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Cómo vamos a dejar de descubrir música

Una historia alternativa de cómo puede desaparecer o sobrevivir la autonomía y la libertad a la hora de recomendar y conocer música.

11.07.16
Frankie Pizá

Antes de ser borrado, un comentario en una publicación en la página que tenemos en Facebook despertó mi interés. El usuario, fuera de mi círculo personal y también de la comunidad que suele ser más activa con respecto a nuestros contenidos, preguntaba sobre una noticia: «¿qué tiene esto de «future music»?» No fue su interpretación del concepto la que me incitó a curiosear su perfil. Simplemente decidí hacerlo.

Allí encontré que aquel usuario, además de inclinarse preferentemente por la IDM más clásica y en efecto no estaba familiarizado con el tipo de música que había cuestionado, estaba relacionado con el mundo de la tecnología y el software para smartphones. De hecho, acababa de abrir a financiación colectiva una app musical a modo de reproductor y librería, similar a Deezer aunque con otro nombre y otra estética.

Sin tapujos, el usuario al que me refiero compartía en la red social su malestar por el hecho de que «nadie había mostrado todavía su apoyo»: comentaba cosas como «no espero que nadie lo haga» o «podéis seguir haciendo oídos sordos». Y lo hacía a los que supuestamente son «sus amigos», su entorno digital.

Mi diagnóstico fue este: un tipo de entre 30 y 40 años con una idea que lleva a cabo pero que no consigue despegar, y tampoco tiene esperanzas en que vaya a hacerlo. Una nueva app musical que no funciona, que se queda en ese desconocido rincón de los perdedores tecnológicos, aquellos a los que el capitalismo cibernético les hace invisibles.

Por un momento recordé las palabras de Aaron Swartz: «Ya no se trata de quién tiene derecho a hablar, sino de quién consigue que le escuchen». Todos hemos sentido algunas sensaciones que van intrínsecamente ligadas a la red; la de levantarnos, ponernos delante del ordenador y pensar que tenemos algo muy brillante que compartir; la de pensar que podemos conseguir el éxito en un mercado aparentemente fácil como el de Internet; la de pensar que daremos con ese contenido que consiga la tan perseguida «viralidad».

En un artículo de Marta Figlerowicz, The Gatekeepers Aren’t Gone, se trata la «viralidad» como algo «supuestamente democrático» y que en realidad es el principal síntoma de las desigualdades culturales y económicas que Internet ha «intensificado»:

«The vast majority of the episodes we describe as “viral” have preexisting online celebrities and major news sources to thank. Indeed, being picked up by one of these network hubs is the only reliable predictor of mass online recognition.»

«Virality is not really a democratic, participatory phenomenon. Instead, it is shaped by the extreme inequalities that the digitally enhanced capitalist market creates.»

La periodista va incluso más allá, y a nivel puramente estadístico, argumenta:

«In addition to these oligarchic drivers, going viral is extremely rare in statistical terms. Networked dissemination obeys what mathematicians call a “power law.” The vast majority of online content — more than 99 percent of it — inevitably spreads among only a handful of users. But given the structure of our online networks, it is also almost statistically inevitable that a very small percentage of content will shoot around the globe, reaching a vast audience in little time at all.»

«In this sense, the few artists or performers who manage to go viral are less a grassroots cultural movement and more an unwitting 0.01 percent. They are the tiny minority whose exorbitant, disproportionate success overshadows the innumerable artists and performers who do not receive — and can never really hope to receive — such exposure.»

La conclusión es que como humanos, como personas físicas con nuestro particular talento o nuestra luminosa idea, podemos hacer bien poco para triunfar, ya que nada o muy poco está en nuestras manos. Internet nos hace creer justamente lo contrario, que podemos esquivar o podemos hacer que el complicado y orgánico algoritmo de Facebook nos beneficie en algún momento, disparando nuestra popularidad.

Si sustituimos viralidad por simplemente «éxito» podemos llevar estas conclusiones a cualquier terreno. Por ejemplo, el del emprendimiento tecnológico dentro del mundo musical. Ha sido la incursión de nuevas aplicaciones para smartphone las que han conseguido dar la vuelta a aquello que para la industria musical clásica, se había deshecho: la posibilidad de ganar dinero con la música es de nuevo posible, aunque sometidas, las grandes discográficas han vuelto a tomar el control y alguien debería escribir Cómo hemos vuelto a pagar por la música.

