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Still shining: “The Diary” muestra al verdadero J Dilla

No nos dejemos llevar por lo conmovedor del asunto; "The Diary" no es el mejor álbum que el icono de Detroit hubiera imaginado para sí mismo, pero revela lo que realmente podía y estaba dispuesto a ser.

21.04.16
Frankie Pizá

“First let me introduce myself
My peeps call me Dilla
Known to write and produce myself
Also I’m a pimp by nature
Worked hard though
Ball more than the NBA does, it’s Dilla.”

–”The Introduction”, J Dilla.

En la forma en que se desarrollan las percusiones en “The Clapper” se puede leer D’Angelo, Erykah Badu, Dabrye o Flying Lotus. Es una cadencia simple aunque inusual: los loops e intervalos parecen contenerse a duras penas, evolucionan mientras están apunto de salirse del margen. Parecen estar vivas, parecen haberse grabado sin metrónomo.

El diablo está en los detalles. Esa dinámica a la hora de calibrar sus secuencias de batería despertó el interés de Questlove en la era “Voodoo”, influenció a Karriem Riggins y el gran Miguel Atwood-Ferguson se refirió a ellos como esenciales para poder analizar el valor musical del beatmaker lejos de su santificación y glorias más conocidas.

La simplicidad en la ejecución, la afinación y leve saturación en las cajas e impactos de cortes como “Give It Up” o “Shake It Down”; Dilla Dawg comienza versando entre barras, demostrando cómo domar su propio instrumental y dando el apropiado espacio entre elementos. Su lírica es fanfarrona, el de Detroit vacila con gesto tranquilo y templado mostrando un perfil que muchos no conocían tras su amable y humilde presencia.

Allí, en “Welcome 2 Detroit”, y aún firmando como Jay Dee en 2001, entre las primeras sirenas, bleeps y fraseos de sintetizador asistimos al nacimiento del espíritu artístico que marcaría su carrera en solitario hasta que las circunstancias previas y su muerte en 2006 acabaran por convertirle en el mártir de su generación.

Acudimos a la perfección de lo planteado con Slum Village, al distanciamiento del sample como vehículo de composición principal y adivinamos una metodología e intenciones abstractas que concuerdan con los valores sonoros que propuestas como la de FlyLo, Daedelus y Ammoncontact extenderían años más tarde en Los Ángeles.

Un debut que no fue un debut. Más bien una primera pista intencional o tentativa en la que se pueden descifrar todos los objetivos insinuados y conseguidos por James Dewitt Yancey: unificar Hip Hop y R&B de forma coherente y con bases para el futuro, descentralizar el sampling de géneros como el Soul y el Funk (“African Rhythms” o “Rico Suave Bossa Nova” son dos prematuros ejemplos del eclecticismo que hoy impera en el género), desdibujar las líneas entre productor y MC después del Dr. Dre y antes que Kanye West.

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“Bring yo weed, I got a story to tell.”

Éste ímpetu por saltar de su preciada Akai MPC 3000 al micro, esa dualidad que convivía dentro de Dilla desde los días de Conant Gardens es hoy un patrón asimilado y aceptado por el Hip Hop. Y el Hip Hop ha cambiado mucho en los últimos 10 años: Nas y su “Illmatic” cambiaron para siempre la forma en que un MC se relacionaba con el ámbito de la producción (contando con un all-star en vez de confiar en tan solo un beatmaker), pero Dilla pudo cambiar con “The Diary” la consideración y expectativas artísticas del gremio en general. Sin grandes éxitos y siendo él mismo.

Antes de las beat-tapes, de los álbumes con la figura del productor en primer plano, antes de productos capaces de abarcar todos los aspectos de su discurso. Es decir: en un momento en que el productor no abandonaba salvo excepción las bambalinas, Dilla tenía entre manos un documento que iba a convertirle en el completo y polifacético creador e intérprete que tras su marcha hemos sabido que era.

Un álbum en el que iba a mostrar su mejor versión: el Dilla real en los versos, el Dilla al frente del proyecto conduciendo a sus contemporáneos, el Dilla más completo que no hemos conocido hasta hoy. “The Diary” resulta en la pieza del rompecabezas más importante, en “proceso” durante 10 años; un deseo perdido del de Detroit que no solo se recupera, llega ordenado y moldeado tal y como él lo hubiera querido.

