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La unión hace la fuerza: Bloques, criptografía y un nuevo porvenir para la música

La tecnología que está preparada para revolucionar la industria musical se enfrenta a una arquitectura anticuada y repleta de grietas; los expertos que proponen Blockchain como solución empiezan a pensar que un futuro justo, transparente y accesible para todos no es inalcanzable.

14.07.16
Frankie Pizá

En los créditos de «Ultralight Beam» se reflejan hasta 13 autores. Al estar disponibles en la red, a vista de todos, podemos observar también que hay más de una decena de empresas y discográficas implicadas en la repartición de los derechos para el single. La última obra de Kanye West está repleta de contribuciones externas: es un síntoma habitual hoy en día, son los nuevos procedimientos o necesidades creativas, que un álbum pase antes de su salida al mercado por cientos de estudios.

En 2015, Kendrick Lamar ya presentó los créditos completos para «To Pimp A Butterfly»: una larga lista de colaboraciones, perfilados, instrumentistas y otras firmas que de alguna forma han incidido en el producto. Es una práctica que se está extendiendo de nuevo como acto de honestidad y simbólico reconocimiento para todas aquellas personas que se esconden tras proyectos de esta envergadura: desde el letrista que mejora una estrofa a la persona contratada para regrabar unos acordes de saxofón.

El gesto radica en ponerlos a disposición pública y no limitar la información a una página en Wikipedia. En otoño de 2015, un joven de Linz (Austria) demostró las grietas del sistema de acreditación en una industria musical que ya no imprime tantos CDs ni tantos libretos como antes: Sebastian Fuchs se dedicó a modificar algunas páginas en Wikipedia incrustando su nombre en singles de éxito, aquellos en los que decía haber estado implicado.

En tan solo unas semanas, Cali the Producer estaba en boca de todos: The FADER, Complex o hasta XXL mencionaron su nombre como co-productor en canciones como «What Do You Mean?» de Justin Bieber, «Pass Dat» de Jeremih, «Can’t Feel My Face» de The Weeknd o le nombraron en las contribuciones a material de Future o August Alsina.

Cali The Producer existía, ya que sus cuentas en Twitter y SoundCloud así lo confirmaban, pero cuando su nombre comenzó a expandirse en Internet, algunos foros como KanyeToThe.com y AbsolutePunk.net ataron cabos consultando créditos oficiales y sugiriendo que Fuchs había editado las páginas por su cuenta. Nadie antes se había parado un momento a comparar los créditos que habitaban en Wikipedia con los de un booklet típico, de aquellos que podíamos encontrar en un CD.

De la extinción de los booklets a la inadaptación de la industria en plena era del big data. 

«The information about who did what on a given record almost always exists somewhere in the world, but it is typically fragmented between a large number of databases that don’t sync with each other, and whose owners have conflicting views about what should be public and what should be private.»

–D.A. Wallach.

Durante los años de la expansión de los archivos digitales y depresión del formato CD, ningún método ha sido capaz de entregar información detallada al consumidor sobre quién ha hecho qué en una obra musical. Es la primera y mayor discriminación de la industria musical en la era digital: la de obviar progresivamente el trabajo de cientos de personas relegando los créditos a páginas en Wikipedia fácilmente expuestas al fraude.

Aunque una constante se esté estableciendo en estos momentos, y muchos artistas y servicios estén comenzando a mostrar oficialmente los créditos, existe la necesidad apremiante de poseer una base de datos única, un directorio que nos de la posibilidad de consultar toda esta información fácilmente y sin que ésta sufra una fragmentación y tergiversación continua. Una fuente en la que podamos confiar.

La industria musical, buscando adaptarse a la nueva era, pareció actuar de forma práctica: debido a la rapidez inusitada del consumo musical y la proliferación del streaming como recurso en un futuro a corto plazo, ¿para qué ocupar espacio con créditos que nadie va a consultar? Y más cuando a estas minúsculas partes de la propiedad de una canción apenas les importará ya que por el hecho de haber estado ahí reciben una aún más ínfima parte de los beneficios.