Pero de nuevo estamos ante una ilusión; tan solo el 2% de la población implicada en este negocio gana dinero con él, y el universo fuera del alcance de la App Store está a rebosar de proyectos defectuosos, réplicas, compañías en recesión e iluminados que no supieron enfocar bien sus ideas; a la espera de una reforma de la política de beneficios y gestión del copyright y los derechos de autor, tan solo un 2% de los artistas y músicos consigue ganar dinero con la tasa de reproducción, aquella a la que nosotros accedemos mediante el pago de una cuota.

Poco a poco, no solo nuestra capacidad de «triunfo» o «éxito» está condicionada a un invisible capitalismo digital que da mucho a muy pocos y poquísimo a todos los demás: nuestra libertad para «descubrir» también está siendo restringida poco a poco.

A medida que la tasa de usuarios de pago asciende en plataformas como Spotify y Apple Music, el futuro de servicios como SoundCloud se hace más difuso. La compañía alemana ha descendido drásticamente entre las aplicaciones más descargadas y su confusa estrategia está destruyendo el último resquicio «democrático» que nos quedaba para «descubrir música» libremente.

El informe Nielsen Music habló claro hace unos días sobre la primera mitad de 2016: al margen de la subida progresiva del formato vinilo, los datos revelan que el consumo musical en streaming asciende de forma exponencial, al menos en Estados Unidos. Si tomamos los datos del país como baremo, y observamos el modelo que SoundCloud se ha empeñado en destruir para intentar competir con los grandes servicios, llegaremos a una conclusión terrible: escuchamos más música, pero vamos camino de escuchar todos lo mismo.

Porque los catálogos de Apple Music o Spotify, esas aplicaciones a las que mucha gente se está mudando, son supuestamente «ilimitados». Otra ilusión: estamos cambiando la idea de descubrir música por nosotros mismos y de forma autónoma por un modelo que persigue «hacerlo por nosotros». Donde hay algoritmos hay personas aplicándolos y desaparece la neutralidad.

En concreto, Apple Music se comporta ya como una discográfica de las discográficas (que realmente no tiene en propiedad toda la música que pone a nuestra disposición), y aunque muchos artistas siguen confiando en SoundCloud por el volumen de público que ha conseguido amasar en su lustro de dominio, cada vez más se preocupan en buscar los nuevos intermediarios que les gestionen la posibilidad de que su obra sea accesible en un iPhone.

Ante todo, SoundCloud es (todavía) una herramienta para descubrir música: lo ha sido para periodistas, para sellos discográficos, para aficionados hambrientos y para otros artistas. Su implantación progresiva del modelo Go, aunque por ahora inofensiva, es el primer paso para un plan mayor: restringir aún más alguna áreas «premium» acordadas con las discográficas y convertirse en una nueva cuota que pagar de forma casi obligatoria.

Mientras ellos buscan ser más «rentables» y entrar en la lucha por el dominio del streaming musical, nos están restando a nosotros la libertad que su formato había conseguido: la única condición de SoundCloud era tu propio espacio contratado, ya que las condiciones para aparecer en un timeline eran las mismas para todos.

Hace poco, Galcher Lustwerk comentó a raíz del fichaje para su sello de Quavius que «lo había encontrado rebuscando por SoundCloud». La idea de un servicio accesible para todos en el que poder «presentar» tu música se está desvaneciendo poco a poco, al igual que la idea de que navegando, alguien pueda creer en lo que haces.

Esas posibilidades, que antaño se desarrollaban en entornos P2P, recaerá en un futuro próximo casi exclusivamente en Bandcamp. La compañía ha subrayado su modelo de negocio basado en las descargas cuando Apple anunció que abandonaría el modelo de iTunes «más pronto que tarde». Pero Bandcamp no es la red social que ha conseguido ser SoundCloud.

SoundCloud todavía existe, y sigue aportando la experiencia que ha aportado desde sus inicios; según Antònia Folguera, los contratos con las majors y los planes a «corto plazo» de la aplicación son puramente basados en la «supervivencia». Alrededor de las cualidades que llevaron a SoundCloud a su estado actual, Folguera comenta:

«SoundCloud se creó como una herramienta de difusión y colaboración, su naturaleza es ser viral. Aunque haya millones de usuarios que consumen música dentro de la plataforma, su punto fuerte ha sido la posibilidad de embeberse en blogs y redes sociales».