La idea del álbum comenzó en Míchigan, en las sesiones del estudio denominado como The Spaceshift en Clinton Township, más o menos en el año 2000/2001;  Dilla venía también de revolucionar la producción a través de The Ummah (esencialmente, junto a Q-Tip y Ali Shaheed Muhammad) o su trabajo detrás de “Labcabincalifornia”, el álbum más recordado del combo The Pharcyde.

Dilla iba a contar con Madlib, Riggins, con Kanye West, Hi-Tek, Houseshoes, Waajeed o Frank-N-Dank, y las intenciones pasaban por MCA Records hasta que Wendy Goldstein abandonó la compañía para marcharse a Capitol Records. El proyecto, concebido en su totalidad entre septiembre de 2001 y abril de 2002, quedó congelado y convertido progresivamente en un drama que ha durado hasta nuestros días.

Dilla comenzó a sufrir los efectos de la enfermedad púrpura trombocitopénica trombótica por aquellas fechas y en 2004 marchó a California, donde emprendería nuevos objetivos y replantearía su carrera según las circunstancias y comenzando su relación con Stones Throw.

Tras la sustitución de Artie Erck como ejecutor del estate de J Dilla, y el empuje de un Egon y un Madlib que habían convertido la posibilidad de lanzar el último gran material de Dilla en algo personal, la compañía PayJay (en referencia a la copia promocional del álbum que surgió en 2003 a través de MCA, en la que el álbum llevaba por título “Pay Jay”) y Mass Appeal (el sello controlado por Nas).

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“¡Bling Bling! Keep me on shine while I make the ching ching.”

Resulta paradójico pensar que no conocemos tan bien a Dilla, a pesar del estudio y desmantelación interesada y desinteresada que ha sufrido su producción creativa, a pesar de que muchos reconocemos que el artista “nos cambió la vida” (aquí, y aprovechando el décimo aniversario desde su muerte, explicamos los porqués de su grandeza). Faltaba una pieza esencial en el rompecabezas; un producto que Dilla no creó desde las deficientes circunstancias que provocó su rara dolencia derivada del lupus y que iba a representarle de arriba abajo, a poner sobre la mesa todas sus expectativas.

Conocemos de cabo a rabo “Donuts”, su personal redención y vuelta a los básicos creada en su lecho de muerte y álbum instrumental por excelencia que ha inspirado a generación tras generación desde 2006, y de alguna forma esa es la imagen que todos retenemos en nuestra cabeza. La poética y romanticismo del último Dilla entregado a su último respiro. La imagen de una desaparición trágica, la de una víctima del destino y, después, una víctima de su propia brillantez y de los que más le quisieron y que han explotado su talento sin normas hasta que la gestión de su patrimonio artístico quedó bien clara y acordonada. 

“The Diary”, dice Eothen “Egon” Alapatt, se acerca en un 85/90% a lo que hubiera deseado oír Dilla, acercándose a la “interpretación literal” de su visión sonora y creativa, algo recalcado de igual manera por Houseshoes; a partir de juntar singles ya conocidos, reescritos e inéditos con la ayuda del ingeniero de sonido Dave Cooley, se conforma un álbum definitivo que nunca lo fue, y que como cualquier mineral precioso que surge de la tierra tras una larga excavación, tendría asperezas que pulir.

La percepción ante “The Diary” puede verse afectada por la ola de oportunistas homenajes y álbumes póstumos que llegaron en la temporada más convulsa por los derechos sobre el legado de Dilla. La gran pila de tributos innecesarios y saqueo de archivos a comienzos de década ha podido afectar la visión del devoto, que puede confundir “The Diary” con un disco más.

No es así, a pesar de su corta duración, de que conociéramos el grueso de todos los singles e implicados o veamos en él una nueva maniobra de márketing; “The Diary” es una forma de ver el primer borrador de un Hip Hop dispuesto a conquistar el mainstream en los años posteriores, una forma de conocer que Dilla gustaba de imitar a Gary Numan (“Trucks”), gritaba en solitario y no en colectivo que “le jodan a la policía” (“Fuck The Police”) e incluía sin saberlo una metáfora que realmente vaticinaba la forma en que le observaríamos en el futuro.

“You so special, you multifaceted
You can cut glass with it
It’s so brilliant
Go spend a little dough, look like you sold millions
Plus you everlastin’
And drastically important when sportin’ your ghetto fashion.”

“The Shining Pt. 1 (Diamonds)”, J Dilla.