Una canción como «Ultralight Beam» posee decenas de derechos tan solo en su país de grabación, al igual que decenas de artistas relacionados con su creación: en un servicio digital como Spotify solo podemos acceder al nombre del artista principal, la persona que escribió la canción, el nombre del álbum o su fecha de lanzamiento.

Esencialmente, «Ultralight Beam» posee el derecho de autor para las personas que escribieron la canción y los que tienen derecho de edición sobre ella. Después existen los derechos de reproducción o ejecución, que dictaminan quién recibe el porcentaje de beneficios cuando un single se expande por los altavoces de Madison Square Garden. Todo está determinado a base de contratos de acuerdo entre las partes implicadas que actúan como leyes para repartir los beneficios que genera una obra musical.

Spotify paga una parte proporcional de las reproducciones de una canción que se determina según la popularidad de la misma en un período de tiempo. Con esta situación, imaginemos la retorcida ruta que los beneficios seguirán en función de las regalías establecidas.

La liquidación de un servicio de streaming como Spotify puede llevar a cabo pagos a numerosas personas, dividiendo los frutos en más de una veintena de pequeñísimas partes que van a parar a escritores, a la discográfica o las discográficas, las organizaciones que gestionan los derechos de autor (como en España la SGAE) o en el caso de Estados Unidos a organizaciones (Harry Fox Agency) que compensan a los artistas por lo que se denomina la mechanical license.

Observando este tipo de difusos entramados a los que hoy están sujetos los derechos de propiedad intelectual sobre una canción, se puede llegar a la conclusión de que el verdadero problema no está en la política de compensación de los servicios de streaming sobre los artistas, sino en la ausencia de un modelo transparente que elimine intermediación y burocracia en la gestión de esos datos.

El enfoque mayoritario es otro: se suele demonizar a servicios como YouTube o Spotify por sus sistemas de pago de las regalías alegando una ausencia de justa repartición cuando ni el propio autor de una canción es capaz de reconstruir el diseño de derechos y propiedades que su propia obra ha generado a nivel administrativo.

El Bitcoin y la red que lo sustenta: Blockchain.

La palabra Bitcoin es hoy por hoy conocida por la mayor parte de usuarios en Internet; a pesar de no ser la única criptomoneda (Ripple, Litecoin y Dash son otros ejemplos), es sin duda la más popular.

«Creada» por el sujeto en paradero desconocido o «grupo de personas» Satoshi Nakamoto, se generó a partir de la gran crisis financiera que asoló Estados Unidos en 2007/2008; según Alan Lazalde, «Bitcoin es todo lo que el dinero es: en él se depositan y contabilizan valores, es intercambiable por casi todo tipo de bienes y servicios, nada más que no se transporta de mano en mano ni se acuña ni regula por un banco central».

«Bitcoin se crea y valida por los usuarios en vez de ser emitido por un gobierno» argumenta Lazalde, que a su vez explica: «mientras divisas como el euro o el dólar están respaldadas por el gobierno que las emite, Bitcoin genera su valor a través de un sistema computacional que simula el minado de materias primas».

También lo define como «la culminación de una serie de tecnologías financieras y digitales, desde el bit gold de Nick Szabo hasta sistemas centralizados como PayPal, con ingredientes matemáticos únicos inspirados en viejos referentes como el trueque y la minería de metales preciosos».

–> Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System <–

La palabra Blockchain no es tan conocida: se trata de la «red que sostiene la economía Bitcoin», un tejido capaz de transportar no solo moneda virtual, también cualquier clase de archivo digital.

Blockchain es una «cadena de bloques» y según Marc Andresseen, «esencialmente solo un registro, un libro mayor de acontecimientos digitales que está “distribuido” o es compartido entre muchas partes diferentes».

