#Artículos

Los diferentes rostros y lecturas de la solidaridad artística

¿Qué hay detrás de las actuaciones benéficas? ¿Hay una base legítima detrás de su altruismo?

14.03.16
Aleix Mateu

Un extenuado DJ EZ se balancea bajo los focos de un plató al son de la música. Lleva casi 24 horas de sesión sacando el máximo partido a sus famosos skills, retransmitiendo en directo a través de Internet una innumerable lista de UK-Garage, House y Bassline que sirva para ganar fondos para la investigación de la cura contra el cáncer.

Al otro lado del charco, unas 400 mil personas están esperando a que Diplo empiece su actuación en directo en la Havana. Es la primera vez en muchos años que un artista americano actúa en la isla y, según los números, parece que pocos jóvenes han querido perderse la oportunidad de asomarse a esa ventana que les permite ver de primera mano lo que ocurre en el resto del mundo.

Las actuaciones benéficas hace ya muchos años que se organizan, y no es en vano: resultan un incentivo muy potente a la hora de atraer la atención de la gente hacia una causa concreta, a la vez que consiguen recaudar sumas elevadísimas de dinero para la misma.

La caridad también hace mucho tiempo que se practica. Cuando en la Edad Media la lepra azotaba las clases más empobrecidas de Europa, en parte por culpa de las condiciones insalubres en las que vivían los desamparados, aquellas enseñanzas cristianas que regían la sociedad feudal acabaron por hacer mella en algunos sectores privilegiados para ejercer la caridad: ayudar (en mayor o menor medida) a los apestados y repudiados socialmente, a pesar de que no fuera demasiado. Encontramos en la vida de Brian un fragmento con el cual se ilustra perfectamente la relación humana con la caridad divina.

Años más adelante, el nacimiento de la burguesía abrió la veda para la competencia, incluso en las muestras de poder en la alta sociedad y a todos los niveles. Por ejemplo el papel de la mujer florero en la alta burguesía, que respecto al atareado estilo de vida de sus maridos provocó una intensa vida social que se desarrollaba en cafés y salones sociales. Como podemos observar en descripciones que se hicieron en la época, por ejemplo en la literatura francesa, en estas reuniones las mujeres se batían en una pugna para demostrar mayor poderío, desenvoltura en las convenciones de cada momento, conocimiento de la modernidad y las últimas tendencias y, en definitiva, mostrar un estatus social por encima del de sus compañeras de té.

La burguesía se movía por los patrones cristianos todavía y, encontraron en la caridad una expresión de la virtud confesional que debían mostrar en público, a la vez que una manera perfecta para demostrar su elevado poder adquisitivo. Era una forma excelente para disfrazar todas las pugnas por el éxito y, a la vez, quedar en paz con el señor.

El concepto de caridad deriva del latín caritas, que significaba benevolencia, valor inapreciable; y, ya en su forma más primaria, básicamente se consideraba una gran virtud para el hombre. De hecho, forma parte de las virtudes teologales, junto a la fe y la esperanza.

Por lo tanto, la jerarquía y la ostentación de poder es una obviedad implícita en el concepto de caridad, tal como se ha repetido y señalado infinidad de veces, y se ha compartido tantas otras más en muros de Facebook, tomando forma de meme de Eduardo Galeano. Parafraseando al escritor latino:

«La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo»

A pesar de ello, como hemos visto, la caridad cristiana, en su origen, habla de fraternidad y reciprocidad, lo que no se alejaría demasiado de lo que representa el término solidaridad pues, en muchas ocasiones las acciones resultan ser idénticas y el problema se queda tan solo en una visión quisquillosa del sustantivo.

A pesar de haber hablado en pretérito, el sustrato de las fiestas benéficas se mantiene muy similar al de antaño. No solo en el diseño básico de ellas: gente haciendo cosas para recaudar fondos para una causa concreta, sino también en la exhibición de poder. Desde distintas posiciones filosóficas se ha planteado muchas veces que el altruismo no existe y, realmente, todo acto acaba teniendo implicaciones egoístas.

Ya sea porque se defiende que la empatía resulta imposible, o ya sea porque el humano, al fin y al cabo, tan solo pretende lo mejor para los demás porque va a repercutir positivamente en su existencia. Y más en la configuración capitalista de la sociedad, prima hermana del llamado darwinismo social.

