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Beyoncé: Cuando la música no es suficiente

Así la imaginaría Julien Gracq; lo último de la cantante e icono afroestadounidense, su feminismo como bluff y el activismo reducido a hashtags.

04.05.16
Frankie Pizá

Texto de Gonzalo Oya.

Todo comenzó aquel 8 de Febrero. Aquella noche Beyoncé nos puso en sobreaviso acerca de cual sería la estrategia de marketing de su nuevo álbum. Su aparición en escena, con unas coristas con pelo afro y chaquetas de cuero bailando en una llamativa formación de equis, fue interpretada como un guiño al movimiento Black Lives Matter.

La prensa liberal y bienintencionada se atrevió a afirmar que aquel show, en el más vulgar sentido de la palabra, era además un sentido homenaje visual a los Panteras Negras y a Malcolm X. Para los más conservadores, toda aquella charlotada era poco menos que una apología de la violencia antisistema.

Vamos a pasar por alto lo obsceno del acto; que se pretenda homenajear a alguien como Malcolm con unas señoritas en cueros formando una letra equis, o a un partido marxista como los Panteras moviendo cadera en el descanso de una de las mayores celebraciones del consumo y el capitalismo a nivel mundial, resulta tan estúpido y ofensivo que no hace falta ni dedicar un segundo a ello.

Sin embargo, si que sorprende el que unos y otros pasaran por alto lo más llamativo; por alguna razón un movimiento burgués y moderado como el Black Lives Matter lograba equipararse, al menos en el temeroso imaginario colectivo americano, al de los movimientos nacionalistas negros de los 60 y 70.

Lo cierto es que cuando Beyoncé irrumpió en ese escenario, lo hizo con la lección bien aprendida. Sabe de sobra que hoy la música, es lo que menos importa a todo aquel que mantenga su interés en un personaje como ella. Puede que por eso hace tiempo que se ha retirado de la batalla por las listas de éxitos; para sus fans es algo más que una artista y la diva ha asumido de buen grado el convertir su misma existencia, en objeto de consumo. Por ello, su adhesión más o menos explícita a un movimiento como el Black Lives Matter, es cualquier cosa menos casual.

Por que al final, como bien vaticinaba Pasolini hace 40 años, la iconografía de la izquierda y todos sus tics se han convertido en un simple objeto de consumo. Los estudiantes romanos de los que él hablaba, aquellos «que se apresuran a comprar la última foto de Mao Tse-tung  y aplauden a los guardias rojos lo mismo que a los Rolling Stones», encuentran hoy sus descendientes directos en todos esos jóvenes que disfrutan de su gozoso activismo social como si de un nuevo elemento de ocio se tratara. 

Como vemos, Beyoncé se ha limitado a leer a la perfección el signo de los tiempos, e incorporar en el momento adecuado los aditivos necesarios para que el público, «su público», siga consumiendo con fruición su producto. Sí, su falta de pudor es casi tan grande como su inteligencia.

Sin embargo, como decíamos al principio, esa actuación de la Superbowl fue tan sólo el prólogo de todo lo que se nos vendría encima unas semanas más tarde. El lanzamiento por sorpresa de «Lemonade» que ella ha definido como un «álbum visual», incendió las redes sociales. En él, Beyonce se ha asegurado de incorporar todos y cada uno de los clichés, fantasmas y obsesiones de la burguesía negra afroamericana de nuestro tiempo.

Un colectivo que no se ha desviado un ápice de la senda marcada por sus émulos blancos, abrazando, como es lógico, el neoliberalismo a ultranza como base ideológica innegociable  sobre la que elevar el habitual sistema de recompensas y retribuciones. Volviendo al siempre sabio Pasolini, quizás sea cierta aquella famosa máxima suya, de que más que un status social, lo burgués es sobre todo, una enfermedad que lo contagia todo.