SoundCloud es la única red social musical que realmente ha podido evaluar cierto éxito: dentro de su geografía han tenido lugar millones de conversaciones en busca de un track o sample no identificado, se han formalizado millones de acuerdos de colaboración y se han presentado en privado algunas de las mejores canciones de los últimos años. En SoundCloud, la gente sigue hablando y mandando mensajes.

Cortney Harding, en un artículo llamado Why Music-Based Social Networks are Doomed enfatiza en la realidad que muchos desarrolladores y empresas se niegan a ver: los usuarios no buscan posibilidades sociales en una aplicación musical, porque ya tienen Facebook o Twitter para ese menester. Ella analiza este aspecto poniendo como ejemplo a Crowdmix, una aplicación buena pero que infringe una norma muy básica:

«Social networking around music seems to be a feature, not a product.»

Leyéndola parecen quedar pocas posibilidades para encontrar un camino alternativo a SoundCloud o al modelo de streaming por tarifa plana, al margen de las metódicas descargas. Por eso, y si SoundCloud está diseñando ahora mismo su propio final (al menos está pasando por un mal momento), ¿qué nos quedará? Quizá la irrupción de la realidad virtual cambie por completo nuestra percepción y modelos como el de Musical.ly se acaben imponiendo, aunque aquí tan solo hay espacio para el entretenimiento.

Por ejemplo: The Yams es una aplicación que actúa con una comunicación directa con el usuario. Tu pides según tus preferencias y ellos te envían una playlist de 10 canciones que sigue tus propias directrices. Su eslogan no deja lugar a las dudas: «Music recommendations powered by humans you trust». Su modelo es simple, directo y su énfasis está en actuar como prescriptor, pero dependen de Spotify.

De alguna forma, la obsesión de Apple Music o Spotify por convertirse en el motor de selección personal más poderoso a nivel musical y aquel que cumpla a rajatabla con las necesidades del usuario segmentado, está acabando con nuestro control sobre lo que consumimos y elegimos consumir. Las tan esperadas «recomendaciones automáticas» acabarán refinándose tanto que será imposible escapar a ellas.

En el momento en que tengamos que reservar 300 euros al año para pagar la suscripción a tres servicios musicales distintos, es muy posible que un usuario económicamente débil decida inclinarse por el más cómodo y amplio. El privilegio de buscar, husmear y encontrar la música que va a gustarnos podría caer en desgracia.

Siempre nos quedarán los medios de comunicación dispuestos a seguir filtrando y sirviendo recomendaciones musicales al lector ávido de nuevos descubrimientos. Aquel que no quiere sumergirse en una cadena infinita de recomendaciones en YouTube que le lleve a donde no quiere llegar. Pero ¿qué ocurrirá cuando ya no haya tiempo para escribir o informar sobre proyectos más minoritarios y todos los medios sigan el dictado de los índices de audiencia?

No solo este portal lo sabe: no es lo mismo escribir un artículo sobre C. Tangana que hacerlo sobre Dreamcrusher. Y si deben ser personas las que seleccionen y filtren los contenidos, a éstas hay que pagarles por su trabajo; para ello debe haber beneficios y por ahora, en Internet, solo se consiguen mediante diversas formas publicitarias o donaciones.

Si el criterio de un individual o un medio de comunicación depende de una editorial o empresa más grande, de igualar el balance mensual de ingresos y gastos o de cumplir con unos números establecidos, éstas ya son muchas condiciones.

Sin quererlo, o más bien sin darnos cuenta, nos vemos arrastrados a un modelo en el que el usuario tan solo consumirá y dejará a otros que le digan lo que tiene que consumir; en el caso de los medios musicales, si los usuarios no leen sus artículos las cuentas no saldrán y la libertad para «seleccionar» se verá coaccionada.

Siempre nos quedará el boca a boca. Y aquí la única realidad que no es una ilusión: paradójicamente, es el vinilo y la compra del formato la que está ascendiendo, dando oportunidad a que broten más tiendas de discos y se emprendan más caminos para su distribución. Es allí, donde quizá en algún momento nos reencontremos, de vez en cuando y siempre que nuestro bolsillo lo permita, con el hecho de que alguien nos recomiende algo.