#Artículos

Fabric: El síntoma de una ciudad con prioridades

El cierre del icono cultural e institución para la escena electrónica es un ejemplo gráfico de la Londres actual: la pugna entre la política del ladrillo, la ineficiencia sobre el control del consumo de drogas y la esperanza por salvar la escena de clubes en barrios de clase alta.

08.09.16
Frankie Pizá

Ilustración central de Pe Be

«Tengo algunas drogas que me iba a tomar el sábado en Fabric, pero como ahora está cerrado las tiraré al retrete y nunca jamás volveré a consumir».

–Jon Hopkins. 

La decepción fue un síntoma palpable y colectivo cuando la amenaza del Brexit se hizo realidad, y lo está siendo cuando el Islington Council’s Licensing Sub Committee ha rechazado formalmente la petición para salvar el club Fabric.

Tras unas semanas de intensas protestas, señales de solidaridad y una petición multitudinaria para salvar la licencia del club, las peores expectativas se han acabado confirmando. El público, aficionados y asistentes al club están consternados.

Más de 150.000 firmas no han servido para nada, como tampoco ha servido ninguna cifra: desde su fundación en 1999, han pasado por Fabric unos 6,75 millones de personas. La comunidad electrónica en UK tiene la sensación de estar al descubierto, invadida por intereses que van más allá de accidentes aislados.

El resumen oficial ha diagnosticado que dentro de Fabric existe una «cultura de la droga» que «la organización del club no puede ni manejar ni controlar». El desencadenante de la reactivación de las intenciones de cierre, ya insinuado en 2014, fueron las muertes de dos jóvenes el pasado 25 de junio y el 6 de agosto tras la ingesta de MDMA adquirido dentro del recinto.

El superintendente de la Policía Metropolitana, Stuart Ryan, alegó que «mientras el establecimiento siguiese abierto, el riesgo de muerte seguiría latente». Según Alejandra Outomoro, el mal gesto hacia Fabric es un nuevo ejemplo del enfoque erróneo sobre el consumo de drogas: «la criminalización antes que la regularización», «the war on drugs».

Doctora experta en Drogodependencias y Reducción de Daños y ex-coordinadora de la narcosala Baluard en Barcelona, Alejandra me comenta que el problema reside en la poca información y supervisión que se ofrece ante el consumo de sustancias psicoactivas, y que la única vía real para atacar este «problema de salud pública a nivel mundial» es «abrir mentes y recursos que acepten la libertad de consumo». Y «no morir en el intento»:

«Además del estrés asociado al consumo por ser ilegal: tendencia a esconderse (no supervisado), uso abusivo («me lo meto todo antes de que me lo quiten»), no controlado (no servicio de análisis de sustancias en ambientes recreativos en mayoría de países, no Energy Control) y falta de educación sanitaria sobre consumo seguro (hidratación, alimentación, dosificación, interacciones, reposo, etc).»

Algunos de los últimos acontecimientos a nivel internacional están intensificando la creencia de que la experiencia en el club es insegura e inapropiada. Sucesos aislados con presuntas intenciones racistas como los ocurridos en Orlando han remarcado la preocupación a nivel global, aunque en Londres y el Reino Unido este tipo de política parece estar derivada de otros factores.

En Londres la situación es, concretamente, cercana a lo contradictorio: desde que el nuevo alcalde de origen paquistaní Sadiq Khan llegó al cargo se han lanzado varias iniciativas para salvaguardar la «economía nocturna» de Londres, una de las «más relevantes del mundo».

tiu-articulos-fabric-cierre-drogas-ladrillo-analisis-londres-pe-be-ilustracion

¿Cómo es posible que una ciudad capaz de presupuestar algo como un «zar de la noche» haya visto como en tan solo 8 años se cierran el 50% de sus clubes? Son datos confirmados por el propio alcalde actual de Londres, sucesor en el puesto tras la marcha de Boris Johnson, conservador, uno de los principales impulsores del Brexit y con domicilio en el mismo barrio de Islington.

Todo apunta a la política del ladrillo y a una que intenta disimular la ineficiencia policial. Tan solo como punto de partida: Islington es uno de los barrios con mayor renta de Londres, de origen humilde y superpoblado que se ha transformado en las últimas décadas en un barrio de clase alta, «destino para celebridades, personajes de alta sociedad y profesionales exitosos», según la descripción de Airbnb.