Sin embargo, ese nuevo establishment acomodado negro lleva años viéndose obligado a negociar con un pasado complejo, representado por la dicotomía ideológica que siempre ha existido entre la parte moderada del movimiento pro derechos civiles y el incómodo peso del nacionalismo y el marxismo negro de los 60 y 70. 

Como consecuencia, lo «afroamericano», o mejor dicho lo «afro-estadounidense», es hoy un vago concepto conformado por un batiburrillo de elementos estéticos y culturales en el que todo vale, y en el que nadie conoce a nadie. La pieza visual del trabajo de Beyoncé, concebida como un trabajo colectivo de directores como Kahlil Joseph, Joans Akerlund o el reconocido Mark Romanek entre otros, incorpora buena parte ellos con tanta habilidad como simpleza.

No faltan los referentes a lo «africano», tomado  como es habitual, como algo lejano, más como un concepto general de folclore fast food que otra cosa. Sin embargo, matices como la inteligente incorporación de la imaginería de inspiración Yoruba de artistas como la nigeriana, aunque afincada en Brooklyn, Laolu Senbanjo o fragmentos de la obra poética de la británico-somalí Warsan Shire, tienen como objetivo claro el que los malpensados desechemos el fantasma de la apropiación cultural en su discurso.

Beyoncé nos quiere convencer de que está vez su aportación va más allá del sacar a unos bailarines de Mozambique en un video, o de ponerse un vestido con prints de inspiración africana; esta vez, está tejiendo algo más profundo. Estas referencias, puestas al lado de ese desfile de mujeres negras de éxito que veremos en el video, como Serena Williams, Zendaya, Amandla Stenberg o Quevzanhne Wallis termina de apuntalar y afinar el eje central de su propuesta: Beyoncé quiere ser entronizada como icono de un nuevo feminismo negro internacional.

Como concepto, el black feminism nació de la insatisfacción que sintieron muchas mujeres afroamericanas al sentirse excluidas e ignoradas por parte de los movimientos de liberación  liderados por hombres, y también por el no verse representadas por el feminismo tradicional, centrado en las tribulaciones de la mujer blanca de clase media.

El movimiento partía de un concepto transversal único, en que las necesidades y luchas de las clases populares no deberían verse solapadas jamás por las de la burguesía. Como vemos, de lo que se trataba, era de negar el que todas las mujeres constituyeran una categoría homogénea que compartiera las mismas experiencias. Así, se invalidaba el discurso del feminismo blanco burgués como representante de la lucha de todas las mujeres, incluyendo nuevas variables como raza y clase en la ecuación.

En su ensayo de 1989 Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory and Antiracist Politics, Kimberlé Crenshaw formula este mismo paradigma, que ella llamará interseccionalidad, un concepto que en realidad llevaba desde los tiempos de W. E. B. Du Bois flotando en el aire.

Gracias a ella, éste deja de ser algo etéreo o abstracto, para convertirse en la descripción real de las múltiples formas de opresión sufrida por la mujer negra, que describirá en sus páginas de una manera muy gráfica:

«Si un accidente ocurre en una intersección, este puede ser causado por los coches que circulan por alguna de sus direcciones, o incluso por todos ellos a la vez. De igual manera, la mujer negra está en una intersección en la que puede padecer heridas generadas por la discriminación racial, de clase o de raza. Por eso no es fácil reconstruir este accidente; las cicatrices y heridas pueden haber sido hechas todas a la vez, lo que hace imposible descubrir que conductor es el verdadero culpable».

Al igual que hiciera Angela Davis una década antes en su fundamental Women, Race and Class, Crenshaw examinará la situación de la mujer negra americana en el contexto del capitalismo moderno pero añadiendo un tan inevitable, como casi siempre incómodo, componente Marxista.