«La cadena de bloques solo puede ser actualizada a partir del consenso de la mayoría de participantes del sistema y, una vez introducida, la información nunca puede ser borrada. La cadena de bloques de Bitcoin contiene un registro certero y verificable de todas las transacciones que se han hecho en su historia».

–Marc Andresseen.

Muchas voces describen a Blockchain como «la tecnología más disruptiva y prometedora desde Internet» y la observan como el elemento que destruirá la burocracia implícita e intermediarios en cualquier «certificado de propiedad» gracias a su naturaleza como «un sistema distribuido resistente a ataques informáticos, fallos o falsificaciones» que además no pone en peligro la privacidad de cada usuario.

En Bit2Me lo explican como «un registro de todas las transacciones que tienen lugar “empaquetadas” en bloques que los mineros se encargan de verificar». Y recalcan la importancia de esta «seguridad»: «toda interacción que se lleva a cabo online hoy en día está respaldada por una autoridad central en la que confiamos» y «siempre existe el riesgo de que algún proveedor de información te esté mintiendo o simplemente se equivoque».

En resumen: Blockchain es un enorme libro de cuentas, allí donde se registran públicamente todas las transacciones de una red y que puede cambiar la forma y paradigmas a la hora de validar y certificar propiedades o establecer porcentajes equitativos. Es una forma de eliminar la intermediación y por tanto el control administrativo. Contabilidad compartida y sincronizada por un conjunto de usuarios, «en constante actualización y encriptado, impidiendo así que nadie pueda modificarlo«.

Airbnb es la primera empresa popular fuera del sector financiero que ya está marcando el camino para utilizar las aplicaciones Blockchain con el objetivo de «mejorar la confianza del usuario» sobre los servicios que la compañía ofrece en calidad de «intermediaria». Para certificar la confianza en un usuario o servicio, Airbnb o Uber combinan las revisiones de perfiles en redes sociales con las valoraciones que éstos reciben.

«Estamos buscando el método más efectivo para asegurar al cliente que una persona es de confianza, y ciertamente algunos de los avances tecnológicos como la tecnología Blockchain podrían adaptarse perfectamente a nuestra empresa» dijo el co-fundador de Airbnb Nathan Blecharczyk.

Misión: Alinear los incentivos de la industria musical y generar una nueva arquitectura. 

«The mistakes of the post Napster era should not be allowed to roll on, to the detriment of many and the benefit of few.»

–Brian Message.

Hay motivos para pensar que la narrativa entre música y tecnología puede dejar de ser «supuestamente desfavorable» para la primera. Después del modelo de la descarga, la extinción de los formatos físicos y el dominio del streaming de pago, una nueva revolución puede reajustar los beneficios generados compensando desde artistas a consumidores, acabando a su vez con la raíz del problema: la falta de transparencia y sincronía en la gestión de los datos y derechos referentes a las obras musicales.

Panos Panay, fundador de la OMI (Open Music Initiative) y director del Berklee College of Music’s Institute for Creative Entrepreneurship (BerkleeICE) y su equipo están detrás de la creación de una «shared digital architecture for the modern music business». Según comentaron cuando se anunció la iniciativa: «We believe an open-sourced platform around creative rights can yield an innovation dividend for creators and rights holders alike.»

La OMI viene apoyada «en principio» por multinacionales como Universal Music, Sony Music y Warner Music, servicios de streaming como Spotify, YouTube, Pandora, Netflix, SoundCloud o SiriusXM, además de otras empresas como CD Baby, Tunecore, Downtown Music Publishing, Featured Artist Coalition, Music Managers Forum o Future of Music Coalition.

