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Lo póstumo: dejemos descansar al artista

Cuando sobreexplotar a artistas una vez han fallecido puede ser contraproducente y minar su reputación.

08.02.16
Aleix Mateu

El “disculpe que no me levante” de Groucho Marx parece ser una leyenda urbana que se fundamenta en el deseo (no cumplido) que expresó éste en una entrevista para que la irónica frase fuera su epitafio. Más allá de su sentido obvio, tiene toda la pinta de que sea una educada invitación a que le dejemos reposar en paz.

Convertir a las personas en mitos e iconos es algo muy nuestro, algo que permite perpetrar el colonialismo cultural y, por extensión, generar ingresos alrededor de pobres diablos ya fallecidos. No es de extrañar que haya mucha gente empeñada en levantar a los muertos, sirviéndose de un cuestionable ingenio para sacar el máximo rendimiento (sí, el holograma de Tupac).

No podemos situar a J Dilla en el mismo plano mediático que Marilyn, Elvis o el recientemente fallecido David Bowie, pues su radio de acción no ha trascendido al pop masivo (o al menos de forma directa), pero sí que lo ha hecho dentro de ciertos círculos, en especial en el Hip Hop, donde se le ha mitificado y ensalzado a un nivel superior al de todos los anteriormente mencionados. Puedes leer el artículo de Frankie Pizá en el que lo relata de forma minuciosa aquí.  

Desde la muerte de J Dilla se han editado más referencias del productor que durante sus años en vida y se han liberado (¿vendido?) ritmos a artistas que a día de hoy tienen como marca el seguir con la manera de hacer de la época. Como los tres que ha usado el joven Joey Bada$$ en “Snakes” y “Where It’$ At?” para el debut “1999”, y en “Two Lips”, una canción que se prensó en vinilo de edición limitada junto a una tirada de prendas con “an angelic cloud-graphic of J Dilla’s face” en colaboración con la marca Akomplice y  la J Dilla Foundation en una campaña benéfica. Otro ejemplo es Danny Brown, que ha cantado en alguno de los releases temáticos/homenaje que se han hecho del artista con material inédito.

Intentar poner orden a todas estas nuevas referencias de las que hablo (por nuevas me refiero a póstumas) es una tarea complicada: hay toda una colección de EP’s y álbums que conjugan el “Dilla” o el “Jay” con cualquier otro tipo de palabra que le de fuerza o suene a homenaje, o en su defecto el nombre de la ciudad que hizo célebre dentro del Hip Hop, Detroit. “Dillatroit” (Mahogani Music, 2012), “Jay Stay Paid” (Nature Sounds, 2009) o “Rebirth Of Detroit” (Ruff Draft Records, 2012) son algunos ejemplos.

El conflicto no recae en los discos homenaje en sí, pues cada uno lo hace a su manera y es batalla perdida pretender acabar con la idea de explotar el sentimiento ajeno, pero sí que la discordia puede ser bicéfala: por un lado, se cae en una especie de día de la marmota lírico en el que la mayoría de rappers escriben sus barras sobre las mismas coordenadas, el tributo en sí mismo o sentimientos que casan bien con la cosmovisión del artista, y con esto se minan los estándares de calidad que el artista había mantenido en toda su carrera. Por otro lado, y unido a ésto último, encontramos un tema quizá más espinoso: con qué legitimidad se publican los archivos almacenados y deliberadamente no publicados de un artista?

Como se suele decir, los hijos no son propiedad de los padres, pero claro está que ser la madre de alguién te confiere cierta autoridad sobre éste, y más con una relación como la de James Dewitt Yancey y Maureen Yancey, cariñosamente conocida por Ma Dukes. Durante la estancia de Jay Dee en el hospital ella lo cuidó sin cesar y se encargó de que todo el material necesario para acabar “Donuts” (Stones Throw Records, 2005) estuviera en la habitación del hospital. “When his hands were too swollen, Ma Dukes would massage his stiffened fingers so Dilla could work on the tracks, letting his doctors listen to the beats through his headphones”, se relata en un emotivo reportaje de la revista Vibe donde se repasa la relación de Jay Dee con su madre y los problemas económicos que su familia sufre desde que él los dejó.

