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Pesadilla en Barrio Sésamo: un viaje al interior de “Music Has The Right To Children”

Ya sea por su estética o por su visión, la ópera prima de Boards of Canada sigue siendo igualmente fascinante veinte años más tarde. Marcos Gendre explica los orígenes y las implicaciones de un disco irrepetible.

10.10.18
Antoni Ripoll

Texto de Marcos Gendre. 

Este año se cumple el veinte aniversario del primer LP de Boards of Canada. Escuchado con perspectiva, no solo ha pasado todos los controles anti-arrugas, sino que tanto tiempo después sigue funcionando como un monolito de sabiduría ante el que se ha postrado todo polizonte embarcado en el meridiano entre caligrafía electrónica y ensimismamiento hipnagógico.


Hipnosis total

Para ponernos en situación tenemos que trasladarnos a la segunda mitad de los noventa, cuando se produjo la primera irrupción de peso por parte de los hermanos Marcus Eoin y Mike Sandison, aka Boards of Canada. Fue a través del EP “Hi Scores” (1996). En el mismo, se incluía “Turquoise Hexagon Sun”, uno de los 17 eslabones que luego engarzarían “Music Has The Right To Children” (1998).

Empañada en profunda electrónica azul, su escucha reproduce la sensación de imaginar a Erik Satie enjaulado en un bunker de sintetizadores. La lluvia dibuja contornos de profunda melancolía. La subjetividad de la expresión instrumental reluce como la descripción más exacta. En “Turquoise Hexagon Sun”, cada trazo, beat, sinte o sample es una imagen dentro de una composición fotográfica. Su fluir está absorto en la contemplación de un entorno definido por reglas temporales de poso rural que reproducen la niñez abstraída de Eoin y Sandison.

Los 33 minutos que dan forma a “Hi Scores” parten de la ideología IDM, pero solo como excusa para abrigar conceptos aparentemente sencillos, entre beat, psicodelia y ambient. En realidad, las formas de sus canciones esquivaban el tributo dance antes de entrar directamente en la fase del trance.

En una época donde el estado de hipnosis rítmica tenía su filtro más efectivo en la crackología aplicada por adalides como Tricky, Portishead y Pole, estos dos escoceses no necesitaban de perfilados borrosos para invocar viajes interdimensionales entre las diferentes estancias de la mente. En un corte como “Nlogax”, los distintos elementos que la vertebran arrancan bajo patrones reconocibles de trote hip hop, hasta que en su tercio final se produce una desconexión brutal, donde tal como reconocían sus autores “es como si tu cerebro comenzara a fallar en medio de la canción”.


Psicodelia infantil

La neblina mental ocasionada en “Nlogax” define uno de los puentes argumentales en la proyección psicodélica de “Music Has The Right To Children”. La inmersión visual de cada una de las canciones abre las vías interpretativas de una ronda de sinfonías creadas para vagar en la quijotera del oyente, como el descubrimiento de un recuerdo erosionado por el peso de la vida adulta.

De hecho, no puede haber título más representativo de lo enunciado que “An Eagle In Your Mind”, cuyos alambres rítmicos están ensamblados por crujientes chisporroteos de graves. Como un corro de niños saltando en un charco.

Desde este corte bulle el concepto de hip hop psicofónico, prolongado al resto del temario. Más que a una proyección onírica, asistimos a la idealización que el paso del tiempo ha ejercido sobre recuerdos casi olvidados. De hecho, adentrarse en esta música es lo mismo que abrir un álbum de fotos sin rostro, como los que pueblan la portada. Sus protagonistas, anónimos, parecen haber sido invocados de una típica serie de ciencia ficción rural británica de los setenta, del tipo “Los chicos de Stonehenge” (1977), aunque en realidad donde parecen estar más inspirado el dúo es en comportarse como enemigos de Zafiro y Acero, protagonistas de una serie del mismo nombre donde reparaban las confusiones temporales producidas a lo largo del túnel del tiempo.


La música del miedo

Sandison y Eoin crecieron en la época del falso optimismo pre-neoliberal de la Inglaterra de los años setenta. Eran tiempos donde la herencia de la Segunda Guerra Mundial aún se podía respirar en cada rincón de Gran Bretaña. El miedo a las catástrofes nucleares y los desastres ecológicos eran canalizados a través de toda clase de películas, series o programas emitido en la BBC. Como el propio Sandison reconoce: “Mirando hacia atrás en la televisión y las películas de esa década, mucho de lo que ves era bastante oscuro”.