La iniciativa es tan solo la punta del iceberg: una de las primeras consecuencias tangibles tras la fundación del proyecto Rethink Music (liderado por Allen Bargfrede y también impulsado por el BerkleeICE), un programa que tiene el objetivo de encontrar proyectos que sean capaces de formular y proyectar esa nueva arquitectura para la industria musical de nuestro tiempo:

«Through its Rethink Music think tank, BerkleeICE aims to undertake research projects that ask big questions about the future of the creative industries and explore the idea of music as a catalyst for social change and innovation.»

Fundado en octubre de 2014, Rethink Music publicó hace muy poco los resultados de su profunda investigación sobre el presente y futuro del negocio musical y la gestión de los datos y propiedades que genera.

Rethink Music ha tenido durante sus investigaciones un negativo impacto en el entorno: el propio Bargfrede declaró en el encuentro Bizkaia International Music Experience (BIME) de 2015 que «algunas compañías habían incluso amenazado que jamás volverían a admitir estudiantes y becarios del Berklee». Allí, Bargfrede coincidió con otros dos importantes activistas para el rediseño de la industria musical: Benji Rogers (PledgeMusic) y Cliff Fluet.

En el documento libre Fair Music: Transparency and Money Flows in the Music Industry se encuentran las claves para entender los factores obsoletos del sistema actual y conocer las nuevas fórmulas que llevarán a implantar un modelo más justo, ético y transparente.

–> Fair Music: Transparency and Money Flows in the Music Industry <–

De la investigación se sacan conclusiones similares a las que llegó D.A. Wallach en su artículo Bitcoin for Rockstars (diciembre de 2014): los pagos de regalías que se generan a través de la tasa de streaming suelen desvanecerse entre la maraña de derechos sobre la obra y tan solo entre el 20 y el 50% de ellos llega a sus dueños reales. Los menos beneficiados son efectivamente los artistas o compositores.

A veces el dinero no llega directamente ni al autor, el intérprete o la compañía discográfica, sino a empresas que gestionan las regalías de grandes grupos de propietarios de derechos de autor. Son los mencionados intermediarios.

“This is an industry whose fundamental business model has been completely upended, but its cost structure and its intermediary structure haven’t changed from a very different era. Let’s just face it: You don’t need all these people in the supply chain.” 

–Panos Panay.

Según Bargfrede, y refiriéndose el espíritu del análisis y ruta propuesto por el BerkleeICE:

«As the music industry evolves and streaming services become the dominant means of listening, recording artists’ and songwriters’ rights and the flow of money within the industry is the single biggest challenge today’s musicians face, and with this initiative, we are addressing the issue head-on for today’s creators.»

El estudio propone éstas soluciones:

«Fair Music» seal, similar to a fair trade certification, to encourage fair pay-out rates and protect creators;

«Decentralized rights database, controlled by a nonprofit, that lowers the number of unclaimed royalty payments.»

«Blockchain technology, which powers Bitcoin and other cryptocurrencies, to manage and track online payments directly from fans to music creators.»

«Education initiatives for all music creators regarding their rights and the operations of the industry.»

Por una industria musical justa y que haga fluir la conversación artista-oyente.

«Lack of transparency is very profitable for the music industry. Not everyone should see everything, but artists should at least be able to understand their revenue streams. Everybody could benefit from this technology, also labels, publishers and PROs.»

–Allen Bargfrede.

¿Qué nos permiten hoy en día los servicios de consumo musical a los aficionados? Podemos compartir una canción de nuestro artista favorito o señalar que nos encanta, pero no mucho más. Lo más importante de la tecnología o las tecnologías que vayan a inspirarse en las «cadenas de bloques» es que los fans se sentirán realmente impulsores de un artista o proyecto musical por primera vez.

PledgeMusic, con su planteamiento y diálogo directo entre artista y aficionado ha conseguido que al menos supongamos cómo el fan puede convertirse en inversor o promotor a corto y largo plazo de un músico sin tener que recurrir a intermediarios.

