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Kanye West: El arte no es para vosotros

Tan solo alguien tan grande es capaz de malinterpretar su propia obra musical.

16.02.16
Aleix Mateu

Un Madison Square Garden rebozado de gente baila el nuevo álbum de Kanye. Él está poniendo música en el centro de la pista rodeado de colegas y, al lado, muchos modelos posan casi inmóviles vestidos de Yeezy. Disfrazado de estrategia promocional, si se mira de lejos el acto puede parecer una performance de arte contemporáneo en la que se pretende ilustrar como anda el showbusiness estos días y, si a ello le sumamos los tuits y las idas y venidas del contenido del álbum, parece que la comedia está completa.

Kanye West es muchos kanyes y tan sólo uno a la vez. De carne de prensa rosa a ermitaño en su estudio. Dice que remezcló hasta 75 veces la canción de «Stronger» para sacar la mejor versión de él, un hito que falso o verídico lo que hace es añadir leña al fuego en su autoconfiguración como genio o artista loco, llamadlo como queráis, a él le encanta.

Mil veces se ha autodenominado artista, con toda la grandilocuencia que conlleva el término, para crear en el público una percepción de su figura diferenciada de todos los demás músicos que se mueven en el mainstream: él es Kanye, un genio extravagante que si bien sabe juntarse con sus compañeros para extraer lo mejor de ellos, anda por encima del resto de mortales porque lo que él hace es «help the world and I need help to do it. I am an artist and I care about humanity«.

Cuando pensamos en el artista excéntrico por antonomasia solemos recurrir a Salvador Dalí. Contaba el dueño del restaurante de Figueres donde el artista iba a comer que éste era una persona completamente normal hasta que entraba algún cliente, entonces Dalí empezaba a tirarse la comida por encima o a hacer cualquier idiotez digna del genio surrealista. En ese momento el mesero se retiraba a sus aposentos. Algo parecido ha ocurrido con «The Life Of Pablo«.

Los primeros movimientos extravagantes de Kanye alrededor de su nuevo disco los encajábamos con una gracia que ha ido perdiendo chispa a medida que han aparecido más peros, tachones, asteríscos, y rectificaciones sobre un producto que si bien resulta excelente o notable en su totalidad, todavía no hemos podido disfrutarlo como tal.

Hasta la fecha, «TLOP» parece una excusa para que hablemos del personaje y no de la obra: cuando se hizo la fiesta inaugural en el Madison se retrasó el día de lanzamiento, después se retiró porque tenía que «arreglar» una canción, se volvió a retrasar hasta el día 21 y ahora ya no hace falta que esperemos más, «The Life Of Pablo» no se venderá y tan sólo existirá en Tidal, el Spotify de Jay-Z, al menos hasta nuevo aviso.

El éxito de Ye es hijo de los 2000. Ahí tuvo su boom y consiguió consolidarse a través de las estrategias comerciales del momento: grandes campañas y anuncios por todo lo alto para promocionar discos enlatados que se convertían en superventas la primera semana. El procedimiento tradicional de las majors.

Ahora que Kanye tiene la sarten por el mango y una deuda de 53 millones de dólares, quiere experimentar con la industria y convertir su propio release en un reflejo del momento, tal como apuntábamos al inicio: algo que sale entre amigos, transmedia, líquido, por SoundCloud (como los G.O.O.D. Fridays) o Tidal, acompañado de muchas declaraciones polémicas, sin fecha establecida y en constante mutación; algo que realmente nace entre un ruido que no nos permite ver la obra.

«Shut the fuck up and enjoy the greatness.»

Dice Ye. Pero también dice muchas otras cosas. Kanye West sabe que sus álbumes perduran. Si bien todo el ruido mediático que reina a su alrededor acabará silenciándose, los discos que manufactura acaban por convertirse en piezas ineludibles del juego. Según él, TLOP no puede ensuciarse, está salvaguardado por un aura celestial: dice que es un disco de Góspel (que irónicamente proviene del antiguo «god-spell»), de amor y esperanza, y esa es su justificación última y única para que todo lo exterior no salpique la obra. Igual que en sus tuits impertinentes: culmina sus ráfagas de crítica y malhumor con apología al amor, la unidad y la positividad. Pero «sind eins«, que decía el alemán Wittgeinstein sobre la ética y la estética, «son uno». Es decir, que Kanye pone piedras en su propio sendero.

Es difícil pensar que todas las artimañas promocionales del artista, desde su beef pasajero con Wiz Khalifa, los cambios de nombre del originario «So Help Me God» o «SWISH» hasta sus sus últimas declaraciones, no hayan manchado la serenidad musical del TLOP, o al menos nuestra forma de llegar hasta él. En este momento no tengo muy claro dónde acudir para escuchar el disco o meterlo en mi reproductor, a parte del servidor favorito de torrents.

No es la primera vez que Kanye se escuda en la incomprensión cuando las cosas no acaban de ir bien. Reclama atención e inversiones millonarias en su arte, aludiendo a la falta de humanismo general, y lanza palabras duras sobre cualquier atisbo de crítica sobre su música provenga de dónde sea.

Ha conseguido que Tidal sea la app número uno con el «lanzamiento» de su álbum, pero es fácil darse cuenta que el radio de acción de esta release queda fuertemente minado por su única vía de difusión, que parece una suerte de altruismo impostado: el ofrecer gratis un álbum en streaming dentro de una plataforma empresarial como la que dirige Jay-Z acaba por no ser ni una cosa ni otra.

Cuando vemos la grada del Madison Square Garden bailar y el contador de Tidal subir durante el pase en directo, estamos seguros de una cosa: la gente quiere escuchar la nueva música de Kanye y disfrutar con ella, el arte es para ellos aunque a veces parezca que Kanye no lo recuerde.

Una preview del álbum «The Life Of Pablo» se puede escuchar desde aquí.