no podrán triunfar sin YouTube y sin cientos de miles de suscripciones a su canal.

Y va más allá de la música: YouTube ha generado su propio modelo de «celebridad» en el que «creadores» de todo el mundo basan su repercusión en el índice de audiencia que consiguen alcanzar dentro de la plataforma. Los reconocemos en todos los ámbitos: la cocina, la moda, el arte, la tecnología, los videojuegos…

Y lo está cambiando todo: desde la forma en la que consumimos música en casa a la forma en la que la valoramos o la clasificamos.

Barbat, desde Sony Music, dice que «están esperanzados con el nuevo paradigma porque se consume más música que nunca»:

«Hay que conseguir que estas plataformas le den el mayor valor posible a la música. Hay grandes empresas tecnológicas detrás. Hay un negocio con esto. Lo único que reclamamos es que el reparto sea proporcionado con el consumo, que es más que nunca. Sea equitativo».

Lo que quieren es «invertir en desarrollar artistas» dice el ejecutivo. «Podemos acabar compitiendo con las propias plataformas tecnológicas, para cuando Spotify decida grabar a sus propios artistas. Nuestro objetivo es estar preparados teniendo a los mejores artistas y el mejor equipo humano para trabajarlo».

Claro, cuando Spotify decida montar una serie de estudios de grabación y además de dar un sitio privilegiado en su escaparate a los artistas en nómina, decida costearles la creación de un nuevo álbum. YouTube o Vevo, las empresas musicales más exitosas del momento (ninguna de ellas con cuota de suscripción), también podrían hacerlo.

El «espacio virtual» que ofrecen los servicios de este tipo, donde reina la igualdad y todos parecen tener las mismas oportunidades no es tal; porque depende del producto en cuestión y de otras circunstancias que apuntan a los consumidores. Y en el futuro dependerá de esos propios servicios que están ya pavimentando sus propias líneas editoriales.

Los consumidores somos nosotros, los que coleccionamos música en listas de reproducción y también funcionamos a partir de una sensación equivocada: la de que tenemos «millones de canciones a nuestro alcance». En un artículo en Cuepoint de Cherie Hu, titulado «¿Cómo ha afectado el streaming a nuestras identidades como coleccionistas musicales?, comenta:

«Spotify no sólo ha hecho espacio en las estanterías musicales parezca infinito, sino que también ha hecho que el propio término de «espacio en las estanterías» sea irrelevante: los usuarios no poseen nada. En su lugar, pagan por el acceso a su propia «biblioteca» por el equivalente aproximado al coste de 12 CDs al año (9.99 dólares al mes), para poder examinar millones de canciones».

La conclusión general es que aunque artista y consumidor creamos tener el control sobre nuestra obra o gustos, esto dista mucho de la realidad.