Ella ha sido la responsable de controlar el legado de su hijo desde su muerte, de crear la J Dilla Foundation en apoyo a niños con lupus, y de mantener la memoria viva a través de fiestas anuales para celebrar su legado. Por otro lado, Ma Dukes se ha sumergido en litigios contra el ex asesor y albacea de Dilla, y ha defendido a capa y espada la legitimidad para controlar cualquier material que tenga a ver con su hijo, quitando los poderes al primero: Dilla tenía muchos amigos y solía dar demos a muchos compañeros suyos, música que después se ha convertido en material inédito. Ma Dukes quiere que esa música sea libre. Un ejemplo es el freebie que publicó Busta Rhymes, “Dillagence” (2007), que fue demandado por el albacea.

La muerte del productor de Detroit no llegó de forma inesperada como la de Tupac o Biggie, sino que fue una larga y dura enfermedad lo que le estuvo lacerando hasta quitarle la vida. Por lo tanto, Dilla tenía plena conciencia de su final y éste no fue alejado de la música, al contrario: durante la hospitalización acabó su ars magna, su legado en forma de círculo quedó cerrado. Entonces podemos suponer que con eso el artista dejó zanjados todos sus asuntos creativos, una carrera brillante con un final que suponía todo un tratado sobre su propia obra y su aportación a la historia de la música. A partir de ahí J Dilla lo había hecho todo y se ofrecía como carne para el desarrollo y evolución de la música a todos los niveles.

Obviamente no hay referencia alguna de las citadas unos párrafos más arriba que hayan sido supervisadas por James Dewitt. Tampoco encontramos motivos por los que él quisiera seguir publicando unreleaseds con archivos de sus discos duros, a no ser que sea para ayudar económicamente a su familia, lo que reforzaría la idea del puro mercantilismo, algo de lo que el artista no era demasiado amigo.

Madlib, muy cercano a Dilla, es considerado por muchos su sucesor. «We were musical cousins, like-minded«, dice el propio artista, sobretodo por la manera que tiene de entender la música y el legado de los artistas, envolviéndola siempre en cierto misticismo. En una entrevista le preguntan al californiano por su función a la hora de hacer música, identificándolo con una especie de Alan Lomax de los discos de vinilo:

I want people to hear music that really wasn’t played much, that got lost in the shuffle. There was tons of music that was greater than the hits but you don’t know about it unless somebody like, like me or whoever brings it to people’s attention. (…) There’s a lot of young kids that I have inspired to go look for old stuff. We do it for the knowledge, for the kids”.

En estas palabras se deja entrever cierta voluntad mesiánica y puro amor, lo que se contrapone a la respuesta desanimada que da cuando le preguntaron al artista la opinión sobre las nuevas referencias de Dilla.

«It seems like they’re still putting things out. Sometimes the way he would want it and in some ways he wouldn’t want it», a lo que añade sobre su propio legado: «I’m gonna burn it down before I die, a little Lee Perry action. Ain’t nobody exploiting my shit. If I was dying in hospital I’d tell my son to go and burn it. Don’t think I’m going to get exploited like they’re doing to Dilla. I’m learning from how he’s being treated from some people.»

Otro amigo, compañero y admirador cercano a la opinión de Madlib es House Shoes, legendario DJ y productor de la Motor City que respaldó a Dilla desde sus inicios. Su segundo disco se bautizó «Let It Go«, y algunos dicen que el titulo tiene algo que ver con el dejar descansar en paz a Jay Dee. Para resumir su visión sobre esto, pongo una cita representativa de su opinión sobre los releases póstumos: «Then the cover of the [Rebirth Of Detroit] record is so fucking horrible, that shit looks like a children’s bedtime story or some shit«.

House Shoes tuiteó una vez que “Phat Kat told me that Jay said when he died he wanted to take ALL the music with him”. Dilla, a diferencia de muchos artistas pop, jamás se expuso demasiado, se mantuvo underground y, a pesar de haber producido a artistas con fuerte presencia mediática, dedicó todos sus esfuerzos a trabajar la música y disfrutar de ella con sus amigos.

El homenaje fue una constante en la vida y obra de J Dilla, al igual que en la de Madlib. El de Detroit dedicó sus días a rescatar antiguos discos que admiraba para muestrearlos y darles una vuelta de 360 grados, convirtiendo el tributo en todo un ejercicio de creatividad que acabó moldeando el mundo de la producción y del sampleo, una mirada al futuro utilizando lo añejo. Quizá fueron pistas que dejó sobre lo que hacer con su música.

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