Esta conjunción de elementos de género, raza y sobre todo clase, es lo que en apariencia podría hacer fracasar la pirueta intentada por Beyoncé en «Lemonade». No hay que ser muy listo para darse cuenta de que su llamada al empoderamiento de la mujer negra, tomada como un ente único que comparte las mismas experiencias, choca de manera radical con las teorías del feminismo marxista y de manera muy especial, con la de esta interseccionalidad.

Su presente como diva multimillonaria en la corte de los Obama, y su pasado como hija de la provinciana y conservadora clase media-alta negra de Houston hace a priori, muy difícil tomarse en serio su discurso. Desde luego, poco tiene que ver su vida y sus experiencias, con las de aquellas obreras negras despedidas de General Motors que usaba Crenshaw como ejemplo en su ensayo.

Pero Beyoncé, es de sobra consciente del dilema que tiene entre manos. Por ello, no duda en acomodar en su propuesta la parte más superficial de este movimiento; en realidad es todo lo que necesita para poder explotarlo como objeto de consumo. Como vemos, el mismo proceso que le sirvió para llamar nuestra atención en el infame descanso de la SuperBowl sirve ahora para convencernos de que es una suerte de figura icónica del feminismo negro , reduciéndolo a un conjunto de gestos, de tópicos… despojado de cualquier matiz político o ideológico.

Al final, puede que su discurso no diste tanto del de una Betty Friedan y aquella Mística De La Feminidad; igual que ella, Beyoncé ignora de manera deliberada el componente social o de clase. No hay otra opción, si quiere que su nuevo juguete funcione.

Por supuesto, ha habido voces que han llamado la atención sobre esta instrumentalización. Se ha hecho desde los residuales foros de la izquierda negra americana, un fenómeno hoy casi testimonial, pero también desde tribunas más concurridas. Uno de los ejemplos más comentados ha sido el tímido ataque de Piers Morgan desde su columna en el Daily Mail, que se limita a pasar de puntillas sobre la aparente explotación que se hace en «Lemonade» de la imagen de la madre de Trayvon Martin o el movimiento Black Lives Matter.

Su exabrupto pone encima de la mesa otra realidad incómoda ¿Puede un blanco europeo de mediana edad hablar sobre un tema que atañe a la comunidad negra y sus mujeres? No seré yo, otro hombre blanco de mediana edad el encargado de contestar a esa pregunta. Sin embargo, sí que me veo en la obligación de realizar otra ¿Cómo es posible que una de las artistas negras más famosas y ricas del planeta pueda comparar sus experiencias a las de una de una anónima mujer negra de clase trabajadora?

La cantante británica Jamelia, de la que ya casi nadie se acordaba, salió en defensa de Beyoncé y atacó con virulencia a Morgan. De paso, aprovechó para llamar al orden a todo hombre blanco que osara discutir la importancia de la aportación de Beyoncé al feminismo negro. El que reafirmara su argumento recomendando a los indocumentados el buscar en Instagram el hashtag «#blackgirlsmagic» para comprender la relevancia del «movimiento», es el mejor resumen de toda esta historia.

El mundo de hoy ya no hace falta digerir un pesado ensayo o dejarse embriagar por la aridez de un libro de Angela Davis para erigirte en feminista negra. Tampoco el añadir a tu activismo la pesada losa de determinada doctrina o un objetivo claro en el horizonte, para que se te compare con Malcolm X o los próceres del nacionalismo negro. Lo único que necesitas es un hashtag, una red social y gente con ganas de consumir.

Y ese es, al final del día, el factor fundamental por el cual Beyoncé ha podido apropiarse de fenómenos como el Black Lives Matter o ese nuevo y naif feminismo negro para relanzar su imagen, sin que nadie se haya atrevido a cuestionar su credibilidad. Todo forma parte del mismo proceso.

Dalton Trumbo solía decir que en el viejo mundo del espectáculo americano, bastaba con no comportarte como un mierda para que se te considerara alguien honorable. No se si es buena o mala señal pero hoy por hoy, a Beyoncé no le ha hecho falta ni eso.