Asentado en Londres desde hace más de 3 años, el artista y productor Blastto encuentra ciertas coincidencias en la localización de los clubes y el propósito o no de cierre. «Mira lo que ocurrió con The Hacienda en Manchester» me comenta, recordándome que el legendario club se ha convertido en un complejo de 130 pisos en una zona creciente de la ciudad obrera.

Según me cuenta el de Guadalajara, «en Hackney Wick, una zona trendy que ha estado subiendo sus rentas últimamente, cerraron el Shapes». Blastto coincide en que la zona tiene mucho que ver en este tipo de asuntos legales: «Mira el Ministry Of Sound, ese no estorba, ya que está en Elephant And Castle, escondido entre las callejuelas de un barrio lleno de inmigrantes, sobre todo latinos». 

Él vive en Dalston, muy próximo a Islington, y conoce de primera mano la situación económica de la zona. En Islington, un alquiler por un piso de una sola habitación ronda las 1.000/1.700 libras. Tal y como expresa un artículo en Independent, uno de los principales objetivos del gobierno de Londres es «atraer el dinero extranjero», y Fabric puede ser una nueva excusa para invertir en la causa:

«Fabric was always going to close, drugs deaths notwithstanding. It’s not the police. It’s not drug laws. It’s likely a government that continues to roll back public services and institutions in an ever more calculating attempt to attract foreign money.»

La junta de Islington, liderada por Flora Williamson, se ha encargado de aclarar que «no son propietarios del edificio donde está Fabric» y «por tanto no tienen ningún interés financiero en él».

En el mismo artículo, que gira alrededor de unos documentos que confirman la ineficiencia policial en el ámbito del control de drogas, se aportan datos sobre las rutinas policiales con perros anti-droga, sugiriendo que en clubes o aeropuertos tan solo se utilizan la mitad del día.

El escrito se dirige a los mismos puntos: las intenciones de engordar la burbuja inmobiliaria y el deseo de «tapar» un control sobre el consumo de drogas casi inexistente. Blastto, cuando le pregunto sobre las fiestas en clubes no formalizados o locales privados, me revela que esas medidas tan «solo existen a gran escala, en los sitios grandes».

¿Es la escena de clubes y el consumo de drogas localizado perjudicial para una burbuja inmobiliaria? El Reino Unido es un país preocupado por la inmigración y que recientemente ha empezado un camino para cerrar puertas al tráfico internacional, pero a su vez busca fomentar y fecundar su suelo con más y más construcciones.

¿Es el cierre de Fabric una medida «ejemplar» para asustar a otros clubes buscando «reducir» el consumo de drogas? Tal y como explica Joe Muggs en Resident Advisor, esta noticia carece de sentido y tan solo perpetuará la diversificación del consumo. Es una impresión que se adivina en las palabras de Jon Hopkins, las que presiden este artículo y que me confirma Alejandra:

«Cerrar 1 club porque se producen 2 muertes consecutivas por sobredosis es cerrar los ojos ante un problema de salud pública mundial. No se van a morir menos chavales por esta medida. Se morirán en otro sitio y «ensuciarán» menos». 

En el mismo artículo, y compartiendo la opinión con otros muchos actores de la escena (Four Tet, Mumdance, Goldie, Hudson Mohawke, etc), se estima que ésta es otra prueba de una campaña que quiere «degradar y disminuir la oferta cultural».

Si hacemos caso a los datos aportados antes (Sadiq Khan, hijo de inmigrantes y sucesor de un antiguo vecino de Islington como es Boris Johnson), y observamos el énfasis que el alcalde está ejerciendo sobre la noche londinense y sus clubes, también podemos presentir que existe un esfuerzo para desprestigiar a Khan.

Por último, si Islington, tal y como apunta Airbnb, es un sitio en el norte de Londres poblado por «celebridades», en el mundo que nos han contado un club como Fabric sería indispensable. Recordemos que la cultura de club fue primero construida por las minorías y los inmigrantes, y más tarde ensalzada y popularizada por personalidades de éxito.

Este ecuación se está atragantando en el cuello de las nuevas figuras de poder en Londres y el Reino Unido, aquellas que por un motivo u otro no quieren ni oír hablar de Fabric. ¿Dónde está el futuro de los clubes? ¿En proyectos inmobiliarios o en espacios ilegales y auto-gestionados que regeneren la libertad que antaño se vivía cuando llegaba la madrugada?