Del filtrado televisivo de aquella, el dúo fue absorbiendo los experimentos sónicos procedentes de series como “Zafiro y Acero” (1979-1982) y todo lo que surgía de los trabajos hechos por la BBC Radiophonic Workshop para series como “Doctor Who” (1963-1989).

Pioneras de la investigación sinte como Daphne Oram y Delia Derbyshire fueron básicas a la hora de concebir ese acabado retro y analógico de sus texturas, tonos y sampleados. A todas luces, “una influencia más fuerte que la música moderna, o cualquier otra música que escuchamos en ese momento. Nos guste o no, son las melodías que siguen girando en nuestras cabezas”, reconocía el propio Sandison.


Sesame Street meets IDM

Una de las influencias más notorias en su educación músico-televisiva fue la de “Sesame Street” (que no es otra que la popular “Barrio Sésamo”). De la misma, crearon un buen número de samples en base a voces infantiles. Tal es el caso de “The Color of the Fire”, donde el 1’ 45” que dura gira en torno al “I love you” distorsionado reproducido por un niño.

La misma obsesión por el mítico programa infantil se puede aplicar a “Aquarius”, donde nos adentramos en un universo de samples compuestos de risas pre-adolescentes de espectro altamente inquietante. Parece como si esta canción, con sus contrapuntos vocales adultos, se hubiera pensado para que Moon Wiring Club la imaginara en uno de sus inconfundibles videos de estética serie B.

Precisamente, Ian Hodgson -aka Moon Wiring Club– es el músico que mejor ha sabido entender el enigmático sampleo vocal dispuesto en la piedra roseta de Boards of Canada. Tal como el artista comenta a propósito de los activos conceptuales de este infravalorado arte: “Creo que si aplicas un poco de pensamiento a estas voces, comienzan a ofrecer su propia narrativa fuera de su contexto inicial en el transcurso de un álbum. Más que una recontextualización, puede sentirse como un ‘tercer nivel’ involucrado en la música. Algo contenido que comienza a ser hablado”.


Eco hipnagógico

Tal como atinaba en decir hace poco Simon Reynolds, el primer álbum de Boards of Canada trata “el culto a la infancia”, pero también los miedos que la alimentan. Los mismos que Ian Hodgson ha maleado entre pesadillas por medio de Moon Wiring Club.

Dentro de la percepción nostálgica por recuperar los fantasmas y la paranoia producida por la visión de películas de terror en la niñez, “Music Has The Right To Children” ha plantado una semilla que ha enraizado en figuras como Leyland Kirby, Burial, Silvania, Black Moth Super Rainbow, Matmos y la mayoría de artistas que conforman el catálogo del sello Ghost Box.

Estos últimos son el gran epicentro de la hauntología, que el teórico Mark Fisher llegó a definir como “un paradigma del malestar producido por la posmodernidad: un mundo estático atormentado por los fantasmas del pasado después de ‘El fin de la historia’ de Francis Fukuyama”, donde se exponen los miedos hacia la actual democracia liberal que rige Occidente.

Cuando Fisher se refiere a esos fantasmas del pasado, lo hace a los años sesenta y setenta, precedentes al mandato de Margaret Thatcher, y cuya evocación distópica ha demarcado todas las líneas de acción de los ritmos, melodías gaseosas e imagen creadas a través de la música de Boards of Canada. Una burbuja específica espacio-temporal de corazón electrónico que llegó a ejercer de puente con los modismos pop. No hay más que recordar a los Radiohead de “Kid A” (2000) y “Amnesiac” (2001); pero aún más a Ariel Pink, cuya excitante fanfarria psicodélica también procede de un territorio únicamente alumbrado en su cabeza.

Desde un frente más cercano a la carcasa hip hop ambient, el debut de los escoceses emerge como la versión onírica de los primeros clásicos de Wagon Christ y DJ Russian, primos lejanos que apuntan líneas hacia el movimiento eterno de un disco cuya influencia es paralela a la de una serie como “Twin Peaks” en el mundo del cine y la televisión: nunca jamás como conjunto, sino a partir de los diferentes elementos que la componen.

De su ensoñación de la psicodelia infantil al uso maquiavélico del sampleo vocal, pasando por sus bases hip hop a cámara lenta, a día de hoy, “The Music Has The Right To Children” sigue funcionado como un cubo de rubik sin solución posible y múltiples caras donde reflejarse.