«¿Cómo puede el altruismo, que por definición merma el éxito individual, desarrollarse por selección natural?»

Según el biólogo E. O. Wilson, quien fórmula ésta pregunta y la responde, el altruismo y la solidaridad tan solo es una forma sofisticada del egoísmo genético y, por lo tanto, tan solo se desarrolla gracias a la noción de familia.

Aquellos que actúan comparten pocos lazos familiares con los beneficiarios últimos de su actuación, lo que no quita que su acción solidaria les reporte beneficios a ellos mismos también, como visibilidad o Personal Branding, algo en lo que Diplo parece haberse especializado, sumando a sus giras actuaciones benéficas en países como Pakistán o India. Lo que resulta innegable es que la implicación de artistas en causas benéficas tiene muy buenos resultados a la hora de dar visibilidad a ellas.

Todos podemos identificar un sinfín de causas a las que deberíamos sumar nuestra ayuda, aportar nuestro grano de arena o manifestarnos en su contra: el cáncer, la guerra de Siria, los atentados terroristas, los derechos de las minorías, las enfermedades raras o la repoblación de alguna especie en peligro de extinción; todas ellas importantes y merecedoras de nuestra atención, pero muchas veces difíciles de resaltar en nuestro atareado (y ya problemático de por sí) día a día.

Es por ello que la figura del artista como prescriptor de causas en las que fijarnos resulta clave: el discurso ecologista de DiCaprio en los Óscar o la campaña #OscarsSoWhite, incluso la actuación de Kendrick Lamar en los Grammy (que ya diseccionamos en este artículo). Pero también el titánico set de DJ EZ contra el cáncer y Diplo en Cuba para la normalización de las relaciones con Estados Unidos, tal como apuntábamos al principio.

Cada propuesta merece ser evaluada individualmente, a pesar de que tengan nexos comunes, y por lo tanto su legitimidad también puede ser cuestionada por motivos distintos. En el caso de DJ EZ vemos una demostración de fuerza que consigue colocar en la solapa del artista una nueva medalla. Esta medalla a la vez consigue atraer más atención a la lucha contra el cáncer, convirtiéndose en noticia por el acto benéfico en si mismo y por la duración de la actuación. Además recaudó 60.000 libras para la investigación de la enfermedad.

Por otro lado, el concierto de Diplo nos remite a un escenario muy distinto, al político. Precisamente al del deshielo de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, un tema que por si sólo ya da para más de uno y de dos artículos. Es significativo que la primera actuación que se celebra en años de un artista americano en la isla caribeña sea de un artista de EDM, alguien que apela a los jóvenes y que ha conseguido extender su música por todo el mundo.

Es irónico también que el recinto donde actuaba se llame Tribuna Antimperialista José Martí, según un medio cubano; pero según el cartel que se publicó y se vio en todo el mundo el recinto se llame solamente Tribuna José Martí. José Martí, por cierto, fue un político republicano democrático, y también creador del Partido Revolucionario Cubano, que luchó (literalmente) por la independencia de Cuba frente al dominio español.

Diplo-cartel-havana

Ya vemos que nada se dejó al azar para la actuación. Entonces, ¿por qué Diplo? Por un lado, está en esa lista de artistas comprometidos con el mundo, como podría ser Angelina Jolie, ya que tiene una fundación para niños sin recursos en Australia y, además, ha actuado de forma «altruista» en países que suelen quedar fuera de los calendarios habituales para tours internacionales, como Pakistán o la India.

Por otro lado, Diplo hace música instrumental, sin lírica, lo que asegura que habrá una ausencia total de cualquier carga subversiva o política sea para la ideología que sea (capitalista o comunista).

Si la elección de la música aparece vacía en su contenido, no lo está en su forma o fondo. ¿Qué nos dicen las imágenes de la actuación? «Nosotros también formamos parte del mundo occidental». Y la imagen de Diplo (que firmó la canción mas escuchada del año pasado) blandiendo la bandera cubana parece decirnos: «mi música es para todo el mundo, también para vosotros, que formáis parte del mundo occidental».

En un plató de la cadena americana CBS dos presentadoras le preguntan al periodista Charlie Rose sobre la entrevista que hizo a Diplo en la Havana antes del concierto (la entrevista ha sido eliminada de los servidores de la televisión y tampoco se encuentra en Youtube, al menos nosotros no la hemos podido encontrar).

