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Kodak Black: Días del Futuro Pasado

"Uno más de esos maravillosos perdedores natos" del Hip Hop contemporáneo y primera estrella de la era Trump.

07.04.17
Frankie Pizá

Texto de Gonzalo Oya. 

Ilustración de Bryan Crespo.

Año y medio. Eso es lo que ha necesitado Kodak Black para dejar de ser un rapper anónimo perdido en mitad de vertederos de mixtapes al estilo Datpiff, y convertirse con su álbum debut «Painting Pictures» en uno de los grandes protagonistas de lo que llevamos de 2017.

Nadie debe minimizar la responsabilidad de Drake en su repentino e imparable despegue. Como ocurrió con ILoveMakonnen o Migos, el canadiense ha sido el principal responsable de que el establishment pusiera sus ojos en él, y que fuera una mera cuestión de tiempo -un mes para ser exactos- el que una major le atrapara en sus redes.

Pero a la vez, resultaría estúpido limitarse a asociar a la figura de Drake y su faceta de influencer, a un rapper con tantas aristas, matices y particularidades como Kodak Black.

Desde su misma irrupción en escena con «Project Baby» (2013) su primera mixtape como Kodak Black, resultaba imposible no ver en aquel post adolescente de origen haitiano llamado Dieuson Octave, al gran mesías que esperaba el Hip Hop de Florida, huérfano no sólo de estrellas, sino también de identidad, desde la caída en desgracia de T-Pain, Plies y sellos como Slip-n-Slide o Poe Boy.

A través de su discurso y su imagen, Kodak irradiaba una frescura, una brutalidad y sobre todo una veracidad, que le situaba como antítesis viviente de personajes como Rick Ross, convertidos ya en una rutinaria parodia de su propia mentira.

Cuatro años más tarde, con tres mixtapes más y un excelente racimo de colaboraciones a sus espaldas, «Painting Pictures» es la inevitable reválida que necesitaba, para disipar cualquier atisbo de duda que todavía pudiera suscitar su fulgurante ascenso.

En lo musical le veremos arropado por entre otros, los Mike WiLL Made-It, Southside o Metro Boomin’ de turno, o lo que es lo mismo, el tridente de ataque estrella del rap mainstream americano actual.

Sin embargo, será a Ben Billions a quien debamos buena parte de los mejores momentos sonoros del disco, como ese «Why They Call You Kodak», donde reproduciendo una de sus hilarantes respuestas durante la famosa entrevista para el Breakfast Club del pasado enero, Kodak se saca de la manga uno de los hooks más poderosos de lo que llevamos de año.

Un tema tras otro, nuestro oído percibirá enseguida un vibrante juego de ambientes y texturas que remiten a los clichés del rap de Atlanta, pero que a la vez resultará imposible no relacionar con la tradición del rap de Houston dosmilero («Off The Land»), o incluso con el hoy ya olvidado viejo esplendor del Jook de Tampa o el sonido Miami de una década atrás («Twenty 88»).

Con estos mimbres sonoros, será fácil que veas su propuesta asociada a etiquetas como la de Trap, convertida desde hace tiempo en el tag basura favorito de tu periodista musical indocumentado favorito.

Sin embargo, aunque podamos situarlo de manera generacional en el mismo cajón que los Lil Uzi Vert, Famous Dex o Lil Yatchy, Kodak se antoja en realidad el reverso de todos ellos. En fondo y forma, lo que nos ofrece tiene un calado político y social que ninguno de los antes mencionados podrán, ni seguro pretenderán, rozar jamás.

De manera seca y descarnada, Black ha vomitado su verdad a las calles, desde las mismas entrañas de ese lugar imaginario que es la America post-racial.

Y así es como su personaje, su propuesta y sobre todo, la simple crónica de la historia personal que ha forjado a ambos, se erigen de manera tan natural como involuntaria en uno de los más interesantes actos de afirmación política que ha dado el Hip Hop americano en años.

Si artistas como Kendrick Lamar, J Cole y demás reyes del rap easy listening contemporáneo, fueron para muchos la viva representación de la era Obama, no resulta descabellado plantearse a alguien como Kodak Black como la primera estrella Hip Hop del Trumpismo.

En mitad de la era oscura, desconcertante, violenta y agresiva que vivimos, Black no aspira a ser un modelo de conducta para nadie. Tampoco el influir de manera positiva en su supuesta comunidad.

Lo que nos ofrece en cambio, es un relato crudo y casi inconsciente de una experiencia vital como la suya, dividida entre el estudio de grabación y la cárcel, con la única y aparente pretensión de exorcizar los fantasmas de una infancia y adolescencia repleta de sangre, lágrimas y pobreza.

La de un chico de 19 años sin estudios, criado en uno los peores ghettos de Estados Unidos por una madre soltera, y que todavía hoy desde la celda de su prisión, no parece demasiado consciente de lo que ocurre a su alrededor.

Uno más de esos maravillosos perdedores natos que, como si de un personaje de una vieja película de John Huston se tratara, tiene tan asumida su propia condición que ni se da cuenta de cuando está ganando la partida.

Gucci Mane tardó casi una década en hacerlo. Esperemos que, por su propio bien y por el nuestro, a Kodak Black no le lleve tanto tiempo.