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Burial: Londres en la duermevela

La sombra de Burial sigue proyectándose sobre la escena UK y la música de nuestro tiempo. Marcos Gendre analiza las conexiones y el lenguaje del genio en su etapa post-Untrue.

07.05.18
Carles Novellas

Texto: Marcos Gendre

EL ARTE DE CRACKEAR

Cuando entre 2006 y 2007 Burial irrumpió con “Burial” y “Untrue” -sus dos únicos LPs hasta la fecha-, la materia dubstep recibió un arreón tan vigorizante como lo fue el álbum de debut de Public Enemy en la transformación del funk en una solución hip hop de contundencia industrial y groove imparable. Fue como si hubiera abierto las compuertas de un sonido y nos hubiera arrastrado a su interior. Al igual que Londres tuvo su banda sonora de los 60 en el florido Swinging London, la decadencia vital del siglo XXI requería de un background más apropiado, y este se lo proporcionó William Emmanuel Bevan, aka Burial, un chico del sur de Londres cuya música parecía ser el eco de un graffiti difuminándose en el tiempo.

En las canciones de “Burial” y “Untrue”, el londinense se aplicó en llevar al límite las propiedades de un efecto denominado como crackología, y que Tricky y Pole ya habían reflejado en sus obras más representativas: “Maxinquaye” y “Pole 3”, respectivamente. En ambos casos, el efecto es el producido por el rasgueo de la púa sobre el vinilo, y que en el caso de Burial lleva al límite en su EP “Street Halo”, donde suena como la lluvia londinense borrando las líneas temporales del sonido. Un futuro distópico musicado a través de un gramófono de finales del siglo XIX. Crackología en estado puro, de la que el periodista Mark Fisher llegó a escribir que “Burial conjura audio-espectros a partir del crepitar [crackle] de la púa sobre el vinilo, poniendo en primer plano, más que reprimiendo, las materialidades accidentales del sonido”. Lo que expresa Fisher no dista de la capacidad de dotar de eco al vacío sonoro mediante el que Martin Hannett se aplicó en sus labores de prestidigitador sónico para Joy Division.

STREET HALO, CUATRO AÑOS DESPUÉS

La publicación de “Street Halo” llegó en 2011, cuatro años después de su anterior disco oficial, un hueco que en todo ese tiempo tuvieron que llenar adolescentes como The XX o James Blake; eso sí, aplicando las enseñanzas de Burial en modo canción pop a medio hacer, donde las melodías parecen haber sido insufladas para quebrarse o, directamente, son de crecimiento sietemesino. Sin embargo, fue el propio Burial quien tuvo que volver a allanar el camino hacia nuevas formas. Es como si las camadas de la electrónica actual estuvieran esperando durante todo este tiempo atentas a ver cuál era su próximo paso. Y, desde luego, “Street Halo” no decepcionó. A lo largo de sus tres cortes y veinte minutos de duración, se entiende la evasión del formato LP llevada hasta hoy en día por Burial.

Al igual que cada EP publicado por Disco Inferno en los 90 cobraba una dimensión especial, basado en un proceso de investigación sónica que requería de formatos pequeños para su exposición, “Street Halo” desprende esta misma sensación. No hay más que adentrarse en piezas como “Stolen Dog”, que ahonda en la capacidad de armar picos melódicos a través de la abstracción más pura. Un juego de mezclar voces sampleadas, líneas de bajo gaseosas y una tonada ambient de puro goce anímico. Un milagro que advierte del gusto por romper las teorías apocalípticas de Brian Eno y buscar renovadas caligrafías melódicas a través de un mundo sin notas o acordes, únicamente habitado de efectos, texturas y trucos de producción. Tal fin fue potenciado a través de la oportunidad que tuvo de colaborar con Massive Attack.

¿QUIÉN DIJO MASSIVE ATTACK?

Opio para los oídos: si “Street Halo” demostró que la espera había merecido la pena, “Four Walls/Paradise Circus” fue como espetarle a los de Bristol que aquel mundo de embelesamiento hipnótico prometido en “Blue Lines” había sido vampirizado bajo sus manos. De hecho, si borramos el Massive Attack de la carátula del disco, lo que nos queda es una de las obras más personales de Burial. La hipérbole de la crackología, mediante la que remite a ruinas de raves con cuerpos frotándose que ahora prefieren hacer flotar las neuronas. Mismo objetivo que el abrigado por Leyland Kirby, pero a través de los escombros del 24 Hour Party People de Madchester.