Quieren saber si hubo censura en el repertorio del artista, a lo que Rose responde que no, el único criterio era elegir las canciones más «populares», lo que en cierta medida resulta un criterio al que prestar atención.

Su música entonces, encarnación de la potencia mundial americana, se convierte en una muestra más de la colonización cultural en la que éstos son expertos: ritmos electrónicos bailables para todo el mundo que incorporan elementos sonoros y estéticos de todo el mundo, como por ejemplo de la India en «Lean On«.

La colonización cultural a veces resulta difícil de delimitar, pero en el documental “Moi, un noir”, del antropólogo y cineasta francés Jean Rouch, se ilustra a la perfección.

El film (aquí lo podéis ver entero) trata sobre la vida de jóvenes nigerianos en la ciudad de Abidjan y con un tono intimista se sigue los pasos de Omarou Ganda y sus amigos para explicarnos la realidad de los inmigrantes de Nigeria al Costa de Marfil colonial de 1958.

En ella vemos los principales problemas que rodean a los habitantes del barrio de Treichville, como por ejemplo largarse de su país para vivir en el mundo moderno, vivir entre tradición y mecanización, entre el islam y el alcohol, entre las creencias y los ídolos occidentales.

Se trata pues, básicamente, del colonialismo y las relaciones interculturales, y de cómo éstas han constituido una influencia en la manera de vivir y de pensar de las sociedades subyugadas. “Así es la vida para nosotros, vivir con los sacos”, se lamenta Omarou Ganda.

Si seguimos el film, podemos hacer dos lecturas de estos conceptos: por un lado la supremacía de la cultura occidental y, por otro, las agrupaciones que crean estas pequeñas comunidades, como la nigeriana en Treichville, para recordar y preservar sus raíces, en las que han añadido a sus adornos originales, elementos occidentales como los vestidos de cowboy. “Cada uno es como es rodeado por los suyos”, dice el protagonista.

En el diccionario Akal de Etnología y Antropología nos explican la colonización por parte de las potencias europeas como “puras relaciones de fuerza, sean las que hayan sido las ficciones jurídicas utilizadas para imponer un poder exterior a las poblaciones sometidas”.

Además, explica que se sienten legitimadas para explotar los recursos del país sometido en beneficio de la potencia colonizadora y quitar todos los poderes políticos de los indígenas, utilizar la mano de obra disponible, expoliarlos, desplazarlos y matarlos; y, además, ser una fuerza evangelizadora y asimilarlos lingüística y culturalmente.

Todo esto podemos verlo en el film, pero también en la realidad. Es muy interesante y a la vez contradictorio ver como la evangelización de la cultura occidental ha calado entre la sociedad indígena. La llamada aculturación. El director les dejó libertad a los protagonistas para que escogieran un personaje para la película: Omarou Ganda eligió ser Edward G. Robinson (porque dice parecerse a él) y Petit Jules dice ser Eddie Constantine, agente de la CIA Lemmy Caution.

Todos sus sueños giran en torno a las ideas deseables de occidente, el mismo que les pone el yugo. Sus ídolos son boxeadores (Omarou se autodenomina Sugar Ray Robinson y sueña con ser campeón), sus diversiones son ir a los clubes a bailar jazz, y sus ropas pretenden estar a la última moda (ver la secuencia en la que quieren vender telas a Dorothée Lamour). Además, durante la narración, el protagonista dice haber estado en muchos países europeos como forma de pavonearse frente a los demás.

También podemos ver la secuencia en la que un blanco, un italiano, le levanta el ligue a Edward G. Robinson, y se lleva a la chica, quien se siente mucho más dispuesta a ir con un blanco, que se asocia a la idea de poder y dinero.

Por tanto, la actuación de Diplo es una forma de dar a todos esos cubanos (que todavía tienen el Internet restringido) la oportunidad de sentirse conectados al mundo a través de uno de los DJs de EDM y Pop más global pero también resulta, en cierta manera, una forma de poner a merced de los ciudadanos de Cuba la idea de poder y dinero americano, algo que consiga atraer la atención de los jóvenes hacia el futuro y la filia yanqui, y les haga romper con toda la ideología y background propia de la isla. Eso si, todo ello desde una actuación solidaria.

0

0

0
0