Iniciativas como la de Benji Rogers han relegado al crowdfunding clásico a la prehistoria. Con ellas se han establecido comportamientos que al igual que la publicación cada vez más común de los créditos completos de las obras musicales, ya insinúan la llegada de un funcionamiento sincronizado y en el que la propiedad podrá ser «granular».

Con una «cadena de bloques» podríamos imitar el funcionamiento de la economía Bitcoin y programar las reglas de la propiedad en cada álbum, dirigir automáticamente las compensaciones de manera proporcional a todos los «accionistas», acabando con el diálogo abstracto y borroso que mantienen artista y oyentes.

Un nuevo paradigma también llegaría para el concepto actual de sello discográfico: se reformaría fundamentalmente su papel y se establecerían nuevas conexiones que harían que su labor se redujera a la prescripción. La descarga ilegal, el robo, el fraude o el secuestro de identidad se convertirían a largo plazo en problemáticas de otra era gracias a la protección y seguridad de una red global distribuida.

¿Podrían algunos artistas vivir de su música y del consumo de su obra en servicios de Internet con esta reestructuración y eliminación de fricciones? Y ¿cómo podría funcionar el sistema de compensaciones inspirado en una «cadena de bloques»? Con este planteamiento, al menos, podríamos decir en cada momento a dónde va a parar el dinero y a quién va dirigido. Imaginemos un esquema:

-Una base de datos fiable y organizada (imaginemos un Discogs sin autoridad única y donde todos tenemos poder de verificación), un libro de cuentas global donde cada artista, cada sello, cada titular de derechos y cada canción y álbum tienen su entrada específica.

-Cada vez que una canción se reproduce en un servicio digital, los «contratos inteligentes» (o «smart contracts») programados previamente automatizan el diálogo entre esas direcciones o «entradas». Cada parte recibe su porcentaje previamente acordado y las transacciones son públicas, pueden verse en tiempo real.

-Spotify, YouTube o Apple Music emiten micropagos directamente a la entrada de una canción, y a través de esos contratos se dividen las regalías que genera la reproducción.

Aunque vislumbremos un mapa claro de qué podría ocurrir con la industria musical si redibujamos su sistema bajo estas normas colectivas y de algún modo cooperativas, el monopolio y el grado de «control» de algunos intermediarios y empresas llegaría a su fin. Por esta causa tan habitual y como ya nos tiene acostumbrados el feroz capitalismo neoliberal, implantar este tipo de plan no será nada fácil.

También existen varias contrapartidas:

-Al igual que en el funcionamiento global del Bitcoin, donde se necesita una gran capacidad de procesamiento para salvaguardar y dar seguridad a la «cadena de bloques», los usuarios que más contribuyen con la minería son recompensados con más opciones para ganar los Bitcoins libres que el sistema escupe periódicamente. D.A. Wallach sugiere que en el futuro de la industria musical, los usuarios que aporten nuevas o más cantidad de entradas al gran libro de cuentas recibirán una compensación.

-Aunque estemos hablando de «código libre», y eso signifique que ninguna entidad está controlando el funcionamiento y desarrollo de una aplicación, para escribir nuevas entradas o modificar información en el libro de cuentas requeriría un permiso específico. ¿Quién arbitraría ese tipo de cuestiones y daría o quitaría permisos para contribuir? Algunos expertos imaginan un «consejo de administración» que incluya representantes de todos los colectivos: artistas, editores, sellos, empresas y servicios de streaming.

Sería demasiado impulsivo plantear los trazos que seguirá o debería seguir la implantación de esta tecnología en el día a día de la relación músico-oyente, así como recomendar una hoja de ruta que tenga esta arquitectura como única solución.

Aún así, y tan solo echando un vistazo a las reformas que podrían aplicarse a través de esta revolución (desde el acceso a una información fidedigna a la gestión del copyright), cualquiera se encuentra de frente con las incontables grietas y desequilibrios de un método arcaico y que no fomenta una actitud «generativa». Más bien da la impresión de que la propia industria musical se haya olvidado de la música.