En “Four Walls” el eco dubstep ha quedado prisionero entre los surcos cifrados por el roce de la aguja. Una dubmersión hasta el estómago del sonido. El emborronamiento del espació típico del dub es una de las constantes en la metodología de Burial: disolver los relieves estilísticos. Ya sea dubstep, ambient, house, techno, las interioridades del sonido emergen con efervescencia. Las sensaciones se imponen a los tendones rítmicos. Así como en su momento ya habían perfilado Portishead en su primer LP, además de la escuela bávara comandada por Oval y el house gaseoso de Porter Ricks, la emoción se impone a la vibración del ritmo.

BORRANDO GÉNEROS

La inercia hidropónica es prorrogada en su obra maestra de 2012, “Kindred”. A lo largo de su media hora de duración, “Loner” y “Ashray Wasp” reproducen el frenesí tecno de las raves de los 90. Nostalgia alimentada bajo su propia paleta de efectos. Sin duda, la grabación más accesible de todo su repertorio.

El magnetismo de cada uno de los bajos y efectos milimétricamente retorcidos corroboran que no ha cedido en sus pretensiones por desarmar los cánones genéricos, sino que también puede hacerlo para las masas. Esta última sensación es la que anula totalmente mediante “Truant/Rough Sleeper”, el disco con el que cerraba 2012 a su manera: marcando el camino hacia las propiedades oníricas de la música ambient. La confusión es el elixir surgido de quebrar los tiempos de la canción. No hay rastros de previsibilidad en un enfoque cada vez más contemplativo, a la vez que físico. Ya no se distingue 2-Step de downtempo, ni dubstep de tecno. Todo parece renacer en un brebaje psicofónico de las radios piratas ravers no muy lejano, en motivación, al gusto de Ariel Pink por invocar la radio mainstream de los 80 en canciones que parecen brotar a través de sesiones de espiritismo.

Lo mismo sucede en “Rival Dealer”, donde su manera de exponernos la desfragmentación de los temas muestra el único camino posible hacia una nueva revolución: reeducar el filtro auditivo del oyente. Así como había hecho Miles Davis a finales de los sesenta y principios de los setenta, la misión está encaminada a eliminar ese “algo” reconocible que se impone al resto de sonidos. Y que, en base a su pulsión hipnagógica, llevan haciendo desde hace años retrofuturistas de la electrónica como Moon Wiring Club, Ekoplekz y The Focus Group. Estos últimos grabaron un misterioso disco junto a Broadcast, quizá el paralelismo pop más creíble en intenciones con las formuladas por un Burial, que en sus últimas entregas prosigue con su senda hacia la erradicación de modelos previsibles de canción (como en el aura galáctica, a lo Klaus Schulze, de “Beachfires”). Por su parte, en “Subtemple”, parece como si hubiera reimaginado el espacio dub dentro de una oda mántrica de resonar indio. Burial comienza a lanzar pistas, abriendo puentes ajenos al canon anglosajón.

LA MÚSICA DEL SILENCIO

Tal como queda fervientemente expuesto en “Young Death”, La literalidad de los sonidos que fluyen en su primer LP han sido engullidos con nubes. Los contornos se han borrado y los rebordes se han ahogado. Escuchar “Young Death” es como una sesión de hipnotismo en la que huimos del sudor masivo de la rave. En cortes como este, tal como sugiere Mark Fisher, el uso sumergido de las voces proporciona al sonido una profundidad de campo en 3D. Más allá de su forma más musical que vocal, abre el espacio sonoro de forma sintomática. Y nos inducen a percibir tanto los sonidos ausentes como los audibles. Pistas fantasmas de una música que parece estar continuamente en segundo plano, rondando desde las sombras.

La progresión mostrada en todas sus grabaciones posteriores a “Untrue”, es inversa a la de James Blake, cada vez más centrado en definir su patente entre líneas definibles de música pop. Una aventura hacia lo desconocido que no podría encabezar otro que no fuera el hombre anónimo que ha sabido conceder al pulso dance una sensación total de individualismo. Como leer un libro, la subjetividad siempre hace que las descripciones jamás sean iguales para dos oyentes. Por eso, a pesar de su profundo arraigo dance, la música de Burial, es tremendamente individualista. No hay dos personas que escuchen de la misma forma sonidos, existentes o imaginados, en sus temas. Definitivamente, el “elige tu propia aventura” con más posibilidades de la electrónica de este milenio.