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James Blake: Soul de ojos turquesa

14.06.16
Frankie Pizá

Resulta difícil distinguir si los ojos de James Blake son verdes o azules, tanto como identificar si los sentimientos que convoca su voz son de tristeza o alegría; al igual que Arthur Russell, su angustiosa entonación tiene ese poder de sugestión único y capacidad de colmar el espacio por sí sola. Al igual que el Gospel, James Blake puede estar sirviendo las plegarias más atormentadas y que notemos como la esperanza jamás se desvanece.

En cierto modo, también comparte el linaje de los Bobby Caldwell Hall & Oates, aquellos primeros grupos que rompieron comercialmente el arquetipo del estilo, disiparon las preconcepciones de un género ligado de forma inherente a la comunidad afroamericana. Blue-eyed-soul o Soul blanco fueron algunas de las restrictivas etiquetas que tuvieron que soportar algunos de aquellos artistas.

Si escuchamos «One On One», sus sutiles percusiones y armonías vocales atentamente, al momento podemos observar que sin saberlo, Blake se ha convertido en una nueva personificación de aquellos genios que crecieron en Filadelfia. Hall & Oates, en concreto, borraron de una forma sublime y enérgica las fronteras del Rock y el Soul olvidándose de cualquier restricción indirecta que tuviera que ver con la música, la raza o la clase.

Hoy en día sigue siendo difícil desmarcarse dentro de una genérica que tantos de nosotros tenemos interiorizada como negra: no se trata de tener tu propia afinación, tu propio acento o virtudes, se trata de despuntar. Resulta incomprensible que tras Jamie Lidell, Mayer Hawthorne o similares, aún quede trabajo por hacer a la hora de desvincular la música Soul de una comunidad o aptitudes específicas.

Según Aleix Mateu y la pieza que analiza su reciente «The Colour In Anything» (un álbum que significa un nuevo comienzo personal, y eso se denota en su actitud maximalista), Blake ya ha «tipificado su discurso». Con la sucesión de dos álbumes notables alejados del ímpetu inicial, se puede decir que James Blake ha encontrado su propio espacio, y conoce a la perfección la reverberación y dimensiones del mismo.

En otras palabras: después de tres álbumes, el británico ha conseguido delimitar su propio Soul de ojos turquesa. Justo del color de los suyos: con un temperamento especial. Donde la simpleza se da la mano con la complejidad, donde la intensidad no se puede palpar de forma explícita y donde casi todo son contradicciones.

Una voz angelical con la inocencia de toda una coral adolescente se combina con tensos bramidos de sintetizador, pulsaciones y bajas frecuencias; un modelo de interpretación intimista, solemne y clásica, un aspecto de joven aburguesado que se contrapone con las perturbadas estructuras compositivas que sostienen sus canciones.

James Blake es el resultado de una coyuntura interna y creativa: justo en su último disco canta a la pérdida con un ánimo entusiasta que engaña, su entrenamiento clásico converge con su conocimiento de la música Bass del Reino Unido y en sus primeras pinceladas de excelencia, elementos instrumentales y recursos distanciados de forma natural se combinaban con una extraña coherencia.

En la distancia, piezas como «I Only Know (What I Know Now)», «Don’t You Think I Do» o «Tell Her Safe» resultan hoy más reveladoras que nunca: cacofonías, insinuaciones, tonos aislados, procesos melódicos siniestros y motivos de órgano que construyeron un carisma a partir del cual James Blake ha ido creciendo como artista e idiosincrasia. 3 discos después, se le sigue reconociendo en cada planteamiento.

La de James Blake no es música fácil: a pesar de su éxito y accesibilidad, siempre hay una lectura subliminal y una retórica en su forma de unificar cada uno de sus recursos, siempre existe cierto ingenio en cómo se da forma a todo.

Cómo respiran los silencios, hasta cómo cada uno de esos samples vocales o percusiones interactúan una con la otra sin que haya diferencia de temperaturas. La forma en la que sostiene las melodías y las notas de piano, cómo ejecuta cambios bruscos y es capaz de crear varias canciones una encima de la otra, una tras la otra.

Tampoco es música que esté de moda precisamente: su vocabulario de procesos vocales y la emotividad que se relaciona con éstos está heredada de la escuela Burial y todos señalamos su punto álgido en el 2011, justo cuando otros proyectos como Mount Kimbie, Jamie xx o Forest Swords también consiguieron explotar esas cualidades de forma particular.

En James Blake ya no importa, porque es más que esa singularidad. No se trata de que el desuso de estas técnicas haya subrayado a Blake, se trata de que el músico ha sabido integrarlas y apoderarse de ellas. Distinguirse más allá del estereotipo.